Cada vez más conciencia, cada vez menos tiempo
Jefes de Estado, ministros y delegados de más de ochenta países, junto con líderes de las principales corporaciones tecnológicas, participaron en la India de una cumbre destinada a analizar el impacto de la inteligencia artificial en la humanidad. Durante el debate quedó claro que hay preocupación por la posibilidad de que los desarrollos de IA se salgan de control y produzcan daños irreparables. La ausencia más notoria fue la de Estados Unidos, cuyo presidente, Donald Trump, rechaza cualquier tipo de control sobre la industria. Tampoco envió representantes el gobierno de Javier Milei.
La falta de un consenso absoluto hizo que la Cumbre de Impacto de Inteligencia Artificial de la India terminara un día después de lo previsto. Los organizadores tuvieron que extender las negociaciones multilaterales para arribar a la firma de un documento final llamado Declaración de Nueva Delhi.
Esta situación tan poco habitual en el mundo diplomático se explica por las tensiones que genera la percepción cada vez más generalizada de que la humanidad se enfrenta a su propia invención, que trae peligros y esperanza por igual.
Los jefes de Estado, ministros y delegados de los más de ochenta países participantes, junto con un grupo muy representativo de líderes de las principales corporaciones tecnológicas, debatieron en torno a un compromiso que aborda por igual las preocupaciones por el riesgo existencial que trae esta herramienta y las oportunidades que se abren para un uso que promueva la inclusión y el bienestar general.
Precisamente el lema de la cumbre convocada por el primer ministro de la India, Narendra Modi, fue “Bienestar para todos. Felicidad para todos”. Esa es la impronta que el gobierno local le dio a la narrativa del encuentro. Quizás, hablar de felicidad frente a los ultrarricos de Silicon Valley puede sonar cándido, pero teniendo en cuenta lo que está en juego, es una apelación llena de sentido.
En esta cumbre quedó claro que hay una preocupación creciente por la posibilidad de que los desarrollos de la IA se salgan de control y produzcan daños irreparables para la especie humana. Lo notable es que no lo dicen solo los activistas ni los políticos progresistas, lo aseguran los propios CEO de las empresas más importantes del sector. Es decir, los padres de la criatura anticipan que el niño traerá problemas.
Por eso tomó impulso la creación de un organismo global que controle a la IA como lo que es, una tecnología disruptiva y riesgosa.
Sam Altman, CEO de OpenAI, aportó una idea bien interesante: crear una agencia mundial que funcione con la misma lógica que la OIEA, el organismo que controla a la energía nuclear. El paralelismo funciona: la energía atómica puede darle electricidad a una ciudad o destruirla con una bomba. La inteligencia artificial ayuda a curar enfermedades o puede acabar con la democracia y la ciberseguridad.
Es bien significativo que Altman, padre de ChatGPT y líder de la empresa que puso a la inteligencia artificial en la boca y en las pantallas de todos, sea uno de los que encienden la alarma. Esto habla de lo extendida que está la conciencia sobre los peligros. Ya no se trata solo del temor a que las máquinas se queden con el trabajo de las personas. La pérdida del control humano sobre las computadoras es un horizonte cada vez más factible y la aceleración que muestran los resultados sugiere que cada vez hay menos tiempo.
Una ausencia muy presente. En Nueva Delhi hubo un silencio estruendoso, el de Estados Unidos. La máxima autoridad de Washington en el encuentro fue el embajador en la India. Ni Donald Trump, ni James Vance, ni Marco Rubio aceptaron la invitación. Quizás eso explique la ausencia de un aliado incondicional de Trump, Javier Milei. Ni el presidente argentino ni ninguno de sus ministros vinieron a Nueva Delhi. En este caso, aplica una máxima del premier de Canadá, Mark Carney: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Argentina no está en esta mesa. Es muy probable que se la coman cruda.
La ausencia de Estados Unidos se explica por el rechazo de su presidente a cualquier tipo de control sobre la industria. “Las regulaciones matan a la innovación”, es el mantra que suena en el Salón Oval.
De todos modos, fuera del marco de la cumbre, India y Estados Unidos firmaron una declaración bilateral denominada “India-U.S. AI Opportunity Partnership”, centrada en la seguridad económica, el acceso a semiconductores y el desarrollo de centros de datos de nueva generación.
El primer ministro indio, Narendra Modi, es un líder pragmático y sagaz. Tiene demasiado cerca a China, en una frontera caliente, por lo que una alianza con Donald Trump funciona como un seguro de vida.
Presencias contundentes. El bloque de jefes de Estado que acompañó a Modi en esta cumbre muestra una combinación interesante. Estuvieron, entre otros, Emmanuel Macron, de Francia; Pedro Sánchez, de España; Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil; y Guy Parmelin, de Suiza. Vladimir Putin envió a su principal asesor. Además de Altman, los magnates que se sumaron al encuentro fueron Satya Nadela, Microsoft; Sundar Pichai, Google; Jensen Huang, Nvidia; y Dario Amodei, Antrophic. También participaron del debate el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres; y la titular del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Giorgieva. Nota de color (oscuro): Bill Gates había confirmado su presencia, pero las últimas revelaciones sobre los archivos Epstein que lo salpican desalentaron su viaje a Nueva Delhi.
Los ejes de la discusión. El debate mostró la influencia de Modi con su apelación al bienestar y la felicidad.
El primer ministro indio y Lula da Silva insistieron sobre la necesidad de democratizar los recursos, es decir que el acceso a la capacidad de cómputo, los chips de alta gama y los algoritmos no sea un monopolio de un puñado de empresas de Estados Unidos o de China.
Hubo consenso en impulsar la soberanía tecnológica. O sea, que los países en desarrollo puedan crear sus propios “modelos soberanos” adaptados a sus lenguas y realidades locales, en lugar de solo importar tecnología externa.
Se pidió por una IA para el bien social, que cierre brechas y esté orientada a sectores críticos, como la agricultura, la salud y la educación.
En cuanto a la seguridad, en lugar de prohibir tecnologías, la idea general es regular según el daño potencial. O sea, poner más atención en aquellas aplicaciones que suponen riesgo existencial y dejar correr otras hipotéticamente menos nocivas.
El club del “no sé”. Más allá de las deliberaciones entre jefes de Estado y empresarios, la cumbre de Nueva Delhi tuvo una exposición tecnológica de altísimo nivel con la participación de los principales desarrolladores del mundo y startups locales incubadas en universidades indias.
Sin embargo, lo más interesante estuvo en la infinidad de charlas y conferencias que poblaron los auditorios del centro de exposiciones Bharat Mandapam, al este de la ciudad. Hubo mesas redondas de todos los temas que resultan o resultarán impactados por la inteligencia artificial: trabajo, educación, salud, ciberseguridad y derechos digitales, entre otros asuntos.
Recorriendo esos espacios aparecen dos sensaciones: por un lado, la percepción de que hay cada vez más interés alrededor de la IA; por el otro, que pocas veces hubo tantos expertos diciendo “no sé”. Estamos en un punto en el que parece haber mucha información, pero pocas certezas sobre el futuro. Esto refuerza el temor de que los humanos estamos perdiendo el control sobre esta invención terrible y maravillosa.
La próxima cumbre será dentro de un año en Ginebra, Suiza. Si se cumple la predicción de que 2026 será “el año del gran impacto de la inteligencia artificial”, la cita puede encontrar a los mismos protagonistas en posiciones muy diferentes.
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