Lugar interno
Los seres humanos somos la única especie que tiene una relación consciente consigo misma. Pasamos más tiempo en diálogo interno que en cualquier conversación con los demás. Somos quienes más nos necesitamos y, paradójicamente, somos los que más nos criticamos, más nos exigimos y más nos evitamos. ¿Por qué esta relación no es la que más cuidamos, a pesar de ser la única con la que vamos a convivir cada segundo de nuestra vida? Podemos cambiar de ciudad, de trabajo o de pareja, pero hay un destino del que nadie puede huir: el lugar interior donde habitamos cada día. Nosotros mismos. Si no aprendemos a sentirnos cómodos en nuestra propia piel, ningún entorno, ninguna relación ni ninguna circunstancia podrán darnos la plenitud que buscamos en ellas. Somos el único lugar que da sentido a nuestra vida porque sin nosotros no estaríamos aquí. (…)
En el silencio, cuando las distracciones desaparecen y no hay excusas a las que recurrir, es donde empezamos a escuchar lo que necesitamos, lo que nos da miedo y lo que realmente queremos. Solo entonces, cuando le dedicamos tiempo, empezamos a entender de verdad por qué nos sentimos como nos sentimos. Ese silencio no siempre es fácil de habitar. Conectar con la tranquilidad (o el fuego) inherente dentro de nosotros a veces nos incomoda más que participar en el caos exterior. Estamos tan acostumbrados al ruido, a las listas interminables de tareas, a la sensación constante de estar ocupados, que cuando todo se detiene nos sentimos vulnerables. Y para evitar esa incomodidad creamos múltiples parches: buscamos distracciones y planes huyendo constantemente de nosotros mismos. Es nuestra forma de llenar el vacío, de silenciar lo que nos grita desde dentro pidiendo ser escuchado. Cuando el exceso de estímulos externos se convierte en nuestra identidad, nos desconectamos totalmente de quiénes somos en realidad. Para dejar de escapar constantemente de nosotros, tenemos que permitirnos pasar tiempo a solas. Si no podemos soportar esos momentos, si nos incomodan hasta el punto de evitarlos, viviremos siempre atrapados, buscando formas de escapar. Pero ¿adónde iremos? Somos el destino del que jamás podremos huir por más que intentemos llenar nuestros vacíos con distracciones. Hagamos lo que hagamos, siempre volveremos al mismo punto. (…)
El ser humano es por naturaleza un ser social. Nos necesitamos los unos a los otros para todo: para crecer, para apoyarnos, para aprender, para dar sentido a nuestras vidas. En resumen, nos necesitamos para sobrevivir. En este contexto, disponer y disfrutar de cierta independencia no significa aislarnos o prescindir de las personas que nos rodean; significa que nuestro bienestar y nuestras decisiones no dependan siempre, ni tampoco exclusivamente, de ellas. Es aprender a ser nuestro propio pilar, nuestro propio líder, alguien capaz de actuar y pensar por sí mismo. Es disponer de un espacio adicional para crecer, no un lugar desde el que operar a partir de lo que harían los demás. Es el espacio para potenciar nuestra claridad mental y nuestra toma de decisiones. Al encontrar ese equilibrio entre estar con uno mismo y estar con los demás, el entorno se convierte en una elección más consciente y menos dependiente. (…)
Aprender a estar bien con uno mismo no ocurre por casualidad; requiere invertir esfuerzo, práctica y, sobre todo, utilizar las herramientas y recursos necesarios para enfrentar cada momento. Sin esas herramientas nuestra vida se convierte en un barco sin rumbo y cualquier contratiempo puede hacernos sentir perdidos. Para entendernos, primero necesitamos aprender a escucharnos. Muchas veces hacernos las preguntas adecuadas no es algo intuitivo, ni algo que surge de la nada; es una habilidad que se desarrolla con tiempo y aprendizaje. Leer, reflexionar, pasear en silencio mientras escuchamos nuestros pensamientos, perdernos en un mar de música o volcar nuestras palabras sobre el papel son formas de fomentar un entorno favorable que nos permita encontrar esa claridad para entender quiénes somos y qué necesitamos para avanzar. Y para avanzar vamos a necesitar cuidar el vehículo con el que nos movemos, porque si empieza a fallar y la base sobre la que se sostiene se tambalea, nos resultará mucho más difícil prosperar. (…)
Nos resulta casi automático criticarnos, reprocharnos y señalar lo que creemos que nos falta. Pero, curiosamente, lo que hacemos con tanta facilidad para hundirnos rara vez lo hacemos para levantarnos. En ocasiones, somos los que peor nos tratamos, sobre todo en épocas en las que no nos encontramos bien. Muchas veces terminamos mirando a los demás con más compasión que a nosotros mismos, como si debiéramos ser más perfectos que ellos y no tuviéramos derecho a equivocarnos. Apenas sabemos decirnos lo bien que estamos haciendo las cosas, reconocer nuestros pequeños logros o lo bien que nos vemos. Nadie va a poder llenar ese vacío si no empezamos a construir el hábito de tratarnos con la misma amabilidad con la que trataríamos a alguien a quien queremos.
*Autores de Te vas a morir y todavía no has empezado a vivir. Editorial Tenos (fragmento).