ESPECTACULOS
‘La noche dos veces’

Ver la propia realidad desaparecer en un instante

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Momentos. La historia toma dos momentos puntuales, diferentes y los espeja. Se puede ver en el teatro Espacio Callejón. | gza. prensa cecilia gamboa

Dos noches separadas por diez años. Una noche en abril de 1982, en la que dos chicos y dos chicas vuelven de una fiesta mientras el país entra en guerra. Todos tienen veinte años, es una madrugada de tormenta, de secretos y traiciones. Una noche en que se toman decisiones importantes sin saberlo. Y otra noche, en 1992, en la que dos de ellos se reencuentran después de diez años de no hablarse. En la obra esas dos noches avanzan en simultáneo. Como en un thriller o un juego de espejos.

La imagen de los chicos volviendo de una fiesta mientras el país entraba en guerra fue la que me decidió a escribir la obra. Digo decidió porque me ofrecía la condensación de fervor y peligro, el clima de confusión que necesitaba para una historia que venía trabajando, la historia de una mentira sostenida por muchos años. Esa mentira empezaba esa noche, entre esos chicos, y estallaba diez años después, con toda la fuerza de una guerra que parecía olvidada.

La presencia de la atmósfera de la guerra sobre un universo festivo que intenta ignorarla es algo que siempre me cautivó en algunas obras literarias de posguerra. Especialmente en los Nueve cuentos de J.D. Salinger. Sobre todo en uno: pasa en un Estados Unidos de los años cincuenta, dos mujeres conversan sentadas en el piso de una casa, recuerdan sus épocas de la facultad tomando alcohol hasta la madrugada. Se nota que fueron dos chicas inteligentes y divertidas, y que se esfuerzan por seguir siéndolo, aunque algo impide la felicidad. Ese algo tiene que ver con la guerra, con las expectativas de vida que la guerra se llevó consigo. Esa guerra en el cuento apenas aparece nombrada. Sin embargo, ahí está, condicionándolo todo.

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En Argentina no tenemos ficciones así, pensé, donde el aire bélico se extiende en el tiempo a escenarios domésticos, fisurando historias de personajes de todo tipo, como un temblor subterráneo en los escenarios de los vivos. La mayoría de las obras argentinas sobre la guerra son sobre la guerra en sí, el escenario son las islas, los personajes son soldados. Como si no hubiera guerra fuera de ese lugar y de ese tiempo.

Ese encapsulamiento de la guerra en nuestra literatura no es azaroso, me parece, es simbólico. Probablemente la Argentina no tiene literatura de posguerra porque la Argentina no tuvo posguerra. La Guerra de Malvinas protagonizó la vida nacional durante tres meses, los programas de televisión se llenaron de discursos promotores y triunfalistas. Y el 18 de junio de 1982, cuando miles de chicos de 19 años volvían como prisioneros en el buque inglés, y otros yacían anónimamente sepultados en las islas, esos mismos programas hablaron sobre la selección de fútbol y la lotería. Y así los días que siguieron.

Por eso en mi obra la guerra está fuera de plano. Esa relación de ajenidad es lo que me convocó. En esa sensación de que la guerra no es parte de nosotros encontré una potencia dramática que me interesaba.

Y una metáfora. Hay un libro, Los chicos de la guerra, donde Daniel Kon entrevista, en junio de 1982, a soldados recién vueltos de Malvinas. Es decir, son chicos de 19 y 20 años, que hace solo una semana volvieron a la vida después de meses de frío, hambre, bombas, miedo a la muerte. Acaban de llegar. Es un libro que me impactó mucho. Sobre todo porque Kon les pregunta sobre la guerra, pero también sobre los días previos. Y ellos recuerdan con esfuerzo esa vida. Una vida que tenían hasta apenas tres meses atrás y ahora les resulta irreversiblemente lejana.

Esa sensación. La idea de que todo cambie rotundamente, de golpe. La desesperación de ver la propia realidad desaparecer en un instante, volverse ajena, irreal. Yo podía imaginar eso.

La noche dos veces trata de lo que sentimos propio, lo que sentimos ajeno, y la perturbadora inversión de esas sensaciones en una noche de tormenta.

*Directora y dramaturga