El temor a una represión brutal en la República Islámica de Irán se acentuó ayer, tras más de dos días sin acceso a internet y nuevas manifestaciones nocturnas, en un movimiento de protesta inédito desde hacía años.
Las protestas, iniciadas hace dos semanas por comerciantes descontentos con la crisis económica que atraviesa el país, a las que luego se sumaron estudiantes universitarios, son uno de los mayores desafíos para las autoridades teocráticas que gobiernan desde la Revolución Islámica de 1979.
El país lleva 48 horas sin acceso a internet, a raíz de un apagón impuesto por las autoridades en todo el territorio, según la ONG especializada en ciberseguridad Netblocks. En estas condiciones, se filtra poca información.
Con el apagón de internet, el gobierno busca “ocultar la violencia infligida durante la represión de las protestas”, alertaron dos destacados cineastas y disidentes, Mohamad Rasulof y Jafar Panahi.
Cadáveres y detenciones. Shirin Ebadi, premio Nobel de la Paz iraní, advirtió que las fuerzas de seguridad podrían estar preparándose para cometer una “masacre bajo la cobertura de un apagón generalizado de las comunicaciones”.
Desde que empezó el movimiento, el 28 de diciembre, al menos 51 manifestantes murieron, entre ellos nueve niños, y cientos resultaron heridos, según afirmó la ONG Iran Human Rights. La organización dijo que contaba con imágenes de cadáveres de manifestantes amontonados en un hospital de Teherán. A esto se suman más de 1.500 detenciones, que implica la desaparición de la persona porque las autoridades no informan a dónde los llevaron.
Dentro de las movilizaciones está surgiendo un sector que impulsa el regreso Reza Pahlavi, hijo del fallecido Sha Mohammad Reza Pahlavi, depuesto por la revolución islámica de 1979.
El propio Pahlavi, que vive en Estados Unidos, instó a los iraníes a organizar protestas más focalizadas este fin de semana. Ayer se pudo ver algunas personas ondeando una bandera iraní de la época del Sha en la ciudad de Hamedán.
En Londres, donde también hubo marchas de iraníes exiliados, un manifestante reemplazó brevemente la bandera de la República Islámica de Irán por otra del antiguo régimen monárquico en la fachada de la embajada iraní.
Una economía desbordada. La economía iraní atraviesa un período de extrema fragilidad, marcado por una combinación de factores internos y presiones externas.
La moneda nacional, el rial, ha sufrido una devaluación sin precedentes, superando la barrera de 1.400.000 riales por dólar. Esto ha pulverizado el poder adquisitivo de los ciudadanos.
Aunque la inflación general ronda el 42-50%, el precio de los alimentos básicos y medicamentos ha subido por encima del 55%, haciendo que productos esenciales sean inalcanzables para gran parte de la población.
Hay una crisis de suministros y energía. Se reportaron cortes frecuentes de electricidad y escasez de agua en varias provincias, sumado a una parálisis comercial debido a huelgas de comerciantes en los principales bazares (como el Gran Bazar de Teherán).
El endurecimiento de las sanciones internacionales y las tensiones militares recientes (incluyendo ataques a infraestructuras el año pasado) redujeron drásticamente los ingresos petroleros, que apenas cubren una fracción del presupuesto nacional.
Qué reclaman los manifestantes. Lo que comenzó como una protesta por el costo de la vida ha evolucionado rápidamente hacia un desafío político estructural.
Primero, exigen frenar la inflación y medidas inmediatas para estabilizar el precio de la canasta básica. También rechazan el presupuesto de 2026, que propone aumentos de impuestos (hasta un 62%) y recortes en subsidios.
Por otro lado, existe un profundo malestar a raíz de la corrupción vigente y la gestión de los recursos. Acusan a la élite política y a la Guardia Revolucionaria de malversación.
También quieren un cambio de régimen. Bajo consignas como “¡Muerte al dictador!”, muchos manifestantes ya no piden reformas, sino el fin del sistema teocrático.
Se mantienen vigentes las demandas de movimientos anteriores (como “Mujer, Vida, Libertad”) contra la represión social y la obligatoriedad del hiyab. Finalmente, critican el financiamiento de grupos aliados en el extranjero, como Hezbollah y Hamas, mientras la economía doméstica colapsa.