La traducción y sus desvíos
Lo que predomina es la heterogeneidad, la mezcla y la dispersión, como si esa estructura reprodujera la forma de las ideas que acuden a la mente inquieta y efervescente de Battistón.
La madre de Beckett tenía un burro, de Matías Battistón (Buenos Aires, 1986) es un libro felizmente inclasificable, ya desde su título. Podría decirse que es un texto sobre la traducción, o el diario de un traductor empedernido, o un cuaderno de notas, anécdotas y experiencias; sin dudas es todo eso, pero la definición no alcanza a dar cuenta plenamente de este objeto extraño. En su aproximación a la tarea del traductor, Battistón evita deliberadamente el tono solemne; en su lugar, elige un registro mayormente humorístico, pero no por eso superficial ni complaciente. Cuenta al inicio, por ejemplo, su fascinación al descubrir que la madre de Beckett tenía un burro llamado Kish. Podría ser un dato de color, completamente inútil; sin embargo, el autor afirma: “En realidad, un dato no tiene que ser útil, ni siquiera interesante, para resultar hipnótico; es suficiente con que ejerza su propia gravitación”, y a continuación se pregunta: “¿Qué hago con esto? ¿Lo convierto en una nota al pie? ¿Lo menciono en un prólogo, en un epílogo? Algo en mí me impide encajarle un burro innecesario al lector”.
La madre de Beckett tenía un burro está dividido en tres capítulos, cada uno con múltiples apartados, por lo general breves. Lo que predomina es la heterogeneidad, la mezcla y la dispersión, como si esa estructura reprodujera la forma de las ideas que acuden a la mente inquieta y efervescente de Battistón, las ocurrencias que surgen a partir de su trabajo como traductor, pero que a la vez lo interrumpen, asaltándolo con regularidad. En esa variedad de reflexiones y anécdotas hay múltiples referencias a Samuel Beckett (de quien el autor tradujo su trilogía Molloy, Malone muere y El innombrable), entre las cuales está su imitación juvenil de James Joyce, no solo en términos de estilo literario, sino incluso su imitación corporal. Se habla también de los efectos físicos del acto de traducir, como los que sufre José Bianco cuando tiene que corregir pruebas de imprenta o, para volver a Beckett, de su calvicie avanzada luego de su traducción del Innombrable, amén de sus muchos síntomas (“un carnaval cacosomático donde no queda órgano que no pegue un grito”). Bianco, por cierto, traduce Malone muere, y lo que en el texto del irlandés son manzanas, en la lectura de Bianco son papas. Battistón afirmará que “en eso, su versión es más irlandesa que el original”.
En las páginas iniciales, el autor dice que “con lo que queda afuera al traducir, con lo que anoto en cuadernos y archivos que después no abro nunca más […] se podría armar un libro. Sería imposible ponerlo todo, darle plena cabida a cada burro, y además, al escribirlo, terminaría hablando de otra cosa, inevitablemente, pero el gesto serviría para iluminar un poco el revoltijo que implica cualquier proyecto de traducción”. Habría que decir, entonces, que ese libro es este, hecho de restos, de borradores. En ese revoltijo, hay un burro llamado Kish que come frutillas y un traductor que evoca a Beckett en medio de un delirio febril.
La madre de Beckett tenía un burro
Autor: Matías Battistón
Género: ensayo
Editorial: Emecé, $ 31.900
También te puede interesar
-
Escrito en el agua
-
Sin anestesia
-
Apuntes de una experiencia decisiva
-
Libro objeto, el futuro se escribe
-
Portadas
-
Arte y vida
-
Gilda: la cantante popular que se convirtió en la “Santa de la Alegría” de la fe argentina
-
San Antonio Abad, el hombre que eligió el desierto para buscar a Dios
-
El grupo Feltrinelli desembarca en Montevideo con una megalibrería