CULTURA
narrativa paraguaya contemporánea

Que asome el jopara

Escritores radicados en el país –Humberto Bas, Oscar Fariña, Ever Román, entre otros–, narradores en tránsito permanente entre Argentina y Paraguay –Douglas Diegues, por caso– y una larga ristra de miembros de la diáspora que se remonta hasta los casos señeros de Elvio Romero y Augusto Roa Bastos componen un colectivo de producción vigorosa aunque injustamente valorada todavía en Latinoamérica. En PERFIL, un panorama exhaustivo de la literatura paraguaya actual en Argentina.

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| pablo temes

A diferencia de los otros países de la región, Paraguay tiene dos lenguas de extensión nacional: el castellano y el guaraní. “Esto es conocido, pero no sé cuánto se dimensiona la influencia del fenómeno a la hora de hacer literatura”, afirma Carla Benisz, doctora en Humanidades y Artes e investigadora del Conicet especializada en el tema. En el cruce surge justamente una producción extendida dentro y fuera del país, una de las más importantes y menos valoradas todavía de la literatura latinoamericana contemporánea.

“Alguien dijo alguna vez que a los paraguayos nos cuesta hablar del puro presente, que siempre nos remontamos a la historia, y tiene razón. Desde hace 150 años que el Paraguay vive una incesante diáspora”, dice el escritor y editor Humberto Bas (1963), nacido en Jaguaramygta y radicado en la ciudad de Neuquén. “Entonces, su literatura es practicada tanto territorial como extraterritorialmente. Los contextos de uno y otro lado son muy diferentes, aunque los unifica un factor común: las huellas del guaraní y la oralidad”, agrega el autor de novelas inclasificables como El señor Ug (Entropía, 2015) y Boolodo poro Corloto (Kiveve, 2023).

“El guaraní ha desarrollado sus propios géneros, lo que algunos autores llaman oratura, algo difícil de analizar con los métodos de la literatura de cultura libresca y letrada del paradigma moderno. Nuestra imposibilidad de leer esos materiales hace que no podamos percibir la densidad de la producción simbólica en Paraguay”, advierte Benisz, profesora en la Universidad Autónoma de Entre Ríos e integrante del Grupo de Estudios Sociales sobre Paraguay (Gesp).

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Benisz decidió su especialización cuando cursaba Letras y observó que “la literatura paraguaya como corpus con problemas más o menos específicos no solía ser abordada en las cátedras”; además, “la fuerte presencia de la cultura paraguaya en los barrios populares” de la provincia de Buenos Aires (ella es oriunda de La Matanza) no tenía un correlato en la academia. “Eso está comenzando a cambiar”, dice; desde 2008 el GESP nuclea a investigadores de las ciencias sociales que tienen a Paraguay como referencia analítica y publica una revista anual de descarga gratuita (https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/revistaparaguay)..

“Toda la literatura paraguaya, interna o externa, lleva impresas radiaciones del compuesto, el purahei, ñe’enga, kaso ñemombe’u, y agrego, la talla, que son algunas formas expresivas de la oralidad”, apunta Bas. Y con eso la cuestión recién empieza: “Si consideramos que cada una de estas formas orales se funda como lengua literaria en el guaraní, y que el guaraní paraguayo no es homogéneo ni único, pues coexiste con otras cuatro familias lingüísticas originarias, y que en su extensa y traumática mixtura con el castellano forma el jopara o jehe’a, y que el jopara citadino es diferente al jopara campesino, tenemos un contexto riquísimo de particularización para todo lo que se produzca en términos literarios”.

Al guaraní y el castellano “se suma la presencia del portugués por la influencia económica de Brasil”, anota Benisz. Autor de Triple frontera dreams (Interzona), fundador de la primera editorial cartonera paraguaya y activista cultural en tránsito, el brasiguayo Douglas Diegues (Río de Janeiro, 1965) expone esa mixtura de legados y mandatos. “También hay mayor presencia del castellano paraguayo en la literatura contemporánea, por ejemplo en Liz Haedo o Christian Kent, cuando anteriormente los escritores parecían apelar a modelos más latinoamericanos, como hizo Augusto Roa Bastos, o incluso ibéricos, como Gabriel Casaccia”, agrega la especialista.

La fórmula de la mezcla. Christian Kent (Asunción, 1983) se multiplica como narrador, poeta, ensayista, editor y actor. Parte de esa producción está disponible para el lector argentino con Perla del norte, libro de cuentos publicado por Refucilo, y en él más que en otros de su autoría se siente “el contexto paraguayo”, dice.

“Es necesario que asome, aunque sea tímidamente, el jopara, que es la lengua paraguaya mayoritaria –explica Kent–. Le decimos jopara, que significa mezcla, pero es mucho más que eso, tiene su propia expresión, su propia identidad idiomática. El oído va dictando esos caminos para sentir a los personajes y sus mundos como verdaderos. No tengo otro motivo que ese, ni siento el compromiso de escribir como paraguayo, me atengo a lo que me pide el relato y nada más”. Perla del Norte enuncia desde el título el lugar en que transcurren las historias: “es uno de los sobrenombres de la ciudad de Concepción, ubicada en el extremo norte de la región oriental de Paraguay; aunque, claro, es también cualquier lugar y ninguno”, dice Kent.

Humberto Bas se crio entre la ciudad y el campo donde sus padres tenían un kokue’i, chacra. “De estar en escuela a la mañana, pasaba a carpir, ralear o cosechar algodón por la tarde –recuerda–. La vivencia del campo fue más intensa tanto en el sentido del idioma como de la música y las relaciones. En el pueblo se hablaba jopara; en el campo, un guaraní cerrado, con sus giros verbales casi esotéricos que revelaban formas únicas de señalar cosas y hechos que me fascinaban. En el pueblo no podías hablar en guaraní a los mayores, en el campo no existían esas prelaciones”.

Al hablar de literatura paraguaya, dice Bas, hay que atender a “una región porosa de idiomas bullentes”. Sigue Carla Benisz: “En el Río de la Plata tenemos muy naturalizado que la lengua de la escritura es el castellano. Para el escritor paraguayo esa naturalidad no es tal. Muchas veces la lengua de la intimidad es otra que la de la escritura. Al escribir en castellano, en guaraní o en una mezcla, el escritor se posiciona en un conflicto preexistente, una relación que establece una jerarquía entre las lenguas”.

Bas desgrana nombres en la literatura paraguaya contemporánea: la poesía Tangara (estilo poético moderno del guaraní) con Ramón Silva, Miguelángel Meza, Susy Delgado; las novelas escritas en guaraní con Hugo Centurión y Arnaldo Casco; “la escritura en ese mejunje de lenguaje trifronterizo –guaraní, castellano, portugués– con Damián Cabrera y Jorge Canese”; la poesía de Lito Pessolani; la narrativa de Cave Ogdon “con resuellos pynchonianos”; “lo gótico en Mónica Bustos, los aires de la Marosa di Giorgio en Sabina Candia y Aída Risso, el diálogo contextual con Javier Viveros y Sebastián Ocampos”; y los extraterritoriales “como Ever Román y Mario Castells, quien, además de estudioso y ensayista de todos estos temas, traduce y escribe poesía en guaraní”.

Benisz destaca Jurugusúlas, de Liz Haedo (Asunción, 1987), escritora en tránsito entre Argentina y Paraguay: “El título es una forma jopara hibridada que quiere decir boconas o desbocadas; está vinculada al chisme y al secretismo intrafamiliar. Aquello que no se debe decir, pero se dice”. También Boolodo poro Corloto, la novela de Bas que evoca “un juego típicamente infantil de reemplazar todas las vocales por una sola, bajo el cual se lee el nombre del niño protagonista”. En estas narrativas, “los sentidos que engloba el sintagma lengua materna están quebrados porque la madre ha migrado, porque la lengua se transmite por múltiples canales, porque la función de maternar está dispersada o porque la violencia hace conflictivo el vínculo con lo materno”, dice la investigadora.

Extranjeros en casa. La lengua literaria del Paraguay tiene otro factor: la migración de los escritores. “Es parte de Brasil, de Argentina, de Bolivia; los paraguayos viven como en casa en ciudades extranjeras, hay de hecho ciudades extranjeras que son territorio paraguayo. Hacer un retrato de un país como Paraguay, si tomamos esa intención literaria, debe tener en cuenta estas particularidades y rever un poco las convenciones y el significado mismo de la literatura”, dice Ever Román (Mariscal Estigarribia, 1981; vive en Ramos Mejía) entrevistado por Mario Castells para la revista Sonámbula.

“Paraguay es un país especialmente expulsivo; es imposible pensar su cultura sin lo que pasa con ese otro Paraguay que hay en la diáspora”, destaca Carla Benisz. La dictadura de Alfredo Stroessner consolidó ese impulso con la persecución, la censura y la cárcel de los opositores. “En Argentina hay una cultura paraguaya del exilio y la migración, una cultura que es a la vez paraguaya, migrante, y también porteña o bonaerense o formoseña o correntina. Incluso Yo el Supremo muestra eso: la novela emblemática de la literatura paraguaya, que toca temas sensibles y estructurales al Paraguay, al mismo tiempo evidencia que su contexto de producción fue Buenos Aires”, dice Benisz, autora de La “literatura ausente”: Augusto Roa Bastos y las polémicas del Paraguay post-stronista (2018) y Aporías de la letra. Apuestas críticas para la literatura paraguaya (2022).

Benisz aclara que “la migración no divide el campo intelectual como lo hizo en la post-dictadura, entre los escritores exiliados que regresaban y los que habían sufrido el exilio interior; las divisiones actuales se explican por las lógicas típicas de todo campo intelectual o literario: distintos grupos, estéticas, relaciones sociales”. La lengua literaria en el contexto de migración también cambia: autor entre otros libros de las novelas Resistencia (2020) y Un marido para Berta (2023), “Ever Román usa un lenguaje que parece siempre extranjero, raro; es un artilugio, pero tiene que ver con la extranjería propia que recrea en su literatura”.

En la librería Juan Rulfo, de Madrid, Bas se definió como “paraguayo de la Patagonia argentina” al presentar Boolodo poro Corloto. “Fue para la ocasión –se excusa–. Supongo que intentaba hacerme el gracioso para vender algo de exotismo caduco. Aunque me siento paraguayo y a la vez argentino, no me pienso con esas identidades tan cargadas de estereotipos y negaciones”.

“En más de 40 años que llevo en Neuquén, ha cambiado mucho la percepción que tengo de lo que es ser paraguayo en la Patagonia –sigue Bas–. Al principio era como un pajarraco al que se le pedía que dijera algo en guaraní, como se le pide a alguien una gracia. Ahora que hay una vasta comunidad paraguaya, con su barrio y toda la idiosincrasia, ya no hay que andar explicando que es el chipá, el mbeju; ni la diferencia entre la sopa paraguaya y el chipá guasú”.

Bas tiene su propia editorial, Kiveve: “Con mi amiga Claudia Pistilli, que vive en Alemania, nos planteamos un diálogo entre cierta literatura de la Cuenca del Mate y otra de la Cuenca del Rhin: textos que asumen algún tipo de riesgo y de búsqueda, como sustraerse a las demandas de legibilidad, linealidad y ligereza. En ese diálogo entre cuencas, pretendemos ir y volver con traducciones entre el castellano, el guaraní y el alemán”. Más recursos para una literatura en estado de ebullición.

Fe en lo fantástico

O.A.

Christian Kent fue incluido en la antología 10 poetas paraguayensis (Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2014) y en 1.000 millones. Poesía en lengua española del siglo XXI (Espacio Santafesino – Editorial Municipal de Rosario 2014). Ahora Refucilo publica Perla del Norte, un libro de cuentos que transcurre en espacios inspirados en la ciudad de Concepción. Kent es también cantautor y actor; protagonizó los largometrajes Universo servilleta (Luis Aguirre, 2010) y La enamorada (Martín Crespo, 2012).

—¿Cómo fue que la ciudad de referencia se convirtió en otra de ficción?

—Concepción es la ciudad natal de mi madre, donde pasé algunos veranos de mi infancia. Durante el período liberal de la historia paraguaya (1904-1947) se convirtió en un importante centro económico y cultural que tenía puerto directo con Europa, pero después de la guerra civil los gobiernos colorados la condenaron y quedó relegada al olvido. Bueno, esa ciudad opulenta que se detuvo en el tiempo es la que yo –mal o bien– recuerdo, los grandes caserones devorados por raíces de guapo’y, las calles de polvo, las carretas que atravesaban el centro histórico, las sillas y los adioses largos en las veredas, las siestas prohibidas para los niños, las siestas de fuego y leyenda (parafraseando a Darío), etcétera. Muchas de las historias de Perla del Norte están inspiradas en personajes y situaciones reales de Concepción, y también en historias que escuché desde siempre de boca de los mayores. El nombre Concepción es significativo, en este pueblo me nació la imaginación, fue donde “concebí” la fe en lo fantástico y su posible irrupción.

Un universo en expansión

O.A.

—¿Qué relaciones establece la literatura paraguaya contemporánea con su tradición, o tradiciones?

BENISZ: Esas tradiciones aún están en vía de construcción, pero hay influencias significativas ligadas a los distintos usos de las lenguas. Por ejemplo, para el guaraní, es fundamental la figura de Emiliano R. Fernández, un poeta popular de los años 30. Roa Bastos lo admiraba, Susy Delgado lo rescata. Es un modelo de un uso popular del guaraní paraguayo con dimensión poética, tan popular que hasta el día de hoy está presente en la música y por eso también ha sido muy aprovechado por el nacionalismo de derecha. Otro nombre sobre el que hay cierto consenso es Rafael Barrett, un cronista anarquista hispano-paraguayo de principios de siglo XX que fue muy influyente en la vertiente de lo que puede llamarse “literatura social”. Roa Bastos decía que les había enseñado a escribir a los escritores paraguayos.

—¿Qué proyección actual tiene Barrett?

—Tal vez sea un poco exagerado, pero fue uno de los primeros en elaborar, desde sus crónicas, una estética realista y contestataria cuando predominaba cierto romanticismo idealizador. Actualmente, Damián Cabrera, un escritor de la zona de la Triple Frontera, lo toma como referencia justamente porque comparten cierta perspectiva de ese escenario tan problemático pero tan dinámico para la literatura de la región.

—¿Qué otras líneas destacaría?

—Hay otra vertiente que surge tras el rescate de los cantos indígenas. Desde mediados de siglo XX, sobre todo desde 1959, cuando se publica Ayvu Rapyta, la producción simbólica de los indígenas guaraníes fue muy influyente sobre todo en poesía. Algunos poetas como Ramón Silva o Miguelángel Meza abrevan en tópicos o ritmos rituales para innovar en la poesía de los 80. Hay otros posibles ejemplos, pero fijate que, en estos, hay crónica, poesía popular y cantos indígenas; por eso me refiero a la necesidad de leer materiales heterogéneos, distintos a los géneros literarios tradicionales, para entender todo el universo de la literatura paraguaya.

—-¿Y Roa Bastos?

—En cuanto a narradores, para ir a lo tradicional, Gabriel Casaccia y Roa Bastos son los nombres más destacados. Pero creo que Roa Bastos es más influyente a nivel latinoamericano que en Paraguay. En Paraguay, sobre todo desde la posdictadura, se asumió cierta posición “parricida” hacia su figura. Como pasó en Argentina con Borges en los 70. De todos modos, explicar a Roa es explicar toda la literatura paraguaya del siglo XX: sus conflictos, sus particularidades, incluso sus proyectos inconclusos y sus problemas. Es un escritor que escribió al Paraguay desde afuera, eso también es muy paraguayo.

La demanda de la infancia

O. A.

En la presentación de Boolodo poro Corloto realizada en Madrid, Humberto Bas definió la novela como “una escritura sobre la infancia, y la infancia es una demanda eterna”. Según cuenta, los orígenes de la novela se remontan a 1989, cuando hizo un programa de radio con niños y niñas del barrio Ceferino de Neuquén. El programa se llamaba Un gato en el tejodo y entre sus protagonistas “estaba Carlito, el inspirador de Boolodo”.

Sin embargo, del punto de partida a la novela hay una distancia: “Si Carlito leyera Boolodo, se preguntaría, ¿y yo en dónde estoy? –dice Bas– Y no se encontraría, porque la escritura que arrancó con una anécdota fue torneando mis intenciones iniciales, sugiriendo posibilidades nuevas; entre ellas, el empleo de mis experiencias como material plástico para lo que suponía la experiencia vital de otra persona… Y ese material plástico conllevaba su propia tonalidad y ritmo, su propia fragilidad que demandaba todo el tiempo un cuidadoso tratamiento; de ahí eso de la demanda de la infancia”.

En 2023 la novela “pareció decirme bien en paraguayo: ya está ya”, y Bas la publicó con su sello, Kiveve (la editorial toma el nombre de un plato tradicional paraguayo; el lector puede encontrar la receta en la cuenta de Instagram). “Quienes leyeron Boolodo celebran a Labuela de Carlito. Ay, esa Labuela, esa Labuela…, comentan. Y es curioso, porque siempre quise escribir sobre mis abuelas, sobre una en especial; pero siempre todos los intentos resultaron inútiles”.

—¿Cuál sería la historia por contar?

—Mis dos abuelas son portadoras de los mejores nombres que pueden tener las abuelas. Reineria Margarita, una; Práxedes, la otra. Mi abuela Práxedes, una hermosa paraguaya, con la estampa y la voz cascada de una Mercedes Sosa, en su eterna poltrona apantallándose con un abanico de palmera. A ella la habré visto cuatro veces; pues, habiendo parido 15 hijos y criado 19, el tiempo que tenía para sus nietos y nietas hacía que nos tocaran unos pocos minutos per cápita de atención. Nunca tuve un contacto como para que ella ejerciera una abuelitud conmigo. A mi abuela Reineria Margarita no la conocí. La asesinó su marido (me niego a llamarle abuelo) en la Nochebuena del 1950, estando embarazada de su décimo hijo. En ese momento quedaron huérfanos 9 hermanos, entre ellos, mi mamá con 16 años. Y sobre su historia empecé una y tantas veces relatos que terminaban en intenciones. ¿Cómo contar todo esto que ahora cuento casi como un hecho adventicio… si eso no se deja contar? Y concluyo que la escritura de Boolodo fue un proceso de escritura del abandono… para que la cosa que aparece aparezca cuando quiera aparecer.