Rock y felicidad
El libro “Notas y reseñas sobre rock” reúne los textos tempranos en los que Luis Chitarroni ejerció una crítica musical atenta, hospitalaria y estéticamente exigente, ajena a la oposición entre alta cultura y cultura popular. A partir de notas y reseñas publicadas en los años ochenta y noventa, el volumen permite leer a un crítico que escucha el rock como un esteta: sin desdén ni entusiasmo automático, pero con una apertura que privilegia la experiencia de la escucha, la búsqueda de principios estéticos y, sobre todo, la alegría. Lejos del cliché del crítico severo, Chitarroni piensa el rock como una forma de arte capaz de producir felicidad y de interpelar a la sensibilidad contemporánea sin ocultarse en la solemnidad académica.
Hace muchos años, en un seminario donde estudiábamos la Teoría estética de Theodor W. Adorno en algún aula de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, un profesor amante de la sana polémica dijo algo así como que el kitsch es lo que secretamente más nos gusta. Quizás sea la culpa que se cifra en lo inconfesable de ese gusto, con todo el peso de una tradición teórica volcada al canon de obras académicas sobre las espaldas, la que en parte haya hecho a la mayoría de los intelectuales relegar las formas de arte popular, identificadas con el kitsch, al ámbito de lo insustancial y no darles el espacio que merecerían en las páginas de sus trabajos.
No parece haber sido el caso del escritor, editor y crítico literario Luis Chitarroni. Editado por Hiperbórea bajo el cuidado de Diego Zappa, Notas y reseñas sobre rock nos muestra a un joven Chitarroni que escribe con solvencia sobre el género, reconociendo aquí y allá obras maestras de su ámbito y estableciendo paralelismos entre producciones, creadores y movimientos –entre Jethro Tull y el teatro del absurdo, entre Brian Eno y John Cage– que hacen caso omiso de la nebulosa oposición entre un arte elevado y otro popular.
El volumen recoge once notas sobre músicos y veinticinco reseñas de álbumes del universo pop-rock que Chitarroni publicó en la revista Audio Universal entre febrero de 1981 y septiembre de 1983. A estos trabajos se añaden tres artículos aparecidos en la revista Esculpiendo Milagros en 1993 y 1994, dos de ellos escritos en colaboración con Daniel Renne. También se incluye un apéndice con un par de artículos que escapan a la premisa del archivo, pero que ameritan su lugar en la compilación: una nota sobre el cuarteto vocal Opus 4 y una reseña sobre dos libros del crítico de rock Nick Cohn. Los textos de Chitarroni son acompañados por un completo y esclarecedor prólogo, que funciona como un breve estudio preliminar, del filósofo y escritor Ricardo Ibarlucía –el profesor en cuestión mencionado al comienzo– y una contratapa entusiasta a cargo del escritor Rodrigo Fresán.
La característica de los escritos reunidos es sin duda la calidad de la escritura. Los párrafos iniciales de su retrato de Joni Mitchell, la nota que abre el libro, ya lo deja a la vista. Luego de presentar con sobria nostalgia a la generación que convergió en Woodstock como portadora del “propósito desmesurado” de ser felices no individual sino colectivamente, Chitarroni describe los tiempos de su propia generación con una precisión que la pinta de manera entrañable: “Las cosas han cambiado. No hay Corea ni Vietnam, pero los infiernos persisten. Hasta donde yo sé, no hemos logrado ser menos desdichados; tampoco perdimos la esperanza de ser felices. Algunos recordamos las bucólicas utopías de la época de Woodstock, cerramos el libro de Norman O. Brown, ponemos un disco de Joni Mitchell, y confiamos en que todo saldrá bien.”
Pero pasando precisamente al plano del contenido, quizá el denominador común más relevante del conjunto de escritos sea la voluntad de dar con los principios estéticos que mejor describan las obras analizadas, sea un canción, un álbum o la producción completa de un artista. No se trata de un discurso técnico sobre la música o las letras, sino que cada pieza del libro busca desarrollar dos o tres principios rectores centrales para la producción examinada, acompañando este desarrollo con unas pocas observaciones formales pertinentes. Estas descripciones estéticas, a su vez, también esbozan la concepción estética global del joven escritor que, yendo más allá de las producciones analizadas, no se priva de hacer afirmaciones sobre el arte como un todo, sobre los artistas, las obras maestras y también sobre el papel que en este caso desempeña él mismo: el del crítico.
En tanto artista que asume este rol, Chitarroni se aleja por completo del cliché, asociado a la tarea del crítico de arte, de mirar las obras con un desdén simplista. Como señala atinadamente Ibarlucía a propósito de las notas de Audio Universal, las críticas de Chitarroni “evitan el estereotipo, el encomio fácil no menos que la descalificación”. En este sentido, hay un rasgo que merece ser destacado en la labor crítica que lleva a cabo en este libro, que constituye la que quizás sea la exigencia más básica del oficio y, a su vez, la más difícil de alcanzar: la disposición receptiva frente a la obra que se tiene frente.
Su mayor o menor estima por un músico –es visible, por cierto, su especial admiración por King Crimson, Paul McCartney y Genesis– no prevalece por sobre su esfuerzo para encontrar los juicios que mejor describan la producción que examina. Con un gusto claramente formado por el beat y el rock progresivo durante su adolescencia, se muestra con un oído atento y sensible frente a los estilos que se conformaban en la época en que escribe en Audio Universal (la new wave, el post-punk, el synth pop, el New Romantic), esa “nueva música” a la que ve delinearse como un “estado de confusión promisorio”. Esta apertura en la escucha le permite calificar de obras maestras no sólo a algunas piezas de King Crimson, Genesis o Phil Collins, sino también al álbum Synchronicity de The Police, al que estima como “la obra maestra del año” en la reseña que le dedica tres meses después de su lanzamiento.
La misma disposición abierta de Chitarroni como crítico se deja ver, también, en cierta idea de inefabilidad que aparece más de una vez a lo largo de la compilación, a través de la afirmación repetida de que sus palabras sobran, acompañada de la invitación constante a la escucha hecha al lector. Sobre Discipline de Crimson, por ejemplo, sostiene que se trata de “una música que reclama ser escuchada”. Y agrega inmediatamente: “Cualquier gradación de adjetivos resultaría un pálido intento de circundar algo que decididamente está más allá de las palabras”. Chitarroni manifiesta así la dificultad del crítico, sobre todo del musical, precisamente de poner en palabras –en palabras que le hagan justicia– algo que quiere expresar lo que, en algún sentido, escapa a los conceptos. El escritor, al adoptar la piel del crítico, es coherente con este pensamiento: es por eso que sus notas, reseñas y artículos tienen un aire de invitación, guiada, a la audición.
Chitarroni no se enfrenta a las piezas ni como un simple diletante, ni como un musicólogo o un crítico literario. Se comporta más bien como un esteta, un melómano educado e inquieto, un escritor con una aguda sensibilidad para pensar el arte, que se sienta a escuchar con atención las piezas musicales y traza en palabras cuidadosamente elegidas perfiles que incitan al mismo tipo de audición que él practica. En el camino, da unas series de claves valiosas para pensar la música de rock en general, su modo de ser arte, su relación con el concepto de vanguardia. La tranquilidad, la frescura, la liviandad en el buen sentido del término y la alegría aparecen como notas que podrían describir el núcleo íntimo de la estética de esta música. Sobre todo la alegría.
En su artículo sobre The Beach Boys, escrito antes de la edición aniversario del inconmensurable Pet Sounds, Chitarroni afirma: “Su historia –la de la carrera de The Beach Boys– no se esconde en la estudiosa oscuridad, sino que nos hace felices a cada rato, como una escapada diurna e irresponsable.” Esta breve frase dedicada a los Beach Boys dice mucho sobre el modo en que Chitarroni parece entender el rock en general. Esa felicidad de la escucha –que el escritor no teme confesar– se deja entrever en sus críticas. Y la contagian.