“La música no debe sonar bien”
El músico vuelve a Buenos Aires con Rumbagenarios, una fiesta con canciones, rumba, video, baile y músicos. Antes del show, habla de su forma de crear, de su público y de una condena inevitable.
Albert Plaregresa a Buenos Aires el 30 de septiembre para presentar Rumbagenarios en Niceto Club, acompañado por The Surprise Band, en una fiesta impredecible que propone algo diferente a los shows que había presentado anteriormente en la ciudad: una celebración con el público de pie, canciones, músicos, video, baile y una puesta construida junto a Judith y Diego, colaboradores habituales. Antes de su llegada, habló sobre lo que aprendió después de años de hacer música, sobre su manera de crear y sobre ese vínculo misterioso con quienes van a verlo.
—Albert, para empezar un poco amablemente denso: ¿qué sentís que sabés hoy de la música que no sabías cuando empezaste? ¿Qué sentís que aprendiste solamente con el paso del tiempo y la ejecución del oficio?
—De la música aprendí que no tiene que sonar bien. Y que ese no tiene que ser el objetivo. Que eso sirve para el placer.
—¿Qué sentís que buscás hoy de la música? Si es diferente o no a lo que buscabas antes, ¿qué te da la música, además de que obviamente es tu trabajo?
—No, en eso no ha cambiado nada. Hacer canciones o hacer un guion para una obra de teatro, cualquier cosa, son cosas inevitables que suceden y que tal vez antes era más desordenado y ahora está súper ordenado, súper claro, con sus tiempos de salida.
—¿Qué cambió entonces en tu manera de hacer esas cosas?
—Aprendí a bloquear esa parte de la cabeza y dejar solo esa otra, porque esa es la que está diciendo esas cosas y ahora me interesa que no. Y también he aprendido a que las cosas que estoy diciendo ahora, que quiero decir justo ahora, solo están aquí, pero también puedo comunicarme con la otra parte que le presta cosas.
—¿Cómo es esa relación entre esas partes?
—Le presta cositas o incluso a veces se tiran la pelota y es la otra parte la que empieza y la otra la que guarda las cosas y luego aparece otra parte detrás y otra parte y otra parte y otra y otra y otra. Más o menos la esquizofrenia es llevadera o, si no, es un placer siempre, nunca una tortura.
—Hablemos de Rumbagenarios. Para quienes no lo vimos y para quienes lo vamos a ver ahora, ¿con qué nos vamos a encontrar? Porque parece ser su propia bestia de alguna forma, algo muy particular, una construcción muy particular, un híbrido muy particular.
—Rumbagenarios es, partiendo de las canciones, ya lo dice el nombre, de la rumba y de veintigenarios. Quisimos hacer un espectáculo con Judith y con Diego también, que son músicos con los que yo he colaborado mucho, y decir: “Venga, vamos a soltarnos ya de una vez”.
—¿Qué significa soltarse en este caso?
—Que podamos... Siempre también que hemos venido aquí presentando espectáculos concretos, con más dramaturgia, con menos, pero siempre con gente sentada más o menos escuchando cosas que igual el público no conocía y que iba a descubrir. Este espectáculo es al revés: es una fiesta, es todos de pie.
—¿Qué tiene de diferente esa relación con el público?
—Supongo que la gente que vendrá conocerá un poco las canciones que yo hago, pues muchas le van a sonar. Y hacía muchos años que no lo hacíamos. Entonces nos hemos juntado con todo el equipo de vídeo, con el que trabajamos ya habitualmente, y unas chicas que bailan y cantan. Es un homenaje a nosotros mismos.
—¿Cuál es tu vínculo, si querés emocional, cultural o el que vos quieras, con Buenos Aires, con Argentina?
—Bueno, son veinte años viniendo prácticamente cada año. Me encantaría ser catalán en Argentina y que Argentina invadiera España y pasar a ser argentino y luego nos dieran la independencia.
La conexión local
J.M.D.
—Te pregunté sobre tu vínculo con la música y quería consultarte también qué es realmente la conexión con tu público, después de tanto tiempo y después de tantas cosas. Hay una fidelidad que aparece, una cuestión de pertenencia que algunos de nosotros tenemos con nuestros artistas, con determinadas canciones o con un rincón donde queremos estar y que sentimos que nos hace bien. ¿Qué sentís vos respecto de tu público y de ese vínculo que se construye con el paso de los años?
—No lo sé. Claro, mi público... Nunca he utilizado este término, “mi público”. No sé dónde salen ni de dónde vienen ni si es el mismo que siempre. Cada vez que salgo a un escenario y viene gente, pues siento exactamente la misma sensación: “¿De dónde salen?”.
—¿No lo entendés? ¿Nunca terminaste de comprender de dónde viene esa conexión, qué hace que esas personas estén ahí, frente al escenario, después de tantos años?
—No lo sé. Y si imagino que le debe pasar a todo el mundo, ¿no? No lo entiendo. Son cosas que no entiendo. Y lo único que yo hago es intentar que, si ya que han venido, que no se arrepientan.
—¿Y qué pasa cuando termina el espectáculo? ¿Te queda alguna sensación respecto de esas personas que estuvieron ahí, de lo que pasó durante esas horas entre el escenario y el público?
—Siempre tengo esta sensación. Molestia aparte, creo que todo el mundo sale más o menos contentillo.
—Entonces, aunque no entiendas de dónde sale esa gente ni si es la misma de siempre, hay algo que sí te importa: que no se arrepientan de haber ido.
—Sí. Eso es lo que se dice, eso es lo que se ve. Pero yo no, la verdad es que es un misterio.
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