La histórica disputa de las potencias árabes con el país persa se reaviva con los ataques a su territorio
La arquitectura de seguridad en el Golfo Pérsico sufrió una fractura sísmica con la creciente guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán.
Tras años de una “Guerra Fría” librada a través de terceros (grupos de milicias islámicas), el conflicto entre los países musulmanes derivó en enfrentamientos directos que desdibujaron los esfuerzos diplomáticos previos, como el acuerdo de normalización entre el gobierno iraní y Arabia Saudita del 2023, mediado por China.
La guerra actual demostró que la interdependencia económica no ha sido suficiente para frenar las ambiciones de seguridad nacional. Irán, acosado por sanciones y ataques externos, optó por una estrategia de “tierra quemada” que afecta incluso a sus vecinos árabes con los que intentaba reconciliarse.
Para Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, la situación actual representa una pesadilla estratégica. Aunque ambos países árabes buscaron una desescalada con Irán para proteger sus proyectos de desarrollo económico (como la Visión 2030 saudí), los recientes ataques iraníes contra infraestructura energética en ambos-en respuesta a bombardeos israelíes y estadounidenses- han empujado a estas potencias a una postura de tensión con Teherán.
Los ataques a refinerías en Arabia Saudita y Qatar han disparado los precios del crudo un 60%, obligando a las monarquías del Golfo a coordinar con la comunidad internacional para proteger el flujo comercial.
Aunque evitan una entrada formal en la guerra para no convertirse en blancos prioritarios, Arabia Saudita advirtió que “se reserva el derecho a la legítima defensa”, alineándose tácticamente con el bloque occidental para neutralizar la amenaza de los misiles y drones iraníes.
Históricamente, Qatar jugó un papel de “puente” entre Irán y Occidente. Sin embargo, en marzo de 2026, esta posición se ha vuelto insostenible. El ataque iraní contra la refinería de gas de Ras Laffan -visto como una represalia por albergar bases estadounidenses- agravó la crisis. Doha intenta mantener canales de diálogo abiertos, pero la presión de sus aliados en el CCG (Consejo de Cooperación del Golfo) lo empuja hacia un frente árabe más unido contra la República Islámica.
Turquía, bajo el liderazgo de otro gobierno islámico, el de Recep Tayyip Erdogan, se posiciona como una potencia mediadora con intereses propios. El temor de Turquía no es solo militar, sino el colapso estatal de Irán, que podría provocar una oleada masiva de refugiados hacia sus fronteras.
Desde hace décadas Turquía e Irán compiten ferozmente por la influencia en regiones de Medio Oriente, como Irak y Siria. En ese choque, Erdogan instó a los iraníes a Irán a evitar la propagación del conflicto, manteniendo un equilibrio precario entre su pertenencia a la OTAN y su deseo de no enemistarse totalmente con su vecino persa.
Raíces religiosas. Para entender la volatilidad actual, es imperativo analizar los dos pilares que sostienen esta rivalidad histórica. Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán buscó exportar su modelo revolucionario, desafiando el orden establecido por las monarquías árabes pro-occidentales. Esta lucha no es solo por territorio, sino por el control de las rutas comerciales (como el Estrecho de Ormuz) y el liderazgo del mundo islámico.
Los analistas coinciden en que el sectarismo es a menudo instrumentalizado: los Estados utilizan la identidad religiosa para ganar legitimidad interna y externa, transformando disputas territoriales en causas sagradas para galvanizar a la población.
Si bien la geopolítica dicta los movimientos, la religión proporciona el lenguaje de la movilización de estas potencias regionales.
El sunnismo representa entre el 85 y 90% de los musulmanes a nivel global. Arabia Saudita se ve a sí mismo como el custodio de los lugares santos, La Meca y Medina, y líder del statu quo. El chiismo, en cambio, agrupa al 10 o 15%. Teherán se posiciona como el defensor de las minorías oprimidas y el líder del “Eje de la Resistencia”, que incluye a Hezbollah en el Líbano, los hutíes en Yemen y milicias en Irak y Siria.
El futuro de la región dependerá de si las potencias árabes logran forjar una arquitectura de seguridad propia o continúan siendo enemigos.
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