La política exterior como una literatura menor
Hay comparaciones que no se buscan: aparecen solas, como esas rimas involuntarias que uno detecta tarde, cuando el verso ya pasó y ya no hay forma de corregirlo. La política exterior, que presume de realismo, suele funcionar mejor cuando se la lee como literatura menor: exagerada, repetitiva, poblada de malas metáforas y de giros que se repiten hasta volverse eslóganes vacíos. En ese registro, ciertos episodios separados por décadas empiezan a dialogar entre sí, no porque sean idénticos, sino porque comparten una lógica torcida: la justificación del exceso cuando el exceso conviene. Lo excepcional, con el tiempo, deja de ser una anomalía y empieza a comportarse como método. Y cuando el método se estabiliza, deja de ser defendido: se da por sentado.
Dos escenarios revelan algo inquietantes sobre cómo se desplega el poder moderno
En ese punto emerge la comparación inevitable entre el secuestro de Adolf Eichmann en la Argentina bajo el gobierno de Arturo Frondizi, en 1960, y la captura militar y traslado a Estados Unidos de Nicolás Maduro, ordenada por Donald Trump. Dos escenas que apenas se parecen en la superficie –un operativo nocturno frente a una invasión televisada–, pero que, puestas una al lado de la otra, revelan algo inquietante sobre cómo se despliega el poder moderno: del acto clandestino al espectáculo declarado. Donde antes hubo un procedimiento silencioso, casi vergonzante, ahora hay una operación militar pública. Donde antes hubo discreción, ahora hay micrófonos, fiscales, comunicados oficiales y gráficos explicativos. Y sin embargo, ambos episodios dicen algo incómodo sobre la relación entre fuerza, derecho y relato en la política contemporánea.
Conviene detenerse en un detalle que suele mencionarse de pasada, como si fuera una nota al pie, pero que es decisivo: cuando Eichmann fue secuestrado, la Organización de las Naciones Unidas llevaba ya quince años en funcionamiento. No se trataba de un desierto jurídico ni de un mundo sin reglas, sino de un orden internacional moderno, con tratados, tribunales y una retórica enfática sobre la soberanía de los Estados. El secuestro no ocurrió antes del derecho internacional, sino después. Fue, en ese sentido, una infracción consciente y deliberada: Israel decidió que ese andamiaje era insuficiente y lo cruzó de todos modos, no por desconocimiento, sino por decisión política.
Maduro Fue transformado en un personaje de una escena abierta, interminable
Eichmann era un hombre que había logrado lo que muchos verdugos desean: desaparecer en el anonimato. Vivía con una identidad falsa, llevaba una vida mínima, como si la historia pudiera archivarse por cansancio. El operativo que lo capturó fue preciso, silencioso, casi ascético. No buscó consenso ni legitimación previa: buscó un cuerpo y lo obtuvo. La soberanía argentina fue violada sin estridencias, con una eficacia que parecía querer minimizar el escándalo. El conflicto diplomático existió –Argentina acudió a la ONU–, pero fue manejado con una especie de pragmatismo salomónico: se condenó el método, la violación del derecho, pero se toleró el resultado. La ilegalidad fue reconocida, pero absorbida como un costo necesario.
En el caso reciente, la escena trumpista pertenece a otro registro, pero no a otra lógica. No se trató de una amenaza verbal ni de un gesto simbólico: fuerzas estadounidenses ingresaron militarmente en Venezuela, capturaron al presidente en ejercicio y a su esposa y los trasladaron a Nueva York para enfrentar cargos federales. La ilegalidad de la operación ya no es un susurro diplomático sino un debate abierto, amplificado por medios, redes y declaraciones oficiales. Maduro se presentó ante la Corte estadounidense declarando que fue “secuestrado”, y su defensa cuestiona la legitimidad misma del proceso. A diferencia de Eichmann, no se trata de un criminal derrotado que reaparece desde el pasado, sino de un jefe de Estado arrancado del presente.
La diferencia de época es evidente. Donde antes había secreto, ahora hay publicidad; donde antes hubo transgresión solapada, ahora hay transgresión escenificada. El derecho internacional, que en 1960 funcionó al menos como obstáculo diplomático, hoy aparece como un dispositivo secundario, algo que se menciona para ser descartado o reinterpretado a conveniencia. En el primer caso, la búsqueda era capturar a un nazi escondido para juzgarlo; en el segundo, la captura del presidente venezolano es convertida en un acto político total, que se proyecta como demostración de fuerza y dominio, y que ya ha generado reacciones globales, protestas, sanciones cruzadas y un debate incómodo sobre soberanía y precedentes.
Eichmann fue reducido a un cuerpo culpable, juzgado y ejecutado. El proceso, con todas sus irregularidades iniciales, produjo un cierre histórico. Maduro, en cambio, fue transformado en un personaje de una escena abierta, interminable. La operación que lo extrajo de Caracas no busca cerrar un capítulo, sino abrir varios a la vez: un país sin su presidente, un gobierno administrado bajo tutela extranjera, un sistema judicial convertido en escenario geopolítico. No hay aquí voluntad de clausura, sino de administración prolongada del conflicto.
Tal vez lo más inquietante sea esto: lo que en otro tiempo fue concebido como una respuesta extraordinaria a un crimen extraordinario, hoy se degrada en un recurso político ordinario. La política ya no necesita justificar la excepción; le basta con ejercerla. El gesto ilegal no se oculta: se exhibe como señal de poder. En ese punto, el derecho –nacional o internacional– ya no es derrotado, ni siquiera violado con culpa: simplemente queda fuera de escena, como un actor anciano al que nadie se molesta en pedirle que salga a saludar.
La comparación, entonces, no busca equiparar culpas ni absolver responsabilidades. Eichmann y Maduro no ocupan el mismo lugar moral ni histórico. Lo que se pone en juego no es la identidad de los acusados, sino la naturalización de un procedimiento: la idea de que ciertos Estados pueden decidir cuándo la ley es un obstáculo prescindible. Cuando esa decisión se vuelve rutinaria, el problema deja de ser quién es capturado y pasa a ser quién decide la captura. Y cuando nadie discute ese poder de decisión, la excepción deja de ser un desvío y se convierte en regla.
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