El editorial de Jorge Fontevecchia

Día 753: Milei comienza el síndrome del tercer año

Si la economía no logra traducir la estabilidad en bienestar tangible, el “síndrome del tercer año” puede volver a activarse en su forma más conocida: frustración social, conflicto y desgaste acelerado del capital político.

Javier Milei Foto: Agencia NA

El “síndrome del tercer año”, si bien no es una definición científica, se apoya en la experiencia empírica. Se trata de ubicar un momento decisivo para la gestión de cualquier presidente con mandato de cuatro años y suele marcar la posibilidad o no de la reelección.

La reiteración de las principales dificultades pasada la mitad del mandato se debe no solo a las particularidades políticas y económicas de la Argentina, con crisis económicas recurrentes y una alta dependencia de las divisas del exterior, que generan una dinámica de “stop and go” en la economía, sino también a la regularidad del sistema político basado en mandatos de cuatro años.

Si el primer año es la “luna de miel”, donde el presidente tiene viento a favor, el segundo obliga a tensar los músculos para imponerse en las elecciones de medio término, lo que genera un agotamiento que se pone a prueba en el tercer año de mandato.

En un reciente artículo para La Nación, el periodista Jorge Liotti cita un párrafo de su libro La última encrucijada, donde se resume esta dinámica:

“En el primer año los gobiernos tratan de asentarse, de encontrar una dinámica y de integrar roles de un gabinete que cada vez se conforma más improvisadamente sobre el límite de la asunción. Es decir, tratan de ver dónde están parados. Al siguiente, necesitan revalidar electoralmente para tener un horizonte de continuidad y, en consecuencia, ordenan los gastos y las prioridades en función de la campaña. El desequilibrio que generan en ese segundo año, ganen o pierdan, impacta en forma decisiva en el tercero, que es el que supuestamente está destinado a gobernar sin interferencias electoralistas. Y allí colapsan, en general en el primer semestre. Se quedan sin recursos, sin plan y sin financiación”.

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Si vamos a ejemplos históricos en nuestro país, el más extremo de la historia reciente es, sin dudas, el de Fernando de la Rúa, que directamente no pudo transcurrir más de un mes de su tercer año tras perder las elecciones de medio término en 2001, y fue expulsado del poder en medio de un estallido social.

Cristina Kirchner comenzó en 2014 el tercer año de su segundo mandato, y su declive se profundizó tras la devaluación del 22% en enero de ese año, con Juan Carlos Fábrega como presidente del Banco Central y Axel Kicillof como ministro de Economía.

El tercer año de Mauricio Macri también marcó el derrumbe de su presidencia, a pesar de haber ganado las elecciones de medio término en 2017, con una reforma previsional resistida socialmente que lo obligó luego a buscar un nuevo préstamo con el FMI.

Y Alberto Fernández, que había alcanzado índices de aprobación cercanos al 80% en medio de la pandemia, tras perder las elecciones legislativas de 2021 sufrió en su tercer año la renuncia de su ministro de Economía y el virtual traspaso del poder a Sergio Massa sobre el final de su mandato.

Aunque los ejemplos argentinos nos resultan más cercanos y familiares, el “síndrome del tercer año” no es exclusivo de nuestro país. En 2013, tercer año de gobierno de Dilma Rousseff, estallaron protestas masivas por tarifas, transporte y corrupción. Ese año marcó el quiebre político de su presidencia: perdió el control del Congreso, se erosionó su legitimidad y se abrió el camino al impeachment de 2016.

En Chile, Sebastián Piñera sufrió, en octubre de 2019, al inicio de su tercer año, el estallido social más grande desde el retorno a la democracia. El Gobierno entró en estado de supervivencia y comenzó un proceso constituyente que no le permitió volver a gobernar con normalidad.

Donald Trump también atravesó esta lógica: en 2019, tercer año de su primera presidencia, enfrentó un impeachment por el caso Ucrania. Aunque no fue destituido, quedó políticamente debilitado y llegó a 2020 con una coalición fragmentada, lo que lo condujo a la derrota frente a Joe Biden.

En el segundo año de su mandato, Javier Milei tuvo a favor una serie de golpes de fortuna provenientes del exterior, especialmente de Estados Unidos, tras el regreso de Trump a la Casa Blanca. Ese cambio geopolítico habilitó primero un préstamo extraordinario del Fondo Monetario Internacional (FMI) y luego una transferencia directa desde el Tesoro norteamericano, fondos que permitieron reforzar reservas, sostener la salida del cepo y frenar corridas cambiarias en los momentos más delicados.

Ese auxilio llegó cuando el Gobierno estaba cercado por escándalos internos y cuestionamientos sociales, como el caso de la criptomoneda $LIBRA, que involucró al propio Presidente, además de denuncias de corrupción que alcanzaron a su entorno y a su principal candidato electoral en la provincia de Buenos Aires, José Luis Espert, y la investigación de ANDIS, que involucra a su hermana, Karina Milei, y a Martín Menem.

La intervención estadounidense tuvo también un efecto político decisivo: se anunció a pocas semanas de una elección clave y quedó condicionada al triunfo de Milei, instalando en amplios sectores de la sociedad el temor a un colapso económico si el oficialismo perdía. Con el dólar estabilizado por esos fondos frescos, el Gobierno logró revertir un escenario que parecía terminal y avanzar luego con la aprobación del Presupuesto, aunque con costos como un nuevo paro general y una relación cada vez más tirante con el Congreso.

Milei entra a su tercer año en una posición política más sólida: ganó con amplitud, amplió su base legislativa y enfrenta a una oposición desorientada. El principal riesgo político no proviene de adversarios externos, sino de errores autoinfligidos dentro del propio oficialismo, que comenzarán a ponerse a prueba con la reanudación de la actividad parlamentaria.

Desde la teoría narrativa, el “síndrome del tercer año” puede leerse también como el ingreso forzado al tercer acto del relato. No faltan elementos para comparar a Milei con el personaje principal de una tragedia griega. Como relata Juan Luis González en su biografía, tras una intervención divina se convenció de que debía llegar a la presidencia, lo que logró sin un partido nacional y casi sin recursos. Una gesta comparable a la de un héroe trágico que asciende hasta el clímax antes de caer por su propia soberbia y errores.

Si el primer acto es la presentación del héroe y el segundo es el desarrollo en el que acumula recursos y aliados para la batalla de medio término, el tercero es el momento en que los actos se convierten en consecuencia y desenlace: ya no importa lo que el protagonista quiso hacer, sino lo que efectivamente hizo y, sobre todo, lo que resultó de ello.

En el tercer acto de la tragedia clásica, el protagonista toma conciencia de los errores que lo llevan inexorablemente al desenlace trágico. Es el momento en que la audiencia deja de identificarse con él y comienza a observarlo con distancia crítica: el héroe se transforma en figura trágica.

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Los desafíos más serios que enfrenta Milei están en la economía y en lo social. Tras priorizar el ajuste fiscal, la desinflación y el ordenamiento macroeconómico, ahora debe sostener esos logros mientras reactiva actividad, consumo y empleo, un trilema que economistas advierten que no puede resolverse sin resignar alguna variable. Hay señales de crecimiento, pero con riesgos en el tipo de cambio, las reservas y el empleo.

Según una reciente encuesta de Poliarquía, el 42% de los argentinos evalúa de forma positiva los dos primeros años de gestión de Javier Milei y el 50% cree que 2026 será un año mejor. En ese marco, un 41% afirma que lo apoyaría en una eventual reelección en 2027.

Milei tiene a favor que la ciudadanía todavía “elige creer”. A pesar de los signos de agotamiento económico, muchos argentinos siguen esperando que la economía mejore, confiando en que el sacrificio valga la pena. Esta expectativa explica, en parte, que los escándalos de corrupción que rodean al Gobierno no estén hoy en primer plano. Pero surge la pregunta: ¿qué podría ocurrir si las variables económicas no acompañan y las expectativas empiezan a frustrarse?

Aunque el nivel de respaldo sigue siendo elevado, se encuentra por debajo del que tenía Macri en 2017, cuando el 51% apoyaba su continuidad. En el caso de Milei, el rechazo a la reelección alcanza el 48% y un 11% todavía no tomó posición, según la misma encuesta.

La economía aparece como el principal activo del Gobierno: el 45% de los encuestados la señala como el mayor logro de la gestión. Le siguen la seguridad (15%) y la Justicia (8%), mientras que la principal crítica recae en la falta de inversión en obra pública, especialmente entre quienes votaron a Massa en 2023.

La aprobación de la gestión subió al 54% después de las elecciones legislativas, con un rechazo del 44%, revirtiendo la tendencia negativa de octubre. Aun así, esos niveles están lejos de los registrados en diciembre de 2023, cuando solo el 28% desaprobaba al Presidente, aunque el humor social muestra una mejora y crecen la esperanza y la tranquilidad respecto del rumbo del país.

Sin embargo, y más allá de la percepción del ciudadano común, la gestión económica de Javier Milei no solo no cumplió sus promesas centrales, sino que empieza a mostrar señales de agotamiento en casi todos los frentes. El objetivo de llevar la inflación a niveles cercanos a cero fracasó: lejos de estabilizarse, el IPC volvió a escalar y encadena varios meses de subas, pese al uso simultáneo del ancla cambiaria, salarial y fiscal.

En el plano financiero, el Gobierno no logró reducir el riesgo país ni recuperar el acceso al crédito internacional, lo que dejó a Luis Caputo dependiendo de maniobras de emergencia para conseguir dólares y afrontar vencimientos de deuda. A esto se suma la inestabilidad del régimen cambiario, que ya fue modificado varias veces en menos de un año: del crawling peg al 1%, luego a una banda tras el acuerdo con el FMI y ahora a un esquema que, en los hechos, vuelve a quedar indexado a la inflación pasada.

El periodista económico Alfredo Zaiat, a quien entrevistamos el martes pasado, recordó que el supuesto superávit financiero es un dibujo contable, porque excluye un gasto clave: los intereses de la deuda. Esa omisión explicaría por qué el FMI introdujo salvedades en el acuerdo y por qué el equilibrio que exhibe el Gobierno no sería real.

También señaló que, salvo energía, minería y finanzas, el resto de los sectores cae, se destruye empleo formal, crece la informalidad con salarios muy bajos y las familias están cada vez más endeudadas y con mayor morosidad. Además, como sostenemos en esta columna, considera que las expectativas con Milei podrían empezar a diluirse al calor del “síndrome del tercer año”.

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El Gobierno ha planteado su agenda 2026 en función de avanzar con reformas estructurales. Lo central es la reforma laboral, un nuevo megaproyecto que intentará aprobar apoyado en la nueva composición de ambas cámaras. Pero esto podría generar un escenario de mayor conflictividad social.

La CGT, luego de entablar canales de diálogo con el oficialismo, considera que el proyecto quedó muy por debajo de sus expectativas. Por eso, mientras intentan mantener abiertos esos canales, ya activaron una movilización a Plaza de Mayo y no descartan un nuevo paro general. A partir de mediados de enero retomarán gestiones con gobernadores y bloques legislativos, convencidos de que aún hay margen para modificar el proyecto o frenar su tratamiento.

Los estatales pueden convertirse en otro frente de conflicto. La gestión de Milei produjo, entre diciembre de 2023 y noviembre de 2025, el mayor recorte de empleo público nacional de las últimas décadas: cerca de 60.000 puestos de trabajo, según datos oficiales.

Las universidades, que protagonizaron las movilizaciones más numerosas contra el Gobierno, también son un posible foco de tensión. El Presupuesto 2026 aprobado por el Congreso consolida un ajuste histórico sobre el sistema universitario argentino: los recursos para las casas de estudio caerán un 33,8% en términos reales respecto de lo ejecutado en 2023 y la inversión en educación superior se ubicará en apenas el 0,47% del PBI, el nivel más bajo en décadas. Además, se derogó el artículo de la Ley de Educación que garantizaba un piso de financiamiento no inferior al 6% del producto, dejando al sistema sin un resguardo legal frente a futuros recortes.

Si la economía no logra traducir la estabilidad en bienestar tangible, el “síndrome del tercer año” puede volver a activarse en su forma más conocida: frustración social, conflicto y desgaste acelerado del capital político.

¿La Argentina estará dispuesta a tolerar otro experimento fallido? El crédito que hoy todavía se expresa en las encuestas es tan real como frágil. Milei enfrenta, entonces, su prueba más difícil: demostrar que no es solo un outsider que llegó contra todo pronóstico, sino un gobernante capaz de convertir su gesta personal en un proyecto colectivo antes de que el tercer acto cierre, como tantas veces, con un desenlace anunciado.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

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