Sofi Morandi

Sofi Morandi:“Nunca había hecho un unipersonal y tenía que ser ahora”

Sofi Morandi asume uno de los desafíos más singulares de su carrera al convertirse en la nueva narradora de Las cosas maravillosas. La obra vuelve al Multiteatro con una propuesta íntima y participativa que invita a pensar la vida desde un lugar luminoso, en tiempos en que el cinismo parece dominarlo todo.

Regreso. Las cosas maravillosas vuelve al Multiteatro desde el 2 de febrero. Foto: NESTOR GRASSI

Hay obras que vuelven porque el contexto las necesita. Las cosas maravillosas regresa al Multiteatro en un momento en que la palabra “esperanza” parece gastada, erosionada por el uso excesivo y la urgencia permanente, pero sigue siendo indispensable. No como consigna naïf ni como promesa vacía, sino como ejercicio cotidiano, casi mínimo, de resistencia emocional. La obra, creada por Duncan Macmillan junto a Jonny Donahoe, se apoya justamente en esa idea: la de reconstruir sentido a partir de lo pequeño, de lo aparentemente insignificante, en una época donde todo parece medirse en términos de impacto inmediato. El unipersonal, que ya tuvo narradores como Peter Lanzani, Flor Otero y Cande Vetrano, suma ahora la voz de Sofi Morandi, que por primera vez se anima a un escenario en soledad. No es un dato menor ni un simple recambio de intérprete: durante una hora, la actriz sostiene el relato sin red, dialoga con el público y construye, función a función, una experiencia irrepetible. Cada función es distinta porque cada sala lo es, porque cada espectador llega con su propia carga y porque el texto mismo se completa en ese intercambio vivo que no puede ensayarse del todo.

En un teatro comercial como el Multiteatro, acostumbrado a grandes producciones y dinámicas más tradicionales, Las cosas maravillosas ocupa un lugar singular. No hay escenografías espectaculares ni dispositivos tecnológicos que medien la experiencia. Hay palabras, cuerpos, silencios y una cercanía poco habitual entre actriz y espectadores. La obra se apoya en la fragilidad como potencia y en la escucha como motor, algo que hoy resulta casi disruptivo. Ahí es donde aparece Sofía Morandi, que llega a esta obra después de recorrer formatos muy diversos: teatro musical, cine, televisión y streaming. Su trayectoria estuvo marcada, en los últimos años, por proyectos de alta visibilidad, ritmos vertiginosos y una exposición constante. Sin embargo, acá el gesto es otro. No hay personajes múltiples ni transformaciones evidentes. No hay una narrativa que avance por acumulación de estímulos. Hay una historia simple en su estructura pero profunda en su resonancia, una sala relativamente pequeña y una comunidad que se arma en tiempo real. Morandi es una actriz, una contadora, a la que le sobra a la hora de, precisamente, contar: habla de influencias y cosas suyas, del tango que cantaba su abuelo, de Disney, parece dudar a veces de sus respuestas. Quizá no sabe, lo concreta: Morandi es una artista de talla mundial, algo que nuestro país viene generando en nombres de la calle Corrientes y populares como en otros pocos momentos. Ella, Rada, Dente: lejos del todo terreno, son nombres que en su calidez esconden una idea más sofisticada y preparada de la idea de actuar, que logran entre la familiaridad y su buena onda esconder, para sacarlo cuando corresponde, un carisma que corta el plano, que es capaz de canciones, sonrisas, chistes guarros y sentimientos profundos. 

En tiempos de consumo acelerado, scroll infinito y atención fragmentada, Las cosas maravillosas propone ahora con Morandi algo casi contracultural: detenerse, escuchar y compartir. Su calidez es fundamental en este caso. Morandi aclara que no hay “una bajada de línea ni como un discurso solemne, sino como una invitación abierta”, por supuesto sostenida desde la emoción y el humor. En ese equilibrio delicado entre lo luminoso y lo doloroso, la obra encuentra su fuerza y su vigencia.

A ese núcleo original se suma, en esta nueva etapa, una lectura atravesada por el presente. La obra no ignora el malestar contemporáneo ni esquiva temas como la ansiedad, la depresión o la sensación de desgaste colectivo, pero los aborda sin subrayados ni golpes bajos. El texto confía en la inteligencia emocional del público y en la potencia de lo compartido: una lista que se arma en escena, una consigna que circula de mano en mano, un gesto mínimo que se vuelve común. En ese sentido, el espectáculo funciona tanto como relato teatral cuanto como experiencia social, una que no promete soluciones pero sí un espacio de alivio. La simplicidad formal de Las cosas maravillosas no implica ligereza conceptual. Por el contrario, su estructura abierta y su aparente modestia esconden un trabajo preciso sobre el ritmo, la escucha y la improvisación controlada. Cada función requiere una atención extrema a lo que sucede en la sala, a las respuestas del público y a los silencios que se generan. Esa tensión entre lo pautado y lo imprevisible es uno de los grandes desafíos del unipersonal y también una de sus principales riquezas. En ese marco, otra vez, la elección de Morandi adquiere un sentido particular. Su registro, asociado muchas veces a la comedia y a la energía expansiva, se pone acá al servicio de una narración más contenida, donde el humor aparece como vía de acceso a zonas sensibles.

—¿Por qué hacer esta obra ahora y por qué un unipersonal, algo que nunca habías hecho? 

—Porque me había encantado la obra desde la primera vez que la vi. Me habían ofrecido otros unipersonales, pero eran más del estilo “armemos algo desde cero” y eso no me interpelaba tanto. Cuando llegó esto dije “sí” enseguida. Me acordaba de haber pensado: “Algún día me encantaría hacerla”. Evidentemente, ese día tenía que ser ahora.

—¿Qué te impactó de esa primera experiencia como espectadora? 

—Que es una experiencia teatral más que una obra tradicional. Hay algo de misterio: no sabés bien a qué vas hasta que empieza. La interacción con el público y lo que se genera en la sala, que es íntimo, hacen que cada función sea distinta. Eso la vuelve muy especial. 

—Venís de musicales grandes y proyectos muy expuestos. ¿Este formato es un contrapunto? 

—No lo pensé así. Lo vi más como un desafío nuevo. Hasta que no estás sola arriba de un escenario durante una hora, no sabés lo que implica. Nunca había hecho ese trabajo actoral y sabía que me iba a hacer crecer. 

—La participación del público es central. ¿Qué te genera eso? 

—Una necesidad muy fuerte de estar presente, y eso me gusta. No te podés ir ni un segundo. Hoy vivimos bastante disociados y acá no hay opción: estás ahí, escuchando, respondiendo. Eso es hermoso.

—¿Qué sentís que se lleva el público? 

—La obra va al lado luminoso de la vida. No busca el golpe bajo. Tiene que ver con las cosas que hacen que valga la pena estar vivo. En un momento en que todo parece el fin del mundo, me parece un mensaje muy positivo. 

—¿Cómo fue el trabajo con Mey Escápola en la dirección? 

—Me dio mucha seguridad. Ella trabaja mucho desde la narración, desde lo orgánico. No es “actuar” en un sentido rígido, sino contar como cuando le hablás a alguien de algo que te pasó. Encontrar ese gris me interesaba mucho. 

—Sos muy reconocida por tu timing y tu comedia. ¿De dónde viene eso? 

—Arranqué teatro de muy chica desde el juego y la improvisación. Era un espacio sin ambición, sin comparación, solo libertad. Después crecí viendo mucho Disney y musicales, que tienen un ritmo muy preciso. Creo que ahí se me afinó el oído.

—¿Cuáles son hoy tus cosas maravillosas? 

—Mi familia, mis amigos, mi perro Totó. El amor, el cine, el teatro, viajar. Son cosas simples, pero fundamentales. Las misma que todos tenemos, o muchos tenemos, pero eso no hace que dejen de ser maravillosas.

—¿Qué huella sentís que le podés dar a esta obra? 

—Espontaneidad y ternura. La ternura es un lugar que me cuesta más y que estoy trabajando acá. Ojalá se vea. 

—¿Y tu ballena blanca profesional?

—No sé si tengo una. Pero si tuviera que elegir ahora, es crecer en cine. Seguir probando, sin adelantarme demasiado. Tengo que decirlo: estoy feliz con lo que pasa, pero siempre hay deseos nuevos.