Día 913: Cómo le explicamos a un marciano que Milei podría ser reelecto
La mejora en la imagen del presidente alimenta las posibilidades de una reelección, pese a las dificultades económicas que atraviesan los sectores de la sociedad. Con el miedo y la bronca como factores determinantes, el escenario político vuelve a mostrar fuertes tensiones de cara a 2027.
Luego de que el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y su mujer, Bettina Angeletti, pidieran incorporarse a los beneficios de la Ley de Inocencia Fiscal para blanquear dinero sin tener que demostrar procedencia, presentó su declaración jurada en la que admitió tener ahorros por medio millón de dólares en negro. La jugada es tan burda y de mal gusto como las cascadas que presentó en su casa de Indio Cuá. Por otro lado, según un informe del Observatorio de Industriales Pymes Argentinos en el que se proyecta el cierre de empresas, hacia fines de este año cerrarán en total unas 40 mil empresas y se perderán 500 mil puestos de trabajo. El mismo estudio indica que solo en febrero de este año tuvieron que bajar las persianas unas 10 mil empresas. A contramano de todo esto, quien está al frente de la consultora Trespuntozero, Shila Vilker, en este mismo programa explicó que el Gobierno y el propio presidente, Javier Milei, recuperaron un 20% de su imagen positiva. Volviendo a la metáfora del Presidente, ¿cómo podríamos explicarle lo que sucede en nuestro país a un marciano que intentase entendernos? No es nada fácil, pero vamos a intentar hacerlo en esta columna.
Pero antes que eso, vamos a explicar brevemente que no es solo la consultora de Shila Vilker la que ve esta remontada del oficialismo. Distintas consultoras registran en junio una mejora en los números del presidente Milei luego de meses de caída sostenida. Atlas Intel, en su relevamiento de mayo para Bloomberg, registró que la desaprobación de Milei bajó 5 puntos respecto de abril —cuando había marcado el 63%, el máximo de la gestión— ubicándose en 58,3%, mientras que la aprobación trepó casi 4 puntos hasta el 39,9%.
La señal se repite en otras mediciones. La consultora CB Global Data relevó que en junio Milei subió tres posiciones en el ranking de aprobación de mandatarios latinoamericanos, alcanzando el puesto 13 entre 18 presidentes evaluados, con una imagen positiva del 37,9%. El estudio, realizado entre el 2 y el 7 de junio sobre más de 40.000 encuestas, confirma la tendencia ascendente respecto de mayo.
Un informe de El Cronista del 4 de junio describe el fenómeno como un "punto de inflexión": mejora la percepción económica y repunta el humor social. El consenso entre las medidoras apunta a una recuperación real, aunque frágil, condicionada por la evolución del poder adquisitivo de cara al año electoral.
Si la dinámica sigue de la misma manera hacia la elección del año que viene, Axel Kicillof, hoy el principal candidato opositor, depende de la acción de dos mujeres para poder evitar una reelección de Milei: Cristina Kirchner y Myriam Bregman. La primera puede romper el frente peronista y la posibilidad de una alianza opositora más amplia que vaya desde el peronismo hasta la centroderecha, y la segunda puede crecer comiéndole votos a ese espacio hasta dejarlo en 30%. Si Milei llega al 40% y tiene ventaja de más de 10 puntos, gana en primera vuelta.
Es decir, las encuestas muestran que el resultado de 2027 depende menos de sus propios números que de lo que haga la oposición. La consultora Tendencias relevó que, en un escenario multipartidario, Milei obtiene el 38,1% frente al 33% del peronismo, mientras Bregman se consolida como tercera fuerza con el 11,4%.
Una encuesta de la consultora Mide señala que el techo electoral potencial de Milei ronda el 37%, pero ese número puede estirarse si el peronismo llega dividido. Como dijimos, la Constitución establece que con el 40% y diez puntos de ventaja sobre el segundo se gana en primera vuelta. Si la imagen sigue subiendo y Bregman le quita al peronismo lo que las encuestas ya sugieren, el camino a la reelección existe, aunque sea estrecho.
¿Cristina Kirchner jugará para vencer a Milei o seguirá exigiendo que el candidato peronista lleve su indulto como eje de campaña, lo que imposibilitaría un frente opositor más amplio? ¿Bregman tendrá la elasticidad táctica para llegar a un acuerdo con un frente de estas características, como hizo parte del trotskismo en Brasil? Por ahora parece que toda la oposición está jugando al Antón Pirulero, el clásico juego infantil cuya canción dice que "cada cual atiende solo su juego".
Para el marciano que nos sigue: el Antón Pirulero es un juego de niños en el que cada jugador tiene que estar atento a su propio rol o paga una prenda. En la política argentina adulta, las prendas las paga la gente. Ahora, si hubiera algo difícil para explicarle al alien, es la figura de Patricia Bullrich, que no se sabe si es oficialismo u oposición. La senadora hace un tiempo se viene diferenciando y parece que quisiese presentarse como figura de recambio a Milei. Al mismo tiempo, su demarcación funciona como una suerte de reserva moral en el Gobierno. Shila Vilker lo explicó muy bien.
Ahora, más allá de la incapacidad opositora para presentar una alternativa competitiva, vamos a ahondar en las otras razones de la recuperación oficialista. Escuchemos primero a la propia Shila Vilker.
Si el kirchnerismo tenía la obsesión de subsidiar los ingresos de los argentinos, razón por la cual tenía pisadas las tarifas, subsidiaba empresas sin ningún plazo y tenía una importante cantidad de empleados estatales y planes sociales, la obsesión de Milei es tener controlada la inflación. Ambas obsesiones se mantenían con maniobras que volvían artificial la economía y generaban distorsiones que terminaban metiendo al país en un débil equilibrio que luego genera miedo de romper.
Esto mismo hizo Menem con la Convertibilidad. Luego de la hiperinflación, el menemismo metió a la sociedad en un acuerdo tácito: mantener el uno a uno, aunque se fundieran empresas, se acrecentara el desempleo y se tuviera que endeudar al país. La estabilidad de un sector importante de la sociedad que viajaba al exterior y mantenía altos niveles de consumo sostuvo al menemato durante diez años. Luego, a pesar de los casos de corrupción y el sufrimiento de los cada vez más caídos del modelo, había un voto conservador que reflejaba el miedo de la sociedad a salir del modelo. La sociedad sabía que salir del menemismo era sinónimo del fin de la convertibilidad, y se le temía a la devaluación y a que volviera la hiperinflación. De hecho, la Alianza tuvo que prometer que no tocaría la convertibilidad, y eso justamente fue lo que terminó haciéndola estallar.
El acuerdo tácito del kirchnerismo con la sociedad fue que no se volvería a los niveles de privaciones que se vivieron durante el fin de la convertibilidad. Si a Menem se le pidió que terminara con la inflación y la inestabilidad generada por este fenómeno, al kirchnerismo se le pidió que terminara con la desocupación y la pobreza que generaron el estallido social. La inflación que tuvo el kirchnerismo, que luego estalló con el gobierno de Alberto Fernández, y los problemas de una economía con cepo cambiario, llena de subsidios y con déficit fiscal, le dieron ahora a Milei el mandato de terminar con la inflación, y lo hace, al igual que sus predecesores, generando una bomba de tiempo que luego nadie quiere que explote.
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Si la sociedad tenía miedo de terminar con el menemismo porque temía a la devaluación, y luego tenía miedo de que se fuera el kirchnerismo porque volviera la malaria de tiempos anteriores, ahora, con Milei, hay miedo de que la economía estalle. De que el endeudamiento con Estados Unidos generado para pagar deuda y sostener el tipo de cambio no pueda sostenerse con un gobierno de otro signo político, y los mercados huyan del país generando una corrida. Eso mismo operó en las elecciones generales de octubre pasado. Fue un voto anti 2001, por decirlo de algún modo, anti estallido.
Ahora bien, la actual no es la primera vez que la imagen de Milei rebota después de una caída. A lo largo de dos años y medio de gestión, el Gobierno ha protagonizado al menos cuatro ciclos de recuperación, todos ellos documentados por distintas consultoras.
El primero llegó temprano. En octubre de 2024, Aresco registró un rebote significativo: la imagen positiva de Milei trepó al 53,7%, luego de una caída sostenida desde julio. Federico Aurelio, director de la consultora, habló de "un rebote respecto de los datos que veníamos registrando", aunque aclaró que en sus mediciones las caídas nunca habían sido tan pronunciadas como en otras firmas.
El segundo ciclo ocurrió hacia fin de ese mismo año. Opinaia relevó que en octubre de 2024 Milei había caído al 45%, pero en diciembre cerró el año con el 52% de respaldo. La Universidad de San Andrés confirmó la tendencia: la aprobación subió al 54% en noviembre, 8 puntos por encima de septiembre, volviendo al mismo nivel con que Milei había asumido.
La tercera recuperación fue la más sólida y prolongada. Entre abril y agosto de 2025, Isasi/Burdman registró una llamativa estabilidad, con la imagen positiva oscilando entre el 50 y el 53%. Sin embargo, ese piso se erosionó antes de las legislativas de octubre. Fue recién tras el triunfo electoral del 26 de octubre cuando se produjo la cuarta recuperación: la consultora Ad Hoc registró que Milei alcanzó el 55% de positividad digital, quebrando una serie negativa de ocho meses que había comenzado en enero de 2025 tras Davos y se agravó con el escándalo $LIBRA.
Ahora, en junio de 2026, los datos apuntan a una quinta remontada, partiendo desde el piso más bajo de toda la gestión —cerca del 33%— y con la aprobación ya en ascenso según varias encuestadoras. El patrón se repite: cada caída pronunciada fue seguida de un rebote. La pregunta electoral es si este nuevo ciclo tiene la fuerza suficiente para sostenerse hasta 2027.
Las oscilaciones de la imagen del Presidente y su gobierno tienen que ver esencialmente con la inflación, no con la economía en su conjunto, sino fundamentalmente con la inflación. Y esto es interesante porque presupone una decisión profunda en la cabeza de los argentinos. Es decir, si se baja la inflación de esta manera —que es esencialmente con endeudamiento, apertura de importaciones y baja actividad económica— habrá quienes detengan la caída del poder adquisitivo, pero habrá muchos otros que pierden el trabajo o sus propias empresas.
Imaginemos un crucero que se hunde en medio de una tormenta. La tripulación sabe que parte del problema es el excesivo peso que tiene el barco, y un sector propone echar por la borda a un sector de los empleados para que se estabilice. No solamente lo propone: empieza a hacerlo. El resto no sabe exactamente cómo resolver la situación, pero tampoco está de acuerdo, naturalmente, con semejante bestialidad. Debe tomar una decisión: o detiene a las personas que quieren tirar por la borda a los empleados y luego inicia un debate sobre cómo resolver el problema —sea buscando la manera de pedir ayuda por radio o tirando por la borda otros objetos— o mira para otro lado y deja que se estabilice la nave, contra sus principios morales.
Lo que ocurre en ese crucero no es solo una metáfora política: es una descripción precisa de lo que la neurociencia y la psicología social llevan décadas estudiando. Antonio Damasio demostró que cuando el miedo extremo se apodera del cerebro, el sistema nervioso busca seguridad inmediata y anula la capacidad de pensar a largo plazo o de actuar desde la empatía. Joseph LeDoux lo completa: en una crisis, la amígdala secuestra la razón antes de que esta pueda intervenir. Los pasajeros que miran para otro lado mientras arrojan compañeros por la borda no son necesariamente monstruos; son, en términos neurológicos, cerebros en modo supervivencia. Ulrich Beck diría que la sociedad del riesgo produce exactamente eso: miedos colectivos que disuelven la solidaridad y empujan al individualismo. Martha Nussbaum agregaría que el miedo no es irracional, sino un juicio sobre la propia vulnerabilidad: quien lo siente percibe, con razón o sin ella, que está al borde del abismo. El problema, como señala Walter Riso, es que ese miedo a perder el control lleva a decisiones restrictivas y defensivas que reproducen y agravan el daño. La pregunta que la Argentina se hace cada vez que la inflación sube o baja no es solo económica: es la misma pregunta del crucero. ¿Actuamos desde el miedo o desde algo más expansivo? Paul Slovic advierte que ante catástrofes masivas el exceso de información puede producir entumecimiento emocional, paralizando la empatía justo cuando más se la necesita. Ese entumecimiento tiene un nombre político: se llama indiferencia. Y la indiferencia, en un barco que se hunde, es siempre una forma de complicidad.
Pero hay una emoción que Slovic y Nussbaum no siempre distinguen con suficiente nitidez, y que en la Argentina tiene una textura propia: la bronca. No es lo mismo que el miedo, aunque conviven. El miedo paraliza o empuja a la autoprotección; la bronca moviliza, busca culpables y vota. En 2023, esas dos fuerzas actuaron en direcciones opuestas y definieron la elección: la bronca acumulada contra la inflación, la casta y el deterioro cotidiano empujaba hacia Milei; el miedo a lo desconocido, al salto al vacío, a la motosierra sin manual de instrucciones, empujaba hacia Massa. Ganó la bronca. Hoy el mapa emocional se invierte con una simetría casi perfecta. La bronca ahora favorece al peronismo y a cualquier oposición: es la bronca del que perdió el trabajo, la empresa, el salario real. Pero el miedo también cambió de objeto: ya no es el miedo a Milei, sino el miedo al abismo, al estallido, a que Estados Unidos gire la cabeza o los mercados reaccionen mal y el experimento libertario se derrumbe sin red. Ese miedo, paradójicamente, sostiene al Gobierno. La Argentina vuelve a estar atrapada entre dos emociones que se neutralizan mutuamente, y esa parálisis —como en el crucero— puede ser más peligrosa que cualquiera de las dos por separado.
Tal vez haría falta una alternativa opositora que no apele solo a la bronca, sino a la propia solidaridad y al pensamiento a largo plazo. Si empujamos del barco a algunos tripulantes, luego se nos puede empujar a nosotros mismos.
No sé si el marciano nos hubiese entendido, pero esperemos que nuestra audiencia sí, aunque como deben darse cuenta es muy difícil explicar la política argentina, inclusive para los propios terrícolas argentinos.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
MV/ff