CULTURA
una reedición oportuna

Una historia de engaños y ocultamientos

A cincuenta años del inicio de la dictadura militar, Luis Gusmán vuelve sobre la historia y el origen de “Ni muerto has perdido tu nombre”, una novela atravesada por la memoria, la desaparición y el derecho inviolable a la identidad que acaba de ser reeditada por el sello Edhasa. Entre la experiencia literaria y los hechos históricos, el libro indaga en las huellas del terror, los mecanismos del engaño y la persistencia de quienes se negaron a aceptar el olvido.

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50 años después. Luis Gusmán recuerda los hechos reales que lo llevaron a idear una de sus novelas. | cedoc

La historia de cómo fue escrita Ni muerto has perdido tu nombre, necesito contarla. Fue en el 2001 y habían pasado 18 años de que había terminado El Proceso Militar. Este 24 de marzo se cumplen 50 años del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”.

Literariamente. en mi caso, este libro fue antecedido por el libro Villa (1995), una novela que cuenta la historia de un burócrata, en este caso médico, que trabaja en el Ministerio de Bienestar Social en los años del Proceso Militar que, por miedo u omisión, ni siquiera por afinidad ideológica, se transforma en un testigo y colaborador activo en las desapariciones de personas y de cuerpos que ocurrían en esa época, y también de los sepultados bajo otro nombre.

Dicha temática fue “proseguida” por el libro de ensayos Epitafios. El derecho a la muerte escrita (2005). Este libro se basa en que la legislación griega obligaba a los ciudadanos y a la legislación de la polis a la figura del derecho a la muerte escrita, por el cual todo ciudadano o ciudadana que muriese disponía del siguiente derecho: en su tumba debían figurar su nombre y apellido, la fecha de nacimiento y muerte y el lugar donde yacía su cuerpo. Dado que muchos soldados morían fuera de Grecia, al no disponer de su cuerpo, con ese fin se había creado el cenotafio, donde solo figuraba la inscripción, ya que el cadáver se había perdido.

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Por eso el título: Ni muerto has perdido tu nombre. Ese derecho inviolable que no fue respetado por los genocidas.

En ese sentido, los registros diarios, que se publican diariamente en el diario Página/12 desde 1988 es un archivo implacable; no son avisos fúnebres, ni honras, ni recordatorios de la falta de un cuerpo, sino un archivo abierto de la memoria. Su publicación es un hecho histórico.

Eso motivó la escritura de Epitafios, pero poniendo el acento en el derecho a la muerte escrita. Es decir, una memoria que no fuera a ser desaparecida

Vuelvo a lo que desencadenó, la escritura de Ni muerto has perdido tu nombre. La novela cuenta la historia de un hijo (Federico Santoro) que va tras “la búsqueda” y el destino de sus padres secuestrados. Y de una mujer (Ana Botero), que pudo huir antes de que los padres del muchacho fueran desaparecidos. Esa categoría de la no identidad, la no existencia, formulada por la declaración del propio Videla: desaparecidos.

También es la historia de dos torturadores, Varela y Varelita. Nada que ve con el nombre del bar, ni lineal, ni alegóricamente. Está referido a un dúo musical de los años 40 que duró hasta comienzos de los 70. Con el uso del nombre del conjunto musical solo quería remarcar su carácter de dúo, nada que ver con la historia real.

Como sucedió en muchos de los testimonios conocidos, los torturadores actuaban a dúo. Como en las películas, uno hacía de bueno y el otro de malo. Pero como suele suceder con los dúos, no había el uno sin el otro.

La diferencia con el personaje Villa, es que éste tiene una cotidianeidad. Está casado. Lo mismo sucede con Varela. En cambio, Varelita, no es solo un solitario, es un anónimo. Ni siquiera el diminutivo está puesto como rasgo de empatía con el lector. Solo implica un grado de jerarquía entre los dos.

A Varelita no se le conoce su historia, ni siquiera tiene una amistad con Varela. Incluso hasta están separados y hace años que estos dos no se ven. La aparición de las víctimas, Ana Botero y Federico Santoro, los vuelve a juntar. No son el uno para el otro como en Bouvard y Pecuchet. Solo se juntan y por lo que la historia sugiere, para ese trabajo sucio.

Desconfían hasta de ellos mismos. En su actualidad parecen mano de obra desocupada. Nunca hablan del pasado, salvo para referirse de manera siniestra a la escena de tortura para que las víctimas escribieran las cartas.

Este dúo siniestro actúa más allá de la puntualidad de los hechos de secuestros, desapariciones y muertes. Sino a posteriori, extorsionando a los familiares de las víctimas.

Su recurso es muy efectivo y me consta. Hacían escribir cartas, notas a los detenidos y detenidas. En la novela se trata de un hombre. Les escribían a los familiares, diciéndoles que estaban vivos en algún lugar del país.

Con estas cartas chantajeaban a los familiares, que creían que el familiar desaparecido estaba vivo.

Uno de los dos localizaba al familiar, se comunicaba con él, le mostraba la carta o la nota. El familiar reconocía ese rasgo tan singular de nuestra identidad, que es nuestra caligrafía, el rasgo imborrable de nuestra letra. Una vez que el familiar la reconocía, comenzaba el chantaje, con la promesa de llevarlo al lugar donde estaba. Generalmente un lugar remoto de interior de nuestro país.

El dúo vivió de este chantaje mucho tiempo. Tenían en su poder muchas cartas. Esa promesa y una serie de trucos prolongaban la escena. Generalmente no eran los familiares quienes descubrían el engaño, sino alguna amistad o persona cercana. No eran incautos o ingenuos, necesitaban creer porque no podían creer, y no retrocedo ante el plural, no podíamos creer, que literalmente habían desaparecido.

Uno de los tópicos más utilizados como estratagema, pero verosímil, era que la persona secuestrada se había vuelto loca y estaba internada bajo otro nombre o anónimamente en un manicomio.

Me consta que una persona fue a reclamar por un familiar y por una lejana relación de parentesco pudo ser recibida por uno de los Comandantes en Jefe, y ante una distracción de éste, la persona en cuestión pudo leer en una lista el nombre de su familiar tachado. Esto quería decir “desaparecido”.

Cundo leí la novela publicada, experimenté un sentimiento ambivalente. No era Villa, pero me parecía más dura y cruda que Villa.

Sin duda, esos engaños, esos ocultamientos sucedieron durante muchos años.

Una fecha, si tiene un valor performativo –y no me refiero a una performance, sino al sentido gramatical del término–, es poner en acto algo que en nuestra historia se resolvió de una manera inédita, diría en la historia, no solo de mi país. En ese sentido, sin las madres de las plazas, en este caso la de Mayo, no hubiera sido posible.