Europa ante Venezuela: cómo condenar sin romper y mediar sin decidir
Hay días en que la política internacional se parece a una sobremesa larga: todos hablan al mismo tiempo, nadie escucha, y siempre hay alguien que pide café para no irse. El ataque en Venezuela cayó así, como una taza golpeada contra el plato: ruido seco, eco inmediato, interpretaciones varias.
Desde Europa –ese continente que inventó el derecho internacional y ahora lo consulta como si fuera un manual viejo– llegaron palabras conocidas. Defensa. Seguridad. Excepcionalidad. Narcotráfico. El tipo de vocabulario que permite decir “no” con la cabeza mientras la boca dice “sí”, o al revés.
La posición oficial fue formulada con ese estilo que logra ser firme sin mojarse los zapatos: nadie quiere guerras, pero hay guerras que parecen inevitables; nadie avala la fuerza, pero hay fuerzas que se comprenden. Se habló de coherencia histórica, como si la historia fuera una línea recta y no una habitación llena de muebles heredados.
La comunidad italiana fue declarada prioridad absoluta. En política exterior, las prioridades siempre son absolutas hasta que dejan de serlo. Del otro lado del espectro político, la palabra “precedente” apareció como una luz roja intermitente. Si el derecho internacional se aplica a conveniencia, deja de ser derecho y se convierte en una opinión con uniforme. La legalidad como buffet libre: uno elige lo que le gusta y evita lo indigesto.
Francia eligió el camino de la advertencia elegante. Recordó que capturar a un jefe de Estado mediante una operación militar no es exactamente una innovación jurídica, sino más bien una infracción clásica. Lo dijo sin alzar la voz, como se señalan las faltas de ortografía en un manuscrito ajeno: con fastidio profesional. Y agregó algo que en diplomacia suena casi subversivo: que los pueblos deciden solos su destino, y que imponer soluciones desde afuera suele producir exactamente lo contrario de lo que promete.
El Reino Unido, todavía ocupado en comprobar si el siglo XXI lo incluye o lo tolera, optó por la prudencia metódica. Confirmó lo esencial –no participamos– y recordó lo obvio –el derecho internacional no es decorativo– con ese tono británico que ni condena ni celebra: tomó distancia, como quien observa una pelea desde la vereda de enfrente para no mancharse el traje.
España, en cambio, se ofreció. Mediadora, anfitriona. La diplomacia como sala de espera. Habló de desescalada, de moderación, de solución pacífica, de negociación. Recordó que no había reconocido elecciones previas, que había acogido exiliados, que seguía dispuesta a ayudar: es su forma de estar presente sin entrar del todo. La paz, en este caso, fue presentada como un proceso largo, lleno de matices, idealmente conducido lejos de los misiles y cerca de las mesas.
Así, cada país ocupó su lugar en la escena: unos justificando, otros advirtiendo, otros ofreciendo café. La ONU volvió a ser invocada como se invoca a un árbitro cuando el partido ya se desordenó. En el fondo, la discusión no era Venezuela. Era algo más incómodo: la facilidad con la que el lenguaje político aprende a convivir con la violencia. Cómo una operación militar puede ser presentada como gesto defensivo. Cómo la palabra “legítimo” puede funcionar como anestesia.
La escena se cerró con llamados a la moderación y exhortaciones a la paz. Después de todo, la paz también es una forma elegante de llegar tarde.
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