Vacíos y existenciales
En 1933 se fue vivir a La Rioja, más específicamente a Chilecito, buscando un mejor lugar para paliar la tuberculosis. Víctor Cúnsolo abandonó el barrio de La Boca; también el de Barracas al que había llegado con su familia, cuando tenía 15 años, provenientes de Sicilia en 1913. Con la esperanza de que, alejándose de esa ribera húmeda y yéndose al clima seco de la provincia, las toses y los dolores se moderarían.
Es que “la enfermedad de los artistas”, como se la conoció durante el siglo XIX, tuvo que esperar hasta que Robert Koch aislara el bacilo, a fines de esa misma centuria. Pero, todavía, faltaba que Schatz y Waksman, en lugar de ir a pelear a la Segunda Guerra Mundial, descubrieran la estreptomicina. Pero Cúnsolo murió antes: en 1937 en Lanús.
Fue uno de los pintores de La Boca, pero también hizo algo con los paisajes de la tierra de Facundo Quiroga. Casi lo mismo, en un lado y en otro. Vacíos y existenciales, el barrio de la ciudad y las montañas coloradas se transformaron en algo muy particular en los cuadros de este artista. Al contrario de Quinquela Martín, por ejemplo, las líneas de Cúnsolo son planos definidos, sin vértigo y sin gente.
Es La Boca metafísica, menos laboriosa y sin color local en su doble sentido. Por un lado, sus colores son apagados y sin contraste. Por el otro, como en un degradé de ensoñación no refieren a los tópicos del barrio: los barcos, la inmigración, el frenesí. Durante los mismos tiempos, cuando ese puerto era la entrada a la Argentina próspera, Cúnsolo le baja el volumen al cocoliche, pinta calles deshabitadas y embarcaciones detenidas.