DOMINGO
Misión

Liderazgo y educación

Frente a liderazgos destructivos, las instituciones educativas tienen la enorme responsabilidad de construir liderazgos educativos valiosos, de directivos, docentes y también de los propios estudiantes, que promuevan la confianza en el otro y en sí mismo, porque esa es una misión central de la educación. Esta es una de las ideas fuerza del libro Liderazgo educativo,”publicado recientemente por la editorial Aique, del que se presentan aquí algunos fragmentos.

Existen formas de “liderazgo destructivo”que seguramente muchos conocemos y padecemos. Formas que provienen tanto de características personales como de culturas institucionales centradas en logros individuales, o que tolera niveles de violencia o competencia interna que paradójicamente resultan corrosivos para la propia institución.

Un liderazgo resulta destructivo cuando prevalecen los intereses personales por sobre los intereses institucionales, cuando ejerce las diversas formas del maltrato y el acoso, cuando realiza críticas sin fundamento, cuando tergiversa información o directamente miente, cuando manipula, cuando justifica acciones resguardándose en “cumplo órdenes””o “yo soy la orden”, cuando ejerce trato desigual, en el sentido de injusto, hacia miembros de la institución, cuando es arbitrario en sus decisiones, cuando para justificarse traslada sus propias responsabilidades a otros, cuando ejerce “demagogia” en función de ganar popularidad, cuando promueve divisiones internas o bandos dentro de la escuela, cuando afecta la reputación de las personas y de la institución, cuando no sabe establecer empatía o no quiere hacerlo, cuando, en fin, se desentiende de la dimensión ética del liderazgo.

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En la últimas décadas la investigación internacional avanzó en la descripción del liderazgo destructivo y en el desarrollo de instrumentos para medir el impacto que sus prácticas tienen en la salud y el bienestar de las organizaciones. En América Latina, y en particular en el ámbito educativo, el liderazgo destructivo es poco estudiado. Sin embargo, en los últimos años, entraron en vigencia nuevos marcos legales de aplicación general en los ámbitos laborales, y algunas instituciones educativas comienzan a formular protocolos para tramitar los casos de víctimas de liderazgo destructivos, limitados a la visión del acoso laboral o de género. Pero, todavía, hay muy poco trabajo en clave de prevención. Las instituciones educativas, como otros espacios sociales, padecen también prácticas de liderazgo destructivo, pero el daño quizá sea mayor porque impacta directamente en un elemento fundamental de la interacción educativa, que es la confianza relacional.

¿Qué entendemos por confianza relacional? La confianza es una hipótesis, una apuesta sobre la conducta futura del otro. La confianza es un elemento estelar para producir modos sostenibles de liderar las mejoras educativas en organizaciones posburocráticas, donde la mejora no proviene de una cadena de órdenes, sino de fuerzas y capacidades endógenas de la institución, entre ellas, la capacidad de generar confianza.

Una definición posible de confianza nos dice: “La confianza es la creencia de que los demás no actuarán de manera oportunista. No harán promesas que no puedan cumplir, no incumplirán promesas que sí pueden cumplir ni violarán las normas para aprovecharse de otras personas que sí las respetan” (BID, 2022).

¿Por qué confiamos en alguien? Probablemente porque tiene una base mínima de estas facetas de la confianza descritas por Tschannen-Moran: benevolencia, honestidad, transparencia, previsibilidad y competencia. Todas estas virtudes se asientan en un compromiso con la verdad. Y la verdad, cuestionada en tiempos de la posverdad, se refiere a la posición intelectual de desafiar las propias creencias y supuestos sobre las prácticas cotidianas, donde la producción y uso de datos confiables alimentan la deliberación sobre la realidad escolar que requiere ser mejorada.

En este sentido, Weinstein (2024) sostiene que el liderazgo directivo es un factor causal de la confianza relacional en el interior de la escuela: “Mientras que un buen liderazgo directivo llevará al fortalecimiento de la confianza relacional dentro de la comunidad escolar, un liderazgo directivo tóxico, pero incluso uno pasivo y negligente, incidirá en que las relaciones internas dentro de la escuela no cuenten con alta confianza””(p. 77). Y señala que la confianza actúa como pegamento de las distintas partes de la escuela, manteniendo coherencia entre sí, como lubricante que hace que los procesos pedagógicos fluyan y como un fermentador, pues permite que las iniciativas de cambio y renovación institucionales se multipliquen y florezcan.

Llegados a esta instancia, es posible advertir que, en contextos de incertidumbre, la misión de la escuela es educar, además, para la confianza: inspirar confianza como institución, promover confianza entre los miembros, educar a los estudiantes para que confíen y sean confiables, y forjar una visión confiada en el futuro. Para eso, líderes educativos éticos, empáticos y confiables resultan imprescindibles.

*Autora de Liderazgo educativo. Editorial Aique (fragmento).