Época de las voces robóticas

Pistas para recalcular la democracia

Los condicionamientos y restricciones al tiempo de ocio inducen a una mayor atomización y reducción a la mínima expresión del vínculo con los otros. Con la IA y las redes como protagonistas, cada vez nos alejamos más de nuestros pares.

Tierra de amantes políticos. Latinoamérica fue tierra fértil para los vínculos que se empoderan en forma conjunta. Foto: cedoc

La cuarta revolución tecnoló  gica que lidera la inteligencia artificial plantea un desafío directo a las dinámicas relacionales que históricamente constituyen grupos sociales. En un escenario cada vez más marcado por la velocidad del cambio y la multiplicación de espacios donde la IA se vuelve protagonista, cabe la pregunta respecto de la posición teleológica o instrumental que puede asumir la robotización del universo humano. 

En América Latina, los condicionamientos y restricciones al tiempo de ocio inducen a una mayor atomización y reducción a la mínima expresión del vínculo con los otros. En particular, en la Argentina, que lidera el ranking de mayor alcance de redes en Latinoamérica, con nueve de cada diez argentinos utilizándolas, estas experiencias se radicalizan, con expresiones segregativas in crescendo. 

La vigencia de un mood “sálvese quien pueda”, producto de la sobrecarga de tareas individuales para cubrir necesidades básicas, hace que la IA se convierta en una opción “buena, bonita y barata” en los escasos tiempos de ocio, consolidándose como la compañía preferida de un porcentaje en aumento de la población en todas sus franjas etarias. 

Esta tendencia, en la que se observa una retracción hacia adentro en el plano de la construcción cívica de un demos (pueblo), en realidad es una lógica primaria que antecede a la configuración de los grupos sociales como sociedades políticas. La salida hacia el espacio público, al “ágora” que representaba una plaza o asamblea que prefiguró la “arena”, donde acordar, discrepar e intercambiar ideas a viva voz sirvió y aún es el principio ordenador para la construcción de las democracias occidentales. 

Hasta ahora, la democracia se presenta como uno de los regímenes mejor vivibles, a pesar de los desequilibrios que imponen retos ineludibles para saldar desigualdades estructurales. No obstante, hoy, la reunión y/o salida al encuentro físico con los otros parecen ser una dramática pérdida de tiempo, a la luz de la absorción de la ocupación laboral del tiempo cotidiano. Destinar tiempo para reconocer la intención de un otro en espacios comunes que habitamos es efectivamente una condición necesaria para sustanciar las preferencias ciudadanas y fortalecer la democracia, que hoy está bajo la ocupación y conquista de los chatbots.

Para encontrar una forma sencilla de mostrar cómo la mirada y reconocimiento de un otro nos constituye como sujetos de identidad, nos humaniza, basta recrear la escena final de la película El secreto de sus ojos. Frente al descubrimiento de un encierro y aislamiento de décadas contra el asesino de la trama, la única preocupación que evidencia el encarcelado es la ausencia de un vínculo humano a través del uso de la palabra, expresado simbólicamente cuando el “condenado” pide: “Por favor, dígale que al menos me hable”. Aun en una situación tan adversa (un encierro adaptado en el medio de la nada en épocas oscuras de la Argentina), es notable la vigencia de una búsqueda por una mirada de otro que lo traiga al reconocimiento de su propia subjetividad como ser humano. Una escena que revaloriza el uso de la palabra como dispositivo que modela o limita voluntades, preferencias, deseos y nos constituye como sujetos humanos.

Aristóteles, en su obra Política, afirma que el hombre es un animal social, racional y político, que comparte una naturaleza con el resto de los animales gregarios con sistemas organizados, con hábitos que reflejan la parte animal y social, pero que se distingue de estos por la capacidad de razonar, que se hace presente en el lenguaje o la palabra (logos). Esta capacidad de manifestar y expresar preferencias nos diferencia del resto de los animales y abre el juego de la constitución política (reglas y valores) que hacen comunidad. 

Más allá de esto, luego vino la escuela francesa a decirnos que la palabra no es un atributo natural sino un potencial de educabilidad (Ranciére, retomado por Ricardo Baquero). Por esta misma razón, aviva la desigualdad en virtud de las posibilidades de uso y apropiación social del lenguaje como distinción (Bourdieu) y/o como sistema de reglas de una época (Foucault en Las palabras y las cosas). 

Más recientemente, en el libro El valor de educar, el filósofo Fernando Savater intenta sostener que las democracias hacen uso del razonamiento, la deliberación y la educación “en defensa propia”. Las democracias educan en el ejercicio de la argumentación y la lógica simplemente porque, según su perspectiva, es la única forma de seguir siendo viables. Si en la democracia crece la pérdida de sentido respecto del significado de ciudadanía y solidaridad racional, lo seguro es que esta se vacíe de sentido, convirtiéndose en alguna forma de autoritarismo, paternalismo y/o alguna forma de despotismo por más cibernético que se nos presente. 

En este sentido, la renuncia a la racionalidad de las personas, que son las únicas que pueden inducir al razonamiento, produce el avance hacia el reino de la ignorancia y la desinformación. En su planteo, que es del año 1989, aparece ya tempranamente la regla a un riesgo creciente que observa en  cierta “ignorancia” y sumisión de gente hipnotizada hacia la pasividad con escasa capacidad de comprensión; es decir, incapaz de ser convencida por algo, de ser interpelada por el lenguaje razonado. 

En esta misma línea, el filósofo Jaques Derrida, en un breve, pero poderoso escrito titulado Universidad sin condición, nos dice que, además, la palabra y la capacidad de construir una trama argumentativa a partir de ella proporcionan un potencial performativo. Es decir, producen acontecimientos. Performar la palabra supone entonces profesar (profesión), significar y construir horizontes de sentido. Esta “autoridad performativa” que el autor les atribuye a las humanidades hoy es desafiada por nuevas autoridades argumentativas que “performan” actos  y delimitan en redes de alto impacto hacia dónde girar el debate público. 

En la era actual, la tecnocracia desterritorializada determina la división del trabajo entre el sur y norte global, haciendo una fuerte disputa de sentido a quienes tienen capacidad de producir significantes, estimular deseos e imaginarios y formar capacidades para movilizarlos.

Pero en este reino que anticipó Savater, de ignorancia que socava la autonomía, crecen sin dificultad los denominados streamers, con una multiplicación inédita de capital y espacios, con lenguajes que enarbolan subjetividades rotas y cierto desprecio por las formas y la preservación de capital intelectual en el plano formativo. Es en esta aparente diversidad donde se juega la actual democracia de plataformas, donde existe un “como si” democrático que juega en una alta segmentación entre redes y que no hace pie en bases más amplias de sentido e intercambio argumentado. El avance inercial de estas voces robóticas que en muchos casos enaltecen modelos de crueldad y desarticulación nacional creció al calor de circuitos de descomposición social económica y política, que conforman el ambiente propicio para instalar dispositivos de saturación personal y posterior aislamiento entre grupos y voluntades individuales.

Este es un escenario hábilmente aprovechado por la actual biopolítica transnacional para gobernar la equidistante vida en sociedad. Sobran estadísticas que denotan la caída estrepitosa de los vínculos sexo-afectivos como ordenador social, la baja de natalidad, la alarmante cifra de suicidios infantojuveniles, la violencia simbólica, discursos de odio, con llamativo silencio de los adultos frente a hechos no vistos ni en las ficciones mejor puntuadas. 

Habida cuenta de las pérdidas a las que asistimos como especie humana, cabe preguntarse por cierta teleología de los hechos que parecen conspirar contra nuestra propia organización social. ¿Son acontecimientos aislados o constituyen un patrón de comportamiento para desgastar un modo de habitar los espacios, un cebo para desintegrar, aislar y retraer la condición humana a lógicas de competitividad que opacan la solidaridad a niveles masivos? En el plano instrumental, urge salir de la nostalgia epocal y leer la “arena” entre líneas, porque se construye desde esa irrupción, sin ángeles ni demonios. 

*Politóloga.