INTERNACIONAL
la captura de nicolás maduro

El chavismo rearma su estructura de poder y evita el colapso interno

Con la detención de Maduro, el Palacio de Miraflores dejó de ser el epicentro de una voluntad única. Ahora hay un delicado equilibrio de fuerzas entre tres facciones que han decidido, al menos públicamente, cerrar filas bajo una dirección colegiada. La imposición militar de Estados Unidos los conduce a una negociación forzada para sobrevivir. Trump dijo que actuaron en forma “inteligente” y que acordaron “una gestión coordinada”.

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Plana mayor venezolana. De izquierda a derecha, Vladimir Padrino López, Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez y su hermano, Jorge Rodríguez. | afp

Lo que comenzó como una operación de extracción militar que parecía sentenciar el fin del chavismo derivó finalmente en una de las jugadas geopolíticas más sorprendentes de la década. La confirmación de una “transición coordinada” entre la administración de Donald Trump y el gobierno interino de Delcy Rodríguez transformó el tablero político venezolano.

Ya no se trata solo de quién heredó el mando tras la captura de Nicolás Maduro, sino de cómo esa nueva cúpula ha decidido negociar la supervivencia del sistema bajo la supervisión directa de Washington.

Pacto con Washington. La figura de Delcy Rodríguez ha pasado, en menos de una semana, de ser la vicepresidenta de un gobierno asediado a convertirse en la interlocutora válida del “nuevo trato” con Estados Unidos.

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Su ascenso al poder formal como presidenta encargada no fue solo un trámite legal; fue una decisión estratégica de la cúpula chavista y el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) para colocar al frente a una figura con capacidad de interlocución internacional.

El entusiasmo mostrado por Donald Trump este viernes, calificando a los actuales líderes chavistas de “inteligentes”, revela que existe un canal de comunicación fluido. La “gestión coordinada” sugiere que la facción de los hermanos Rodríguez ha logrado convencer a la Casa Blanca de que una transición controlada por ellos es más estable que un vacío de poder o una guerra civil.

Para Delcy, la negociación no es una capitulación, sino un blindaje contra el “arrasamiento” militar que Trump insinuó. El hecho de que la transición pueda prolongarse por más de un año bajo supervisión republicana otorga al chavismo un oxígeno temporal que Maduro nunca tuvo.

El dilema de Diosdado. Mientras los Rodríguez gestionan la diplomacia del petróleo y la distensión, Diosdado Cabello –el número dos en el mando– permanece como el vigilante de la pureza ideológica.

Sin embargo, su silencio tras las palabras de Trump es atronador. Para la base radical del chavismo, la idea de una transición “supervisada directamente por la administración republicana” es difícil de digerir.

La reestructuración del poder ha forzado a Cabello a un rol de “garante de la paz interna”. Su poder hoy reside en el control de la estructura territorial del partido y los organismos de seguridad. Si los Rodríguez entregan demasiado a Washington, Cabello es el único con capacidad de fracturar la unidad del PSUV.

No obstante, la amenaza de Trump sobre un “ataque más” que podría haber “arrasado todo el lugar” parece haber alineado, por ahora, incluso a los sectores más duros detrás de la estrategia de preservación.

Los militares. La reestructuración del poder no habría sido posible sin el aval inmediato de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). El general en jefe, Vladimir Padrino López, ministro de la Defensa, se ha convertido en el tercer vértice de este triángulo de poder.

Padrino López representa la estabilidad de los cuarteles y se convirtió en el pivote central. Las fuerzas armadas han aceptado el interinato de Delcy Rodríguez bajo la premisa de que evitará una intervención militar directa a gran escala.

Se especula que parte de la “coordinación bilateral” incluye la ampliación de operaciones de petroleras estadounidenses (como Chevron) a cambio de estabilidad política y la flexibilización total de sanciones.

Trump ha sido claro: el proceso podría durar más de un año. Esto redefine totalmente la política venezolana. El chavismo ya no se prepara para la resistencia en la selva, sino para una cohabitación forzada en la que el objetivo es mantener cuotas de poder regional y económico tras el fin del interinato de Rodríguez.

Este anuncio dejó en una posición incómoda a la oposición tradicional. Si la Casa Blanca está negociando directamente con el “chavismo pos-Maduro”, el liderazgo de figuras como María Corina Machado enfrenta el reto de no quedar desplazado por una “pax petrolera” acordada entre Miraflores y la Casa Blanca.

“Venezuela está feliz, creo que todos van a estar felices”, dijo Trump. Sin embargo, esa felicidad parece cimentada en un pragmatismo frío: el chavismo entrega la cabeza de Maduro y el control de la transición a cambio de no ser eliminado.

El desafío de la bicefalia. El gran reto de esta reestructuración es la coexistencia con la legitimidad reclamada por la oposición. Mientras Delcy Rodríguez ocupa Miraflores, el reconocimiento de una parte sustancial de la comunidad internacional se inclina hacia el eje González-Machado.

La transición chavista se gobierna hoy bajo una premisa de “asedio”. No hay espacio para las fisuras públicas. Sin embargo, las fuentes internas sugieren que el debate sobre cuánto ceder ante las sanciones estadounidenses y la posibilidad de unas nuevas elecciones es el punto de fricción entre el pragmatismo de Jorge Rodríguez y la línea dura de Diosdado Cabello.