la tecnología y el campo militar

La inteligencia artificial se pone el casco

La guerra en Medio Oriente se convirtió en el escenario ideal para probar una nueva fase de la inteligencia artificial. Las corporaciones tecnológicas digitales, particularmente Palantir y Anduril, se están consolidando como actores fundamentales en los campos de batalla, brindando servicios esenciales para la defensa de Estados Unidos. Lo más inquietante en este momento es que por primera vez la tecnología ofrece la automatización total de la letalidad.

Militante. Peter Thiel, el creador de Palantier, la empresa tecnológica que trabaja con el Pentágono. Foto: afp

Desde que los estados dirimen sus conflictos en los campos de batalla, el hombre despliega su creatividad para diseñar instrumentos que perfeccionen el arte de matar. Por eso, la tecnología y la guerra siempre fueron de la mano. Los ejemplos sobran: desde el arco y flecha hasta los misiles supersónicos, pasando por la catapulta y la pólvora.

La industria bélica es un impulsor sistemático de innovaciones tecnológicas. Los gobiernos invierten en desarrollos para sus ejércitos que luego las empresas reconvierten en aplicaciones para la vida cotidiana. El GPS e internet son los casos más recientes de ese esquema que pone en nuestros dispositivos personales artilugios pensados para el combate. 

La actual guerra en Medio Oriente es el escenario ideal para probar una nueva fase de esa vieja historia. Llegó el turno de la inteligencia artificial y las corporaciones tecnológicas digitales se están consolidando como un actor fundamental en los campos de batalla.

Durante más de medio siglo, el poder industrial y tecnológico militar se concentró en un puñado de grandes contratistas que le dieron forma a la geopolítica de la Guerra Fría y a las intervenciones posteriores de Estados Unidos. Sin embargo, en la última década, estos clásicos proveedores del Pentágono han visto cómo su peso se relativiza ante la llegada de competidores con menos acero y mucho más silicio.

De la mano del ejército más poderoso del mundo, Boeing, Lockheed Martin y Northrop Grumman se consolidaron como las  principales empresas de la industria de la guerra a nivel mundial.

Lockheed Martin es la mayor contratista militar del planeta. Es la cuna de aeronaves icónicas y sistemas de defensa antimisiles, como el caza furtivo F-35 Lightning II, el F-22 Raptor y el avión de transporte C-130 Hércules. Boeing, por su parte, es líder mundial en la venta de aviones tripulados y no tripulados, sistemas satelitales y misiles, con productos insignia como el helicóptero de ataque AH-64 Apache y el H-47 Chinook. Finalmente, Northrop Grumman es reconocida como la constructora número uno de buques de guerra. Este poderoso establishment tradicional sigue amasando fortunas a medida que EE.UU. y sus aliados abren nuevos frentes de combate.

El Silicio va a la guerra. Desde 2017, un nuevo tipo de proveedor comenzó a mezclarse en los contratos más jugosos del Departamento de Defensa: Silicon Valley. Así, las corporaciones tecnológicas digitales, que manejan la infraestructura de la vida moderna, han incursionado de lleno en el sector militar.

Pero, ¿qué le vende Silicon Valley al Pentágono? La respuesta es simple: datos, análisis y capacidad de cómputo.

Gigantes como Microsoft, Google, Oracle y Amazon son los principales proveedores de lo que se conoce como “la nube de la guerra”. Es decir, capacidad de cómputo y almacenamiento. El Departamento de Defensa dio de baja sus vetustos centros de datos para usar una infraestructura digital similar a la que todos utilizamos en nuestros dispositivos, pero con niveles de seguridad militar.

En el sector de las comunicaciones, Elon Musk remonta vuelo con Starshield, una constelación de satélites de órbita baja que proporciona conectividad y capacidades de vigilancia y defensa. Se trata de un sistema que puede, por ejemplo, detectar y ayudar a interceptar misiles supersónicos.

Palantir y Anduril. Hay dos empresas de esta nueva era que merecen un foco especial porque su crecimiento está directamente ligado al complejo militar-industrial.

La primera es Palantir, creada por Peter Thiel, un abogado que supo rodearse de talentos tecnológicos. Es el militante de extrema derecha más libertario y furioso de Silicon Valley; autor de una frase inquietante: “La democracia no es compatible con la libertad”. Thiel creó Palantir con el objetivo expreso de poner la tecnología digital al servicio de la defensa nacional de EE.UU.

Una curiosidad: el nombre de la empresa está relacionado con el universo creado por J.R.R. Tolkien en la saga literaria El Señor de los Anillos, llevada al cine por Peter Jackson. Las Palantir son “Piedras Videntes”, un poderoso medio de comunicación que permite a sus usuarios ver cosas distantes en el espacio.

La asociación no es casual. Palantir desarrolla sistemas que interpretan la enorme cantidad de datos digitales generados por las fuerzas armadas de Estados Unidos y los convierte en decisiones de combate. Palantir transforma montañas de información en análisis y acciones militares en tiempo real. Es decir, estrategia operativa a punta de Big Data.

La otra empresa a destacar es Anduril. Su dueño, Palmer Luckey, tiene un antecedente fascinante: en la década pasada fue el creador de Oculus VR, la compañía de realidad virtual que luego vendió a Meta. En 2017 fundó Anduril con una misión puramente militar.

La empresa se enfoca en desarrollar software y hardware de inteligencia artificial para la defensa y la seguridad nacional. Su producto principal, la plataforma Lattice, utiliza sensores y algoritmos de IA para la detección y respuesta a amenazas. Luckey desarrolló enjambres de drones que actúan como una verdadera “red social del aire”. Anduril trabaja codo a codo con la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

Punto de Inflexión Ético. No es nuevo. El modo de hacer la guerra y la tecnología se realimentan en un ciclo constante. La historia menos narrada de Silicon Valley es la que cuenta cómo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial las agencias vinculadas a la defensa de Estados Unidos invirtieron fortunas en las start ups del sector. En aquellos años el objetivo era ganarle la carrera espacial a los soviéticos. Ahora la meta es neutralizar el arrasador avance de China. Con montañas de dólares es bastante sencillo activar el tecnopatriotismo.

Sin embargo, lo verdaderamente inquietante de este momento es que, por primera vez, la tecnología, através de la inteligencia artificial; ofrece la automatización total de la letalidad. La IA no solo asiste, no solo analiza; también delega en las máquinas la decisión final de matar. Este es un punto de inflexión que está obligando a repensar las doctrinas militares, las reglas de combate y, fundamentalmente, la ética humana en el conflicto. 

Siempre hubo un rey, un presidente o un general detrás de las óerdenes de abrir fuego. Alguien que cargaba con la responsabilidad de las atrocidades disfrazadas de “daños colaterales”. Eso parece ser parte del pasado.

En todo caso la guerra ya no se trata solo de quién tiene los mejores fierros, sino de quién controla el código que decide cuándo y dónde se disparan.