La captura de Nicolás Maduro, su dramatización
Las imágenes de Nicolás Maduro y de otros detenidos que perdieron su poder dicen más que las palabras. El cuerpo es un texto emocional sobre el cual se inscribe el poder de la sociedad.
El 19 de marzo del año 2003 EE.UU. invade Irak. La invasión consumó una atroz masacre de la población civil, desmintiendo las retóricas de guerra indolora que difundió el Pentágono. El término “Guerra de Irak” es inadecuado para describir el operativo de captura colonial norteamericana. La desintegración de la Unión Soviética y la Guerra del Golfo le habían permitido al presidente George Bush lanzar su proyecto del nuevo orden internacional.
Los misiles inteligentes teleguiados, las operaciones quirúrgicas y el despliegue de tecnología de alta generación hicieron del ataque llamado “Impacto y pavor” un medio de destrucción del entramado social iraquí. En diciembre del año 2003, Saddam Hussein fue capturado, y en 2004, entregado a la Justicia iraquí, que lo procesa.
El juicio se lleva cabo a puertas cerradas y la sentencia fue de muerte en la horca. El Tribunal de Casación de Irak ratificó la sentencia de muerte, mientras que Amnistía Internacional condenaba la decisión. Si bien el proceso lo realizó un tribunal especialmente designado, respondía a la Justicia de los invasores, de manera tal que no hubo lugar a que la Corte Penal Internacional interviniera. Esta solo hubiera actuado si la jurisdicción interna se abstenía, además Irak no era Estado parte del estatuto de creación de dicha Corte y, por otro lado, los crímenes sobre los cuales recaía la sentencia eran anteriores a la entrada en vigor de ella. El 30 de diciembre del año 2006, Saddam Hussein fue ejecutado en la horca.
En la ejecución se encontraban un médico, un clérigo y un juez. Saddam se negó a que le cubrieran el rostro, mientras que los verdugos aparecían con los rostros encapuchados. Uno de los asistentes a la ejecución grabó los últimos gestos de Hussein con un teléfono móvil que luego difundió la cadena Al Iraqiya.
El cuerpo emocional. El cuerpo es un texto sobre el cual se inscribe el poder de la sociedad. Los cuerpos son cuerpos emocionales; es más, la emoción, según el antropólogo Thomas Csordas, es siempre corporizada. De manera tal que los valores se movilizan a través del espectáculo del cuerpo. El paradigma de la “corporización” (embodiment) subraya que el cuerpo es el sujeto de la cultura, es decir, es el cimiento existencial de la misma. De manera tal que el cuerpo es tanto sujeto como objeto semiótico. Desde esa gramática analizo las imágenes que se exponen de los presidentes, políticos, dictadores. El centro de interés del montaje es la escenificación del cuerpo, unida a la excitación de la fantasía que desea provocar en los espectadores. Banquillos, postes, escaleras, cruces, mesas, potros, son los elementos para aplicar una flagelación como tortura, castigo o estimulación erótica. El despliegue dramático del encarcelamiento o de la muerte de una persona (un cuerpo) no es nuevo.
El cine político contemporáneo se pregunta qué hace el poder con un cuerpo cuando ya no lo tiene.
El cuerpo de Maduro. Observar las imágenes que se distribuyeron de Maduro siendo capturado y luego descendido a Nueva York me lleva a la película Das Experiment, aquel film que mostraba cómo el cuerpo aprende a obedecer. El experimento es una película dirigida por Oliver Hirschbiegel, basada en el libro The Black Box, inspirado en el experimento de la cárcel de Stanford, realizado en el año 1971, y subvencionado por el ejército estadounidense, acerca del poder en contextos de sumisión.
En las imágenes de la captura de Maduro que el gobierno de Trump distribuyó al mundo aparecen dos líneas a ser tenidas en cuenta. Una primera imagen del traslado del helicóptero al buque de la Armada norteamericana: allí se lo observa aún con su rostro erguido, de modo que lo que se lee en esas fotos no es tanto un preso, sino un cuerpo de poder en suspensión. Una gestualidad contenida, una postura no suplicante, el cuerpo de Maduro: un cuerpo capturado, pero no aún reprogramado. El poder le fue retirado, pero su forma corporal todavía no fue reeducada. Si Das Experiment exhibe cómo el poder fabrica cuerpos, la imagen de Maduro muestra qué ocurre cuando el poder cae, pero el cuerpo todavía no se ha resignado a su nueva gramática.
La segunda imagen, ya arribado a Nueva York, dista en algo de la primera. La foto muestra a Nicolás Maduro con ropa deportiva, un gorro, una seña de control que realiza con las manos, de positividad. Pero el signo que marcaría la sumisión son los pies. Mientras que los policías de la DEA se muestran todos uniformados, de pie, y con sus calzados respectivos junto a él; Maduro está sentado (ya allí se puede leer el sometimiento) y en pantuflas. Recordemos que una de las primeras acciones que se realizaban sobre los presos en Das Experiment era quitarles sus ropas, vestirlos con batas blancas y pantuflas. Esa estética remite a cierta medicalización del preso.
Poder perdido. Los cuerpos de los políticos y sus modos de ser mostrados al mundo al tiempo de su detención hablan acerca del poder que pierden y los modos que tiene ese poder de transformarse en sujeción, rendición o acatamiento. Pinochet, por ejemplo, y su cuerpo exhibido en silla de ruedas y envuelto en frazadas mostraban tal fragilidad que hacían del cuerpo del prisionero un cuerpo médico.
El serbio Milosevic en La Haya se presentó en traje oscuro y camisa blanca, con una postura rígida, casi desafiante. La escenificación no era la de una víctima aunque, a diferencia de Maduro, ya estaba totalmente inmerso dentro del dispositivo del derecho. El expresidente venezolano, según las imágenes que se nos acercan, está ubicado en los umbrales del proceso legal.
Por su parte, Saddam Hussein, al ser capturado en el año 2003, exhibió el cuerpo animalizado de un poder destruido. Despeinado, con una larga barba, y extraído de un escondite subterráneo, el cuerpo se expuso reducido, humillado.
Maduro no se revela animalizado ni medicalizado, sino como un cuerpo administrado. El relato destapa su lengua: hay un cuerpo capturado en vías a su reorientación, hay solo un signo sacrificial (las pantuflas). Este podría acrecentarse, profundizarse. En la sala del tribunal, al presentársele los cargos, él afirma: “Soy inocente. No soy culpable”. Habrá que ver en los próximos meses si la visión sacrificial se completa: él, salvando a cierta parte del régimen, o si todo el régimen cae y su captura termina como cuerpo judicializado.
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