La fruta prohibida
Se le escucharon decir muchas veces frases como “¡con una manzana quiero asombrar a París!” y otras por el estilo. Paul Cézanne resumía en esa simpleza artística, con ese gesto por lo bajo, lo que para él sería la mayor ruptura de las convenciones academicistas de finales del siglo XIX.
Tanto fue así que Émile Zola puso en boca del protagonista de La obra, Claude Lantier una bastante parecida: “Una sola zanahoria que sea original llevará cabo una revolución”. Si bien el novelista en su gran texto de 1886 hace un rejunte de gestos de varios artistas que estaban proponiendo otras cosas en esos tiempos, Lantier es, básicamente, un álter-ego del autor de Retrato de Achille Emperaire, uno de los tantos rechazos a sus obras del Salón de París.
De eso se trata la novela de Zola: en la busca de una forma nueva que emprende Lantier, en la incomprensión de sus intentos, en el aislamiento y la falta de reconocimiento. Un pintor de pintores, pero sin un lugar en los salones, sin exposiciones y mucho menos, compras de sus cuadros.
Ese, también, fue Cézanne quien había nacido en Aix y nunca pudo entrar a la Escuela de Bellas Artes de París. Que de tanto no poder entrar con sus obras a las exposiciones creó el Salón de los rechazados. Que admiraba a Delacroix y a los jóvenes Courbet y Édouard Manet. El mismo que leyó la novela de su amigo Zola y se sintió tan identificado que nunca más le volvió a dirigir una palabra.
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