Hay regresos que buscan actualizar una marca y otros que simplemente recuerdan por qué esa marca importó alguna vez. Los Muppets: un show especial pertenece, con orgullo, a la segunda categoría. No intenta reinventar el formato ni serializar la nostalgia: se planta como evento único, nocturno, casi ceremonial. Una función especial para celebrar 50 años de una de las experiencias más anárquicas, libres y extrañamente humanistas que dio la TV popular.
Cuando el telón del Teatro Muppet vuelve a levantarse, no lo hace para competir con la lógica algorítmica del streaming ni para dialogar con métricas de consumo. Lo hace para desobedecerlas. El espíritu que Jim Henson imprimió entre 1976 y 1981 –esa mezcla improbable de slapstick, comentario social, ternura y absurdo– sigue intacto. Los Muppets nunca fueron infantiles en el sentido condescendiente del término: hablaban de todo, pero lo hacían cantando, discutiendo, improvisando y fallando en vivo. Esa precariedad visible era parte del mensaje. El error no se ocultaba: se celebraba.
Ese caos no era desprolijo: era político. En un mundo televisivo que empezaba a organizarse alrededor de la corrección, el ritmo industrial y la prolijidad como valor, El show de los Muppets defendía la imperfección como gesto estético. Un escenario donde una diva narcisista convivía con un presentador ansioso, científicos incompetentes, animales salvajes y dos críticos que odiaban todo desde el balcón. Una metáfora temprana del mundo popular antes de que ese concepto se convirtiera en etiqueta de mercado.
EL REGRESO. El nuevo especial entiende que ese legado no se homenajea con solemnidad ni con museificación, sino con desorden controlado. Por eso vuelve al teatro original, convoca a invitados que entienden el juego y confía en los intérpretes históricos –Bill Barretta, Dave Goelz, Eric Jacobson, Peter Linz, David Rudman, Matt Vogel– para sostener las voces, los tiempos y los gestos que hacen reconocibles a los personajes. No hay impostura ni caricatura: hay continuidad, oficio acumulado y memoria corporal.
A diferencia de otros regresos, aquí no hay voluntad de “actualizar” a Los Muppets para el presente, sino de demostrar que nunca dejaron de ser actuales. Su humor no se basa en la coyuntura, sino en la fricción entre egos, en el absurdo del trabajo colectivo y en la exposición constante del artificio. Los Muppets siempre mostraron los hilos. Siempre dejaron ver que el show podía caerse en cualquier momento.
En ese sentido, la música vuelve a ocupar un lugar central. Una nueva versión del tema clásico, producida por Bill Sherman, funciona como puente entre generaciones. Animal golpea la batería con la misma violencia amorosa de siempre, mientras el resto del elenco entra y sale del escenario con una lógica caótica que recuerda que esto, antes que nada, es un varieté. Un género casi extinto que Los Muppets siguen defendiendo.
En el medio del anticipo, este cronista vuelve a cumplir sueño: habla con Kermit y Miss Piggy. Sí, ellos, ahí, sentados en una pantalla, hablando de su show, de sus pasión, siendo lo que siempre son: un representación del alma anárquica y tierna de Jim Henson y su pandilla. El anfibio responde con cordialidad nerviosa, como si todavía cargara con la responsabilidad de que todo funcione. Miss Piggy, en cambio, exige trato protocolar desde el primer segundo. “Podés llamarme Juan Manuel”, le digo a la reina. “Eso sería mucho más bello para mí”, responde ella, sin ironía ni transición. El tono queda claro desde el inicio: es el mundo de Miss Piggy y nosotros solo vivimos en el.
—Quería empezar preguntándoles qué significa hoy la imaginación después de tantos años creando recuerdos.
Piggy protesta de inmediato. “¿Así de entrada? ¿No tenías algo más fácil?”. Kermit interviene con diplomacia. “Está bien, Piggy, yo me encargo”. Piensa unos segundos y responde: “Todo nuestro show, y este especial también, sigue estando impulsado por la imaginación. Mucha gente no imaginaría a Sabrina Carpenter cantando con una rana, pero de algún modo hacemos que funcione”.
Piggy lo interrumpe: “No tienen que imaginarlo. Ella realmente canta conmigo”. Bromean, pero es cierto: Piggy y Kermit son estrellas como lo son Bugs Bunny y El Pato Lucas, o George Clooney o Audrey Hepburn. Kermit intenta retomar la idea, se enreda, se corrige. El intercambio se desarma, se pisan, se contradicen y se ríen. Exactamente como debe ser. No hay remate perfecto: hay fricción, ruido y, sobre todo, humanidad. Ese momento resume lo que el especial propone: no explicar el chiste, sino habitarlo. La imaginación, para Los Muppets, no es evasión ni fantasía infantil, sino un método de trabajo.
Una forma de leer el mundo sin cinismo, incluso cuando se lo parodia. Un modo de hacer comedia sin crueldad, algo cada vez menos frecuente.
LA PRODUCCIÓN. La elección de Seth Rogen como productor ejecutivo no es casual ni decorativa.
Rogen pertenece a una generación criada por Los Muppets, pero también por la comedia irreverente de los 90 y 2000. Su humor entiende el valor de lo incorrecto sin caer en la burla vacía. En ese cruce, su presencia funciona como puente generacional y como garantía creativa. Rogen no llega para domesticar a Los Muppets ni para “modernizarlos”, sino para proteger su ADN en un contexto industrial mucho más rígido que el de los 70.
Su rol como productor asegura que el especial no se convierta en una pieza pulida hasta perder nervio.
Que el caos siga siendo parte del contrato. Que la incorrección siga siendo juguetona y no cínica.
El cronista se anima a preguntar qué los conmueve del amor persistente del público a Kermit y Miss Piggy, Kermit vuelve a tomar la palabra. “Sentirnos bienvenidos por personas de todas las edades después de tantos años. Creo que es porque les gusta lo que representamos: amistad, bondad”. Piggy suma su propia condición emocional: “Yo me emocionaría más si también mandaran regalos”. Consultados sobre su lugar en la historia de la comedia, Kermit se corre del centro. “Somos parte de un legado compartido con todos los que pasaron por el show y trabajaron con nosotros”.
Piggy, en cambio, se define como una artista “multi-hyphenate”, con énfasis en la comedia, pero técnicamente disponible para el drama si aparece el director adecuado. Esa tensión –entre humildad colectiva y ego desmedido– es la alquimia que mantiene vivos a Los Muppets. No son una reliquia ni un objeto de museo: son una forma de pensar el entretenimiento como espacio común. Un lugar donde el mundo popular puede reírse de sí mismo sin perder la ternura. Los Muppets: un show especial no promete orden ni moralejas. Promete, en cambio, una noche donde todo puede salir mal y aun así salir bien. Kermit dice: “Ojalá esto pueda seguir, que las cosas se puedan volver a contar. Tenemos muchas ganas de estar junto a nuestro público.” En tiempos de corrección exhaustiva, formatos cerrados y humor calculado, esa anarquía amable sigue siendo, 50 años después, un gesto radical. Como Miss Piggy es una maravilla que merece regalos, por ejemplo, la mayor cantidad de audiencia posible, y que Los Muppets vuelve a ser lo que siempre son: lo mejor de todos nosotros.