Alberto Ades: “Argentina es un barco mal mantenido que enfiló en la dirección incorrecta y terminó encallando”

Abogado de la UBA y doctor en Economía por Harvard, con más de tres décadas en los mercados financieros globales, pasó por Bank of America, Citigroup y Goldman Sachs. Vive en Nueva York y conoce a Milei desde 2023. El lunes 5, el Presidente lo sentó a la mesa del Gabinete para que expusiera su visión de la economía. Presentó su libro “Lo que se desvanece”. Lo que sigue es una síntesis de su entrevista en Modo Fontevecchia.

Versiones. Crecieron partir de su libro y la participación en la reunión de Gabinete. Foto: cedoc

—En su doble condición de economista y abogado, supongo que las ciencias sociales lo atraviesan al punto de que su libro, “Lo que se desvanece: Arqueología de un presente inestable”, no puede no hacernos resonar la frase de Marx respecto de la burguesía, de que “todo lo sólido se desvanece en el aire”. ¿Le resonó de aquello? 

—Me resonó. Claro que Marx hablaba de cosas importantes y muy visibles; este es un libro enfocado en cosas pequeñas, cotidianas, que parece que no tienen importancia, pero al perderlas como consecuencia de la tecnología, que también trae cosas positivas, nos cambian de manera significativa. Por ejemplo, contar chistes. El libro surgió así: estaba con amigos, se hizo un silencio y les dije: “Che, ¿alguno tiene un chiste para contar?”. Me miraron con cara de marciano. Escribí una nota en Ideas, de La Nación, la gente reaccionó y de ahí surge el libro. Otro ejemplo es la infancia: de los chicos que controlaban la calle en los 60 y 70 a los de hoy, mucho más controlados; estamos dispuestos a tomar mucho menos riesgo. O el trabajo: hoy se nos cuela todo el tiempo en el celular y la separación entre trabajo y descanso, que fue sagrada, desapareció. No es la primera vez: pasó con la escritura y con la Revolución Industrial, cuando se pasó de cobrar por tarea a cobrar por hora.

—¿En Harvard les piden a los alumnos que en sus exámenes escriban a mano o pueden escribir...?

—Mis hijos fueron a Harvard y creo que ya tomaban examen con laptop, pero eso era antes de la inteligencia artificial. No sé si volveremos a escribir a mano. Lo interesante es que la cursiva se deja de enseñar, y eso cambia nuestra relación con el pensamiento.

—¿Se ven diferencias en esto entre Estados Unidos y Argentina?

—No tanto. El libro usa muchos ejemplos de la Argentina porque nací y crecí acá, y no veo tan distinto Buenos Aires de Nueva York. Algunas cosas de la crianza son más extremas allá.

—Nueva York particularmente es una ciudad sin chicos, ¿no?

—Era una ciudad sin chicos. Me mudé en el 94 y, cuando un matrimonio tenía hijos, se iba a los suburbios, porque la ciudad era cara, sucia y peligrosa. Sigue siendo cara, pero es menos sucia y peligrosa. En jardín de infantes mis hijos tuvieron que postular a diez escuelas, algo impensable acá.

—¿Cómo se lo ve a Donald Trump desde Nueva York, su propia ciudad?

—No es muy popular: Nueva York es muy demócrata. Trump es popular en los estados tradicionalmente republicanos y en algunos que se han ido haciendo más colorados, como Florida, donde mudó su residencia.

—¿Cómo ve la economía de la Argentina? 

—A la Argentina se la puede ver como un barco mal mantenido que enfiló en la dirección incorrecta y encalló: en 2023 tenía agujeros en el casco y se hundía. La estrategia de Milei tiene tres partes. La primera fue tapar los agujeros para evitar una hiperinflación, con un ajuste más agresivo de lo imaginable. La segunda es cambiar la dirección del barco, de una economía muy cerrada, muy regulada y con un Estado muy pesado. La tercera es el service: reformas indispensables. Siguen pendientes la impositiva, que es impostergable, la jubilatoria, la educativa y la de salud, desafíos para toda la clase política.