Aniversario

¡Hundan al Bismark!

Esta semana se cumplieron 85 años del hundimiento de este símbolo del poder naval nazi, el gigantesco acorazado alemán que protagonizó una de las persecuciones más feroces de la Segunda Guerra Mundial antes de desaparecer bajo las aguas heladas del Atlántico Norte.

Un 27 de mayo de 1941, hace 85 años, se hundía el Bismarck. En 1989, el pecio de la nave fue descubierto por la expedición dirigida por el oceanógrafo estadounidense Robert Ballard. Ballard es el mismo que detectó los restos del Titanic cuatro años antes. Foto: Wikipedia por Bundesarchiv

El monstruo de acero avanza entre las olas. Sus cañones prometen destrucción; ningún marino deja de sentir temor y admiración ante su presencia, ante el Bismarck.

Un 27 de mayo de 1941, hace 85 años, se hundía el Bismarck. En 1989, el pecio de la nave fue descubierto por la expedición dirigida por el oceanógrafo estadounidense Robert Ballard. Ballard es el mismo que detectó los restos del Titanic cuatro años antes.

El temido coloso duerme a unos 4.790 metros de profundidad en el Océano Atlántico, a 650 kilómetros al oeste de Brest, Francia. Hoy, recibe a los submarinistas, orgulloso, en posición vertical. Reposa sobre la ladera de un extinto volcán. Al descender, se dio vuelta, sus inmensas torres de artillería se desprendieron y, al tocar fondo, se deslizó por más de un kilómetro hasta alcanzar su posición actual.

La construcción de la gran bestia acorazada comienza el 1 de julio de 1936, en el astillero Blohm & Voss, de Hamburgo. Luego de tres años de arduo y detallado trabajo de miles de obreros calificados, el Bismarck es botado el 14 de febrero de 1939. Dorothee von Löwenfeld, nieta del canciller Otto von Bismarck, realiza el rito de bautismo. De su abuelo la nave recibe su nombre, aquel que derrotó a los franceses en la guerra franco-prusiana de 1870 y lideró luego la unificación de Alemania.

La gran bestia desplaza 41.700 toneladas, con una eslora de 251 m, una manga de 36 m y un calado máximo de 9,9 m. Luego de la Primera Guerra Mundial y el Tratado de Versalles, la marina alemana se ajustó a la imposición de no construir navíos de guerra de más de diez mil toneladas. El acorazado “de bolsillo” Graf Spee y el Admiral Scheer se acercaban a esa normativa. Pero, para 1936, para construir su infame imperio de la raza pura, la Alemania nazi no respetaba ninguna restricción.

El casco blindado del Bismarck es de un grosor de 320 mm. Su armamento ruge con ocho cañones de 380 mm. Es el mayor acorazado construido en Europa. No es solo una máquina bélica, es un símbolo de la ambición imperial nazi proyectada a los mares.

En el Japón del Imperio del sol naciente, que se apresta a atacar Pearl Harbor, sus acorazados, como el Yamato o su gemelo el Musashi, son más pesados aún: 72000 toneladas cada uno. Sus pecios también descansan en el fondo del mar.

Las tres turbinas de vapor engranadas del Bismarck generan una velocidad de 30 nudos (55,6 km/h) en las pruebas de velocidad. Transporta cuatro hidroaviones; tres juegos de radar con telémetros en proa, popa y la cofa del buque, aseguran un monitoreo eficaz de amenazas cercanas. Su autonomía efectiva es de 9000 millas náuticas, y la tripulación del Leviatán germano consta de 103 oficiales y 1.962 marineros.

El monstruo quiere conocer la sal del océano. Pero no puede salir a las aguas sin ser ungido antes por su propiciador siniestro: Hitler pronuncia su discurso de "bendición" durante la botadura.

Entre los importantes libros sobre el Bismarck y su fin se encuentran "The Sinking of the Bismarck" (El hundimiento del Bismarck), escrito por el célebre corresponsal de guerra William L. Shirer, en 1962; o "The Final Days of Germany's Greatest Battleship" (Casemate Publishers, 2009), de Niklas Zetterling y Michael Tamelander.

Todo el periplo del máximo buque de guerra germano vuelve a ocurrir: el 24 de agosto de 1940, el Bismarck comienza su servicio. Para consumar sus pruebas de rendimiento, la nave se interna en el mar Báltico. Se pone a prueba su planta de energía, su velocidad máxima, su maniobrabilidad y estabilidad. Se detecta un fallo de diseño. La habilidad de viraje del barco es muy lenta, pero su capacidad de tiro es estable. 

El gran animal de acero tiene su comandante: el capitán de navío Ernst Lindemann, el estratega de los movimientos del Bismarck hasta el final de sus días, aunque en esta función tendrá desavenencias con el severo Günter Lütjens, el Almirante de la Flota, también embarcado en el gran navío, y cuya misión es comandar toda la operación naval.

Antes de partir a su destino final, el 5 de mayo de 1941, suben al barco de visita, Hitler y el general Wilhelm Keitel. Al Bismarck lo acompaña el crucero pesado Prinz Eugen. Su misión es mandar a pique a los barcos que llevan suministros a Gran Bretaña. La Operación Rheinübung.

En ese momento la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, castiga con bombardeos nocturnos continuos a las ciudades británicas. El Bismarck es parte de la estrategia de privar a Inglaterra de suministros, mediante el hundimiento de los barcos mercantes que, principalmente procedentes de Estados Unidos, llevan alimentos y combustibles. El plan es provocar hambre en las tierras inglesas para forzar una rendición.

Como el almirante a bordo, Lütjens entiende que sus órdenes son evitar combates con barcos de guerra pesados: solo los buques mercantes son su objetivo.

El 24 de mayo de 1941, el Bismarck desplaza su silueta letal por el Estrecho de Dinamarca, entre Islandia y Groenlandia. Sus cañonazos harán temblar el mar y el cielo en la Batalla del Atlántico, tal vez el enfrentamiento naval más desmesurado de la Segunda Guerra Mundial.

El espionaje inglés, noruego y sueco, y cruceros que zarpan desde la base de la Royal Navy en Scapa Flow, en las islas Orcadas, al norte de Escocia, confirman el movimiento y la ubicación del monstruo acorazado.

El HMS Hood y el HMS Prince of Wales navegan a su encuentro. Hace ya 20 años que el Hood, conocido como el "Mighty Hood" (el Poderoso Hood), es el buque de guerra más grande del mundo. Su fama es tan imponente como sus dimensiones: 262,3 metros de eslora, más largo que el propio Bismarck. Su desplazamiento es de 46.680 toneladas, con ocho cañones de 381 mm (15 pulgadas) distribuidos en cuatro torretas dobles y una velocidad de 31-32 nudos. 

El Hood es el orgullo de la Armada Británica, su nave insignia. Su tripulación es de 1.418 hombres. Técnicamente es un crucero de batalla, pero, en la práctica, su capacidad de fuego lo acerca a un acorazado. Sin embargo, su blindaje padece una peligrosa debilidad ante proyectiles de largo alcance, lo cual constituye una invitación a la desgracia.

En el alba, como dos caballeros que cruzarán sus lanzas, el Hood y el Bismarck se entrevén a la distancia, a unos 24 kilómetros. Como siempre, la naturaleza, las olas, los peces y las nubes, son indiferentes a los nacionalismos en pugna.

Los tremendos cañonazos resuenan feroces. Cada minuto trae el tronar de nuevos proyectiles. Al octavo minuto, a las 06:00 a. m., luego de más de noventa disparos, una salva de cañón del Bismarck traspasa el débil blindaje del HMS Hood. El proyectil hace detonar el depósito de municiones. Se escucha un estallido atroz, y el Hood se parte en dos. En solo tres minutos desciende al abismo.

De la tripulación de 1.418 marinos, solo tres sobreviven: el marinero artillero Robert "Bob" Tilburn, de 20 años; el guardiamarina William Dundas, de 17 años (el más joven de los tres); y Ted Briggs, un señalero de 18 años.

Briggs siempre recordó con emoción al oficial John Warrand, quien se hizo a un lado para permitirle saltar primero al agua. Él oficial no sobrevivió; Briggs sí. Antes de lanzarse, el joven marino vio al vicealmirante Lancelot Holland, sentado en su silla en el puente de mando, sin hacer ningún intento por escapar. Esperaba su destino.

Antes de morir en 2008, Briggs confesó que durante más de 40 años tuvo pesadillas por el hundimiento. Con la debacle del Hood, el Bismarck se anotó una victoria, pero su alegría fue el comienzo de su gran persecución.

Y la acción sigue: el Prince of Wales queda herido, pero antes de retirarse acierta tres impactos en el Bismarck. Uno de los disparos perfora el tanque de combustible del barco alemán. Este pierde 1000 toneladas de carburante. Se inundan las salas de calderas del barco con agua salada, reduce su velocidad, y deja tras de sí un gran rastro de petróleo. Ante la nueva situación, Lütjens cancela el ataque a los convoyes y ordena poner rumbo a la Francia ocupada. El gran acorazado necesita refugio y reparaciones. Mientras tanto, Churchill recibe la noticia del hundimiento del Hood. Lo invade la furia, anuncia que todos los buques británicos deben ir de cacería, y da la orden: “¡Hundan el Bismarck!”.

El almirante Lütjens manda que el crucero Prinz Eugen se aleje para continuar la misión original de atacar barcos mercantes aliados. El navío, que no recibe un solo impacto, se escabulle entre la noche y la niebla. Luego sufre desperfectos mecánicos. Regresa al puerto de Brest sin hundir ningún navío. Es notable el destino del Prinz Eugen. Atraviesa el canal de la Mancha sin ser alcanzado por la artillería de las costas inglesas, durante la Operación Cerberus, en febrero de 1942. Luego, al terminar la guerra, es requisado para dos pruebas atómicas en el Pacífico (la última en el atolón de Bikini). Sobrevive, y solo se hunde por una filtración no reparable debido a la radiactividad en el navío.

 Y el Bismarck queda solo en su fuga. Lütjens rompe el silencio cuando envía un mensaje de radio a Berlín. Las estaciones en tierra triangulan la señal, y determinan que el buque navega hacia Brest. El almirante Tovey está al frente de la Royal Navy. Luego de la decodificación de las señales de radio, Tovey comete un error de cálculo: la flota británica navega hacia el norte, en la dirección opuesta. El Bismarck se aleja.

Pero el destino juega un papel fundamental. Eso es lo que hace el destino: juega con los humanos. El 26 de mayo, un avión explorador descubre al navío buscado. Pudo no haberlo encontrado. Luego de su detección, en la noche, en medio de una tormenta, unos 15 aviones torpederos Fairey Swordfish, unos biplanos obsoletos de lona y madera, atacan a la fiera en huida.

Las máquinas aéreas despegaron del portaaviones HMS Ark Royal. Su velocidad es de solo 150 km/h. Según Bruno Rzonca, uno de los sobrevivientes, al que luego volveremos, los frágiles aviones parecen "gaviotas por su lentitud”.

El coraje de los pilotos es admirable. Porque vuelan muy cerca, los cañones antiaéreos automatizados del Bismarck pierden su puntería y no derriban a ninguno de los viejos aviones, que arrojan sus torpedos. El Bismark los esquiva a todos. Salvo a uno, que impacta en la sección de popa y destruye el timón. El verdadero talón de Aquiles del gigante. El único lugar realmente vulnerable de su inmensa superestructura. Sin que los humanos puedan hacer nada para evitarlo, el destino teje los hilos de su ironía: el moderno navío pierde maniobrabilidad y queda bloqueado a babor, porque no pudo detener a unos aviones por ser viejos y obsoletos.

Ahora el barco solo navega en círculos, no puede controlar su dirección, y se convierte en un blanco fijo. Mientras, como una jauría de hienas, la flota británica se acerca.

Entonces, en la noche tormentosa del 26 de mayo de 1941, llega cerca del barco en fuga la Flotilla de Destructores comandada por el almirante Philip Vian, con el HMS Cossack, HMS Maori, HMS Sikh, HMS Zulu; y el ORP Piorun, un destructor polaco, que es el primero en visualizar al coloso alemán, con el que empieza un intenso intercambio de disparos. Polonia fue el primer país invadido por la Alemania nazi. Por eso, antes de abrir fuego, el capitán Pławski del ORP Piorun ordena transmitir por el reflector el mensaje: "Soy un polaco", y segundos después da la orden de disparar al grito de: "¡Tres salvas en honor a Polonia!".

Y lluvias. Rayos. Nubes que cabalgan salvajes, y bajo el agua, racimos de torpedos de la flotilla de Vian buscan el casco del Bismarck. Nadie a bordo puede descansar. La navegación serena es un lujo del pasado. En la madrugada profunda, el Almirante en el Bismarck transmite su dramático mensaje: "Lucharemos hasta el último disparo". La noticia circula rápido entre la tripulación; ya saben que no hay esperanza. El descenso se acerca y se da la orden de que los marinos pueden tomar de las bodegas lo que quieran. 

En la mañana del 27 de mayo, un cielo nublado vela el sol. Llegan finalmente los acorazados HMS King George V y HMS Rodney, junto al HMS Norfolk y el HMS Dorsetshire. A las 08:43, los gigantes británicos abren fuego. Con aires de venganza, descargan su furia contra el lobo acorralado. En una mañana brutal, más de 2.800 proyectiles cobran altura y caen en picada sobre la fuerza animal que hundió al Hood. Más de 400 impactos directos de artillería demuelen las torretas del Bismarck a corta distancia.

La torreta trasera Dora es destruida junto con sus cañones de 380 mm. En la cubierta reina el Señor de la guerra: metales retorcidos, huellas de la metalla endemoniada y, por todas partes, cuerpos despedazados, jóvenes sin brazos o piernas, vientres abiertos, destripados. Los que pueden piden auxilio. O un cigarrillo. Mezclada con la sal y la espuma del agua de mar, la sangre empapa el acero y a los caídos; y algunos oficiales, también mutilados, acuden a un disparo de su revolver para terminar con la pesadilla.

Dentro de la nave, la red eléctrica y las comunicaciones colapsan. En lo hondo del casco, en la sala de máquinas, solo reina la oscuridad, en la que gritan o se resignan cientos de marinos, ya condenados. Es la desesperación sin palabras. Muchos mueren por los miles de fragmentos de metralla provocados por los proyectiles británicos de 356 mm y 406 mm que esparcen su violencia dentro de los pasillos de la nave.

Todo es un infierno real, no el de Dante; otro, el del acero caliente, sangre y humo negro, entre el mar y el cielo.

A las 08:59, el HMS Rodney no yerra el disparo. Su nuevo proyectil destruye el puente de mando delantero. El almirante Günther Lütjens, el capitán Ernst Lindemann y todo el estado mayor alemán desaparecen de este mundo despiadado. Luego, las cuatro torretas del Bismarck quedan fuera de combate. El gigante agredido no puede contratacar. Para las 10:00, los cazadores británicos están a menos de 4 kilómetros de distancia. Disparan sin descanso, aunque el combustible y los proyectiles ya escasean, mientras nuevos focos de llamaradas surgen en el Bismarck. 

Hacia las 10:35, el primer oficial Hans Oels, que está al mando después de la muerte del capitán, ordena abandonar la nave. Casi todos los botes salvavidas y balsas de goma están destruidos. Hay que arrojarse al agua con chalecos, y sujetarse a algún madero suelto. El mar es el poder salvaje que mata, o lo que hacer flotar hasta el milagro del rescate.

Para las 10:36 horas, en los costados del Bismarck, impactan tres torpedos del crucero pesado HMS Dorsetshire. A las 10:39, el coloso herido se vuelca hacia babor, y se hunde en la profundidad marina.

Entre las frías aguas manchadas de petróleo, flotan alrededor de 800 hombres. Rápidamente, los británicos pasan de cazadores sin piedad a preocupados rescatistas. Pero merodean submarinos alemanes. Suspenden el salvataje. Solo rescatan de la muerte segura a 114 tripulantes. Horas después, cinco marinos son rescatados por los propios alemanes: el submarino U-74 sustrae de las aguas a 3 hombres que flotan en una balsa de goma, y 2 marinos más son salvados por el buque meteorológico Sachsenwald.

Tanto el Hood como el Bismarck inician su caída por un disparo en su lugar de mayor vulnerabilidad. En el tablero de la desgracia humana, la tragedia mueve sus piezas con exacta precisión.

Los británicos aseguran que el huracán épico de cañonazos y torpedos del HMS Dorsetshire dieron el mazazo final al Bismarck. Pero la realidad puede ser muy distinta.

El Barón Burkard von Müllenheim-Rechberg, el oficial superviviente de mayor rango a bordo del Bismarck, cuarto oficial de artillería y director de la estación de control de popa, dice otra cosa. En sus memorias "El acorazado Bismarck: Relato de un superviviente", asegura que alrededor de las 10:15 horas se da la orden de colocar cargas explosivas de desmantelamiento (barrenado) en las salas de máquinas, y la apertura de válvulas para la inundación. La orden proviene del Primer Oficial, el Fregattenkapitän Hans Oels. Este, como ya se dijo, luego de la muerte del Capitán Lindemann, asume el mando y toma la decisión crucial. Oels muere luego al intentar salvar a la mayor cantidad de hombres. En el borde del abismo, algunos no piensan en sí mismos.

Años después, el sobreviviente Gerhard Junack, Oficial de Maquinaria, confirma la orden para activar cargas de dinamita en los condensadores y abrir las válvulas de agua de mar. Y tras ser rescatados, marineros de las salas de calderas son interrogados. Entonces, aseguran que los compartimentos inferiores se inundaron por las explosiones internas ordenadas, no por los impactos recibidos. El grueso casco blindado del Bismarck no había sido perforado a pesar de todos los impactos.  

Luego del fin de la guerra, el sobreviviente del Bismarck Bruno Rzonca intentó vivir en Alemania y luego se trasladó a Estados Unidos. Murió allí en 2004. Fue el único marino del Bismarck que emigró al País del Norte. En una entrevista para la página kbismarck.com, poco antes de morir, aseguró que, luego de la orden de evacuación del barco, “todas las puertas internas estaban abiertas. Abrieron las válvulas inferiores en la sala de calderas y turbinas y las volaron para que entrara el agua”.

El testimonio de las expediciones oceanográficas que descendieron hasta la nave hundida constituye una fuente insoslayable para confirmar esta versión. El Dr. Robert Ballard, el descubridor de los restos del acorazado alemán, sostiene en su libro "The Discovery of the Bismarck" (1990) que la inspección del casco sugiere que la tripulación apresuró el final del buque mediante el barrenado, desafiando la teoría tradicional de que los torpedos británicos fueron los únicos responsables.

Años más tarde, la expedición de James Cameron empleó sumergibles robóticos de alta tecnología para ingresar al interior del barco. Sus hallazgos confirmaron el testimonio de los sobrevivientes sobre el golpe de gracia autoinfligido. Las válvulas de fondo estaban abiertas, una prueba irrefutable de que fueron manipuladas desde dentro para forzar la inundación masiva. El autohundimiento como un acto simbólico, porque, de todos modos, el coloso germano se hubiera ido a pique debido al implacable castigo recibido. 

En contraste, la clásica película británica ¡Hundan al Bismarck! (Sink the Bismarck!, 1960) mantiene la propaganda oficial británica que atribuye el hundimiento exclusivo al cañoneo continuo y a los torpedos de la Royal Navy. Esta es la misma certeza que Winston Churchill transmitió con fervor ante el Parlamento; una inyección de ánimo vital para la nación tras la trágica pérdida del HMS Hood.

Los sobrevivientes del Bismarck fueron enviados a Inglaterra para sus primeros interrogatorios. Posteriormente, se los confinó en campos de prisioneros en Canadá. Allí recibieron un trato humanitario que marcó a muchos de ellos; tanto es así que, tras la guerra, algunos emigraron a suelo canadiense con sus familias.

Al subir a la cubierta de los barcos británicos, los rescatados comprenden que aquellos enemigos que tanto les habían enseñado a odiar son, en realidad, otros marinos, como ellos, que cumplen con su deber y que acuden rápidamente a salvar la vida de los náufragos. Al principio, los marinos alemanes creían que iban a ser fusilados por el hundimiento del Hood.

Muchos tiempos después, en España, en mayo del año 2000, en la ciudad costera de Torrevieja (Alicante), se reunió un grupo de veteranos. El grupo lo encabezó el veterano alemán Kurt Trekmann (sobreviviente del Bismarck) y el exmarino británico Albert Newell, miembro de la tripulación de la Royal Navy. Trekmann recordó que los sobrevivientes flotaban en el agua cubierta de petróleo mientras veían, por un lado, cómo se hundía su nave y, por el otro, a las naves británicas que se acercaban rápidamente para rescatarlos.

En Londres, en el año 2001, al cumplirse el 60º aniversario del fin de la batalla, frente al Museo Imperial de la Guerra, se reencontraron el veterano alemán Heinz Steeg y Harry Cuffling, el marinero británico del HMS Dorsetshire que le arrojó una cuerda para rescatarlo de las aguas. Su gran abrazo superaba todo el pasado. Ahora eran “hermanos del mar”.

Cuando se pierde el Bismarck, el comandante en jefe de la Marina de Guerra alemana (Kriegsmarine) es el Gran Almirante Erich Raeder. En ese momento, el Almirante Karl Dönitz ejerce la conducción de la armada enfocada en la guerra submarina, liderando las "manadas de lobos" de los U-Boote en el Atlántico Norte. Durante el conflicto, 784 de los 1.162 submarinos alemanes que entran en acción son hundidos, diezmados principalmente por cargas de profundidad. Una de las críticas es que los pocos acorazados alemanes no eran una real amenaza para la Royal Navy, y que se desviaron muchos recursos que se pudieron dedicar a aumentar los submarinos, muchos más eficaces a la hora de hundir barcos mercantes. Tras sostener grandes discusiones con Adolf Hitler para defender la utilidad de la flota de superficie, Raeder es relevado de su cargo en enero de 1943.

La marina de guerra alemana termina perdiendo todos sus grandes acorazados. Además del Bismarck, el mencionado Admiral Graf Spee se autohunde el 17 de diciembre de 1939 en el Río de la Plata, frente a Montevideo. El crucero de batalla Scharnhorst es hundido el 26 de diciembre de 1943 en la Batalla del Cabo Norte, cerca de Noruega; también zozobra luego de ser rodeado por toda una jauría de barcos de la Gran Bretaña. Por su parte, el Tirpitz, gemelo del Bismarck, pero con casi 2.000 toneladas más de desplazamiento, es destruido el 12 de noviembre de 1944 por un ataque aéreo de la RAF británica en Tromsø, Noruega, cuando ya estaba relegado a funciones de batería flotante defensiva, evitando salir a mar abierto.

Finalmente, el mismo destino arrastra al fondo del mar a los cruceros pesados Blücher, Admiral Scheer, Lützow y Admiral Hipper.

En la expedición de Cameron, uno de los sobrevivientes recuerda que, al subir al Bismarck, junto con muchos de sus compañeros, decían que ese barco era invencible, indestructible. Nunca podría ser hundido. Lo mismo pensaron los pasajeros del Titanic.

En la guerra marina, los cañones resuenan como dioses enajenados. El mar inabarcable y la ferocidad de la artillería, recuerdan a los marinos la pequeñez humana, y simbolizan lo que todo naufragio: en su momento, todo se hunde y termina.

Hoy, una placa colocada dentro del Bismarck por la expedición de Cameron recuerda a todos los muertos. Uno de los sobrevivientes, sesenta años después, les dedicó unas palabras de homenaje; vacilante, emocionado, como si quisiera comunicarse con ellos, con todos los que, antes de hundirse, recuerdan a sus madres. Y, en medio del horror y la absoluta soledad, asumen que ya no sentirían un cálido amanecer, un momento de ternura; solo les queda el agua por todas partes y, luego, el abismo inmenso, frío, oscuro.