cultura impresa

Libro objeto, el futuro se escribe

Pese a los augurios alarmantes, el libro físico no solo no ha muerto, sino que ha reafirmado su lugar como soporte material y simbólico que incluso hoy nos propone la desconexión –más no sea momentánea– del entramado digital. Por eso, es preciso discutir sobre los múltiples usos de la palabra escrita, impresa, el conjunto de elementos que componen el universo del libro. Distintos referentes de la industria reflexionan sobre el fenómeno de los títulos publicados sobre la historia de la escritura y sus transformaciones y analizan las actuales condiciones materiales de producción, circulación y consumo de libros.

Foto: pablo temes

A principios de los ochenta Julio Cortázar, puesto a introducir las obras completas del autor de Los siete locos, confiesa que antes de leer una nueva edición de Roberto Arlt, el Arlt suyo, en el cual hallaba su “no estilo genial”, era el de las “horrendas y originales” de Editorial Claridad, y los no “menos horrendas” de Futuro. Lo mismo que para Jorge Luis Borges su Quijote sería siempre el de tapas rojas, edición francesa Garnier, dibujos de Gustave Staal, siglo XIX, y que las demás quedarían para un tal Menard. Del otro lado del charco, Ida Vitale hablaba de la infancia de sus lecturas, y bullía en melancolía por sus ediciones en rústica y a dos columnas “ilegibles” de Julio Verne. Modos de leer que son disparados en los maravillas de los soportes del texto, forma, tamaño, color, tipografías, calidad de papel y de impresión, que no es otra cosa que organizar las ventanas de lectura, “donde lo consumido, nos consume”. 

El creciente interés periodístico, académico y editorial contemporáneo, con cercanas jornadas y coloquios a salas repletas,  y la consolidación de colecciones de libros sobre libros, con algunos inusitadamente exitosos como Santiago Rueda. Edición, vanguardia e intuición de Lucas Petersen (Tren en Movimiento) y Editores y políticas editoriales en Argentina (1880-2010)” (FCE), atestiguan el surgimiento de una masa crítica que exige saber la cocina del libro. Exije mejores libros porque “los libros son del mundo”, decía el artista y editor mexicano Ulises Carrión, y “pertenecen a todos y cada unos de nosotros”.

“Otra de las misiones de La Literatura Argentina, consistirá en el poner al corriente sobre las preocupaciones, iniciativas, mejoras y labor en general de libreros y editores, de los que no se puede prescindir al afrontar un cometido como el nuestro, como no se puedo prescindir de Edison y Marconi al ocuparse de la electricidad que ellos, desde luego, no inventaron, pero que aplicaron con los magníficos resultados conocidos”, anticipaba la revista lanzada en 1928 por el imprentero Lorenzo Rosso, en una de los pocas reflexiones del mundo del libro sobre su objeto hasta casi fin de siglo, salvo los nodales trabajos de Adolfo Prieto. “Hasta el momento la historia del libro argentino es una biografía política de escritores” parafraseado la Sociología del público argentino de Prieto de 1956 y representaba de las escuetas líneas hasta los noventa del estudio sistemático de la historia social de la cultura escrita, que se funda en el cruce de historiadores, críticos literarios, sociólogos, etnólogos, lingüistas, economistas, especialistas en biblioteconomía y en ciencias de la información y la comunicación. 

Roger Chartier, Martyn Lyons, Robert Darnton y Jean-Yves Mollier fueron los primeros referentes en las nacientes carreras de diseño y edición, en simultáneo a las experiencias pioneras de la revista tipoGráfica fundada por Rubén Fontana. “Ante la poca información en idioma español, la revista tipoGráfica nació para cultivar e ilustrar a los alumnos de la entonces reciente Carrera de Diseño de la UBA. Durante veinte años –entre 1987 y 2006– comunicó a los estudiantes, docentes y profesionales dedicados al diseño, sobre las historias, los desarrollos, las teorías y la práctica vinculadas al diseño de la tipografía, las formas más aptas para la lectura, y su comprensión”, señala el maestro que abrió los ojos a que “hoy se mire la composición de los textos con más cuidado. Y se piense sobre las formas de uso apropiados para la palabra. Creo que esta situación es uno más de los beneficios silenciosos que proporciona el diseño”, comenta el referente de la generación Di Tella de las revoluciones hoy visibles en la organización de la página.  

Desencantamiento dicen otros en dar la letra a la dimensión del trabajo editorial y librero, de cómo llega a la mesa de libros y que los especialistas sostienen que, lejos de desrromantizarlo, coloca a la sagrada mercancía de papel encuadernado en una serie muy humana, muy imaginativa, donde cada actor y proceso le añade valor.  

“Se dan dos procesos que contribuyen al creciente interés”, señala Alex Schmied, de la editorial Tren en Movimiento, que hace quince años con la colección “Sentidos del Libro” propone “discutir y reflexionar sobre los múltiples usos de la palabra escrita, el universo del libro, las prácticas y los actores que lo hacen posible, desde una perspectiva atenta a sus implicancias político-culturales”. Amplía el editor, “Por un lado, una gran ‘dispersión’ del saber editorial. Esto es, a partir de transformaciones tecnológicas, que permitieron el acceso a herramientas que facilitaron el acceso a la producción del libro más o menos profesional (herramientas de autoedición, transformaciones en la producción gráfica, etc.), y la difusión de muchos espacios en los que el conocimiento editorial se transmite y comparte (desde espacios más formales, académicos, en carreras, diplomas, etc., hasta espacios de autoformación, talleres, y otros espacios menos formales); la edición se reafirma como una práctica creativa que es social y es comunitaria y tiene muchos sentidos, muchos más que los que tenía quizá en otro momento, ligados a cierto tipo de producción, a una industria, a una determinada economía y a un cierto modo de hacer. Ahora es pensar la edición en los espacios que nos permiten ‘comulgar’ con nuestros secreto”, señala quien presentó hace unas semanas El Estado editor en América Latina. Libros, política y cultura de Carlos Aguirre, Sebastián Rivera Mir, Martín Bergel (coordinadores) y que allí se plantea en estos tiempos mandriles la obvia acción del Estado para cualquier expansión –o desaparición– de la lectura y el libro. 

Y por sí mismo. La editorial Ampersand dirigida por Ana Mosqueda, referente en la enseñanza de la edición en el país, conquistó gran aceptación de público y crítica, hace más de una década, debido en principio a la novedosa colección Scripta Manent. A cargo de Antonio Castillo Gómez agrupa libros ya canónicos, El pequeño Chartier ilustrado y los artículos seminales de José Luis de Diego reunidos en La otra cara de Jano, Los escritores no escriben libros y La sagrada mercancía, y sostiene “un interés humanista que viene de la enciclopedia, o de los intelectuales locales como José Emilio Burucúa, y que construye el universo Ampersand: la curiosidad del libro como un estandarte material de todo lo que eso representa de diálogo, investigación y profundidad. Esa es la batalla que me parece que tenemos que dar asentados en la lectura. Y entender el pasado para entender el futuro de la edición”, remarca Diego Erlan, editor de Ampersand. El periodista y narrador manifiesta que el fuerte fenómeno de los libros sobre la historia de la escritura y sus transformaciones, en agentes y campos, tiene correspondencias en Trama de España, Lote 42 de Brasil y, desde 2018, la colección Editor de la mexicana Gris Tormenta. Entre las novedades Erlan anuncia la fascinante Historia de la encuadernación del Quijote en la Francia del siglo XIX por la brasileña Ana Utsch, el testimonio redondo de la edad de oro del editor, y de las maneras de imaginar al paratexto fundador que conduce, seduce, o no, al primer párrafo.

Otra cuerda que impulsa la mirada curiosa en la invención de los libros “es esa muerte del libro impreso de la que se habló tanto, que en realidad es la sensación de muerte de un formato, y de lo material que hace archivo. Por eso también el archivo está tan presente hoy y es un objeto de investigación también junto a los papeles de escritores. Somos conscientes como sociedad que ese tipo de materiales se están perdiendo y entonces la crítica genética va a tener una dificultad venidera para analizar procesos de escritura del texto” , adelanta Erlan. Comenta además en concomitancia que la muy apreciada serie Lector&s del sello, que “explora los vínculos que unen la experiencia de leer con la experiencia de vivir” de autores reconocidos, es ariete fundamental en comprender  el “diálogo con el libro que empieza cuando elegimos la publicación por cuestiones, digamos, como el espacio que nos permite hacer anotaciones. Nosotros optamos en Ampersand por mucho aire en la caja y, para que sean rentables nuestras ediciones voluminosas, tenemos una estrategia donde ponemos el cuerpo a cada obra del catálogo y vamos a buscar al lector y el librero”, remarca.

Nuevas direcciones del libro con ausente del Estado. “Yo soy graduado en Letras, y siempre me interesó lo que podría definirse como las condiciones materiales de producción, circulación y consumo de la literatura en la vida social y cultural. Antiguamente, solía hablarse de la ‘vida literaria’; después, con la irrupción de la sociología de la cultura, solemos hablar del ‘campo literario’: autores, agentes, editores, lectores, público; editoriales, bibliotecas, revistas culturales, ferias y festivales, premios literarios, etc. En 2004 inicié, con un puñado de colegas y amigos de la UNLP –Universidad Nacional de La Plata–, la escritura de un libro que tuvo su primera edición en 2006, Editores y políticas editoriales en Argentina(1880-2010); lo editó el Fondo de Cultura Económica –con una reedición ampliada en 2014 dentro de la fundacional serie Libros sobre Libros–. Desde entonces, se abrió un campo de estudios que de a poco se va consolidando en coloquios y congresos, publicaciones y presencia institucional. Incluso en el interés que prestan al fenómeno los medios y periodistas culturales, como en la presente nota”, resalta el doctor José Luis de Diego, quien junto a Gustavo Sorá, residente en Córdoba, y Leandro de Sagastizábal, autor en 2002 del muy citado Diseñar una nación. Un estudio sobre la edición en la Argentina del siglo XIX (Norma), son algunos de los nombres nacionales que suplementaron con sus investigaciones ciertos cambios en las maneras de afrontar la edición en el siglo XXI. 

“Los autores no escriben libros” es una provocativa frase del bibliógrafo Roger Stoddard que le gusta citar al historiador francés Roger Chartier. Pensado desde nuestra disciplina, el sentido de la afirmación resulta evidente: los autores escriben textos, no libros; el libro es el más duradero soporte material de los textos y se ha consolidado, desde mediados de siglo XX, como un objeto de estudio particular”, sentencia De Diego, entre los organizadores del primer Coloquio Argentino de Estudios sobre el Libro y la Edición en La Plata en 2012, y que es considerado el puntapié del actual movida de indagar el libro como objeto. 

Para 2025, en esa estela ejemplar de tinta y saberes, la primera edición de Jornadas Objeto Libro. Historias, prácticas, materialidades y estéticas presentó “espacios para conversar sobre un libro, sobre un tema, sobre una problemática, sobre una historia. Y también generar un lugar para hablar y pensar sobre las diferentes experiencias que tenemos en torno al libro”, explica Diego Erlan. Con la organización de la editorial Ampersand y la Universidad de las Artes, en el Malba y en el Museo de la Cárcova, fue casi en simultáneo a fin de año con el 5º Coloquio Argentino de Estudios sobre el Libro y la Edición (5Caele), en la Universidad Nacional de San Martín. Ambas registraron auditorios y salas desbordantes en charlas magistrales, talleres, mesas-debates y simposios, y que establecieron un “foro interdisciplinario de alcance regional y latinoamericano para la discusión y el intercambio de ideas en torno al libro, la edición y la cultura impresa, en toda su diversidad”. “Lo más notable de ese esfuerzo sostenido es la convocatoria creciente a investigadores de América Latina en (5Caele): en el último estuvieron presentes colegas de Brasil, Uruguay, Chile, Colombia, México y los lazos fuera de la Argentina se hacen cada vez más sólidos. También cabe decir que el único ingreso que tuvimos para hacer este coloquio fue el de la matrícula de los participantes y el apoyo de algunas editoriales, porque el Estado no nos aprobó ningún subsidio para la realización de eventos científicos periódicos”, remata De Diego. 

El futuro llegó hace rato. “Una buena lectura se consigue con una adecuada administración de los recursos: una elección acertada de la tipografía y del tamaño de la letra, el empleo de la cantidad apropiada de signos en cada línea, del espaciado entre las líneas de texto y también el cuidado y proporción de los márgenes. La organización estructural del libro prácticamente no se ha modificado desde Gutenberg y eso puede considerarse un hecho virtuoso”, comenta Fontana aunque advierte que “quizás el mayor inconveniente podría ser que la IA solo nos devuelva una respuesta estereotipada sobre una cultura que está en constante evolución”. “También comienza a extenderse una discusión y una toma de conciencia acerca de sus riesgos y problemas tanto en términos de derechos de autor –patrimoniales y morales– como sus efectos negativos sobre el trabajo, especialmente entre las tareas creativas como la ilustración, el diseño, la escritura y la traducción”, extiende el análisis el investigador del Conicet Alejandro Dujovne. Y en la misma sintonía de Fontana, el director del Centro de Estudios y Políticas Públicas del Libro Unsam, se pregunta, “¿Qué significa leer hoy?, ¿qué significa, y qué nos pasa, cuando leemos un libro físico, cuando leemos en la computadora, o leemos en un celular? Es imposible agotar el tema que se está discutiendo en el mundo con gran interés. Solo quisiera decir que el libro, y en el especial el libro físico, reaparece hoy no solo como la posibilidad de una desconexión, aunque sea momentánea, del barullo y ansiedad digital, y una reconexión con un tiempo distinto que permite un encuentro con uno mismo y con otros”.

Alex Schmied de Tren en Movimiento apunta que “los libros en sí se mantienen muy parecidos a cómo eran hace cincuenta años. Y demandan el mismo trabajo, el mismo cuidado con los materiales, el mismo despliegue de imaginación. Pero atentos: dentro de ese proyecto, y para quien pueda pagarlos, todos los bienes aparecen –solo aparecen– como intercambiables. En el libro esto no es así. No funciona así. Hay elementos de la cultura que son ingobernables, indetenibles. Ni los proyectos totalitarios pudieron controlar todo. Entonces si el proyecto global de la crueldad triunfa, el libro contemporáneo seguirá resistiendo, aunque sea en los márgenes. De hecho lo sigue haciendo. El libro es reservorio de memoria, territorio de disputa por el sentido de las cosas y horizonte de las representaciones y los imaginarios, porque surge de un conjunto de prácticas en las que se interrelacionan y afectan esas producciones editoriales”, cierra el editor establecido en el Conurbano Bonaerense. 

Como tantas otras, Tren en Movimiento es parte de las editoriales independientes que también, a fuerza de catálogos a la carta y diseños de avanzada, significan las garantes de la bibliodiversidad. “La emergencia de las editoriales independientes obedece a razones económicas. Cuanta mayor rentabilidad exigen los accionistas de los grandes grupos, mayor será el espacio comercialmente disponible para las editoriales independientes. Se trata de un grupo de sellos altamente heterogéneos que, al menos tendencialmente, se interesan más por la cultura que por el dinero y tienen un mayor esmero y cuidado por el aspecto material del libro, por su resolución estética. Las nuevas tecnologías han sido en parte solidarias con la emergencia de estos sellos, ya que tienen una mayor presencia en las redes y sus sitios web son mucho más elaborados y atractivos que los de las editoriales comerciales”, corrobora De Diego. Y enseguida denuncia el garrote del salvajismo capitalista reinante, “sin embargo, después de la brutal concentración de los últimos años, el símil ya no parece funcionar: una de las caras del libro, la que miraba a la cultura, se ha deteriorado como esos bustos de piedra a los que el tiempo les ha ido borrando las facciones. Sabemos, no siempre los mejores libros son los que más se venden. Y eso marca la diferencia: por eso merece el apoyo de los Estados, por eso la mayoría de los Estados lo apoyan; pero esto es lo que muchos economistas no terminan de entender”. El relato debe continuar. 

“La intimidad que se produce frente a la página no existe en la pantalla que es más anónima, que no nos indica si la información leída ocurrió en la página par o impar, arriba o debajo de la página. El acto de leer en una página del libro impreso sobre papel proporciona emociones diferentes”, sostiene el premio de platino Konex Rubén Fontana, y entonces refuerza que “la sociedad necesita de la vitalidad del libro. Es una máquina que desde su creación hasta hoy no ha sido superada”. El periodista y escritor Diego Erlan, de Ampersand imprime en molde, “El futuro del libro es su presente. El libro está acá y lo vas a leer, y lo vas apreciar y hojear por los años de los años para imaginar lo humano. O sea, no podemos pensar el futuro sin pensar en el libro”. 

“Por esto, cuanto se haga por el fomento del arte tipográfico, cuánto más se impulse el desarrollo de todas las artes gráficas, más se contribuye a elevar la cultura social y más pronto puede llegarse al gran desideratum, por el que Iuchan todos los amantes del progreso: Ia inalterable paz y perpetua armonía de la gran familia humana” en la Noografía, revista mensual dedicada a la imprenta, la librería y las demás artes gráficas escrita por anarquistas y socialistas. Enero 1899. Palabras que nos impulsan a construir, mediando la experimentación, la memoria y la lucha, el futuro del libro.