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Úteros de mentira

Fertilidad artificial: la vida en cuestión

La época de distopías nos presenta fenómenos que hace sólo cincuenta años eran difíciles de imaginar. Mientras la tasa de natalidad cae en el mundo occidental, tener hijos y construir una familia son procesos que, de a poco, dejan de estar ligados exclusivamente a un ciclo vital...

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La fertilidad artificial es el reverso de la infertilidad naturalizada como hecho consumado. La creciente infertilidad de las personas y de la tierra está asociada a las formas de producción, alimentación, circulación, combustión, entre otros procesos que definen la forma de vida contemporánea. Es un diagnóstico que podría movernos a investigar, pensar, imaginar formas de proteger la vida y restaurar algo de su condición cíclica. Pero también se trata de una situación que la avanzada tecnocientífica, anudada con una lógica desbocada de mercado, cifra en otros términos: se asume la infertilidad como una fatalidad más de un mundo colapsado para desarrollar formas de fertilidad automatizables y rentables, es decir, capaces de perforar todo límite biológico, hasta desconocer la existencia misma de los ecosistemas como marcos reguladores e incluso como fuente de sentido.

La época de las distopías que no lo son tanto nos exige, cada vez más, dar cuenta de fenómenos que hace sólo cincuenta años eran difíciles de imaginar, es decir, que vivimos un tiempo que nos desafía tanto conceptualmente como en términos éticos y políticos, en el fondo existenciales. En ese sentido, el proyecto del útero artificial resulta ejemplar. Pero, ¿se inscribe en el derrotero del progreso técnico, sin más?

Creemos que no se puede seguir hablando de “progreso” en un mundo que, por su forma de reproducirse, destruye más de lo que produce. De hecho, las imágenes que surgen de los referentes tecnófilos de hoy (algunos de ellos millonarios famosos) no tienen tanto que ver con el confort o la salud, ni mucho menos, con la mejora en la calidad de vida de algo llamado “sociedad”. Sus referencias remiten a la aumentación, la maximización, el funcionamiento aséptico, rendidor y sin sentido de todo lo que se rige por el mandato tecnológico (cuando lo que es posible se presenta como imperativo, se trata de un mandato). En el límite de su estructura argumentativa –que, por cierto, pertenece a una época que dejó atrás la necesidad de argumentar–, se trataría de superar lo inefable, de suprimir contratiempos como el dolor o el proceso de una gestante. Hay quienes llaman a esta suerte de corriente política, tecnocientífica y estética, “transhumanismo”.

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Por nuestra parte, diremos que se trata de una nueva metafísica que desprecia la vida, niega peligrosamente la tosquedad de lo real y conlleva, como corolario ideológico, un imaginario supremacista que, en nombre de una moral vetusta de machotes blancos, ricos realizados y aspiracionales, de líderes astutos, intelectuales propios y públicos embrutecidos, enarbola, en última instancia, la superación de una humanidad considerada demasiado conflictiva, ineficiente, morosa, en definitiva, demasiado corporal.

La ciencia ficción de mediados del siglo XX se regodeaba con tecnologías impensadas para su tiempo, pero sostenía en su narrativa la estructura moral y sensible de su público; entonces, provocaba fantasía o morbo por la distancia tecnológica o los seudoambientes imaginados por los guionistas, sin inquietar realmente la mirada, sin desacomodar la percepción. En cambio, la Distopía que no lo es tanto (Pennisi, Ariel (2018). Uma distopia pela metade, en Cava, Bruno, Duarte Costa Corrêa, Murilo orgs. (2018). Pensar a Netflix, Belo Horizonte: Editora D’Plácido) invierte la relación: las tecnologías que nos sorprenden día a día ya están entre nosotros; de algún modo nos hacemos los sorprendidos, algunos con maravilla otros con estupor, mientras que no contamos con recursos sensibles o perceptivos para asumir su realidad y sus posibles efectos futuros. Ya nadie puede sostener que las nuevas tecnologías digitales, la modelización informática de lo vivo, la racionalidad algorítmica, se reducen a herramientas; se trata, más bien, de una nueva casa tecnológica en la que vivimos; un medio ambiente digital, en el cual, como sostenemos junto a Miguel Benasayag, nosotros tampoco somos los mismos. ¡Y vaya que no seremos más los mismos si la gestación se exterioriza! Inquietante espejo roto.

El proyecto del útero artificial se monta sobre una crisis de fertilidad que trae aparejadas preguntas fundamentales, de carácter ético, económico, social. La tasa de fertilidad en el mundo cae a la mitad cada 20 años. La doctora Shanna H. Swan, una de las principales epidemiólogas ambientales y reproductivas del mundo (profesora de medicina ambiental y salud pública en la Escuela de Medicina Icahn en Mount Sinai, en Nueva York), afirma en su libro Cuenta regresiva, que “nuestro mundo moderno está amenazando el recuento de espermatozoides, alterando el desarrollo reproductivo masculino y femenino y poniendo en peligro el futuro de la raza humana”. Cada vez más hombres y mujeres padecen desequilibrios hormonales y pierden la regularidad de los ciclos vitales. De hecho, un hombre actualmente tiene, en promedio, la mitad de espermatozoides que su abuelo a la misma edad, en dos generaciones perdimos más del 50% de fertilidad de la especie.

Desde un punto de vista ecofeminista, hay una relación íntima y compleja entre la violencia hacia las mujeres y la destrucción de la tierra. El aporte original del pensamiento y de las prácticas ecofeministas parte del señalamiento de una continuidad material y epistemológica entre la violencia hacia el cuerpo de las mujeres y la violencia contra la naturaleza como pivote histórico que conecta la provocación técnica de la modernidad con las pretensiones transhumanistas contemporáneas. Pasamos del Hombre moderno como amo y posesor de la naturaleza, a la ilusión de poder vivir al margen de la naturaleza y del cuerpo; luego, el sometimiento de la vida a la exigencia de un funcionamiento desasociado de la producción de sentido, el rendimiento como voz de orden para las personas comunes y la acumulación infinita por parte de una casta privilegiada a nivel global, definen el semblante de la situación. Pero el problema ya no es solamente ideológico, sino que estamos ante la inviabilidad material de un mundo subordinado al despliegue de procesos técnicos que nos envuelven al modo de un engranaje.

Como dice nuestro compañero Miguel Benasayag, no hay afuera del engranaje. Así como tampoco hay exterioridad de los dispositivos tecnológicos que capturan y modulan la vitalidad; en todo caso, vivimos un proceso de hibridación que, por la potencia y grado de autonomización del vector digital, se vuelve dominantemente un proceso de colonización tecnocientífica de lo vivo, aplastamiento de la dinámica orgánica (recomendamos vivamente la lectura de La singularidad de lo vivo, libro en que Miguel Benasayag desarrolla un modelo orgánico para demostrar la alteridad entre la singularidad de lo vivo y la lógica agregativa de las máquinas digitales y la racionalidad algorítmica. (Red Editorial, 2018; Prometeo, 2019). Pero, a diferencia del colonialismo histórico, esta vez, los mayores beneficiarios, los dueños de las big tech, los “depredadores” (Giuliano Da Empoli, La hora de los depredadores (Seix Barral, 2025)) de todo pelaje, están también colonizados; para ellos tampoco hay afuera.

El caso de Martín Varsavsky es casi un estereotipo, en ese sentido. El argentino que creó la empresa española de reproducción artificial Overture Life y oficia como su actual CEO, oscila entre un desmesurado optimismo sobre la reproducción humana automatizada digitalmente y un imaginario apocalíptico: por un lado, el uso de IA para automatizar la fertilización in vitro es un nuevo paso de la “edición genética”. Por otro, el proyecto de la “visa de tranquilidad” que, según consigna elDiarioAR, Varsavsky propuso a Milei y Caputo cuando se reunió con ellos en EE.UU. el año pasado: un refugio para ricos ante la posibilidad de una tercera guerra, con un alto componente nuclear. En ambos casos, la dimensión tecnológica, que es el eje central, se articula con una premisa económica: reducir costos en la reproducción automatizada e ingresar dólares a la Argentina a cambio de miles de hectáreas (como las que ya compró Varsavsky en Mendoza) convertidas en nuevos feudos.

Varsavsky cuenta en las redes sociales su historia de vida como la de alguien que, a pesar de provenir de una familia con valores progresistas, descubrió, gracias a su experiencia empresarial, que cargaba con una “mochila invisible” de “culpa histórica” y “culpa climática”. Ahora, con el fanatismo de todo converso, abraza la completa desregulación de los procesos económicos y vitales. En sintonía con los transhumanistas considera a todo límite una forma de conservadurismo; no hay planteo ético que no le parezca arbitrario. Su cercanía al gobierno argentino hace parte de una misma atmósfera de excitación por el protagonismo que adquieren los magnates big tech y la conformación de un bloque internacional derechista por arriba, cuya base de sustentación por abajo, tiene mucho que ver con lo que el gran filósofo Paolo Virno llamaba “fascismo posmoderno” (La sustancia de lo que se espera, Red Editorial, 2025).

Al mismo tiempo, no deja de llamar la atención el anudamiento que expresa esa corriente: por un lado, la más alta tecnología, inteligencia y audacia tecnocientífica y económica, y, por otro, los valores más conservadores, el simplismo racista, clasista y homofóbico más brutal, el ideal de un tipo humano y un modo de sociabilidad que relanza el supremacismo perimido de comienzos del siglo XX.

El proyecto EctoLife de Hashem Al-Ghaili es la pieza clave que popularizó la idea del útero artificial alrededor del mundo. Por ahora, ese proyecto, no es más que propaganda transhumanista en forma de cortometrajes audiovisuales. Un concepto que no se encuentra en una fase temprana de desarrollo, sino en una fase de inception mental, una especie de mito tecnológico apocalíptico, en busca de capitales, sin un marco legal establecido. En el video titulado EctoLife: The World’s First Artificial Womb Facility, se ven imágenes hechas en 3D, de hangares que albergan incubadoras para la gestación artificial de bebés en serie, prometiendo generar hasta 30 mil vidas por año. Las condiciones prometidas de conservación durante el proceso, el monitoreo digital exhaustivo, y las escenas en que las parejas miran todo lo que ocurre desde la pantalla de su celular, forman un paisaje que omite todo tipo de complejidades éticas, sanitarias, ambientales, políticas. El final del video interpela directamente a los clientes potenciales: “¿cansados de esperar la respuesta de una agencia de adopción?, ¿no pudiste encontrar una madre subrogante adecuada?, ¿preocupada por las complicaciones del embarazo? No más preocupaciones, porque EctoLife te cubre”. El remate es el eslógan: “EctoLife, reinventando la evolución”.

¿Cómo y desde donde se discute con uno de los videos más vistos en la historia de YouTube? Hay un nuevo paradigma en curso que es necesario debatir incorporando el señalamiento de la colonización tecnocientífica de lo vivo; en el fondo, es una disputa post-ideológica, ya que se trata de la defensa de la vida y la cautela ante lo real, no de tener razón. Al mismo tiempo, es importante explicar que eso que llamamos “la vida” no es una sustancia que espera virginal en alguna parte hasta que pase el temblor. Se trata de una apuesta que involucra hipótesis a las cuales lo real responde mejor y peor, pero donde lo real cuenta. El problema del transhumanismo es que sus hipótesis excluyen desde el vamos toda problematización sobre lo vivo, porque el campo biológico es para ellos un mero soporte material que mora disponible para su modificación o rediseño, su maximización por parte de una voluntad metafísica que, en el fondo, termina pareciéndose demasiado al capricho de una especie embrutecida. (Cabe señalar que el embrutecimiento estructural parece solapado por el hecho de que muchos de los principales beneficiarios de las actuales condiciones son hombres de ciencia, inteligentes y sagaces, cuyo fanatismo no está desprovisto de ideas). Una humanidad que, heredera del fuego de Prometeo, juega hoy con un fuego que desconoce, paradójicamente más ciega mientras más tecnológicamente avanzada.

Por otro lado, sin juicio moral, pero sí con vocación ontológica, cabe preguntarse por el estatuto de formas de generación de vida y de seres que responden a los híbridos del presente. Por ejemplo, el caso de la actriz española Ana Obregón, quien, en 2023, para que su hijo fallecido pudiera “cumplir su sueño de ser papá”, hizo una subrogación de vientre en una mujer cubana en Estados Unidos, con el semen congelado de su hijo ya fallecido, y se convirtió así en la madre de su nieta a los 68 años. En un siguiente paso, ¿qué significaría una vida concebida y gestada fuera del cuerpo, aislada de los ecosistemas, monitoreada y asistida por IA? Desde nuestro punto de vista, la interrupción de la ciclicidad y la pérdida de los ritmos biológicos no es gratuita, como tampoco la correlativa desaparición de los ritos sociales alrededor de esos ciclos/acontecimientos, que organizan formas de vivir común.

Las nuevas tecnologías reproductivas tienden a cambiar por completo el sentido mismo de la reproducción. Como antecedente deben tenerse en cuenta los pasos de la biotecnología en la alteración genética de las semillas del alimento, el posterior patentamiento (adueñamiento) de las mismas y la industrialización y homogeneización del monocultivo a escala global. Lo novedoso en ese sentido es el hecho de que la gestación pueda ser pensada y, de hecho, ejecutada por fuera de procesos vitales que van desde la construcción de vínculos amorosos y la planificación familiar o amistosa, hasta “accidentes” con sus consecuencias de diversa índole. Como si se tratara de una elección de consumo: “quiero, entonces tengo”, antes que de un evento que se impone, como deseo o como algo indeseable, y nos fuerza a decidir (tal vez, la decisión sólo existe bajo condición de un forzamiento).

Otro caso bien resonante son las fábricas de bebés que constituyen un porcentaje significativo del PBI ucraniano. Según la cadena France 24 “Ucrania es uno de los principales centros en el mundo para la gestación subrogada”. Calculan que nacen 2.500 bebés de gestantes ucranianas al año para parejas e individuos de distintas partes del mundo. Se da así la situación en que Ucrania, país asediado por los bombardeos rusos, comercializa la gestación de vidas para su exportación. France 24 informa que “BioTexCom, una de las mayores empresas, incluso compró un refugio antiaéreo”. La empresa, que se autodenomina “centro para la reproducción humana”, ofrece un conjunto de servicios que van desde la donación de óvulos frescos, la subrogación de vientres y el tratamiento mitocondrial, hasta asesoramiento jurídico, nutricional y servicios de pediatría. En su página se puede observar un catálogo de mujeres con rasgos y edades que se ajustan a los cánones de belleza hegemónica y debajo de la foto un código de barra (sobre la relación entre ciencia y belicismo, para pensar cómo esta política de la vida artificialmente gestada se cruza con tecnologías necropolíticas en Ucrania, recomendamos un libro de próxima publicación, El arte de matar. Manifiesto contra la ciencia, la epistemología y el método, de Adrián Cangi.

Para esa subjetividad, tener hijos y construir una familia no consiste tanto en un proceso vital expuesto a las peripecias de lo real, de algo que se va haciendo al andar, con la marca de una duda existencial que nunca nos abandona realmente, sino que aparece como una forma de decisión de un individuo causa sui, que decide cuándo y cómo se gesta una vida, más allá de los ritmos biológicos y de los avatares sociales. En el extremo de esa tendencia la concepción y la familia son un acto de diseño asociado a cánones de belleza y sanidad, entre la eugenesia facilitada por una start up y el amparo de fondo de un supremacismo no necesariamente asumido.

Si de la Inquisición a la modernidad más racional la cuestión era “poseer y dominar el cuerpo de las mujeres”, hoy parece que la tecnología prefiere disociar la capacidad propia del cuerpo (delegación de la función), es decir, inventar un dispositivo-máquina-cuerpo que sea capaz de sostener la capacidad/función (antes estrictamente humana y, específicamente, uterina), por ejemplo, de gestar.

La ensalada de la época reúne a magnates tecnológicos y científicos constructivistas, con militantes antiabortistas. Por otro lado, corporaciones multinacionales de tecnología, farmacéutica y producción audiovisual, unen sus esfuerzos para controlar la cadena completa de la reproducción de la especie: crear las células-gametos, concebir el embrión, gestar al feto y darlo a luz –una luz fría que rebota en las paredes del laboratorio. De principio a fin, el adueñamiento de la vida, como si se tratara de una cadena de montaje: del ADN al EAN, con código de barras.

El diario oficialista de Daniel Hadad, InfoBae, publicó una nota en abril de 2023, donde la autora celebra el nacimiento de “los dos primeros bebés concebidos por un robot” y considera innecesario problematizar lo que describe como un “avance exponencial” de la ciencia (de hecho, llama “opiniones” a los planteos éticos y científicos cuestionadores). En la nota se cita al escritor Yival Harari, quien cree que “todas las estructuras políticas o sociales competidoras pueden ser vistas como sistemas de procesamiento de datos”. El aspecto mercantil y el comercio efectivo que existe en torno a la generación de vida humana, concentran la mirada de buena parte de la crítica en el grado de deshumanización propio de una operación que se da en el extremo del capitalismo. Pero, insistimos, el problema es aún más profundo y reconocerlo, estudiarlo, investigar en ese sentido, nos ubicaría en mejores condiciones para el compromiso social y la defensa de la vida, más allá del vetusto humanismo.

Haciendo un repaso algo comprimido de la historia reciente de las técnicas anticonceptivas y reproductivas, podemos mencionar la píldora que ingresó al mercado como una forma de liberación para la mujer, deslindando sexualidad de reproducción, y posteriormente el DIU, para que la anticoncepción no dependiera del registro y autogestión del ciclo, luego, el tampón habilitó la “liberación” para las mujeres que debían estar varias horas paradas trabajando. Por su parte, la medicalización e institucionalización del parto, que se supone deben evitar la mortalidad materna e infantil, dejan ese saber en manos de “profesionales” (la tesis de doctorado de María Elena Ramognini sobre Cuerpo, parto y poder…, es elocuente en ese sentido).

Finalmente, el anudamiento entre tecnología reproductiva y maximización: la inseminación in vitro para facilitar la elección de los mejores embriones y aumentar las posibilidades de concebir un embarazo; el congelamiento de óvulos para “atrasar” la maternidad y permitirle a la mujer liberarse del yugo del “reloj biológico” en pos de su desarrollo productivo. Lo que se articula es un proceso de privatización, con otro de tecnificación que involucra la manipulación genética, la modelización digital de lo vivo y el aislamiento del ciclo de reproducción de la vida (fertilización-concepción-gestación-parto) respecto del ecosistema. ¿Es una etapa superior de la medicalización del cuerpo o un salto hacia otro paradigma?

Las feministas mostraron un camino de liberación bien distinto. Uno empedrado, incluso bloqueado, por poderes eclesiásticos y económicos. Frente a la obligación para la figura de la mujer de convertirse en madre, afirmaron una sexualidad liberada de moralismo y resentimiento; ante el hecho consumado o el deseo de maternidad, elaboraron alternativas a la familia tipo. Frente al embarazo no deseado o incluso aquel forzado por la violencia de los hombres, asumieron el drama del aborto con la valentía y los cuidados del caso. En el corazón de esos problemas se encuentra la separación entre sexualidad y reproducción, tan antropológica como política. Una libertad titubeante, parcial, libidinal, situada. Sobre todo, sin simplificaciones fáciles, ni para la consigna ni para la reprobación.

La ensayista Laura Klein, quien reflexionó tempranamente sobre las tecnologías reproductivas, interpretó a la inseminación artificial, los bebés de probeta y la clonación, como posibilidad literal de esa separación y, al mismo tiempo, como una especie de inversión maliciosa: “Hecha realidad, retorna como un búmeran sobre sus propulsoras: porque ‘separar’ sexualidad y reproducción tanto puede realizarse liberando al sexo del yugo reproductivo, como liberando a la reproducción de su atávica necesidad de uniones carnales. Aunque reivindicaban su ‘separación’, lo que en realidad las feministas querían era placer sin embarazo, no hijos sin sexo”. (Más acá del bien y del mal. Por un feminismo imposible, Red Editorial).

Gracias a la perspectiva de soberanía alimentaria y a los avances del agronegocio, específicamente en materia de ganadería industrial, ya lo sabemos: controlar la sexualidad de un mamífero es la pre-condición que posibilita la dominación de la especie. Con una sexualidad castrada, la especie se vuelve mansa, manipulable, predecible. Los límites tradicionales entre el sector farmacéutico, el de la biotecnología, el agroalimentario, el químico, el de los cosméticos y el de la energía están desapareciendo. La crisis de la fertilidad que atravesamos los cuerpos y los territorios, y el negocio creciente que hace de la infertilidad un nuevo mercado en auge, son símbolos claros de esa consolidación; se trata de alarmas que tenemos que escuchar con atención. (María Elena Ramognini y Florencia Carbajal, La infertilidad como negocio, Red Editorial).

Las plantas, las semillas, los suelos, están cada vez más estériles. Y como seres interdependientes y ecodependientes que somos, esto afecta a todas las especies, humana y no humanas. Además de convertir una vida singular en una mercancía con precio y código de barra (cobra sentido la convalidación de Milei a la idea de comerciar órganos e incluso niños), nos entregamos, por banalidad, indiferencia o fanatismo a un derrotero tecnocientífico que alucina con derribar todo límite corporal, vital… Finalmente, límite de lo real.

Límite, debemos decir, gracias al cual la vida hace sentido. Conocemos por la historia y la antropología culturas ancestrales que supieron reconocer la existencia de fuerzas que nos exceden y, en virtud de ello, se organizaron con cautela y creatividad. Hoy, la tendencia transhumanista nos propone desligarnos de aquellas sabidurías, como de todo lo que saben los cuerpos, porque su frenesí metafísico aplasta la singularidad siempre situada de la experiencia. Cómo, desde dónde y en nombre de qué asumir la complejidad actual son nuestras preguntas y, a la vez, nuestras tareas.

*Activista ecofeminista, investigadora, Lic. en Filosofía.

**Ensayista, docente e investigador en la Unpaz, la UNA y el IIGG-UBA.

Ambos pertenecen a la Red Interfaces Digitales y al colectivo A Pesar de Todo; editaron juntos los volúmenes de Del contrapoder a la complejidad. Cuidar la matriz frente a la matrix 1 (Ariel Pennisi, Miguel Benasayag, Raúl Zibechi) y La infertilidad como negocio. Cuidar la matriz frente a la matrix 2 (Florencia Carbajal, María Elena Ramognini), Red Editorial – Fundación Rosa Luxemburgo.