Día 919: Argentina, el Mundial 2026 y la instantánea de una época
La figura de Lionel Messi funciona como un reflejo de los cambios culturales que atravesó la Argentina en los últimos años. A través del contraste con Diego Maradona, el Mundial invita a reflexionar sobre cómo cambiaron las expectativas colectivas y la identidad nacional en los últimos años.
Los mundiales suelen funcionar como una fotografía emocional de cada época, una instantánea capaz de capturar estados de ánimo, expectativas, temores y aspiraciones de nuestra sociedad. Con el paso de los años, muchas veces recordamos tanto el contexto histórico que rodeó a cada torneo como los partidos mismos. México 1986 quedó asociado para siempre a la recuperación democrática, a las heridas todavía abiertas de la Guerra de Malvinas y al célebre gol de Diego Maradona a Inglaterra, que millones de argentinos vivieron como una forma de reparación simbólica frente a una derrota que todavía dolía. Francia 1998 coincidió con el auge de la globalización y el optimismo de los años noventa; Sudáfrica 2010 acompañó el ciclo de expansión económica de América Latina; Rusia 2018 encontró a la Argentina en medio de las fuertes dificultades del gobierno de Mauricio Macri; y Qatar 2022 se convirtió en la gran celebración colectiva de una sociedad que intentaba dejar atrás el trauma de la pandemia.
Los mundiales no solo muestran cómo juegan los equipos: también revelan quiénes somos, qué soñamos y qué conflictos atraviesan a una comunidad en cada momento histórico.
En estos cuatro años desde Qatar 2022 cambiaron muchas cosas. Cambió el Gobierno, pero también cambiaron las formas en que los argentinos se relacionan con la información, con la autoridad, con las instituciones y entre sí. Pero permanece esa necesidad de encontrar espacios de identidad compartida, como el fútbol, en una sociedad cada vez más fragmentada.
La Argentina que celebró el Mundial de Qatar todavía venía saliendo de la experiencia traumática de la pandemia, un período en el que, más allá de los conflictos y controversias, predominaba la idea de que los problemas colectivos requerían respuestas colectivas. El cuidado mutuo, la responsabilidad compartida y cierta confianza en la acción coordinada ocupaban un lugar central en el discurso público.
Cuatro años después, el clima social parece haberse desplazado hacia el extremo opuesto. El ascenso de Javier Milei puede leerse, en parte, como el síntoma de una sociedad cansada de las promesas incumplidas, enojada con sus dirigentes y crecientemente escéptica respecto de las soluciones colectivas. Allí donde durante la pandemia se apelaba a la solidaridad, hoy, si tomamos a Milei como significante: predominan valores asociados a la autonomía individual, la autosuficiencia y la desconfianza hacia cualquier forma de autoridad que pretenda indicar cómo vivir.
Sin embargo, el fútbol tiene una particularidad que lo vuelve especialmente interesante para observar estos cambios culturales: incluso en una época marcada por el individualismo, sigue siendo una de las pocas actividades capaces de poner en primer plano el valor de lo colectivo. Ningún jugador, por extraordinario que sea, puede ganar un Mundial solo. La lógica misma del deporte obliga a coordinar esfuerzos, aceptar roles, construir confianza y subordinar el brillo personal a un objetivo común. En una sociedad donde el éxito suele narrarse como el resultado exclusivo del mérito individual, el fútbol recuerda que los logros más importantes siguen dependiendo de la cooperación.
Quizás por eso la selección campeona en Qatar adquirió un significado tan profundo para millones de argentinos. Más allá de que el torneo terminó consagrando definitivamente a Messi, aquella selección fue percibida como un equipo con todas las letras. De hecho, posiblemente haya sido la selección argentina más asociada a la idea de grupo desde la generación de 1986. Lionel Scaloni construyó un ciclo cuya principal fortaleza no era una figura aislada sino una red de liderazgos complementarios, donde convivían el liderazgo silencioso de Messi, la intensidad de Rodrigo De Paul, la seguridad de Dibu Martínez, y la energía de jóvenes como Julián Álvarez y Enzo Fernández, además de la disposición permanente de todos a aceptar los cambios que exigía cada partido.
Resulta llamativo que el acontecimiento más movilizador de los últimos años haya tenido como protagonistas a futbolistas que permanentemente enfatizaban el valor del grupo por encima de las individualidades. En medio de una época atravesada por influencers, marcas personales y liderazgos cada vez más personalizados, la selección argentina ofreció un relato diferente. Messi fue el símbolo indiscutido de aquella conquista, pero el afecto popular hacia la Scaloneta nació en gran medida de la percepción de que allí nadie jugaba para sí mismo. Tal vez por eso la sociedad se identificó tan profundamente con ese equipo: porque durante algunas semanas logró representar una idea de comunidad, esfuerzo compartido y confianza mutua que parecía cada vez más difícil de encontrar fuera de una cancha de fútbol.
Veamos algunas imágenes de lo que fueron los festejos, para recordar ese momento de unidad.
Los festejos de Qatar 2022 representaron probablemente el último gran acontecimiento de unidad nacional absoluta. Millones de personas salieron a las calles sin consignas partidarias, sin banderas sectoriales y sin otra motivación que celebrar una alegría común, en una de las movilizaciones de masas más numerosas de nuestro país. Durante algunas horas pareció desaparecer la grieta, suspendida por una emoción colectiva que trascendía diferencias ideológicas, sociales y generacionales. Fue una experiencia extraordinaria precisamente porque resultó excepcional.
Algo que no pasó, por ejemplo, recientemente con la muerte del Indio Solari, más asociado al kirchnerismo. Más allá de las simpatías personales, el acontecimiento permitió observar la persistencia de ciertos símbolos capaces de convocar emociones compartidas. En un país donde cada vez existen menos relatos comunes, algunos íconos culturales todavía logran construir puentes entre mundos que parecen vivir separados. No son muchos, pero siguen existiendo.
La pregunta inevitable es: ¿Qué significa ser argentino en 2026? Tras el retorno de la democracia, la identidad nacional aparecía asociada a ciertos consensos relativamente estables. Existían desacuerdos políticos profundos, pero también una idea bastante compartida sobre la historia, la cultura y el horizonte colectivo. Había un camino, el de la reconstrucción. Hoy esa certeza parece mucho más difícil de encontrar.
La llamada “batalla cultural” de Milei expresa precisamente esa transformación. Lo que antes se discutía principalmente en términos económicos o institucionales ahora se debate en el terreno de los valores o de la moral. Incluso se cuestiona el contrato social de reconstrucción democrática, con la reaparición de discursos que rozan el negacionismo.
En algunos aspectos, la Argentina de 2026 es una sociedad más individualista que la de 2022. La crisis económica prolongada y la incertidumbre respecto del futuro reforzaron estrategias de supervivencia centradas en proyectos personales. La masificación del trabajo por aplicaciones es un síntoma de este momento. El esfuerzo individual ganó prestigio como valor cultural. La idea de comunidad, de lo colectivo, parece haber perdido parte de la centralidad que tuvo en otras etapas. La sociedad ha implosionado a partir de las dificultades crecientes, buscando cómo sobrevivir, en lugar de generar un estallido o reclamo masivo, como fue el 2001, por ejemplo.
Al ser cada cuatro años, como las presidencias, los mundiales suelen coincidir con momentos particulares de los ciclos políticos: el síndrome del tercer año. Rusia 2018 encontró al gobierno de Mauricio Macri atravesando el comienzo de una crisis por la reforma previsional que terminaría llevándolo al FMI e imposibilitando su reelección. Las devaluaciones ya habían comenzado a erosionar el optimismo que había acompañado al oficialismo tras su victoria legislativa de 2017. El clima de época era muy diferente al que había predominado apenas unos meses antes.
Qatar 2022 también llegó durante un tercer año de gobierno complicado. Alberto Fernández atravesaba una etapa de debilidad política después de la derrota electoral de 2021. Aunque algunos indicadores económicos mostraban cierta recuperación tras la pandemia, todavía resultaba imposible dimensionar los efectos profundos que el aislamiento, la incertidumbre y la experiencia colectiva del COVID-19 habían dejado sobre la sociedad.
Estados Unidos 2026 también encuentra a Javier Milei atravesando las dificultades propias de un tercer año de gestión. Aunque el oficialismo logró consolidar parte de su programa económico y reducir algunos desequilibrios históricos, la supuesta recuperación no termina de traducirse en una mejora perceptible para amplios sectores de la sociedad. Y los escándalos de corrupción, como el caso Adorni, han comenzado a erosionar la imagen de una fuerza política que llegó al poder presentándose como una ruptura moral con la vieja dirigencia. Como ocurrió con otros gobiernos antes que él, Milei enfrenta el desafío de sostener las expectativas de cambio cuando la paciencia social empieza a agotarse y los resultados ya no se miden por las promesas sino por la experiencia cotidiana de la población.
Messi, la respuesta a todos los interrogantes
Pero quizás, a nivel cultural, el cambio más importante entre aquellos años y el presente sea precisamente la huella invisible que dejó la pandemia. Una modificación de las subjetividades. Cambiaron las expectativas, las prioridades y las formas de relacionarse con los demás. La pandemia aceleró procesos que ya estaban en marcha. Incrementó la digitalización de la vida cotidiana, fortaleció dinámicas de aislamiento y profundizó la desconfianza hacia instituciones tradicionales. También modificó la relación con el tiempo. Las nuevas generaciones crecieron en un contexto donde el futuro aparece más incierto y menos previsible que para sus padres o abuelos.
Además, del último mundial a este hubo una irrupción completa de las herramientas de inteligencia artificial, que agregan una capa más de incertidumbre al futuro, por el impacto que tendrán sobre el trabajo, la educación y todos los aspectos de nuestra vida.
Si México 1986 fue el mundial de una nueva Argentina, recién nacida, que todavía procesaba el regreso de la democracia y las heridas de la dictadura, Qatar 2022 fue el mundial de la salida emocional de la pandemia. Estados Unidos 2026 parece ser el mundial de una sociedad atravesada por una crisis de la mediana edad.
Pero como Messi, que a los 38 años volvió a demostrar ayer que la experiencia puede ser tan valiosa como la juventud, para la Argentina no se trata solamente del desgaste producido por décadas de frustraciones económicas y políticas, sino también de la pérdida de ciertas ilusiones.
Las lágrimas de emoción de Messi tras convertir su primer gol también resultaron reveladoras. El capitán dejó ver una vulnerabilidad poco frecuente y luego reconoció que atraviesa un momento difícil en el plano personal. Más allá de los títulos, los récords y la admiración global, allí aparecía un hombre que sigue cargando con sus propias batallas.
En cierto sentido, esta imagen dialoga con la Argentina de 2026: una sociedad más experimentada, menos ingenua que hace algunos años, consciente de sus heridas y de sus límites, pero que aún así sigue intentando avanzar. Como Messi, el país parece haber perdido algunas certezas, aunque todavía conserva la voluntad de seguir jugando el partido.
El entusiasmo que acompañó la llegada de Javier Milei al poder convivió con la expectativa de que finalmente aparecería una solución radical a problemas que parecían irresolubles. Tres años después, la sociedad parece haber incorporado una nueva dosis de experiencia. Como suele ocurrir al llegar a la madurez, se pierde ingenuidad: ya no resulta tan fácil creer que existe un líder, una ideología o una fórmula capaz de resolver mágicamente los problemas acumulados durante décadas. Sin embargo, la experiencia no siempre trae claridad. Muchas veces trae algo más incómodo: la conciencia de las limitaciones propias y la dificultad para imaginar una salida.
La Argentina de 2026 parece encontrarse precisamente en ese lugar. Sabe más de sí misma que hace cuatro años, desconfía de las soluciones simples y de las promesas grandilocuentes, pero todavía no encuentra un horizonte compartido hacia el cual dirigirse. Como quien atraviesa una crisis de mediana edad, ya no cree en los relatos que la entusiasmaron en el pasado, aunque tampoco termina de descubrir cuáles serán los nuevos.
La figura de Messi permite observar otra transformación significativa. Durante décadas el fútbol argentino estuvo organizado alrededor de comparaciones inevitables con Diego Maradona. Sin embargo, la consagración en Qatar modificó definitivamente esa relación. Messi dejó de ser el heredero para convertirse en un símbolo autónomo de una época diferente.
Comparar a Maradona y Messi equivale también a comparar dos momentos históricos muy diferentes. Maradona representó la era de los grandes relatos políticos, las pasiones ideológicas, la televisión como espectáculo de masas y las figuras rebeldes capaces de desafiar cualquier autoridad. Messi, en cambio, encarna el tiempo de la hiperconectividad, las marcas globales, las redes sociales y la comunicación permanente. Ambos son admirados por millones, pero las razones de esa admiración dicen mucho sobre las sociedades que los convirtieron en ídolos.
La idolatría que despertaron Maradona y Messi también puede leerse como un reflejo de las transformaciones más amplias de la subjetividad colectiva y de los modelos de liderazgo admirados en cada época.
Diego no era admirado por ser perfecto sino por ser extraordinario y profundamente humano. Representaba la revancha del débil frente al poderoso, el genio capaz de desafiar cualquier límite y la autenticidad emocional llevada al extremo. Su magnetismo provenía precisamente de sus contradicciones.
La identificación popular era intensa porque parecía sufrir, equivocarse, rebelarse y triunfar como cualquier persona, aunque a una escala épica. Era, como se dijo alguna vez, el más humano de todos los dioses. La espectacularización de la política y la cultura durante aquellas décadas favoreció la aparición de liderazgos carismáticos y emocionales, tanto en el deporte como en la vida pública.
Veamos un pequeño fragmento:
Messi representa casi el movimiento inverso. En una época atravesada por la sobreexposición permanente, la polarización constante y el agotamiento frente a los grandes discursos, su prestigio se construye alrededor de la disciplina, la eficacia, la perseverancia y cierta forma de autenticidad silenciosa. Si Maradona fue el héroe rebelde, Messi es el héroe disciplinado, perfil bajo.
Messi es el ídolo de la “sociedad de la transparencia”, como diría Byung-Chul Han. Una época en la que vemos todo de todos permanentemente. Una época caracterizada por la desconfianza hacia los discursos grandilocuentes.
Messi encarna el ideal del rendimiento sostenido y la autenticidad discreta. Quizás por eso su popularidad permite formular una hipótesis más amplia: las sociedades suelen admirar en sus deportistas algunas de las virtudes que también buscan en sus líderes políticos, culturales o empresariales. Las formas de la idolatría deportiva, después de todo, también hablan de las expectativas colectivas de cada tiempo histórico.
Cada uno de ellos fue admirado de manera distinta porque las sociedades que los admiraron también eran distintas.
Sin embargo, la fascinación por los individuos extraordinarios convive con una paradoja. Ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre figuras excepcionales. Los países necesitan instituciones, acuerdos y proyectos colectivos capaces de trascender a sus líderes. La admiración puede inspirar, pero difícilmente alcance para organizar una comunidad política.
El "ya está" de Messi tras Qatar 2022: ¿dónde quedó?
¿Puede una sociedad fragmentada reconstruir algún tipo de horizonte común sin renunciar a su diversidad? ¿Es posible encontrar nuevos puntos de encuentro en una época donde las identidades parecen multiplicarse infinitamente? El fútbol ofrece momentos de unidad, pero no respuestas definitivas.
Mientras tanto, Messi sigue jugando. Ayer volvió a recordarle al mundo por qué es uno de los grandes deportistas de todos los tiempos. Y mientras millones de argentinos celebraban sus goles, también podían observar en ese espejo algo más profundo que un partido de fútbol. Porque cada Mundial habla de los equipos que participan, pero también de las sociedades que los observan. Y el Mundial de 2026 llega para mostrar cuánto cambió la Argentina desde aquella tarde inolvidable en Qatar y, al mismo tiempo, cuánto sigue buscando las razones que le permitan sentirse una sola.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MV/ff
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