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A 105 años de la creación del Partido Comunista de China: las claves de una transformación histórica

Conducción. El presidente Xi Jinping lidera la cúpula del Partido Comunista. Foto: cedoc

El 1 de julio de 2026, el Partido Comunista de China (PCCh) celebró el 105.º aniversario de su fundación. En un mundo atravesado por tensiones geopolíticas, disputas tecnológicas y una creciente incertidumbre sobre el futuro del orden internacional, la efeméride trasciende el plano conmemorativo. Invita a reflexionar sobre una de las organizaciones políticas más influyentes de la historia contemporánea y sobre las razones que explican su permanencia, su capacidad de adaptación y el papel que hoy desempeña China en el escenario global.

Fundado en 1921 en una modesta casa de Shanghái por poco más de cincuenta jóvenes intelectuales y militantes, el Partido nació en una China fragmentada, empobrecida y sometida a la injerencia extranjera. En aquel momento, pocos hubieran imaginado que esa pequeña organización conduciría, apenas unas décadas después, el proceso de reconstrucción nacional más importante del siglo XX y daría origen a la segunda economía del mundo.

El recorrido no fue lineal ni exento de enormes sacrificios. La resistencia frente a la invasión japonesa, el costo humano de la Segunda Guerra Mundial en territorio chino, la guerra civil, las dificultades de las primeras etapas de construcción del nuevo Estado y las sucesivas reformas económicas marcaron profundamente la identidad del Partido. Esa experiencia histórica forjó una cultura política donde la planificación estratégica, la disciplina organizativa y la capacidad de adaptación adquirieron un valor central.

Buena parte de la explicación sobre la continuidad del PCCh reside precisamente en esa capacidad para reformarse sin perder su dirección estratégica. Desde la Reforma y Apertura impulsada por Deng Xiaoping en 1978 hasta la actual etapa de desarrollo de alta calidad promovida por Xi Jinping, el Partido ha demostrado una notable flexibilidad para modificar políticas, instituciones e instrumentos de gestión sin renunciar a los objetivos de largo plazo. Lejos de concebir la reforma como una ruptura, la entiende como un mecanismo permanente de perfeccionamiento.

Existe, además, un aspecto menos conocido fuera de China y que resulta fundamental para comprender la solidez de su sistema político: la formación integral de sus cuadros. El PCCh no se limita a seleccionar dirigentes; construye una verdadera carrera de gobierno. Millones de funcionarios atraviesan procesos continuos de capacitación política, administrativa, económica, tecnológica y territorial. La experiencia de gestión en distintos niveles del Estado constituye un requisito para asumir responsabilidades superiores, mientras que las escuelas del Partido cumplen un papel decisivo en la formación ideológica, el estudio de políticas públicas y la evaluación permanente de los desafíos nacionales e internacionales.

Esta combinación entre formación, experiencia territorial, evaluación y planificación ha contribuido a dotar al Estado chino de una capacidad institucional poco frecuente para diseñar y ejecutar políticas de largo plazo. En un contexto internacional donde muchas democracias enfrentan crecientes dificultades para sostener estrategias más allá de los ciclos electorales, el caso chino ofrece elementos de análisis que merecen ser estudiados sin prejuicios ni simplificaciones.

Los resultados de ese proceso son ampliamente conocidos. China erradicó la pobreza extrema, incorporando a casi cien millones de personas a mejores condiciones de vida; construyó la mayor red ferroviaria de alta velocidad del mundo; desarrolló los sistemas de educación, salud y seguridad social más extensos del planeta; se consolidó como la principal potencia manufacturera; lidera sectores como la inteligencia artificial, las energías renovables, la movilidad eléctrica y las telecomunicaciones avanzadas; y se convirtió en un actor decisivo en infraestructura, innovación científica y exploración espacial. Ninguno de estos logros puede comprenderse sin considerar el papel desempeñado por el Partido como articulador del proceso de desarrollo.

Pero el proyecto político del PCCh no se limita al plano interno. En los últimos años, China ha buscado proyectar una visión alternativa sobre la gobernanza internacional. Frente a un escenario caracterizado por la fragmentación, el unilateralismo y la creciente securitización del comercio y la tecnología, Beijing ha planteado la necesidad de construir una arquitectura internacional más inclusiva y cooperativa.

Esa visión se expresa en el concepto de la Comunidad de Destino Compartido de la Humanidad, presentado por Xi Jinping en las Naciones Unidas y convertido en el marco conceptual de la política exterior china. La idea parte de un diagnóstico simple pero profundo: en un mundo crecientemente interdependiente, desafíos como el cambio climático, las pandemias, la inteligencia artificial, la seguridad alimentaria o el desarrollo no pueden resolverse desde la confrontación permanente ni mediante lógicas de suma cero.

Sobre esa base se articulan iniciativas como la Iniciativa para el Desarrollo Global, la Iniciativa para la Seguridad Global, la Iniciativa para la Civilización Global y la más reciente Iniciativa de Gobernanza Global. Todas ellas buscan promover un orden internacional basado en el respeto por la diversidad de modelos de desarrollo, el fortalecimiento del multilateralismo, la cooperación tecnológica, la conectividad física y digital y una mayor participación de los países emergentes y del Sur Global en la toma de decisiones internacionales.

Para América Latina, África y gran parte de Asia, estas propuestas adquieren una relevancia particular. No porque constituyan un modelo que deba ser replicado mecánicamente, sino porque amplían el margen de opciones disponibles para países que aspiran a construir estrategias propias de desarrollo, industrialización y autonomía tecnológica. La experiencia china demuestra que es posible combinar planificación estatal, apertura al mundo, innovación y desarrollo industrial bajo condiciones nacionales específicas, sin aceptar que exista un único camino válido hacia la modernización.

A 105 años de su nacimiento, el Partido Comunista de China sigue siendo objeto de debates, críticas y admiración. Como toda experiencia histórica de semejante magnitud, su trayectoria presenta luces y sombras. Sin embargo, resulta difícil comprender el ascenso de China sin analizar el papel desempeñado por la organización política que condujo ese proceso durante más de un siglo.

Quizá la mayor continuidad entre aquel pequeño grupo reunido en Shanghái en 1921 y el Partido que hoy gobierna un país de más de 1.400 millones de habitantes no radique únicamente en su capacidad organizativa o en sus logros económicos, sino en la persistencia de un principio que ha atravesado todas las etapas de su historia: la convicción de que la legitimidad del poder se construye sirviendo al pueblo. En tiempos de profundas transformaciones globales, esa idea continúa ocupando el centro del proyecto político chino y constituye, probablemente, una de las claves para comprender la vigencia de un partido que, ciento cinco años después de su fundación, sigue moldeando el presente y el futuro de una parte sustancial del mundo.