El nuevo activo sensación
Qué es y cómo funciona el bitcoin.
A pesar de conservar características generales y abstractas que lo definen como tal, el capitalismo no es un modo de producción rígido, estanco e invariable a lo largo de la historia, sino lo contrario: se transforma y evoluciona. Como el más “revolucionario” modo de producción hasta entonces, aprendemos con Marx, el capitalismo vive de la constante revolución de sí mismo. En lo que se refiere al problema específico abordado por este estudio, se trata, entonces, de investigar la naturaleza al mismo tiempo transformada y transformadora que el dinero va asumiendo frente a las constantes reconfiguraciones del capitalismo y, particularmente, de qué modo esa relación puede ser entendida en la actual coyuntura histórica. Es decir, pensar el dinero a partir del capital(ismo) contemporáneo, y pensar ese capital(ismo) a partir del dinero. Lo que nos acerca, por lo tanto, a las recientes transformaciones que abren el escenario para el surgimiento de nuevos fenómenos monetarios, como el bitcoin.
En las últimas cinco décadas, hemos sido testigos de importantes cambios culturales, sociales, políticos y económicos, comenzando por la transnacionalización de la producción industrial y la globalización financiera hasta llegar al nuevo mundo de las grandes empresas del Valle del Silicio.
Para mencionar solo algunos entre los más significativos: el fin del bloque socialista y de la Guerra Fría, la creación de la comunidad del euro y otros bloques económicos regionales en todo el mundo, y el establecimiento de lo que parecía ser un nuevo inquebrantable consenso en torno al par democracia representativa-economía liberal de mercado. Grosso modo, es posible decir que este período puede ser definido por dos procesos estructurales correlacionados: la financierización neoliberal por un lado y una nueva ronda de “ascenso” de las máquinas (informatización, robotización) por el otro.
El rápido proceso de automatización y robotización forma parte, de ese modo, de un escenario más amplio de cambios sociales significativos. Particularmente, como consecuencia del desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), que ayudó a crear condiciones para una gran reestructuración productiva, una apertura e integración de los mercados en los años setenta y ochenta y evolucionó, a través de la computadora personal y de internet, en los años noventa, hacia el mundo actual, en el que los smartphones, el procesamiento de datos en masa y los algoritmos están por todas partes; desde las altas finanzas hasta las actividades personales más básicas e íntimas.
Por esa vía, no hace mucho tiempo, la naturaleza “progresiva” del capitalismo venía expresándose en dos grandes tendencias: por un lado, la integración económica, a través de los nuevos mercados de producción, trabajo y consumo, de grandes sectores de la población mundial (particularmente en los llamados países en desarrollo, destacándose el sudeste asiático) y, por el otro, en el relativo mantenimiento del poder de compra y del patrón de vida en los países desarrollados por medio de la expansión del crédito, de la importación masiva de productos baratos y del crecimiento del sector de servicios; procesos que, unidos, llegaron a ser definidos con el simpático apodo de “nueva economía”. En medio de todo esto, de un lado a otro, los procesos de privatización, liberalización y desregulación de los mercados (mercados de trabajo incluidos) mantuvieron su ritmo, no sin contar, en ciertas localidades, con algún apoyo popular, materializado en la consolidación de una ideología o “razón” neoliberal, es decir, en la construcción activa de un ambiente político favorable al neoliberalismo. En ese contexto, la reestructuración productiva, la expansión financiera y la creciente digitalización de los mercados financieros fueron llevadas a cabo en un ambiente desregulado, en el que los lucros aumentaban a medida que se incrementaban los riesgos.
A pesar del susto generado por el estallido de la burbuja de las puntocom, en 2001, ese “progreso” parecía seguir una trayectoria entusiasta, al menos hasta la gran crisis financiera de 2008, cuando un mundo atónito descubrió enormes fisuras en el orden económico global: el paso de una expansión financiera sin precedentes no estaba siendo seguido por el lado productivo de las economías. La reducción de la demanda agregada, las disparidades entre el ahorro y la inversión, y el aumento de las desigualdades se hicieron evidentes, con graves consecuencias. Desde entonces, las cosas vienen alejándose, en diferentes ritmos y direcciones, de aquel escenario de excitación. Luego de una primera respuesta positiva a la crisis, el proceso de integración económica de las periferias del capitalismo comienza a presentar sus límites, con una disminución del crecimiento y de las expectativas en gran parte de estas, mientras el centro enfrenta problemas como el bajo crecimiento, la precarización del trabajo, el deterioro de la protección social y la creciente desigualdad frente a las políticas de austeridad. Para disipar aún más las auspiciosas expectativas, nuevas corrientes migratorias y un nuevo modo de guerra descentralizada (en el cual se incluyen las redes globales de terrorismo) demandan soluciones, y ciertas variantes de radicalismo político, que se pensó habían desaparecido para siempre, vuelven a hacerse ver. Sumándose a otra dimensión oscura, la propia idea de la existencia humana, en el ya problemático modo de vida presente, se ve amenazada por las inevitables consecuencias del cambio climático. No obstante, en medio de este contexto, el desarrollo tecnológico, curiosamente, sigue como una de las esferas todavía depositarias de esperanza en la perspectiva de un futuro mejor. Bien o mal, es razonable imaginar que el avance tecnológico seguirá, en el futuro próximo, relacionado con importantes cambios en la naturaleza del trabajo, en la estructura de producción y en las formas de sociabilidad. En las últimas décadas, las tecnologías de la información y de la comunicación posibilitaron expandir e intensificar las cadenas de producción globales, ampliando la competencia entre los trabajadores en diferentes regiones del mundo. La objetivación de las habilidades de los trabajadores en máquinas fue acelerada con el advenimiento de las TIC, así como con el uso de esas tecnologías para la continuación del proceso productivo ante la eventualidad de huelgas e interrupciones. Así es que, en el ambiente de trabajo, las maravillas de la “nueva economía” tomaron la forma de un monitoreo electrónico a gran escala de los trabajadores/consumidores, lo que posibilitó profundizar las formas de explotación. A medida que las dificultades provenientes de la sobreacumulación persisten en la economía mundial, la presión por el aumento de las ganancias por medio de la explotación del trabajo se intensifica.
Por otro lado, la especulación en los mercados financieros sigue a toda máquina, habida cuenta de que las bicicletas financieras generalmente ofrecen mayores oportunidades de un rápido retorno que las inversiones productivas (sobre todo en relación con aquellos sectores que ya sufren con el exceso de capacidad). Bajo la “nueva economía”, el sector financiero se destaca, entonces, como aquel en el que se verifican las mayores inversiones privadas en tecnologías de la información, las mayores concentraciones de trabajadores del conocimiento y las tasas más rápidas de innovación de productos. Tomando las proyecciones y evidencias que surgieron a comienzos de este siglo, los próximos años pueden traer un crecimiento de las inversiones en automatización, robótica e inteligencia artificial, nanotecnología y biotecnología, nuevos materiales y aceleración del desarrollo tecnológico multidisciplinar, con aplicaciones cada vez más integradas. Además de las búsquedas, ya en marcha, de autos sin chofer, tiendas sin trabajadores y, de modo más amplio, por el desarrollo de la inteligencia artificial, avanza en este contexto la apuesta por las tecnologías financieras como una forma de eludir las incertidumbres de la economía global y de reconfigurar la relación sistémica entre bancos, gobiernos y sociedades; especialmente el frenesí en torno a las llamadas fintech (startups en tecnología financiera y bancaria).
En este escenario, la disruptiva expansión del sector financiero está en la punta de lanza de la globalización tecnológica, destacándose el boom de las telecomunicaciones y de internet en las últimas décadas.
Es en los mercados financieros de todo el mundo, entonces, donde las fronteras de la negociación automatizada a altísima velocidad, el procesamiento ubicuo de datos, la inteligencia artificial y la realidad aumentada, entre otras, han venido expandiéndose en la práctica. Es el caso del blockchain, la tecnología que sirve de base al bitcoin, el más nuevo activo-sensación del mundo financiero, objeto de este libro. El proceso de informatización, que conquistó innumerables esferas de la vida social, afectó también al dinero, con consecuencias que aún están por ser debidamente comprendidas.
Al respecto, cabe destacar que, actualmente, la mayor parte del dinero circulante en el mundo solo existe en formato digital, como dígitos en cuentas bancarias, depósitos y transacciones por los más variados medios. El dinero, en razón de estos hechos, por sorprendente que pueda parecer, ya es digital. Una forma particular del dinero digital, el bitcoin, en verdad, es una criptomoneda; la primera, la más grande, en términos financieros, y la más importante, en términos técnicos, entre miles de otras existentes –todas las demás criptomonedas existen como variantes del pionero concepto desarrollado con el bitcoin. Una criptomoneda es un medio de intercambio que se vale de la criptografía y de la red distribuida de computadoras (peer-to-peer) para llevar a cabo las transacciones entre sus usuarios, algo que ocurre de modo pseudoanónimo (los usuarios tienen sus identidades atribuidas por números que, supuestamente, no pueden ser directamente relacionados con una persona física).
Detallaré, más adelante, cómo surgió, qué es y cómo funciona el bitcoin, esa prominente criptomoneda. De momento, es importante aclarar, siquiera someramente, qué es exactamente lo que motiva esta investigación.
Ante el presente estado del capitalismo, brevemente descripto arriba, sabemos que, de modo general, la izquierda política, en gran parte, viene combatiendo los mencionados problemas a través de una agenda de reactivación del Estado social y de rearticulación de la regulación directa por parte de los gobiernos; buscando, para ello, rescatar los compromisos de clase de otrora. Ocurre que, a pesar de las buenas intenciones de tales esfuerzos, la globalización del capital parece haber dinamitado las bases de ese compromiso: los problemas cambiaron y las fuerzas sociales en disputa ya no son las mismas. Así es que, en medio de esa (re)composición de la lucha social, ese retorno del Estado, cuando se produce, tiende a darse en clave gerencial, empresarial y, a menudo, autoritaria, con beneficios que, aun cuando puedan comprobarse, resultan insuficientes para las mayorías sociales y las minorías políticas. La cuestión, por lo tanto, no es cómo imponerles al capital y a sus elites económicas y políticas una vuelta al compromiso anterior al neoliberalismo, sino cómo salir de este marco actual a partir de nuevas ideas y agendas. De ahí la importancia de abordar fenómenos emergentes como el bitcoin, por más problemáticos que sean.
Frente a ese propósito, las preguntas que aparecen, de modo práctico, son las siguientes: ¿las criptomonedas realmente son alternativas a los regímenes financieros establecidos o están a la vanguardia de nuevas formas de especulación financiera?, ¿las criptomonedas sirven como herramienta contra la vigilancia y el control del Estado o reproducen y profundizan la dinámica neoliberal? Articuladas en clave teórica, estas preguntas se desdoblan en los siguientes cuestionamientos: ¿qué es el dinero, y qué ofrecen sus recientes mutaciones y evoluciones para repensar esa definición? Objetivamente: en el contexto del capitalismo neoliberal y financierizado, ¿de qué modo la teoría (marxista) del dinero nos ayuda a entender fenómenos monetarios como el bitcoin y cómo el análisis de fenómenos como el bitcoin nos permite (re)pensar lo que (teóricamente) se entiende por dinero?
En esa clave, por lo tanto, estudiar el bitcoin no configura una tarea sencilla. El fenómeno en sí es relativamente nuevo, de modo que muchos de los diversos números, informaciones y desarrollos al respecto están en constante y acelerada transformación. Conforme detallaré más adelante, el desarrollador de su algoritmo es desconocido y gran parte de aquellos que dan soporte al sistema tienden a preferir canales informales, blogs y foros de internet para discutir los pormenores del sistema y su evolución técnica. A su vez, la mayor parte de la literatura sobre el tema, cuando no es puramente técnica (sobre plataformas, herramientas, códigos, propiedades de la red y protección del anonimato), tiende a la ingenuidad teórico-política y al celebracionismo tecnológico propagandístico.
No obstante, a despecho de la dificultad, el desafío debe ser aceptado, sobre todo porque la existencia del bitcoin nos ofrece, tal como veremos, una forma productiva de replantear el papel del dinero en el capitalismo contemporáneo, contribuyendo, inclusive, a destacar ciertos aspectos (la dimensión ideológica del dinero, por ejemplo) que una considerable parte de la teoría monetaria tiende a ignorar.
Aunque aún sea económicamente muy pequeño en términos absolutos, la aparición del bitcoin, que pretende hacer realidad la visión política de los ciberlibertarios y los criptoanarquistas, impone considerables desafíos a los reguladores y a las autoridades financieras y jurídico-estatales de todo el mundo, así como a las instituciones económicas tradicionales.
Al traer a escena, de manera especialmente didáctica, las innumerables contradicciones que caracterizan al dinero capitalista, el bitcoin, además, termina por exponer e ilustrar las formas de explotación, el riesgo e incluso la violencia inherente al sistema actualmente vigente del dinero de crédito garantizado por el Estado.
A fin de cuentas, y aunque esté relacionado, como veremos, con una serie de efectos económicos y políticos deletéreos, típicos de la fase actual del capitalismo, el rápido ascenso (y probable declive futuro) del bitcoin constituye una oportunidad impar para el estudio social del dinero y de los mercados; una experiencia, casi en tiempo real, de una audaz forma de oposición a algunas de las principales instituciones y prácticas sociales que sostienen la moderna economía de mercado capitalista. (…)
Un panorama del bitcoin
El bitcoin es una moneda digital alternativa y un sistema de pago online independiente, creado en 2009, con base en un paper apócrifo, firmado por Satoshi Nakamoto; ente cuya verdadera identidad nunca fue revelada. Técnicamente, el bitcoin es un software de código abierto que da soporte al movimiento de monedas y puede ser monitoreado por todos los usuarios en todo el mundo, ya que los participantes en el desarrollo y perfeccionamiento de su código no pueden, supuestamente, hacer alteraciones que trasciendan la lógica de su design original. Por consiguiente, puede entendérselo como una construcción de dos capas, compuesta, por un lado, por una infraestructura de red global, y por otro lado, por una pequeña comunidad de desarrolladores. Como una moneda digital descentralizada, que opera en una red entre pares (peer-to-peer), puede ser utilizada para comprar un número relativamente limitado de bienes y servicios en internet. Producto de humores políticos “libertarios” (o “libertarianos”) que ganan terreno en el mundo poscrisis de 2008, el bitcoin, la primera y la más importante entre las criptomonedas, tiene como idea fuerza quitarle al par bancos-gobiernos el poder de emisión y gestión del dinero.
Desde el punto de vista técnico, se trata, sin duda, de algo inédito: una moneda administrada de manera descentralizada y anónima (o, más precisamente, pseudónima), amparada por una robusta criptografía. Su administración algorítmica está basada en un libro público abierto (el llamado ledger) y, por lo tanto, auditable, que registra todas las transacciones en el momento en que son realizadas. El procesamiento de estas transacciones, en bloques (de ahí blockchain, en una traducción libre, “cadena de bloques”), es realizado por los propios usuarios del sistema que, al utilizar su poder de procesamiento computacional en favor de la “comunidad”, reciben a cambio un incentivo pecuniario en bitcoins; algo que, además, está respaldado por la resolución de problemas matemáticos por parte de esas mismas máquinas. Es así como se producen (o “minan”), intercambian y verifican los bitcoins.
La emisión de nuevas unidades de esta moneda se da, entonces, como respuesta a la solución (“trabajo”/gasto de poder computacional) de desafíos o rompecabezas algorítmicos (en verdad, ecuaciones) que están programados para ascender, de manera escalonada, a niveles siempre crecientes de complejidad; algo que contribuye a la compensación y al mantenimiento de un registro público (una cadena de bloques) de todas las transacciones realizadas. Veremos más adelante cómo este modelo de emisión monetaria, intensivo en poder computacional, lleva a la concentración de las unidades de bitcoin en manos de un pequeño grupo de “minadores” dotados de un altísimo poder de procesamiento (máquinas, pools de minería, gasto de energía, recursos, en suma, materiales).
Cabe destacar la diferencia central, desde el punto de vista técnico-gerencial, de esta criptomoneda con relación a las monedas convencionales. Abstractamente, si pensamos en una moneda estrictamente física (una moneda de oro, por ejemplo), sabemos que, como medio de intercambio, es privada y excluyente, es decir, pasa, en el momento del intercambio, de una mano a otra. No es lo que sucede, necesariamente, con una moneda no física (estrictamente contable y/o únicamente digital). Al no ser materialmente excluyente, este medio de intercambio puede llevar al problema del gasto duplicado (la misma unidad monetaria siendo intercambiada por varios bienes al mismo tiempo, es decir, un fraude en el sistema de intercambios). Ahora bien, si una moneda es no física y completamente digital (una secuencia numérica en una computadora), la única garantía que impide su copia y reproducción infinita es el hecho de que una organización o autoridad central (pública o privada, aunque preferentemente la primera) mantenga el registro de todas las transacciones realizadas; que es lo que hacen, en este orden de importancia, los bancos centrales, los bancos comerciales y las empresas privadas (compañías de tarjetas de crédito, etc.). El bitcoin busca romper con esa necesidad de un punto focal, de una autoridad central, de un “nodo” o núcleo de procesamiento de las transacciones realizadas con un determinado medio de intercambio, haciéndolo de modo completamente descentralizado. En consecuencia, ninguna institución o compañía hace la custodia de su ledger (el archivo de las transacciones que garantiza que, cuando se gasta una unidad de bitcoin, habrá una unidad menos en la “cartera”21 digital), residiendo allí su principal innovación tecnológica. De esta manera, el bitcoin, técnicamente, logra evitar el problema del doble pago sin necesitar, para ello, recurrir a una autoridad central de compensación de las transacciones monetarias.
Fue el algoritmo divulgado en el paper firmado por Nakamoto el que hizo factible esta configuración. Por medio de él es posible generar una secuencia binaria única que asegura que, antes que el valor sea transferido de un dispositivo a otro, una determinada cantidad de otros usuarios (anónimos, no directamente involucrados en la transacción y situados en cualquier punto de la red) tengan que rastrear la transferencia, verificando que un determinado valor en efecto dejó el aparato del comprador antes de ser transferido al vendedor. Con el objeto de impedir la copia/duplicación de una unidad de moneda, así como otros fraudes, la custodia y la vigilancia de ese libro de transacciones, como se dijo, son realizadas de modo público, descentralizado y auditable, llevado a cabo por todos los integrantes de la “comunidad” de intercambios. Las transacciones en bitcoins, además, son irreversibles: una vez que una transacción es registrada en el blockchain, nadie tiene autoridad para revertirla.
Asimismo, el algoritmo determina que haya una emisión/producción estable de bitcoins (es decir, de secuencias numéricas) a lo largo del tiempo, en consonancia con el poder computacional movilizado por los usuarios en el procesamiento de transferencias y en el mantenimiento público y colectivo del registro de transacciones –mantenimiento este, se cree, libre de la necesidad de confianza en alguna agencia gubernamental o corporación privada (que actuarían, conforme ese pensamiento, movilizando agendas e intereses propios)–. Como el número de transacciones (y, por ende, el tamaño del “bloque”) crece exponencialmente con el tiempo, el poder computacional que hay que poner a disposición de la “comunidad” con vistas a obtener una nueva unidad de moneda (“minarla”) también crece exponencialmente; algo que sirve, se cree, para nuevamente legitimar la dinámica de incentivos en cuestión (los diferentes usuarios compiten unos contra otros para ver quién logra procesar el bloque más rápidamente; el sistema está configurado para producir en promedio un nuevo bloque cada diez minutos, y los problemas se vuelven más computacionalmente difíciles cuanto más nodos haya en la red, a fin de mantener fijo ese cronograma).
☛ Título: Bitcoin: la utopía tecnocrática del dinero apolítico
☛ Autor: Edemilson Paraná
☛ Editorial: Prometeo
☛ Edición: Octubre de 2025
☛ Páginas: 302
Datos del autor
Edemilson Paraná es profesor asociado en el Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad LUT, en Finlandia, donde dirige el Grupo de Investigación en Economía, Tecnología y Sociedad (GETS).
Es profesor afiliado al programa de Posgrado en Sociología de la Universidad Federal de Ceará, en Brasil. Ha impartido clases y publicado extensamente sobre economía política, sociología económica y teoría social.
Su trabajo académico ha sido publicado en Big Data & Society, New Political Economy, Cambridge Journal of Economics, Globalizations, Historical Materialism y Platforms & Society, entre otros. Además, es autor de Digitalized Finance: Financial Capitalism and Informational Revolution (Brill, 2019; Haymarket, 2020).