con el gobierno de donald trump

EE.UU. perdió el estatus de democracia liberal por primera vez en más de 50 años

El nuevo informe de l instituto sueco V-Dem revela que en este momento hay más regímenes autoritarios que democráticos en el mundo: 91 frente a 88. En ese escenario, el 74% de la población mundial vive bajo sistemas autocráticos. “Se trata de algo más que una fase pasajera; sugiere un cambio estructural, no coyuntural, posiblemente vinculado a la evaluación social de los resultados no conseguidos dentro de la democracia”, explicó la politóloga Flavia Freidenberg.

Transformación. El gobierno de Trump concentra poder y ejerce presión sobre los medios de comunicación. Foto: afp

Tres de cada cuatro personas viven en países con sistemas autocráticos mientras que solo el 7% lo hace en democracias liberales. El dato surge del  Democracy Report 2026 del Varieties of Democracy (V-Dem) Institute, que analizó el estado de la democracia en 202 países y territorios. EE.UU. se encuentra en el primer grupo de países y por primera vez en 50 años pierde su estatus de democracia liberal.

El informe advierte que, bajo el segundo gobierno de Donald Trump, la escala y la velocidad del proceso de autocratización en EE.UU. no tiene antecedentes en la historia reciente. En apenas un año, el índice de democracia liberal cayó del puesto 20 al 51 en el ranking global de 179 países. Con este retroceso, el nivel democrático del país se acerca al que tenía en 1965, el año que suele considerarse el inicio de la democracia moderna en el país. 

Hoy EE.UU. es considerado una “autocracia electoral”. No hubo quiebre institucional ni suspensión de elecciones: el cambio es más sutil y se expresa en tres dimensiones centrales: la creciente concentración de poder en el Ejecutivo, el debilitamiento de los controles institucionales y la presión sobre medios y voces críticas.

En el primer plano, el Democracy Report señala una aceleración en la concentración de poder durante el segundo gobierno de Trump. El propio presidente sostuvo que los límites a su autoridad dependen de “su propia moral” y que solo los tribunales podrían restringir su agenda. Sin embargo, cuando la Corte Suprema intervino y rechazó los aranceles impuestos sin aprobación del Congreso, Trump descalificó el fallo y avanzó horas después con un gravamen global del 10% a través de otra vía legal, sorteando en los hechos la decisión de la Justicia.

Al mismo tiempo, el informe identifica un deterioro significativo en la libertad de expresión –que atraviesa  su nivel más bajo desde la Segunda Guerra Mundial–, vinculado a prácticas como la descalificación de medios críticos como “enemigos del pueblo”, restricciones al acceso a la cobertura de la Casa Blanca y el impulso de acciones judiciales contra The Wall Street Journal y The New York Times por sus investigaciones.

Fenómeno compartido. El caso estadounidense no es una excepción, sino parte de una tendencia más amplia. El informe describe una “tercera ola de autocratización” en curso desde hace cuatro décadas y advierte que, en 2025, los regímenes autoritarios ya superan a los democráticos: 91 frente a 88. En ese contexto, la politóloga Flavia Freidenberg plantea que “se trata de algo más que una fase pasajera. Esto sugiere un cambio estructural, no coyuntural” y ubica el origen del fenómeno en factores de largo plazo: “desigualdad económica sostenida, desconfianza institucional acumulada, transformación del ecosistema informativo y el ascenso de liderazgos que capitalizan el malestar y que fomentan el enfrentamiento con ‘los otros’ como una manera de acumular poder”.

El deterioro no se produce mediante quiebres abruptos, sino a través de mecanismos graduales que operan dentro de las reglas formales, erosionándolas. “Para que una democracia funcione no basta con votar”, advierte Freidenberg, y agrega que “se requieren condiciones equitativas de la competencia, acceso equitativo a información, medios plurales, oposición con libertad de organizarse, de expresarse sin tener miedo a hablar, un árbitro electoral independiente y mecanismos de rendición de cuentas”. Cuando esos elementos se degradan, concluye, “se produce una ilusión de legitimidad muy funcional para quienes están en el poder: pueden reclamar mandato popular mientras reducen los costos de ejercerlo sin controles”.

El deterioro también alcanza al plano de la libertad de expresión. “Cuando se degrada el debate público, se vuelve más difícil nombrar y denunciar la erosión democrática”, señala la especialista, y advierte que la desinformación deja de ser un efecto colateral para convertirse en una herramienta: “Bajo el argumento de que ‘tienen otros datos’, se suele cambiar la cobertura de la información y presentar formas parciales de entender las cosas”. En definitiva, resume, “es una disputa por la verdad”.

En términos institucionales, la autocratización gradual evita rupturas visibles, pero avanza sobre los contrapesos. Freidenberg describe ese proceso en prácticas concretas: nombramientos de jueces afines, ampliación de facultades del Ejecutivo por vía legislativa y presión sobre medios u organizaciones sociales. El resultado, sintetiza, es que “la arquitectura formal del Estado permanece intacta mientras su contenido democrático se vacía”.

Ese proceso se apoya, además, en un cambio en las percepciones sociales: “Amplios sectores asocian la democracia liberal con décadas de desigualdad, corrupción y promesas incumplidas”. El desgaste es progresivo y difícil de advertir en el corto plazo. “Cuando las restricciones se introducen de forma incremental y sin rupturas dramáticas, cada paso parece menos grave que el anterior. La línea de lo aceptable se corre”, apunta. A eso se suma una redefinición del propio concepto de democracia, donde “líderes populistas logran apropiarse del lenguaje democrático (“la voluntad del pueblo”, “la mayoría real”) para justificar el debilitamiento de sus contrapesos. La democracia se redefine como sinónimo de mayoría, vaciando su dimensión liberal”.

En definitiva, el deterioro democrático es parte del escenario global. Y el caso de Estados Unidos, lejos de constituir una anomalía, aparece hoy como uno de sus ejemplos más llamativos.