“Se ve todo: mentir acá es imposible”
La versión inmersiva en castellano de la pieza emociona a centímetros del público, con dirección y protagónico de Melania Lenoir.
Hay recursos técnicos que sorprenden: proyecciones en 270 grados, imágenes que avanzan también por el piso y una disposición del público que rompe la frontera entre platea y escenario. Pero en Casi Normales (versión inmersiva), que puede verse en el CAI (Centro Audiovisual Inmersivo), todo eso se desvanece cuando la emoción golpea. La historia vuelve a imponerse, como hace más de una década, cuando el musical se convirtió en un fenómeno del teatro argentino. Ahora, en castellano y con el público a centímetros de los intérpretes, la experiencia se vuelve física, casi inevitable. Con dirección y protagónico de Melania Lenoir y la incorporación de Roberto Peloni, la obra suma una nueva vida sin perder su intensidad original.
—Después de once temporadas y de un público que volvió una y otra vez, ¿qué fue lo primero que los descolocó –artística o emocionalmente– al ensayar “Casi Normales” sin escenario ni platea, con el espectador literalmente dentro de la escena?
MELANIA LENOIR: Desde la dirección asociada que hice de la versión anterior de esta puesta, venía con una ventaja de conocer los desafíos que esta obra trae: espectador a menos de un metro, puesta circular, no tener escenografía para interactuar o apoyarse, tener que interactuar con pantallas, el ritmo vertiginoso… temas que habíamos también hablado con el director original de la puesta, Simon Pittman, y que ayudamos al elenco anterior a sortear. Sin embargo, tenía un miedo que no había probado en primera persona: ver cómo y cuánto iba a poder manejar no “pasarme de emoción” al ver a espectadores emocionados literalmente dentro de la escena. Eso es algo que fui aprendiendo a regular en el primer fin de semana de estreno.
ROBERTO PELONI: Creo que es una obra ideal para este tipo de propuesta. Más allá de lo que aporta la tecnología multimedia, es una obra íntima. Es un drama familiar contemporáneo que coquetea con un realismo mágico, tanto por la estilización del género –siendo que los personajes cantan como en las ensoñaciones del personaje de Diana–, y eso le da muchos ángulos para hacer de esta propuesta un espectáculo cercano e íntimo.
—Mela, tu personaje vive expuesto, frágil y muchas veces observado; ¿qué cambia en tu trabajo actoral cuando ya no hay distancia de seguridad y cada gesto sucede a centímetros del público?
Melania Lenoir: Siento que en un personaje como el de Diana, justamente esta sensación de exposición, fragilidad y observación constante se potencia cuando el público está tan cerca. O, dicho de otra manera, elijo usar el desafío para que me sume en la composición y no me juegue en contra. No me siento incómoda con tener al público cerca, no tengo miedo de que me vean el microgesto de un pensamiento interno. Trabajamos mucho con mi asistente de dirección, Mica Pierani Méndez, y el supervisor actoral, Bruno Pedicone, para que la obra tenga el nivel más sobrio de verdad posible. La cercanía me pone más vulnerable y me obliga a meterme de lleno en el cuento, y siento que esa es la manera de llevar al público en ese viaje también. Siento que es una puesta donde el que miente pierde. Se ve todo. No queda otra que meterse de lleno y contar el cuento.
—Roberto, “Casi Normales” siempre tuvo una potencia íntima incluso en formato tradicional. ¿Cómo se recalibra esa intimidad cuando la obra se vuelve inmersiva y el espectador deja de ser testigo para transformarse casi en cómplice?
Roberto Peloni: Es muy interesante contar esta obra y estos personajes teniendo ojos en la nuca prácticamente, donde cada respiración y cada gesto están a centímetros de los espectadores. Es ideal y también es muy modificador de la propuesta artística. Actuar consciente y en todas direcciones, y a la vez dar en el tono justo que propone esa cercanía.
Mariano Chiesa en acción
J.M.D.
—Volvés a interpretar tu rol, pero esta vez de manera virtual. ¿Cómo fue reconstruir vínculos, ritmos y emociones con un elenco presente físicamente, desde otro plano, sin perder verdad escénica?
— MARIANO CHIESA: Los vínculos en esta oportunidad, y sin deseo de faltarle el respeto al involucrarme con el personaje, en mi cabeza los trabajé como si estuviera haciendo cine. Puse todo a disposición de una cámara: mi expresividad facial, las miradas sutiles, los tiempos internos. La entrega fue a pedido de lo que Melania, como directora, necesitaba que ocurriera y de lo que Pablo del Campo, como fundador, adaptador y responsable de los derechos de la obra, soñó o pensó para el show.
Mi compromiso fue total, como cada vez que encaro un personaje, pero mucho más técnico, porque en vivo suelo trabajar con la mirada o la reacción física de Diana, y acá trabajaba para la lente de la cámara, imaginando que allí estaría ella. Es el mismo compromiso, pero con otra herramienta, otro código y otra precisión.
También hay algo muy fuerte en saber que lo que se grabó queda fijo. En el teatro uno siempre tiene revancha: si una función no fue la mejor, al día siguiente podés superarte. Acá no. Lo que quedó registrado es lo que el público va a ver siempre, y eso genera una responsabilidad enorme, muy parecida a la de grabar un disco. Esa mezcla entre actuación teatral y lenguaje audiovisual fue uno de los desafíos más grandes y, al mismo tiempo, de los más estimulantes de esta versión.
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