ELOBSERVADOR
Historias de violencia y superación

La reina de General Pinedo

Laura, una niña de 6 años, viaja con su madre y abuela en tren a General Pinedo, en Chaco. Durante el viaje se descubre un secreto familiar, que trastoca la vida de muchas mujeres, pero la experiencia en el pueblo se convierte en una oportunidad para que las tres se reconecten y encuentren en ese viaje la libertad de lo simple.

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Hora de la felicidad. Listas para el carnaval. | cedoc

Era una semana sin mi papá. Un viaje solo de nosotras tres: la tata Clara, mamá y yo, Laura.

—¿Y qué se hace en el tren? –pregunté.

—Se viaja –respondió mi abuela.

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Desde que se casaron, mi mamá nunca se había ido de viaje sin mi papá, creo que ni siquiera se había ido del barrio sin mi papá. Mi abuela la convenció.

—¡Dale, negra! Unos días nomás. Llevamos a la nena. Lo dejamos al Pinchi en el negocio. ¿Cuánto hace que no vamos? –el Pinchi es mi papá, porque yo, hermanos no tuve ni tengo, pero así le dicen.

Era febrero de 1989, quedaba menos de un mes para que yo cumpliera 6 años y quedaba poco para que los trenes de pasajeros dejaran de existir en Santa Fe.

Con mucho entusiasmo, mi abuela preparó sándwiches de miga para el camino, termos con jugo a los que dele que te dele les ponía hielo, y regalos para todos: vestidos para las hermanas, botones, collares para las hijas del primo de mi mamá, repasadores, fotos viejas y casetes truchos que vendían en la avenida cerca de su casa. Compramos el de nuestra canción preferida del momento, la que decía: “Ey, tú, muchacha triste, ven y dame un beso, eso, eso”. La cantaban unos que se llamaban Los Fantasmas del Caribe, pero por supuesto Los Palmeras sacaron su versión y a mi abuela le gustaba más. La había escuchado en Musicalísimo, un programa de cumbia que solo salía en Santa Fe los sábados a la noche en el único canal de televisión.

Musicalísimo lo conducía el Pipi Rivero, un señor de pelo frondoso vestido de traje blanco que lo hacía transpirar muchísimo, y unas chicas que simulaban ser caribeñas, pero, en realidad, eran santafesinas y bailaban al compás de los grupos de cumbia o, como se decía, música tropical, que llevaba el Pipi cada sábado.

Para el viaje mi mamá no preparó mucho: tres o cuatro soleros, un camisón, una pollera y una remera sin mangas. Para mí, algunos shortcitos, vestidos, remera de ositos cariñosos y muchos papeles carta con olor a frutillitas y perfume.

Ese día mi papá nos llevó a la estación con su Renault 12 recién estrenado; lo había lavado, cosa que mi abuela felicitó porque era una novedad. Mi mamá iba callada, mirando el barrio por la ventana. Le repitió varias veces a mi papá que el Manchi no podía comer cualquier cosa, que después había que llevarlo al veterinario, que no le diera helado porque se podía quedar ciego de lo mucho que comía azúcar.

Despedí a mi papá con un abrazo medio seco; él nunca supo abrazar diferente. Mientras chupaba un caramelo Media Hora, me dijo que no hiciera mucho lío y me dio un beso en la mejilla medio a las apuradas. Mi abuela me estiró la mano y me subió al vagón mientras le dejaba los bolsos a mi papá para que los subiera.

Al rato vi que mi mamá lloraba; ellos se despidieron con la misma sequedad, y mi papá llegó a darle una palmadita en el hombro sin decir nada. Ninguno decía nada. Mi abuela me distraía preguntándome qué muñeca había traído, si sabía los nombres de mis primas del Chaco, que varias tenían mi edad y que seguro me iban a presentar a todos los vecinos.

El tren tenía olor a viejo, a humedad, era marrón y los asientos eran incómodos, tenían el tapizado roto y dibujado. Enfrente, un señor vestido de gaucho con su mujer abrían una bolsa con empanadas fritas que olían a casa. Podía sentir cómo era el pasillo donde hicieron el repulgue, los azulejos celestes de esa cocina humilde y pequeña de la que salía un humeante sabor agridulce de la carne mezclada con pasas de uva y azúcar. Nos ofrecieron no bien nos sentamos.

—Aceptale al señor, Laurita. Yo le agradezco, de los nervios se me cierra el estómago –dijo mi abuela mientras miraba por la ventana si mi mamá subía de una vez. Yo, por supuesto, acepté la empanada.

Mi mamá estaba parada ahí sin hacer nada, le llevaba media cabeza a mi papá y estaban los dos, inmóviles como muñequitos de metegol. Mi papá miró el reloj, le dio un beso en la mejilla a mi mamá, que agarró la cartera de mimbre y subió.

El tren arrancó y la gente aplaudió. Mi mamá empezó a hablar con los que pasaban, los que subían en cada pueblo; si alguno bajaba le preguntaba qué pueblo seguía, compartía el mate, mientras sonaba un acordeón de fondo, en el pueblo siguiente se sumaba alguna guitarra, y algún que otro borracho hacía su aparición estelar con algún chiste. El tren era para mí una fiesta sin fin con invitados que venían a mi cumpleaños anticipado. Mi mamá y mi abuela riéndose, tereré, mucho calor, porque no existía el aire acondicionado en los viajes, la radio cada tanto de algún pasajero de un dial perdido por ahí, un chamamé, despertarme con la mejilla marcada de haber dormido apoyada en la falda de mi abuela, mi mamá con el pelo alocado sin ruleros, el viento cálido de la humedad litoraleña.

En un momento de la noche la escuché, me hice un poco la dormida para poder escuchar todo. Ella despacito, casi susurrándoselo a mi abuela, rememorando aquella vez que habíamos llegado en colectivo a su casa. Me lo acordé como una imagen borrosa.

Era de noche y mi papá había vuelto de trabajar. Era casi Reyes; mis vecinas me habían contado de los zapatitos, nosotros no festejamos Reyes, pero, por las dudas, yo los había dejado en la puerta. Estaba en el living, calcando uno de los 101 dálmatas. Mi papá llegó con hambre y empezó a pedir la cena. Mi mamá había hecho tarta de atún, mi preferida.

—¿No ves que es tarde? Trabajé todo el día, una tarta no me llena ni un diente.

—A la nena le gusta.

—Pero yo necesito un bife, carne, soy un hombre. Quiero llegar a mi casa y comer un bife. ¿Qué hiciste todo el día?

—Estuve con la nena.

—No trabajás, no sabés cocinar, sos una inútil, no sé para qué me casé con una tipa tan inútil como vos. Traeme algo para tomar por lo menos.

—No soy tu empleada. ¿Qué te pasa? Si querés un bife, vas y te lo cocinás vos.

Mi mamá caminó hacia la pieza. Mi papá hizo un ruido con la boca, un rechinar entre los dientes, sopló como un caballo que relincha de furia, agarró el cuchillo arriba del mantel, se metió en la habitación donde estaba mi mamá y cerró la puerta. Yo me quedé calcando, apretando fuerte el lápiz sobre el papel manteca. Solo escuchaba el silencio.

Primero salió mi papá. Agarró un pedazo de tarta de la fuente que estaba en el horno, lo puso en una servilleta y salió de casa. Al rato salió mi mamá, que se había cambiado y tenía un bolso en la mano.

—Laurita, nos vamos a la casa de la abuela, agarrá la muñeca que más te guste.

Nunca habíamos viajado en colectivo de noche, la gente era distinta. No había chicos. Algunos durmiendo. La mayoría eran varones, señores con el pelo muy corto. Uno la miraba a mi mamá muy fijo, ella me agarraba la mano fuerte y miraba para adelante.

Llegamos sin avisar porque la abuela no tenía teléfono. Estaba en camisón y con la cara asustada. Esa misma madrugada mi papá nos vino a buscar. Yo no quería irme. Había algo de vivir las tres mujeres en esa casa que me parecía una aventura, pensar en cambiar de escuela, tomar mate bien temprano en la vereda, mientras mamá trabajaba y la abuela cocinaba. Yo podía ayudarla a mi abuela a vender naranja en su ventana. Pero no, volvimos a casa.

Pocas veces vi llorar a mi mamá, y a mi abuela, nunca; mi abuela era dura, hija de marroquíes que le enseñaron que una mujer siempre sonríe y huele bien. En ese momento en el tren mi abuela le agarró la mano a mi mamá mientras me acariciaba a mí, que supuestamente dormía.

El olor a café y el sol que asomaba entre las cortinas me despertó. A las horas llegamos a General Pinedo, un pueblo perdido en el Chaco donde todo el mundo hablaba del calor como tema principal, cuyo fundador fue mi bisabuelo Salomón, contador y futbolista. La casa del Rolo, el primo de mi mamá, estaba justo enfrente de la estación. Era muy distinta a la nuestra, las paredes no estaban pintadas, y Carla, una de las hijas, tenía un póster enorme de Ricky Martin pegado en la habitación que compartía con sus cuatro hermanos. Tenía 12 años y me dijo que, ante cualquier cosa, ella iba a ser como mi segunda mamá. Para ir al baño había que cruzar un patio con un naranjo.

Una mañana con la Nancy, otra de mis primas, juntamos las naranjas y fuimos a venderlas a la plaza, y con eso nos compramos caramelos para la siesta.

Desde el patio también salía la casa de la tía Nilda y la tía Nena, las hermanas de mi abuela. La tía Nilda tenía un almacén de ramos generales y mercería, y coleccionaba botones de todo tipo.

La tía Nena también coleccionaba, pero brujerías. Las malas lenguas decían que hacía magia negra. A mí me quería mucho y de ella escuché el mejor consejo sobre los hombres, cuando le dijo a mi mamá: “Negrita, vos siempre tené muchas velas encendidas, nunca sabés cuándo se te puede apagar alguna”.

Fue una semana de muchos primos, de cazar sapos, de carnaval, de corso, de morirnos de calor y refrescarnos con bombuchas, mangueras y, cuando se cortaba el agua, esperar a que lloviera y hacer una ronda y pintarnos como indiecitos.

Vi a mi mamá tomar cerveza y reírse como nunca la había visto, mojarse con baldes en el patio, escuchar los consejos de las tías, charlar hasta tarde con el Rolo y con su mujer, la Marisa. El día que llovió hicimos tortas fritas y todos los primos juntamos agua en palanganas. Las tías tejían escarpines para el primer nieto del Rolo. El Carlitos, el hijo mayor, iba a ser padre a sus 16 años, la tía Nena se quejaba un poco y quería sacarle el mal de ojo, pero, igual, mi abuela y sus hermanas tejían mientras tomaban mate y charlaban.

Esa semana dormimos con mi mamá y mi abuela en una piecita en el fondo de la casa de las tías. Nos habían tirado unos colchones y cuando cortaban la luz dormíamos todos en el patio, veíamos las estrellas y, cuando aclaraba, el naranjo tiraba todo su perfume.

Una noche, antes del carnaval, el Ariel trajo un minicomponente Aiwa y nos pusimos a bailar. También vinieron vecinos. Mi mamá bailaba La pollera amarilla, de Gladys La Bomba Tucumana, con el Cacjo. Mi mamá tenía puesto un vestido de flores, tenía el pelo suelto y estaba recién bañada, no se ponía más los ruleros y su pelo corrido por el viento se veía más largo, con fuerza. Yo fui corriendo hasta mi carterita a buscar el casete, se lo pasé al Diego, mi otro primo, y empezó a sonar Muchacha triste. A mi abuela le brillaron los ojos, la miró a mi mamá, me miró a mí y nos hizo hacer una ronda las tres. Las dos me hacían dar vueltas. Mi mamá tenía una sonrisa joven, mi abuela tenía los ojos calmos. Las agarré a las dos de las manos, fuerte. La tía Nilda y la tía Nena brindaban desde atrás. Los primos empezaron a aplaudir alrededor nuestro. Miré al cielo, las estrellas brillaban más que nunca en esa noche de calor de febrero chaqueño. En ese momento la Carla trajo una corona hecha de cartón y unas florcitas de plástico de color rosa; me la puso en la cabeza. Sentí que nosotros florecíamos. Quería saltar, correr por la plaza donde pasaba el tren, volar con mi mamá y mi abuela. Saber que eso iba a durar, que había mucho más para festejar.

Al otro día era el carnaval en la avenida de General Pinedo y, como me decía mi abuela, yo siempre fui la reina.

*Escritora, docente y directora de teatro.