Oscar Araiz:“Es una obra sobre renacer y extinguirse”
El artista repone La consagración de la primavera y reflexiona sobre el rito, la renovación y el presente del Ballet Colón.
Del 7 al 17 de mayo se desarrolla un programa del Ballet Estable del Teatro Colón, que incluye, con música ejecutada por la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires (dirección de Matthew Rowe) tres obras, que se enmarcan dentro de la danza contemporánea y son una oportunidad para mostrar la ductilidad de los intérpretes de la compañía. Aunque la danza clásica es una denominación que enmarca expresiones artísticas diversas, ha quedado asociada a algunas narraciones con príncipes, enamoradas y/o seres sobrenaturales. La danza contemporánea, por su parte, también comprende un abanico inmenso de propuestas. Las que brinda la agrupación que actualmente dirige Julio Bocca son Aftermath, de Michael Gordon; Come in, de Aszure Barton y La consagración de la primavera, de Oscar Araiz. Las tres se corren de estéticas que remiten a fantasías y a siglos pasados, pero mantienen un fuerte desafío en el despliegue técnico y en desarrollo de dinámicas que articulan solistas y conjuntos en armónicos unísonos.
Gran expectativa produce el regreso de la obra del argentino Oscar Araiz. Estrenada en 1966, cumple este año su aniversario número 60. La célebre y en su momento polémica composición de Igor Stravinsky, potenció celebridad y polémica en la coreografía de Vaslav Nijinski en el París de 1913. Desde entonces, una diversidad de artistas han hecho su versión escénica de esta música rica y compleja, que acompaña un argumento basado el rito sacrificial de una muchacha, en el inicio de la primavera: desde Maurice Béjart a Pina Bausch, pasando por Marie Chouinard o Angelin Preljocaj o Jean-Claude Gallotta. La de Araiz es ya un clásico del repertorio de la danza contemporánea de nuestro país, es una joya que en estas funciones del Ballet Estable del Teatro Colón es posible ver, con la reflexión de su creador, quien, a sus 85 años, participó de la reposición y de los ensayos.
—¿Qué te motivó en 1966 a hacer la creación de “La consagración de la primavera”?
—El deseo comenzó mucho antes, creo que desde que escuché la obra de Stravinsky de chico. La música fue y es mi disparador más frecuente y supongo que existe un factor que debe tener que ver con el aspecto emocional. Comenzó con un formato plástico, con dibujos.
—Aunque has vuelto a esta obra en otras ocasiones, ¿qué hizo que aceptaras el regreso de esta creación en 2026?
—Consagración vuelve y se renueva como la primavera. Siempre es un regalo para mí. Que Julio Bocca me lo proponga es muy significativo y esta es la segunda oportunidad. La primera fue cuando ocupó la dirección del Ballet del SODRE [Uruguay], que fue una experiencia muy feliz.
—¿Qué sentidos principales considerás que surgen de tu versión de esta obra? ¿Cambiaron respecto de 1966?
—Creo que verbalizar esos sentidos los limita. O porque atraviesan el tiempo y para cada espectador o generación o cultura pueden diferenciarse. El carozo del sentido es la renovación, los ciclos, el renacimiento y la extinción. Hay un sacrificio, al cual lo conecto con un lugar más amplio que el del victimario, sino más bien como una herramienta de conexión con lo sagrado o lo que lo represente. Es un rito, como dice su nombre: una ceremonia, una comunión.
—¿Qué importancia tiene el conjunto, lo grupal, en esta obra?
—Eso remite a una técnica, en sus orígenes, griega: el coro de movimiento, resurgida en tiempos de [Kurt] Jooss o [Mary] Wigman. Tuve el privilegio de aprenderla con Dore Hoyer, la alumna de Gret Palucca. Dore interpretó el rol de la Elegida en La consagración de la primavera de Wigman, pero coreografió sus partes, supongo que de acuerdo con ella.
El Ballet Colón, Julio Bocca y una nueva etapa
A.M.
Aftermath, sobre partituras de Michael Gordon, es una creación del argentino-germano Demis Volpi; entre otros recursos aprovecha la tradicional zapatilla de punta, para hacer percusiones contra el piso. Come in, de la canadiense Aszure Barton utiliza música de Vladimir Martynov para 13 bailarines varones; con apenas unas sillas de escenografía y vestuario neutro y austero, privilegia las líneas y figuras del cuerpo. Junto a La consagración de la primavera, permiten el lucimiento del Ballet del Colón, cuyo presente Araiz analiza así.
—¿Cómo te sentís una vez más dentro del Ballet del Teatro Colón? ¿Cómo ves la conformación actual de la compañía?
—Ediliciamente mantiene su nivel de templo, aunque lo sagrado y lo profano están peligrosamente cerca. Algunos elementos de la compañía han madurado y están en muy buen momento, nos estamos conociendo mejor cada día.
—¿Cómo es tu vínculo con Julio Bocca y cómo lo ves en tanto director del Ballet?
—Admiración y respeto mutuo es una interesante sustentación en nuestras colaboraciones. Además del peso artístico, se agrega un potencial que resiste las exigencias del director: Julio trae una mirada innovadora. Necesita emplear mucha voluntad y paciencia para ejecutar sus propósitos. A veces pueden resulta desgastantes.
—Sos un artista indiscutiblemente querido, admirado, valorado. ¿Lo percibís?
—Todos hacemos parte de un juego y nos necesitamos en diferentes roles que no son fijos y se combinan; organizativos, productivos, como herramientas, como receptores sensitivos. Siento el afecto de la comunión y la participación. ¿Qué más?
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