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De ministerio a cuartel

La Defensa y el liberalismo líquido del presidente Milei

Dice Javier Milei tener como referencia a los EE.UU. y a Israel, que estos países son los que guían su actuación. Van dos años de gestión en curso y parece que no le bastaron para entender el modelo de seguridad de estas dos naciones.

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Cuando una persona se percibe liberal y lo declama a los cuatro vientos, provoca en los demás una expectativa de conducta esperada de él acorde a los valores liberales que dice tener. No se puede ser medio liberal o liberal en esto y no en aquello. Ser liberal representa valores y creencias que son claras para todos, en todo el mundo, incluso en los que no comparten esa ideología. No puede ser aceptable que alguien sea católico de domingo a martes y protestante el miércoles. Se es o no se es. No se puede ser todo al mismo tiempo.

Un liberal no se puede sostener con este tipo de base endeble o con una ambivalencia según el tema. Esa persona pasa a tener un liberalismo líquido, es decir, un actuar contradictorio e insustancial, excepto –claro– para los fanáticos: aquellos que están en el lugar cómodo de la no crítica, de la no razón, en la aceptación de todas las contradicciones del líder en que se referencian y que –por supuesto–, dadas estas características, no se les puede decir que ellos son liberales, precisamente.

Dice el presidente Javier Milei referenciarse en los EE.UU. y en Israel. Que esos países son los que guían su actuación. Que son sus aliados. Los que tallan su esquema mental aunque él quiera ser el destructor del Estado argentino, pero los dos países que señala como su faro son, precisamente, dos paradigmas de Estado. Esto, además de una contradicción, en el campo de la seguridad también es una idea líquida. Dos años de gestión en curso y parece que no le bastaron al Presidente para entender el modelo de seguridad de Israel y EE.UU.

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Los hechos demuestran que, en lo que va de este mandato, el presidente Milei no pudo comprender que la seguridad nacional es, a la seguridad, como la macroeconomía es a la economía. Se entrevistó con funcionarios norteamericanos con el cargo de asesor de Seguridad Nacional y con otros que integraban el Consejo de Seguridad Nacional con competencia en el hemisferio occidental del entonces presidente Joe Biden. Recibió recientemente una ayuda económica del secretario del Tesoro de la administración del presidente Donald Trump por razones de seguridad nacional de los EE.UU. y, todo esto, más el organigrama del Poder Ejecutivo estadounidense, no fue suficiente para que él lograra entender y replicar aquí la estructura de ese Estado en su administración.

Es increíble que el presidente Milei no tenga su asesor de Seguridad Nacional. Tiene muchos asesores en la materia que él conoce y dice dominar, la economía, pero ninguno en las que desconoce por completo. Tuvo dos secretarios de Estrategia Nacional, ninguno de ellos bajo su órbita directa, como sí lo tiene institucionalmente el presidente de los EE.UU. Ninguno de los dos pudo elaborar una política y estrategia de seguridad nacional a fin de guiar la seguridad institucional y la inteligencia, la seguridad interior y la defensa nacional de nuestro país.

Dos años sin ninguna política técnicamente coherente en todo el campo de la seguridad, sin objetivos claros y sin prioridades, con un sector de seguridad desconectado cuyas fallas son palpables por más maquillaje y marketing político que intente ocultarlas.

No obstante, dos ministros de esta área fueron electos como senadora y diputado nacional por la sociedad argentina. Los eslóganes fueron exitosos, sin duda, pero los problemas de seguridad de la Argentina siguen intactos, sin solución a la vista. Ejemplo de ello es el narcotráfico que hace a sus anchas en todo el país, las avionetas que se caen repletas de droga y las entradas y salidas de los “Pequeños J” por nuestra frontera con total impunidad y con todas las facilidades. Hasta el partido político del Presidente está atravesado por sospechas de vínculos con el mundo narco.

La torpeza en el gabinete presidencial ha alcanzado ribetes de tal magnitud que hasta han confundido la traducción del inglés de las palabras “homeland” y “national” y por este motivo el Ministerio de Seguridad, en vez de llamarse Ministerio de Seguridad Interior como su par norteamericano, se denomina de Seguridad Nacional, sin entender el concepto que representan técnicamente esas palabras y cómo debe funcionar el sector seguridad del Poder Ejecutivo Nacional conforme al diseño de un Estado republicano y federal, tal como hace EE.UU. Es como si a alguien se le ocurriera llamar a un ministerio del ámbito económico como Ministerio de Macroeconomía. Y esto sucedió, además, a pesar de recibir personalmente nada menos y nada más que a la ministra de Seguridad Interior de la Administración Trump, Kristi Noem. Esperemos que con la nueva ministra designada puedan corregir los errores cometidos.

Todo fue aún más grotesco cuando asumió el nuevo ministro del Interior y se le sacó la Dirección de Migraciones y el Registro Nacional de las Personas; dos claros organismos de seguridad interior, conforme al modelo estadounidense y que luego –inexplicablemente– ocasionó un arrepentimiento, devolviéndole uno de ellos sin especificar claramente por qué se lo devolvía, pero dándoles a entender a todos que se hacía por una cuestión de “caja” para que el ministro no quedara “pobre” de organismos que dependieran de él. Por supuesto, la Aduana, que es el otro organismo típico de seguridad interior, aún continúa bajo la dependencia del Ministerio de Economía.

Todo es muy difícil en la administración Milei, hasta para ver y copiar lo que se hace en el modelo que dice admirar y seguir. Pero el zénit del liberalismo líquido se alcanzó cuando el Presidente nombró a un militar en actividad, su jefe del Estado Mayor General del Ejército, como su nuevo ministro de Defensa. ¿En quién se referenció? ¿En los EE.UU.? No puede ser, porque el ministro de Defensa allí (ahora denominado ministro de Guerra y esperemos que esta no sea una de las reformas de segunda generación que el presidente Milei tenga en su cabeza) es Pete Hegseth, considerado como un funcionario civil aunque fue un militar de la Guardia Nacional que alcanzó el rango de mayor, obviamente con más de diez años sin servicio activo en las fuerzas armadas, tal como indica el requisito institucional para ocupar ese cargo en los EE.UU. Cuestión que lo tienen institucionalizado así no porque sean tontos. Lo hacen por una razón técnica.

¿En Israel? Tampoco puede ser, porque el ministro de Defensa hoy es Israel Katz, quien es un político del partido Likud y previamente fue ministro de Agricultura y Desarrollo Rural, luego de Transporte y Seguridad Vial, después del Servicio de Inteligencia y más tarde de Relaciones Exteriores y, antes del actual cargo, de Finanzas.

Entonces, como supuesto buen liberal argentino, ¿el presidente Milei se habrá inspirado en los países miembros de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos)? ¿Lo habrá hecho en los países del G20? Si se toman los países que integran ambas organizaciones, el ministro de Defensa actual en Alemania (es Boris Pistorius, abogado y político), en Australia (es Richard Marles, abogado y político), en Canadá (es David McGuinty, abogado y político), en Corea del Sur (es Ahn Gyu back, el primer ministro de Defensa Civil en 64 años, político), en EE.UU. (es Pete Hegseth, militar retirado y político), en Francia (es Catherine Vautrin, abogada y política), en Italia (es Guido Crosetto, economista y político), en Japón (es Shinjiro Koizumi, politólogo y académico), en México (es Luis Cresencio Sandoval González, general de tres estrellas en actividad), en el Reino Unido de Gran Bretaña (es John Healey, político) y en Turquía (es Hulusi Akar, general de cuatro estrellas retirado y político).

Con la designación de su nuevo ministro de Defensa, el presidente Milei ha puesto a la Argentina en el mismo nivel de México y de algunos países centroamericanos y del Mar Caribe. También como Siria, Líbano, Cuba, Venezuela, Corea del Norte, China e Irán. Indudablemente, su entorno no puede decirle que está equivocado, señalándole que esta cuestión lo alejó de su liberalismo.

Por otro lado, parece que nadie le ha explicado al Presidente en estos dos años que la política de defensa de un país es consecuente con la política de seguridad nacional del mismo, que esta no es la política de seguridad interior del país y cuando no se la tiene definida es imposible tener una política de seguridad institucional, una política de seguridad interior o una política de defensa nacional. Tal vez, él puede entender mejor este mismo concepto con la macroeconomía. Sin embargo, vemos que hasta ahora no puede traspasarlo a la seguridad. Tiene una tara con esto.

Por otro lado, tampoco nadie le ha dicho que la política de defensa no es una política militar (que las dos son dos cosas distintas y que la segunda es solo una parte de la primera y le debe estar subordinada, tal como sucede con ciertas materias de la economía) y, por ende, un ministro de Defensa idóneo no es aquel que sabe cómo debe desempeñarse en el campo de batalla una sección de infantería, un grupo de artillería, un escuadrón de aviación de caza o una flota de buques de guerra. Para eso se tiene el Estado Mayor Conjunto y los Estados Mayores Generales de las Fuerzas Armadas.

Un ministro de Defensa necesita un perfil técnico y profesional específico que su primer ministro estuvo muy lejos de tener y el segundo que eligió parece que tampoco. Está claro que en Argentina hubo algunos ministros de Defensa muy malos, otros apenas malos y, con piedad, podríamos decir que hubo alguno con una actuación regular en estos años de democracia.

Es importante destacar que el presidente de la Nación tiene por mandato de nuestra Constitución la potestad de designar el ministro que quiera. Esta designación en Defensa –sin dudas– fue polémica. Se expresaron muchas voces con argumentos en contra, algunos denigrantes contra la persona del ministro designado, quien obstinadamente quiere vestir el uniforme militar en el gabinete, tal como sucede en aquellos países “villanos” en los que el Presidente dice no querer referenciarse porque no son un faro de la libertad.

Es una lástima que, por ahora, no pueda verlo. Retrotraer esta decisión es muy difícil, políticamente. El error está hecho. Pero necesitará, tarde o temprano, enmendarlo. Transformar el Ministerio de Defensa argentino en un cuartel no fue una decisión acertada.

En tiempos donde el Presidente les regala libros a sus ministros y a los efectos de que solidifique su liberalismo líquido y entienda mejor este enfoque aquí planteado, le recomiendo El crimen de la guerra, de Juan Bautista Alberdi. Ojalá algún amigo de su confianza, en alguna noche de ópera, en la quinta de Olivos, también se lo recomiende y lo ayude, tal como intenta hacer este artículo.

*Ingeniero, magíster en Defensa Nacional.