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La revancha de Basterra

El fotógrafo que expuso a los genocidas de la ESMA.

Foto: cedoc

En una oficina del barrio porteño de Balvanera, cuando los edificios empiezan a cubrir el sol, un abogado joven busca inspiración en la música de Silvio Rodríguez mientras termina un escrito que reclama por otro ser humano que, como dijo un exdictador, “no tiene entidad, no está muerto ni vivo”. Es un trabajo ingrato, pero no se le ocurre ninguno más importante.

Entre el fraseo del trovador y el golpeteo del teclado se filtra un timbrazo seco. Levanta los dedos de la máquina de escribir, detiene la música, camina hacia la puerta y se pregunta quién es a esa hora. El ojo de pez de la mirilla muestra a un tipo morrudo, peinado para atrás, de bigote y campera oscura. “Cana o milico”, arriesga.“Se vendrá a entregar, ironiza.

Cuando abre la puerta, el visitante –que carga dos bolsos negros– da las buenas tardes y dice su nombre. Intrigado, el abogado pregunta qué necesita.

—Vengo de la ESMA.

Entre la incredulidad y el pasmo, le pide que pase.

Mientras caminan hacia el fondo de la oficina, ese hombre serio y tensionado agrega que viene a dejar algo. Llega al escritorio, abre los bolsos y los vacía en una cascada caudalosa.

A medida que sobrevuela el material con los ojos y con los dedos, el abogado piensa en metáforas: diamantes y lingotes, la olla dorada al final del arcoíris.

Son fotos, listas y planillas que (hasta donde puede ver, hasta donde puede proyectar) configuran la mayor prueba documental del genocidio que acaba de terminar.

Cuando se repone del impacto, con la garganta atorada, solo atina a preguntar:

—¿Y usted cómo consiguió esto?

En otoño de 1981, el prisionero lleva más de un año fotografiando a sus captores. Fabrica documentos falsos y les regala una nueva identidad. Lo hace como un autómata sumiso, como el firmante de un pacto extorsivo: la esclavitud a cambio de la vida.

—Tengo frente a mí al tipo que me torturó. Tengo frente a mí al tipo que se quedó con mi casa.

Eso rumia cuando dispara.

Hasta que un día, mientras carga el negativo en el carrete, se pregunta qué pasaría si revelara una copia más, si empezara a construir su propio archivo.

Un impulso inesperado, pero un impulso que no lo abandona.

Entonces se decide. Ya no hay compañeros que arriesgar, ya no hay delaciones que temer.

Entra al laboratorio del Casino de Oficiales, epicentro represivo de la ESMA. Abre un cajón y elige tres fotos. Se baja el pantalón y el calzoncillo; se las pega con cinta entre el pene y los testículos. Vuelve a vestirse.

Inhala, exhala y abandona el refugio.

Sabe lo que pasará si lo descubren. No quiere imaginar lo que le harán a su mujer y a su hija.

Sube las escaleras con un bolso al hombro. No necesita la ropa, pero quizá ayude a despistar. Saluda a los vigiladores y baja por la explanada de asfalto.

Mientras pasa junto a los centinelas con ametralladoras, el sudor frío le humedece la mejilla. En la casilla de guardia ensaya un saludo distendido. Le revisan los bolsillos, le abren el bolso. Lo miran por última vez y le dicen que avance.

Al pisar Avenida del Libertador su distinción de clase, su placidez sabatina siente un vértigo arrasador. Camina hasta la parada y espera con un 

nudo en el estómago. Se acomoda en el asiento y se pierde en el paisaje urbano.

Cuando llega a casa, lo envuelve una nube de agitación. Besa a la compañera que aguanta desde afuera y a la beba que crece sin su padre.

En el baño se baja los pantalones y vuelve a tocar las fotos como para comprobar su estatus de realidad. Los protagonistas siguen ahí: soberbios, esquivos, sobradores.

Es hora de iniciar la venganza. Ya habrá tiempo para la Justicia.

Se llama Víctor Basterra y nació el mismo mes del mismo año en que Jorge Luis Borges postuló que“cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.

El abogado está exultante. Al fin puede contrastar los datos recabados en las oficinas del Centro de Estudios Legales y Sociales, que patrocina causas sobre violaciones a los derechos humanos, con material llegado directamente desde un centro clandestino.

A la velocidad de la luz, cruza los retratos de los represores con testimonios de sobrevivientes, las fotos de los desaparecidos con descripciones de sus familias, las planillas de bajas con la información que los militares sueltan con cuentagotas. Si el rompecabezas tiene cien piezas, aquel hombre trajo noventa.

Cuando toma del escritorio el retrato de un prisionero de pulóver negro, tieso y de mirada fría, con su sombra derramándose como una mancha de Rorschach, vuelve a quedarse sin palabras, hasta que suelta una pregunta retórica.

—¿Este es usted?

En invierno de 1979 el prisionero es un recién llegado, pero ya oyó las historias sobre personas que caen al río desde las alturas. Cree que lo espera ese destino cuando un suboficial macizo y desmesurado le da una trompada y lo obliga a sumarse a la hilera de encapuchados que, tomados del hombro para no tropezar, bajan las escaleras como un convoy de almas en pena. Tienen esposas en las manos y grilletes en los pies, que golpean los escalones con un tintineo agudo.

En el sótano, el guardia empieza a llamarlos por sus números.

Basterra escucha una secuencia repetida: pasos, silencio y un clic.

Avanza hasta que le dicen basta, se detiene y le quitan la capucha.

Cegado y aturdido, entrecierra los ojos para aclimatarse a la luz, pero el fotógrafo no le da tiempo: el flash va directo a la cara.

Mientras se pregunta si todavía tiene alguna chance, se filtra un alarido salvaje desde una sala contigua. Vuelve a verse atado y sangrante en la cama de metal, después de veintidós horas de castigo, de escuchar la peor amenaza que puede recibir un padre.

Le ordenan que gire a su derecha. Un segundo disparo, un segundo destello. Ahora se ve en Capucha, el altillo del Casino de Oficiales, donde los prisioneros atraviesan un limbo que no se parece a la vida, pero que todavía no es la muerte. Con los primeros rayos de sol, un zorzal empieza a cantar una melodía impetuosa. Es su punto de fuga. Como tocarle la mano a un compañero lastimado, como enamorarse de una compañera desconocida.

Vuelven a calzarle la capucha y le ordenan que circule. Mientras sube la escalera, su mente vuelve a la cama de tortura. Acaba de confesar algo sobre una revista, una cita, unos compañeros. Cuando lo dejan ir al baño, en el espejo hay un hombre esposado y roto, con ganas de matarse.

Tres décadas después, sigue encerrado en su cabeza. Vive en una cueva oscura, blindada y con las persianas bajas, rebosante de papeles en el piso, en la mesa y en la cama. Nombres, datos, direcciones. Pistas para encontrar a los que no lo dejan dormir.

Las imágenes de las pesadillas son difusas, pero las sensaciones, intensas: que es un extranjero, que cae en un pozo sin fondo, que no puede salvar a nadie. Por unos segundos, los protagonistas ganan definición–una nariz aguileña, unos ojos claros, una boca apretada hasta que vuelven a su estado gaseoso, apenas un espejismo.

A la mañana escribe: Fantasmas que persisten en mi vida, como si vieran la luz. Pasos, risas, voces.

A veces también me siento como un fantasma, que recorre las calles solitario e incomprendido.

A veces le dicen héroe, a veces le dicen traidor.

Siempre vuelve a aquel día en la ESMA. Sus amigos están desahuciados y temerosos. Quieren saber qué sabe. Quieren saber qué va a pasar.

El guardia avisa que ya no hay tiempo.

Se abrazan como nunca. Antes de perderlo de vista, uno de ellos, el más querido–suelta un pedido que lo atraviesa como una flecha:

— “Negro, si zafás de esta, que no se la lleven de arriba.”

El huérfano

Al final de un pasillo estrecho, sumergido en una exhalación caleidoscópica de malvones, a Víctor Basterra lo espera la muerte. Es la primavera de 1945, tiene apenas diez meses y acaba de quedarse huérfano. La imagen de su padre, Justo, en el ataúd es demasiado para Aída, la esposa, que se desvanece entre los dolientes.

Treinta y siete años antes, Justo Basterra –de tres–bajaba de un barco junto a su madre, Remedios Arroniz (a quien la leyenda familiar situaba como descendiente de un juez de la Inquisición), ansiosa por reencontrar al marido, el vasco Melchor Basterra, punta de lanza del destino sudamericano.

Aquel niño crecería hasta convertirse en peón golondrina y obrero de la construcción; un hombre cerebral, un mediador capaz de deshacer cualquier pelea. Una tarde conoció a Aída Lucinda Aguirre, una morena cuyana breve y llamativa. La muerte precoz de los padres la había depositado en manos de una tía pudiente y abandónica, que no se preocupó por llevarla a la escuela; aprendió a leer y a escribir por su cuenta. A los 12 años recaló en la casa de un matrimonio porteño vinculado a la Aeronáutica, que la cobijó como niñera.

El flechazo fue en una plaza de Flores, donde se reunían las chicas que trabajaban en casas de familia. Una foto de aquellos años la muestra telúrica y extasiada, recostada sobre el pecho de aquel muchacho longilíneo y distinguido, con bigote estilo El Zorro. Se mudaron al pueblo bonaerense de Mariano Acosta para instalarse en la parte trasera de una iglesia. Ella limpiaba, él hacía tareas de mantenimiento.

En cuatro años tuvieron tres hijos: Elsa, Justo (h) y Víctor, en ese orden. Hay un recuerdo en movimiento: mientras su padre toca el acordeón, el menor va y viene sobre el césped, librándose del andador, aprendiendo a caminar solo.

Después de que el cáncer acabara con su esposo, Aída se mudó con los chicos a la pieza de una casa chorizo en Boedo, en la ciudad de Buenos Aires.

Fue operaria en fábricas como Manuseda, Medias Carlitos y Namías, donde se volvió una especialista en manipular vanlon, un hilado para ropa de calidad, suave hasta la exasperación, en entornos tan húmedos que le caía una llovizna constante. También limpiaba, lavaba y planchaba en casas particulares. Para sostener la rutina, empezó a tomar pastillas.

En una fecha especial, Elsa y Víctor le regalaron una tarjeta suave y texturada, con una rosa restallante en el centro y una carta de amor en su interior.

En la noche, cuando estoy acostado, pienso en nuestra querida madre, el ser más querido que tengo en la tierra. Ella me ha dado la vida y yo por ella mi vida doy, porque es la madrecita más buena que en el mundo existe [...] se ha acostumbrado desde que murió mi padre a andar con el tiempo justo, pues tenía que hacernos la comida y luego ir al trabajo. Sus manos son ásperas, arrugadas y callosas, y sin embargo son las más bellas del mundo; tienen belleza espiritual, son puras, santas, manos que si se movieron para darnos un castigo lo han hecho con toda razón y justicia [...] ¡Dios te bendiga madrecita mía!

La vida plebeya y la experiencia proletaria la hicieron devota de un sincretismo particular: cargaba una estampa de San Cayetano con una foto de Evita pegada en el reverso. Sus compañeras la arrastraban hasta los actos peronistas, pero la liturgia la escandalizaba. En secreto, seguía amando a los militares que la habían recibido en Capital.

Había escisiones más lacerantes. Sola y colapsada, decidió separar a los hijos, y separarse de ellos. Internó a Justo en el Patronato de la Infancia y a Elsa en el Español: una contención con rigor. Víctor volvería a Mariano Acosta, con su abuela Remedios y sus tíos paternos.

Una versión complementaria sugiere que los Basterra insistieron en quedarse con los tres, pero Aída solo cedió al más chico, presa de un resentimiento añejo. No olvidaba que, al enterarse de que su hermano se había puesto de novio con ella, le habían espetado a Justo:

—Cómo te vas a quedar con esa negrita.

Antes de tomar el nombre de uno de los forjadores de la educación argentina, Mariano Acosta era una llanura domada por pampas y querandíes. Cuarenta kilómetros al oeste de Buenos Aires, creció gracias a la llegada del tren, los hornos de ladrillos y las quintas de verduras que plantaron los inmigrantes.

Cuando Víctor regresó, había apenas trescientos habitantes. La casa estaba sobre Constituyentes, una arteria terrosa por donde pasaban carros lecheros que alisaban la huella embarrada. Levantada con ladrillos y techos altos, tenía galería ancha, una cocina-comedor interminable, fogón y ventanas que daban al gallinero.

Vivió la segunda parte de su infancia escuchando tangos a la tarde y dibujando de noche, cuando se encendía un farol a kerosén, rojizo y aromático, con una bolsa de seda que se inflaba como el corazón de un ave refulgente. Los más grandes se entretenían con los partidos de pelota paleta,–una evocación del terruño vasco–y las obras de teatro que emergían del músculo organizativo de la tía Elsa, el pulso de comedia de su esposo, Juan Carlos McGrath, y la repentización de Pepe, el más joven, que le enseñó a boxear a mano limpia y a hacer fumar a los sapos.

En vacaciones lo visitaba Justo. Caminaban cinco kilómetros hasta la lengua marrón del río Reconquista para pescar bogas y espiar a las chicas desde los barrancos. Mientras el hermano mayor se educaba en el rigor asfixiante de monjas y celadoras, el menor se volvía un espíritu libre, rodeado de aire puro y orgulloso de sus trucos de arriero. A la salida de la escuela montaba la yegua India para hacerle trámites a un martillero, moviendo papeles entre estancias. Cuando Justo le decía que era el muchachito de la película, un cowboy de las pampas, Víctor se ofendía y lo corría como un poseso.

La Escuela Primaria N° 5 lleva el nombre, el busto y el retrato de Manuel Belgrano. Su creación, la bandera albiceleste, está encapsulada en un cubo de madera vidriada. La vicedirectora, Alejandra Fanuchi, busca registros del paso de Víctor bajo un crucifijo oscuro. Un hallazgo improbable después del incendio que arrasó el archivo. Pero tras unos segundos, entre los folios ajados de una carpeta olvidada, eureka.

El primer renglón de una página todavía blanca certifica que Basterra, Víctor Melchor terminó sexto grado y con él, su educación primaria–el 5 de diciembre de 1957, a los 12 años. La mano firme de la señorita Ana María Luisa Martínez consigna que mostró buena conducta y un desenvolvimiento satisfactorio, aunque entre 29 estudiantes fue el cuarto con más faltas (47) y cosechó notas mediocres: 4 en Lenguaje y 5 en Matemáticas.

Por aquellos años, la escuela era un pasillo con dos aulas en medio de un descampado. Ya se había rebautizado Eva Perón” en julio de 1952, cuando docentes y estudiantes viajaron a Capital para participar de sus funerales. Víctor empezó y terminó la primaria en el pueblo. En el medio, habitó un espacio desconcertante.

A los 82 años, Elsa Basterra hermana de Víctor–mantiene la cabellera lila, una provisión bien nutrida de perfumes y una historia militante que resume en un sintagma feroz: piqueterismo feminista. Vive al noroeste del Gran Buenos Aires, en José C. Paz, un destilado de la desigualdad argentina con caballos y pickups, casillas y chalets, escombros y piscinas.

Internos del Patronato Español, del barrio porteño de Colegiales, donde Víctor Basterra–quinto desde la derecha en la última fila cursó la escuela primaria.

Pasaron más de siete décadas, pero la vida en el Patronato Español–que reclutaba a jóvenes mal comidas que expulsaba la posguerra franquista– le dejó marcas que todavía duelen. La despertaban a gritos a las cinco de la mañana, le ordenaban limpiar los pisos a la luz de las velas, la alimentaban con guisos pastosos. Al caer la tarde rezaba el rosario y se desplomaba en la cama.

Cuando las monjas creían que las cosas iban mal en el aula–y lo creían con frecuencia descargaban la vara rígida contra dedos y nudillos o la hacían arrodillarse sobre maíz. El axioma era como Dios, único y verdadero: “La letra con sangre entra”.

Cada 4 de diciembre, cumpleaños del Generalísimo, las pupilas cantaban en el patio sobre la música del himno español:

Franco, Franco

Qué cara más simpática que tiene usted parece un requeté [paramilitar de la Guerra Civil].

Lleva en la mano derecha una flecha y en la mano izquierda a Cristo Rey.

Algunas hermanas se permitían una palabra amable, pero la mayoría basaba su autoridad en un gradiente que iba desde lo severo hasta lo brutal.

Esa rutina, esa filosofía y esa música esperaban a Víctor Basterra en el otoño de 1953, a los 8 años, cuando una crisis desatada en Mariano Acosta,–la muerte de la abuela Remedios y la mudanza de la tía Elsa, que ya no pudo cuidarlo llevó a Aída a golpear las puertas del patronato, que solía recibir a los hermanos de las alumnas. Las puertas se abrieron y Víctor entró en su primera institución de encierro.

El edificio permanece como una promesa irrompible en el barrio porteño de Colegiales: una mole beige coronada por la estatua de una madre de brazos abiertos junto a dos niños que agradecen la salvación.

Ya sin pupilas ni Carmelitas, desde 2012 es el Instituto Español Virgen del Pilar, una escuela de gestión privada y subvención pública. Por dentro todo está como entonces: las escaleras de mármol, los pisos en damero, los plafones que dotan al conjunto de una luz museística.

Entre la memoria y la especulación, la vicedirectora, Daniela Páez, comparte su visión del perfil institucional mientras estuvo Elsa.

—Servicio total. Acoger, sostener, contener. Las chicas aprendían todo. Cosían, bordaban y tejían; cocinaban, lavaban y hacían la cama.

Para ellas, esto era un hogar.

Cuando se entera de que el instituto alojó a un varón, suelta la imaginación.

—Lo tendrían aislado dentro de una habitación, custodiado para que no se acercara, sobre todo a la hora de dormir.

Mientras muestra las aulas espaciosas y los vidrios biselados, la biblioteca y la antigua ropería con armarios atestados de ropa blanca, Páez impone la pregunta sobre los viejos castigos con autoridad pedagógica y relativismo contextual.

—Se vivía como algo natural, que adoctrinaba al alumno, que lo ayudaba a reflexionar sobre sus actitudes. Uno está criado en otra época, con otra educación, otra mentalidad.

La capilla es chica y delicada, con un Cristo sufriente que exige explicaciones al cielo. El álbum de la primera comunión de Basterra explica que cada cuenta del rosario es “una indulgencia que se eleva en el amor de una plegaria, al pedirle a mi Dios por penitencia”.

Cuando los curas bramaban que “el que no está con Cristo está contra Cristo”, no le parecía tan mal. Fantaseaba con ser un monaguillo, un cura, un mártir. Dormía con los demás pupilos en un ala lateral: los dominios de la hermana Ramona, una vasca granítica que administraba una enfermería medieval, rascando pus y extirpando todo lo extirpable.

El día que se enteró de que uno de los chicos se hacía pis, lo forzó a un paseo de la vergüenza en el patio, portando la sábana mojada.

Pero Ramona, explica Elsa, decidió hacer una excepción.

—Tomó a Víctor como su preferido. Le decía El Vasquito. Todos los días le daba un sándwich de carne. Era el único que lo comía en todo el colegio. Tampoco recibió castigos como los demás. Nunca fue consciente de esas delicadezas. Y como algunos grandotes se la tenían jurada, mis amigas vigilaban el patio de varones. Si alguno le quería pegar, venían de raje y me avisaban. ¡Yo les daba unas palizas! Hasta que les dio vergüenza y no lo tocaron más.

Referencias a fotos. Una foto de la capilla de Instituto Español Virgen del Pilar donde Víctor Basterra tomó la comunión. El crucifijo de la capilla. Una foto de aquellos días muestra a 28 varones de camisa blanca, firmes y estoicos. En la última fila, con las manos en los bolsillos, Víctor tiene la mirada fija y despierta.

Las diferencias con las pupilas solo se diluían antes de las fiestas, el día en que todos presentaban la obra que habían ensayado durante el año. Elsa y Víctor solían ser los primeros actores.

Una vez hizo de un gallego muy bruto. Lo obligaban a comer jabón, pero le decían que era queso. Él lo probaba y respondía: “¡Sabe a jabón, pero es queso!”

Un chiste viejo sobre la tozudez de los vascos, mientras se granjeaba fama de actor: un pequeño simulador. Bajo la superficie, el rigor lo corroía. La fantasía de un futuro consagrado al Señor terminó de evaporarse a mediados de 1955, cuando se paró frente a toda la clase y –creyendo que las monjas no escuchaban bramó a todo pulmón:

—¡Muerte a Cristo Rey!

Todavía creyente, todavía temeroso, se quedó paralizado y con los ojos cerrados, esperando que lo fulminara un rayo. La respuesta fue más terrenal: un cachetazo que lo tiró al piso.

Años después, dotaría a la historia de una cualidad seminal. El grito había sido una reacción furiosa contra los aviones que –pintados con la cruz y la “V” de “Cristo Vence” bombardearon Plaza de Mayo para derrocar a Juan Domingo Perón. Y el cachetazo, el punto cero de su ateísmo.

 

☛ Título: El ojo en la tormenta

☛ Autor: Pablo Corso

☛ Editorial: Marea

☛ Edición: 2025

☛ Páginas: 376

 

Datos del autor 

Pablo Corso nació en Buenos Aires y se crió en la Patagonia. Es periodista, licenciado y profesor de Comunicación por la UBA.

Sus crónicas, perfiles e investigaciones se publicaron en Rolling Stone, Brando, Lugares, Caras y Caretas, Newsweek, Playboy, Reporte Publicidad, La Nación y Página/12.

Integró las redacciones del diario Crítica de la Argentina y de la revista El Guardián, produjo biografías sobre Diego Maradona y el papa Francisco, y fue columnista de Radio Perfil y el canal Net TV.

Escribe sobre temas sociales, ambientales y científicos para medios nacionales e internacionales como SciDev y Dialogue Earth.