Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 898: Cuba, ¿el próximo Puerto Rico?

La crisis cubana ya no expone solamente el desgaste económico y político de la Revolución: también reactiva una lógica geopolítica que parecía enterrada. Ahora, Cuba vuelve a ocupar un lugar central en la estrategia de Washington sobre América Latina.

Día 898: Cuba, ¿el próximo Puerto Rico? Foto: Net Tv

La doctrina Monroe nació por Cuba hace 203 años y concluye ahora con la doctrina Donroe, de Donald Trump, también por Cuba. Tras la visita del presidente norteamericano a China, concedió a Xi Jinping que Estados Unidos reevaluará su política sobre la independencia de la isla de Taiwán, aceptando tácitamente que el área geográfica asiática era de su exclusiva incumbencia, lo que prepara el terreno para que, de igual manera, el área americana sea de exclusiva incumbencia norteamericana, simplificadamente la isla de Taiwán para China y la isla de Cuba para Estados Unidos.

Y ayer la gobernadora de Puerto Rico, Jenniffer González, aseguró que Donald Trump planea una intervención militar en Cuba “la próxima semana” y afirmó que Puerto Rico funciona como una base estratégica de Estados Unidos en la región. La gobernadora vinculó esa supuesta ofensiva con lanueva guerra fría” que Washington mantiene contra China, Rusia e Irán, y sostuvo que el territorio puertorriqueño ya había sido utilizado en operaciones previas contra Venezuela. Desde la Casa Blanca no hubo confirmaciones ni respuestas oficiales sobre las declaraciones.

Vamos a escuchar sus propias declaraciones.

La crisis cubana ya no parece ser únicamente el final de un modelo económico: puede convertirse también en el cierre definitivo de una época de la actitud de Estados Unidos hacia Latinoamérica. Donald Trump interpreta la debilidad actual de la isla como una oportunidad geopolítica para restaurar la vieja lógica de subordinación hemisférica de Estados Unidos. Y Cuba, agotada por décadas de bloqueo, errores internos y desgaste político, enfrenta quizás el momento más delicado desde 1959.

La Doctrina Monroe, proclamada en 1823 bajo la consigna América para los americanos”, nació formalmente como una advertencia de Estados Unidos a las potencias europeas para que no intervinieran más en el continente americano. Pero detrás de esa formulación defensiva latía otra idea: que el hemisferio occidental debía quedar bajo la órbita de Estados Unidos. Y si hay un territorio donde esa doctrina encontró su laboratorio histórico fue Cuba previa a la Revolución.

La guerra hispano-estadounidense de 1898 no solo expulsó definitivamente a España de la isla: convirtió a Cuba en el ensayo general de la hegemonía norteamericana en América Latina. Mientras Puerto Rico pasó directamente a manos estadounidenses, Cuba quedó atrapada en una independencia condicionada, subordinada por la Enmienda Platt y por la tutela permanente de Washington. En otras palabras: la Doctrina Monroe comenzó prometiendo liberar a América de los imperios europeos y terminó inaugurando otro tipo de imperio, mucho más cercano y persistente.

Por eso resulta imposible entender el presente sin mirar esa genealogía. Para buena parte del establishment estadounidense, Cuba sigue siendo una anomalía intolerable a apenas 144 kilómetros de Florida. Y para Donald Trump, cuya concepción del poder internacional parece combinar nacionalismo económico, expansionismo territorial y nostalgia imperial, el continente entero vuelve a ser una zona natural de influencia de Washington. 

Cuando Trump desliza que Canadá debería ser elestado 51” o trata a Venezuela como un protectorado fallido, reaparece una vieja pulsión histórica: la idea de que América existe para orbitar alrededor de Estados Unidos. Cuba, como hace más de un siglo, vuelve a ser el símbolo más sensible de esa obsesión.

La cuestión de Taiwán y la de Cuba empiezan a revelar una misma lógica de época. En el nuevo escenario internacional, las grandes potencias parecen abandonar progresivamente el lenguaje universalista de la globalización para volver a pensar el mundo en términos de zonas de influencia territorial. Para China, Taiwán representa una cuestión existencial ligada a la reunificación nacional y al control estratégico del Pacífico. Para Estados Unidos, Cuba continúa siendo —desde la Doctrina Monroe hasta hoy— una pieza sensible dentro de su perímetro geopolítico en el Caribe. En ambos casos, la discusión excede largamente a los propios territorios involucrados: se trata de cómo las superpotencias redefinen sus límites de tolerancia y de control en un mundo cada vez menos multipolar y más dividido en esferas de poder.

Ese cambio de clima quedó particularmente expuesto durante el reciente viaje de Donald Trump a Pekín. Allí, Trump discutió personalmente con Xi Jinping la cuestión taiwanesa y sugirió que las ventas de armas estadounidenses a Taiwán podían convertirse en unaficha de negociación” dentro de la relación bilateral con China. La sola idea de negociar el respaldo militar a Taiwán encendió alarmas en Taipei y entre especialistas en política exterior, porque rompe con décadas de ambigüedad estratégica estadounidense respecto a la isla. Trump incluso evitó comprometerse públicamente sobre si Estados Unidos defendería militarmente a Taiwán en caso de una ofensiva china y llegó a afirmar que Xi considera a la islaparte de China”, agregando que eso “depende de él”.

Trump recibió a Flavio Bolsonaro y aceptó sacarse una foto con el candidato

La reunión de Donald Trump con Flávio Bolsonaro en el Despacho Oval, apenas semanas después de haber recibido a Luiz Inácio Lula da Silva, fue otro síntoma de este cambio de época, mucho más que un gesto protocolar. Funcionó como una señal política hacia toda América Latina: Washington vuelve a involucrarse de manera explícita en las disputas internas de la región, eligiendo interlocutores, construyendo alianzas ideológicas y otorgando legitimidad internacional a dirigentes alineados con su agenda. La foto con Trump buscó revitalizar la candidatura de Bolsonaro hijo en medio de una crisis política y judicial, pero también reactivó el temor histórico a una injerencia norteamericana en los procesos democráticos latinoamericanos.

Leída en clave de Doctrina Monroe, la escena adquiere otra dimensión. Así como en el siglo XX Estados Unidos intervenía apoyando gobiernos, militares o élites consideradas funcionales a sus intereses hemisféricos, hoy el trumpismo parece intentar reorganizar un bloque político continental propio, articulado alrededor de dirigentes conservadores y nacionalistas afines. En un mundo atravesado por la disputa con China y por el retorno de las áreas de influencia, América Latina vuelve a aparecer para Washington como un espacio estratégico que no está dispuesto a perder.

Volviendo a Cuba, antes de la Revolución Cubana de 1959, La Habana era presentada por amplios sectores críticos como “el casino de Estados Unidos”: un territorio atravesado por la influencia económica norteamericana, el turismo de lujo, las mafias vinculadas al juego y una fuerte dependencia política de Washington. Luces de neón, fichas de casino contrastaban con las penurias que vivía su pueblo y el fallido intento de consolidar un sistema democrático, aplastado por la dictadura de Fulgencio Batista.

Veamos cómo se ilustra ese momento histórico en una escena del clásico de Francis Ford Coppola: El Padrino.

Mientras Cuba se convirtió, tras la Revolución de 1959, en el emblema latinoamericano de la confrontación con Estados Unidos y de la vía socialista armada, Costa Rica representó casi el camino inverso: abolió el ejército en 1948, consolidó un sistema democrático, pero fuertemente atado a la voluntad de Washington. Durante la Guerra Fría, ambos países quedaron como símbolos contrapuestos de dos modelos para América Latina: la revolución antiimperialista y militarizada en Cuba frente a la estabilidad institucional y desmilitarizada costarricense.

La tensión entre Washington y La Habana se profundizó después de que el Departamento de Justicia estadounidense imputara al expresidente Raúl Castro por el derribo de dos avionetas de la organizaciónHermanos al Rescate” ocurrido en 1996, donde murieron tres ciudadanos estadounidenses y un residente cubano exiliado. La administración Trump endureció su discurso contra el gobierno cubano, impulsó contactos de la CIA con funcionarios de la isla y reiteró públicamente que Cubanecesita ayuda”.

Trump necesita un triunfo interno. La intervención en Venezuela ha generado un fuerte rechazo interno en Estados Unidos, al igual que la guerra de Irán, que no logró terminar con el régimen de los ayatolás de manera rápida, como había prometido el mandatario.

Pero además, todo esto ocurre en medio de una crisis económica y energética sin precedentes en la isla, agravada por las sanciones estadounidenses y el bloqueo sobre el suministro de combustible. Mientras sectores del exilio cubano en Miami reclaman abiertamente el fin del gobierno comunista, dentro de Cuba aumenta el malestar social por los apagones, la escasez y el deterioro de las condiciones de vida. 

La posibilidad de una intervención militar sigue siendo incierta y aparece rodeada de especulaciones políticas, pero comienza a ser plausible en el escenario actual.

Veamos un informe de Telemundo sobre los apagones de este martes.

La semana pasada entrevistamos en este mismo programa a Frank García Hernández. El sociólogo e historiador cubano sostiene que el secretario de Estado, Marco Rubio, está impulsando una estrategia de máxima presión sobre Cuba, intentando forzar una rendición del gobierno cubano mediante amenazas militares, incluso contemplando una operación rápida para eliminar a la cúpula dirigente encabezada por Raúl Castro. García Hernández afirma que en la isla ya existen simulacros escolares, alarmas y guías familiares ante una posible intervención, y calcula que hoy hay “un 50% más uno” de probabilidades de un ataque militar estadounidense.

Sobre Rubio específicamente, el analista remarca que su figura está creciendo en popularidad dentro de sectores desencantados de la sociedad cubana. 

Escuchemos sus palabras.

La generación cubana que hoy llega a la adultez creció en un país radicalmente distinto al de sus padres y abuelos. Muchos no conocieron a Fidel Castro como una presencia política real sino apenas como una figura histórica, casi museística, mientras que su experiencia cotidiana estuvo atravesada por internet, las redes sociales y el contacto permanente con relatos externos al discurso oficial. 

Esa ruptura generacional modificó la relación emocional con la Revolución: ya no existe la épica compartida que durante décadas funcionó como reserva simbólica del régimen en cada crisis económica o política. 

La singularidad de esta crisis radica en que no parece estar en discusión únicamente un gobierno o un modelo económico, sino la propia idea de nación construida desde 1959. La Revolución Cubana había fusionado patria y revolución en un mismo concepto: no había Cuba posible fuera del proyecto revolucionario. Pero al erosionarse ese relato, también se erosionan los símbolos y mitologías que sostenían la identidad colectiva. 

En una extensa entrevista con Alejandro de la Fuente, el historiador sostuvo que Cuba atraviesa una crisis mucho más profunda que un mero colapso económico: lo que está en juego es la propia idea de nación construida desde 1959. 

De la Fuente, una de las voces académicas más reconocidas sobre la historia cubana contemporánea, analizó cómo la Revolución terminó derivando en aquello que originalmente buscaba combatir: una economía dependiente de subsidios externos, un poder concentrado y una estructura estatal incapaz de sostener bienestar social.

Para el historiador, el mayor fracaso del sistema cubano fue haber reemplazado la dependencia histórica de Estados Unidos por otra aún mayor primero respecto de la Unión Soviética estalinista y de Venezuela después. 

Uno de los aspectos más dramáticos señalados en la entrevista fue el éxodo masivo de jóvenes cubanos. Desde 2021, uno de cada cinco habitantes abandonó la isla. 

Durante años, el conflicto con Estados Unidos terminó funcionando como una fuente permanente de legitimación para el régimen cubano. Cada vez que existió una oportunidad de acercamiento real, las autoridades cubanas sabotearon el proceso porque necesitaban preservar la lógica de confrontación. 

De la Fuente critica que la Revolución, con aspiraciones justas, derivó en unaoligarquía autoritaria” sostenida por una corporación militar. Sin embargo, también identificó algunos focos de esperanza en el emergente sector privado cubano y en los vínculos reconstruidos entre la isla y la diáspora cubanoamericana. Para el historiador, una eventual reconstrucción de Cuba dependerá de crear un sistema transparente y previsible que atraiga inversiones y permita reconstruir la infraestructura básica. Pero advirtió que cualquier transición democrática exigirá abrir espacios de poder fuera del monopolio estatal y militar. Y concluyó que para buena parte de los jóvenes cubanos la palabra “Revolución” ya perdió sentido.

Por otra parte, Julio Carranza Valdés, economista académico cubano, sostuvo en este programa que Cuba necesita “una reforma económica profunda como China y Vietnam” para evitar un deterioro aún mayor de la crisis que atraviesa la isla. 

Vamos a escucharlo.

Carranza es exsubdirector del Centro de Estudios sobre América de La Habana y especialista en reformas estructurales. 

Sin embargo, sostuvo que aún hay una fuerte aspiración a defender la independencia del país. Que el mismo cubano que puede criticar la situación y al gobierno es el mismo que está dispuesto a defender la soberanía de Cuba. 

Para el economista, la sociedad cubana vive una combinación explosiva del impacto del bloqueo, errores internos de gestión y una crisis energética que paraliza la vida cotidiana, pero aun así persiste un fuerte rechazo a cualquier intento de injerencia militar estadounidense.

La crisis energética en Cuba alcanzó por estos días un nivel extremo: millones de personas dejaron de tener acceso regular al gas para cocinar y comenzaron a recurrir al carbón, la leña e incluso al plástico para preparar alimentos. 

En Santiago de Cuba, familias enteras sobreviven entre apagones de hasta veinte horas diarias y edificios semioscuros donde los ascensores ya no funcionan. 

El deterioro es especialmente visible en los complejos habitacionales construidos durante el auge revolucionario de los años 80, presentados en aquel entonces como símbolos del futuro socialista cubano. Hoy muchos de esos departamentos están vacíos debido a la emigración masiva y quienes permanecen cocinan en balcones o pasillos utilizando fogones improvisados. 

Es este el fondo económico y social sobre el que funcionarios y legisladores estadounidenses comenzaron a hablar de distintos escenarios posibles para el futuro cubano, desde una operación directa hasta una negociación interna o un eventual colapso del sistema. Violando la soberanía nacional de la isla.

El primer escenario contempla una operación militar o de comando para capturar a Raúl Castro y trasladarlo a Estados Unidos, siguiendo modelos como la captura de Manuel Noriega en 1989 o la reciente detención de Nicolás Maduro en Venezuela. Algunos legisladores republicanos, como Rick Scott, sostienen que “lo mismo que le pasó a Maduro debería pasarle a Raúl Castro”. Expertos consideran que una operación de ese tipo sería militarmente posible, aunque extremadamente riesgosa y de impacto político incierto. 

Aunque su figura resulta más difusa para las nuevas generaciones, a sus 94 años, Castro conserva un fuerte valor simbólico dentro de la historia de la Revolución, pero ya no ocupa formalmente el centro del poder cubano. 

La segunda posibilidad es que Washington impulse una transición negociada dentro del propio sistema cubano, similar al modelo venezolano posterior a Maduro. La administración Trump ya mantuvo contactos con dirigentes cubanos vinculados al aparato de seguridad y sectores militares, mientras el secretario de Estado Marco Rubio ha hablado de un eventual “acuerdo negociado”. 

La idea sería promover un recambio de liderazgo que preserve parte de la estructura estatal, pero permita abrir la economía, ampliar inversiones extranjeras y reducir la influencia rusa y china en la isla. El problema para Estados Unidos es que, a diferencia de Venezuela, en Cuba no aparece una figura clara capaz de encarnar esa transición. El poder se encuentra mucho más concentrado y opaco, especialmente alrededor de sectores militares y empresariales vinculados al Estado.

El tercer escenario es el más incierto y potencialmente más caótico: el colapso gradual de Cuba bajo el peso de la crisis económica. La falta de combustible, la caída del turismo y los cortes eléctricos diarios ya están empujando a millones de cubanos a condiciones extremas de supervivencia. Sin embargo, especialistas advierten que una economía destruida no implica automáticamente el derrumbe del aparato estatal. 

El gobierno cubano mantiene fuertes mecanismos de control político y seguridad interna, incluso en medio del deterioro social. Aun así, un agravamiento de la situación podría desencadenar un éxodo masivo hacia otros países, especialmente hacia Estados Unidos, reproduciendo escenas similares a las crisis migratorias haitianas o cubanas del pasado. 

“Cuba necesita una reforma económica profunda como China y Vietnam”, afirma un economista cubano

Sin embargo, detrás de cada uno de estos escenarios geopolíticos existen millones de vidas concretas atravesadas por el miedo, el cansancio y la incertidumbre. Hay familias que pasan noches enteras sin electricidad, jóvenes que abandonan la isla dejando atrás a sus padres y abuelos, médicos que siguen trabajando en hospitales deteriorados y personas que, aun criticando al gobierno, sienten angustia ante la posibilidad de que Cuba vuelva a convertirse en un territorio controlado desde afuera.

Nada de esto obliga a romantizar los errores, silencios o autoritarismos que atravesaron la experiencia cubana. La falta de libertades políticas, la concentración del poder y el deterioro económico terminaron erosionando buena parte de la legitimidad conquistada por la Revolución en sus primeras décadas. Pero tampoco debería olvidarse aquello que originalmente representó para América Latina: la voluntad de un pequeño país de no aceptar pasivamente el lugar subordinado que las grandes potencias parecían asignarle. Durante décadas, para millones de latinoamericanos, Cuba representó dignidad nacional, soberanía y la idea —acertada o equivocada— de que la región podía intentar construir un destino propio.

Tal vez el mayor desafío del presente sea precisamente separar esas aspiraciones históricas de las deformaciones posteriores del régimen. Defender la democracia, las libertades individuales y el pluralismo político no implica aceptar que cualquier intervención extranjera sobre América Latina sea legítima. Del mismo modo, cuestionar el bloqueo, las amenazas militares o la lógica imperial de Washington no obliga a justificar cada decisión del gobierno cubano. La región ya pagó demasiadas veces el precio de quedar atrapada entre dictaduras internas y tutelas externas.

Si la experiencia cubana efectivamente entra en su etapa final, tal como fue concebida en 1959, lo que debería sobrevivir no es el modelo cerrado que terminó agotándose, sino la pregunta más profunda que aquella revolución puso sobre la mesa: cómo construir países más justos, soberanos y menos humillados en un mundo desigual. Porque América Latina necesita democracia, necesita desarrollo y necesita libertad; pero también necesita conservar algo esencial: el derecho a decidir su propio destino sin volver a convertirse en el casino o el patio trasero de nadie.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

 

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