Por qué los hombres están más solos que nunca
Los modelos tradicionales de masculinidad y de autosuficiencia entran en crisis cuando sobreviene la soledad. La tristeza se disfraza de resentimiento, misoginia y de violencia física, digital y simbólica contra las mujeres.
Hombres rodeados de gente en el trabajo, en juntadas con amigos o en presencia de la familia, pero desconectados emocionalmente. Corazones, likes, interacciones constantes online sin desarrollar intimidad real.
El concepto de male loneliness epidemic o epidemia de soledad masculina es un término que ha cobrado popularidad en los últimos años, especialmente en redes sociales y en contextos angloparlantes como Estados Unidos y Europa. Millones de hombres en distintas partes del mundo reportan tener menos amigos cercanos, menos espacios emocionales de confianza y mayores dificultades para construir vínculos significativos.
Este término, ampliamente discutido en foros de Internet vinculados a la llamada “manosfera” o “machosfera” -como red de comunidades en línea compuesta por foros, blogs y creadores de contenido- busca restablecer la dominación masculina y desacreditar el feminismo e infiere que los hombres, tanto jóvenes como adultos mayores, cada vez “están más solos” como consecuencia del desinterés de las mujeres en “valores tradicionales” como el matrimonio, tener hijos y dedicarse a tareas del hogar.
En Argentina, el feminismo ha logrado hitos globales como el #NiUnaMenos y la legalización del aborto, con una fuerte impronta de movilización callejera y organización federal, pero enfrenta un contexto de tensión política frente a una administración que aplica políticas antifeministas. No es casual que este clima de época permee a su vez los discursos de varones, promoviendo la creencia de que la sociedad privilegia a las mujeres y que los hombres están oprimidos; con un aumento de ataques coordinados contra mujeres y mayor violencia de género digital y física.
Sin embargo, detrás de este movimiento, se esconde la imposición de los mandatos de la masculinidad, que resultan en redes de apoyo reducidas y estados de mayor soledad para los hombres. La “epidemia de hombres solos” es una crisis de salud pública caracterizada por un aumento significativo de aislamiento social y falta de afectos profundos. El uso de las redes sociales y las aplicaciones de mensajería han incluso profundizado el aislamiento con entretenimiento rápido, consumo pasivo y validación superficial.
En mi libro “Vivir solo. Experiencias de residentes de hogares unipersonales de la Ciudad de Buenos Aires” he indagado acerca del sentido o la percepción que estos tienen de la soledad. Los varones jóvenes de hasta 35 años sostienen que realizan escasas actividades por fuera de la rutina cotidiana y del espacio propio: “No voy al gimnasio, no hago teatro, tampoco hago cursos de inglés ni computación. Bueno, en general conozco gente del trabajo, soy poco sociable” (Varón, 35 años, C3).
El espectro de “sociabilidad” se circunscribe para estos varones jóvenes a ámbitos de trabajo y estudio e incluso se limita mucho más con el uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación y el home office en dichas actividades cotidianas para quienes efectivamente desarrollan tareas remotas o free lance: “Además yo trabajo en mi casa con lo cual me vuelvo osco y ‘anti-todo’ ahí, con el tema de vivir solo y laburar en tu casa, te re-corta” (Varón, 31 años, C2).
En estos dos testimonios, aparecen incluso alusiones al efecto que provoca la falta de sociabilidad en las relaciones amorosas y sexuales, aspecto en parte atribuido a que nunca -hasta el momento- hayan experimentado una convivencia afectiva estable. Aun en este sentido, en un varón joven separado, hallamos una tendencia a la escasa sociabilidad y a la búsqueda del refugio en la soledad; característica que tuvo como efecto la disolución de su pareja y la residencia unipersonal: “A mí me gusta como estar mucho tiempo solo y eso cuando vivía con otro no estaba bueno. Fue un momento en el que vas al choque porque no querés quedar como un choto que te distancias” (Varón, 32 años, C2).
Las normas de masculinidad tradicional les han impedido a estos varones, desde la más tierna infancia, expresar vulnerabilidad. El resultado es una generación de hombres que muchas veces sabe trabajar, competir y resolver problemas, pero no necesariamente expresar miedo, tristeza o necesidad afectiva.
La epidemia de soledad es el síntoma de cambios culturales profundos: nuevas formas de trabajo, vínculos más frágiles, comunidades debilitadas y modelos de masculinidad que muchas veces dificultan la intimidad emocional. Pedir ayuda, acudir a una terapia y hablar sobre el cuidado de la salud mental son actos de valentía, no de carencia. Es necesario enseñar a las nuevas generaciones que la conexión emocional es verdaderamente una necesidad biológica, no un rasgo propio de género. Somos en sociedad, en presencia, comunicación y compañía genuina de otros, y con otros.
*Licenciada en Sociología, profesora de Enseñanza Secundaria, Normal y Especial en Sociología, doctora en Sociología y Especialista en Política Internacional. Es autora del libro Vivir solo. Experiencias de residentes de hogares unipersonales de la Ciudad de Buenos Aires, por la Editorial Imaginante.
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