opinión

Yihadismo y economía, el efecto del conflicto iraní en África

Expansión. Agrupaciones yihadistas cobran cada vez mayor fuerza en el centro de África. Foto: afp

La guerra en Medio Oriente contra el régimen de los ayatolas no parece decrecer y la permanencia del cierre iraní sobre el Estrecho de Ormuz promete deparar un descalabro financiero y económico importante en todo el mundo a pesar de las amenazas estadounidenses para que sea depuesto. Es que el 20% del petróleo se exporta atravesando ese paso estratégico y las rutas comerciales marítimas han tenido que ser modificadas. El aumento de los costos tendrá impacto en la generación de precios de muchos servicios y productos pues en estos últimos días el barril de crudo alcanzó un aumento súbito de más del 40% frente a su valor original. Esto siempre redunda en una mayor inflación, una preocupación para economías nacionales ya golpeadas por turbulencias económicas previas en el caso africano como Nigeria, Kenia o Túnez y, por otra parte, acrecentar el valor de deudas externas contraídas en dólares en países muy comprometidos como Kenia o Etiopía. 

Otra consecuencia, desde una perspectiva de seguridad, es la posibilidad de que Teherán aliente el terrorismo y promueva ataques contra objetivos de sus enemigos en distintas zonas del mundo, incluyendo África que en buena medida ya sufre el drama del yihadismo en determinadas regiones. Por caso, la acentuación de la guerra podría implicar el refuerzo de lazos de la teocracia con células islamistas, como el grupo Al-Shabab de Somalia, el cual batalla y compite por la hegemonía del país hace quince años frente a un gobierno bastante débil, pese al respaldo internacional.

Injerencias diversas. Tomando la región del Cuerno de África, cercana a la zona del conflicto que estremece al planeta, ésta hace tiempo viene siendo escenario de la competencia entre actores externos, involucrándose sobre todo en los últimos años las monarquías del Golfo Pérsico. La importancia de esa área es importante por motivos geoestratégicos, ruta obligada de paso, vía el Mar Rojo, de Europa hacia los mercados asiáticos. 

Irán mantiene una política de acercamiento a varios países africanos y habría que examinar si el conflicto actual atenta contra esa política y debilita las alianzas externas en los múltiples escenarios conflictivos y/o bélicos. Recientemente Washington declaró organización terrorista a una facción de los Hermanos Musulmanes de Sudán, nación envuelta en una brutal guerra civil hace casi tres años cuyos dos bandos mantienen alianzas con poderes externos, como en el caso de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, en inglés), con un destacado (y controvertido) apoyo de los Emiratos Árabes Unidos, además del israelí, frente a las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF), y gobierno de transición oficial, respaldado este último por Egipto y Turquía. 

Por su parte, una de las naciones protagonistas de la guerra actual, Israel, a fines de diciembre reconoció a Somaliland, país no reconocido a nivel internacional y, desde entonces, Somalia sigue reforzando la cooperación con Ankara por miedo a una descomposición en Mogadiscio, al igual que con acercamiento egipcio-somalí. En un Cuerno agitado fuera del plano internacional, Etiopía mantiene un pleito por el uso de las aguas del Nilo que lo enfrenta a Egipto y Sudán tras la inauguración de una gran represa. Somalia salió en apoyo de Sudán, así como algunas potencias de Medio Oriente como Arabia Saudita, Turquía y Egipto. 

Las tensiones etíopes con Eritrea se han reavivado tras una guerra civil devastadora de dos años (2020-2022) en la cual se involucró el régimen de Asmara y, en tal caso, si la inestabilidad aumenta, Teherán pudiera alinearse con Addis Ababa ante la posibilidad de un nuevo conflicto bilateral como el ocurrido entre 1998 y 2000, considerando que ahora ambos países son miembros BRICS y que Etiopía se halla en búsqueda de una salida estratégica al Mar Rojo. También puede ocurrir que la guerra que protagoniza Irán modifique dichas alianzas o, por el contrario, implique una desatención total a la estrategia en el Cuerno de África y en otros tableros, como el yemení, donde Irán respalda a los rebeldes hutíes. 

Otros escenarios africanos muy críticos. Otro hecho grave es que Sudán soporta desde hace tres años la peor crisis humanitaria del mundo en un conflicto que combina guerra civil y genocidio. Se estima que al menos 13 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares desde abril de 2023 y, según determinadas fuentes, el número de muertes civiles superaría las 150 mil, sumándose a ello que al menos la mitad de la población (de casi 50 millones) padece niveles de hambre preocupantes dejando un país devastado mientras las dos facciones continúan batallando por el control de ciudades estratégicas. Las negociaciones han sido un fracaso detrás de otro y no hay el más mínimo interés de las partes por llegar a la paz, menos aún en un escenario tan caliente como el desatado desde comienzos de marzo.

En cierta forma, una situación diplomática similar de la que deriva el conflicto en el noreste de República Democrática del Congo, en el cual, pese a negociaciones de paz en Washington, siguen las acusaciones cruzadas entre los gobiernos de Rwanda y el congoleño, siendo el primero acusado de respaldar a la milicia M23 que saquea los recursos del gigantesco país de África central con ganancias destinadas a Kigali. En suma, un conflicto que lleva más de un cuarto de siglo y que ha provocado al menos cinco millones de muertes, la peor cifra desde el término de la Segunda Guerra Mundial en una nación increíblemente rica pero vulnerada y olvidada para el mundo.

La misma pregunta efectuada para el Cuerno de África habría que formularla en la región del Sahel. Al igual que Somalia, varios de sus países, sobre todo de África occidental, padecen la violencia yihadista. El proceso revolucionario, a partir de los golpes de Estado en cadena desde 2020, ha implicado un retroceso para Francia, el poder neocolonial imperante, y el asentamiento con mayor fuerza de otros actores como Rusia, China o Turquía. De las juntas militares que gobiernan hace pocos años, Turquía se ha convertido en el principal proveedor de drones militares, en competencia con Irán que ha afianzado lazos particularmente con Níger respecto de su uranio, frente a la amenaza de Teherán azuzada por Occidente respecto del eventual desarrollo de un programa nuclear con fines bélicos.

De nuevo, habrá que evaluar si la guerra que padece el régimen de los ayatollah deviene en una pérdida de atención de la situación saheliana y repunta la violencia yihadista en esos países y en vecinos, como Nigeria, víctima frecuente de la agrupación Boko Haram y su escisión aliada al Estado Islámico hace casi veinte años. Otro escenario crítico respecto del terrorismo islamista es el norte de Mozambique o la misma República Democrática del Congo, al ser, de entre más de cien grupos armados rebeldes, uno muy activo y poderoso aliado del Estado Islámico.

Omer Freixa es historiador africanista y consejero consultivo de CADAL (www.cadal.org)