Durante décadas, una de las restricciones más persistentes de la economía argentina fue la escasez de divisas. Cada vez que la actividad crecía, aumentaban las importaciones y la demanda de dólares; tarde o temprano aparecían tensiones cambiarias, controles, devaluaciones o recesión. Por eso resulta tentador pensar que una economía con Vaca Muerta, más minería y una capacidad agroexportadora consolidada puede empezar a dejar atrás ese problema.
Pero una mayor abundancia de dólares tampoco estaría exenta de riesgos. Simplemente cambiarían de naturaleza. El primero es conocido: la apreciación del tipo de cambio real. Un flujo creciente y relativamente permanente de divisas puede fortalecer estructuralmente la moneda. Eso mejora el poder adquisitivo de los ingresos domésticos y abarata bienes importados, pero al mismo tiempo puede deteriorar la competitividad de otros sectores.
El problema no es, obviamente, que exportar energía o minerales sea malo. Sería absurdo plantearlo así. El riesgo es que un boom muy concentrado termine produciendo una economía dual: sectores extraordinariamente competitivos por razones geológicas conviviendo con actividades manufactureras o de servicios transables que enfrentan costos locales crecientes. En ese escenario, la discusión cambiaria sería de otra naturaleza. Ya no sería solamente cómo evitar que falten dólares, sino cómo lograr que los sectores capaces de generarlos convivan con aquellos que necesitan competir internacionalmente sin disponer de rentas naturales extraordinarias.
También cambiaría la discusión fiscal. Las provincias con rentas crecientes provenientes de recursos del subsuelo –cuya propiedad les pertenece– podrían verse tentadas a utilizarlas para financiar gasto permanente o reducir impuestos sobre otros sectores. Ambas decisiones pueden tener sentido, pero requieren reglas. Las rentas provenientes de un recurso agotable no deberían confundirse automáticamente con ingresos fiscales permanentes.
No es casual que muchos países con ingresos excepcionales originados en recursos naturales hayan creado fondos de estabilización o fondos soberanos para canalizar parte de esas rentas. La lógica es sencilla: evitar que un ingreso extraordinario se transforme inmediatamente en gasto permanente y preservar recursos para cuando cambien los precios o se agote el activo. En la Argentina, esa discusión involucraría necesariamente a las provincias, pero también a la Nación, que participa de esas rentas a través del sistema tributario.
Hay además un riesgo todavía más sutil: comenzar a gastar la riqueza antes de que exista. La evidencia empírica es rica en episodios en los que el descubrimiento o la expectativa de grandes recursos naturales condujo a aumentar anticipadamente deuda y gasto público, deteriorando la sostenibilidad fiscal incluso antes de que comenzara la producción. No es difícil imaginar una versión argentina de ese problema si las rentas futuras empiezan a ser incorporadas demasiado rápido a decisiones presentes.
La transformación también puede alterar el mapa político y económico del país. Buena parte de estos recursos se encuentra en provincias que históricamente tuvieron un peso relativamente reducido en la estructura productiva nacional. Eso modifica el federalismo. Aumentan los recursos provinciales, cambia la demanda de infraestructura, pueden aparecer nuevos movimientos migratorios y se altera la distribución geográfica del empleo y de la inversión. También puede aumentar la tensión entre las jurisdicciones que producen recursos y aquellas donde vive la mayor parte de la población.
El interrogante sobre quién captura la renta –Nación, provincias, empresas o trabajadores– no es accesorio. Puede convertirse en uno de los principales conflictos de economía política de la próxima década. Y ahí aparece probablemente el aspecto más delicado: los sectores que liderarían esta transformación son muy intensivos en capital, pero relativamente poco intensivos en empleo directo. Pueden modificar rápidamente la balanza comercial sin transformar con la misma velocidad el mercado laboral.
Juan Carlos Torre viene trabajando desde hace décadas sobre un rasgo profundo de la sociedad argentina: su impulso igualitario. No se trata de afirmar que seamos una sociedad particularmente igual, sino de reconocer una tradición en la que las aspiraciones a la movilidad, la inclusión y la participación en los frutos del progreso tienen una legitimidad especialmente fuerte. En su formulación reciente, Torre habla de una “pasión igualitaria”: las diferencias pueden existir, pero se vuelven difíciles de aceptar cuando se prolongan demasiado.
Pablo Gerchunoff y Lucas Llach recorren una tensión parecida en Ved en trono a la noble igualdad. Buena parte de nuestra historia económica puede leerse como una sucesión de intentos por compatibilizar las condiciones necesarias para crecer con las demandas distributivas de una sociedad fuertemente movilizada. Esa tensión puede intensificarse durante los próximos años. Podríamos tener una economía que exporta más, acumula divisas y atrae grandes inversiones y, simultáneamente, una parte considerable de la población que todavía no percibe esos beneficios en su empleo o en sus ingresos.
Una mina de cobre, un yacimiento de shale o una planta de LNG pueden generar miles de millones de dólares con relativamente pocos empleos directos. La difusión de esos beneficios es posible, pero requiere un entramado que no se construye de un día para otro: infraestructura, transporte, logística, vivienda, educación y capacitación, salud, seguridad, justicia, servicios profesionales y nuevas actividades alrededor de los polos productivos. Ahí está probablemente el verdadero desafío. Si la Argentina consigue transformar su restricción externa, puede resolver uno de los problemas que más condicionaron su crecimiento durante décadas. Pero si la nueva riqueza aparece mucho antes que sus efectos sobre empleo e ingresos, la presión por distribuirla anticipadamente puede terminar amenazando el propio proceso que la genera.
Quizás dentro de algunos años el problema argentino deje de ser cómo conseguir dólares. La pregunta será entonces bastante más difícil: cómo administrarlos sin repetir, bajo otra forma, nuestros viejos errores.
*Director de Perspetiv@s Económicas.