Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 921: Los tocayos, de Manuel Belgrano a Manuel Adorni

La figura del prócer argentino vuelve a proyectarse sobre la actualidad política a 206 años de su muerte. A la controversia por la presencia del jefe de Gabinete en Rosario se suma una renovada lectura sobre el pensamiento y la trayectoria del creador de la bandera.

DÍA 921: LOS TOCAYOS, DE MANUEL BELGRANO A MANUEL ADORNI Foto: NET TV

Hace 206 años un hombre estaba recostado muy enfermo en una casa del barrio porteño de Montserrat, sobre una calle que hoy le rinde tributo. Un día después, el 20 de junio de 1820 murió en la absoluta pobreza. Tal es así que no pudo pagarle al médico que lo atendía. Ningún diario de la época cubrió su muerte y su familia tuvo que utilizar el mármol de una cómoda para marcar su tumba ante la imposibilidad de pagar una lápida. Estamos hablando de Manuel Belgrano, uno de los padres de la patria y artífice de la independencia del país. Este final marca un contraste absoluto con su origen familiar, dado que su padre era uno de los comerciantes más acaudalados de Buenos Aires. Su empobrecimiento fue el resultado directo de su total entrega a la causa de la Revolución y a la construcción del Estado, priorizando el bienestar público sobre su fortuna personal.

Durante sus años de servicio, Belgrano destinó gran parte de sus recursos y sueldos a la financiación de expediciones militares, la creación de escuelas y el sostenimiento de sus tropas. En el contexto de las guerras de independencia, el Estado naciente carecía de una administración financiera sólida y, con frecuencia, no estaba en condiciones de pagar los haberes de sus oficiales. Esta falta de pago constante, sumada a su desinterés por el enriquecimiento personal, lo dejó sin medios para su subsistencia. 

Recién en 1938, 118 años después, el Congreso reconoció lo que la patria le debía: instituyó el 20 de junio como Día de la Bandera mediante la Ley 12.361, eligiendo la fecha de su muerte para honrar al hombre que la había creado.

Esa bandera había nacido el 27 de febrero de 1812, a orillas del Paraná, en Rosario. Belgrano estaba allí para montar dos baterías de artillería —"Libertad" e "Independencia"— ante el avance realista por el río. Sin autorización, mandó coser con telas de almacén una enseña celeste y blanca, igual que la escarapela recién aprobada. A las seis y media de la tarde, mientras las salvas de cañón retumbaban sobre el agua, el constructor naval Cosme Maciel la izó por primera vez. Belgrano avisó al gobierno casi pidiendo disculpas: "No teniéndola, mandé hacer una celeste y blanca. Espero que sea de aprobación." No lo fue. Pero la historia le dio la razón. 

Probablemente esta historia y el contraste de la figura de Manuel Belgrano con la de su tocayo, Manuel Adorni, hagan que gremios de trabajadores del transporte, aeronáuticos, camioneros, recolectores, portuarios, ferroviarios, marítimos y de la administración nacional, nucleados en ATE, están organizando una marcha de repudio mañana, durante el acto del Día de la Bandera para protestar por la presencia del jefe de Gabinete. 

Con toda esta introducción histórica es más fácil entender las palabras del diputado santafesino Esteban Paulón, que también planteó que Adorni no debería asistir al acto en Rosario y agregó que Belgrano “le daría una patada en el traste al jefe de Gabinete”. 

Inclusive, la candidata del PRO rosarino, Anita Martínez le pidió al presidente Javier Milei en una carta abierta que no asista con Adorni al acto por respeto a la figura de Belgrano y a la seriedad que se le quiere dar al acto oficial. 

El primer Manuel nació de una familia acaudalada y se empobreció durante toda una vida de actividad política y militar, el segundo viene de una familia de clase media y se enriqueció durante dos años y medio en la función pública. Es cierto que llevar al jefe de Gabinete a Rosario le quita la seriedad al acto oficial y desprestigia las instituciones que deben transmitir los valores con los que se construye un país. ¿Cuál es el mensaje que se da a la sociedad y en particular a los jóvenes? ¿Que vale lo mismo vivir conforme a los ideales y poner por encima los intereses del país a utilizar la función pública para enriquecerse y mentir ante el Congreso y los medios para intentar protegerse? 

Por otro lado, es interesante cómo hay una lucha política e ideológica por reinterpretar el legado de Belgrano y hacer que se asocie a las ideas de algún sector partidario en particular. El peronismo tiene un enfoque que resalta más su lucha contra el imperio español y el actual gobierno libertario resalta sus ideas cercanas al liberalismo clásico. Vamos a ver primero un video en el que el legislador libertario y ex intendente del PRO de Tres de Febrero, Diego Valenzuela, da cuenta de este debate y presentó un libro al respecto. 

Desopilante. Ahora veamos el siguiente video en el que Valenzuela tiene una charla con un Belgrano creado con IA. 

Conociendo a Valenzuela, alguien con rigor histórico y honestidad intelectual, sería interesante que le pregunte a su Belgrano virtual si Adorni debería ir al acto del Día de la Bandera e inclusive si debería seguir en su cargo. 

Ahora, vamos a intentar sumar al debate sobre su legado. Manuel Belgrano murió en 1820, mucho antes de que existieran el peronismo o el libertarismo. Cualquier intento de "ficharlo" en una grieta política del siglo XXI es, por definición, anacrónico. Pero eso no significa que no haya un Belgrano real, documentado en sus memorias consulares, en el Correo de Comercio, en su correspondencia militar y en su autobiografía. Ese Belgrano es más complejo —y más contradictorio para ambos relatos actuales— que cualquiera de las dos versiones simplificadas que circulan hoy.

Belgrano fue, antes que militar, el primer economista argentino: dirigió el Consulado de Buenos Aires desde 1794 y desde allí escribió memorias sobre cómo fomentar la agricultura, "animar la industria" y proteger el comercio. Su formación combinaba lecturas de los fisiócratas franceses (Quesnay) con autores italianos como Galiani y Genovesi, y también con Adam Smith. No era un dogmático de una sola escuela: tomaba ideas de varias corrientes y las adaptaba pragmáticamente a una economía colonial subordinada a España.

Esa mezcla se nota en su postura sobre la industria local. En sus primeras memorias, escritas bajo el corsé del Pacto Colonial —que obligaba a estas tierras a ser solo productoras de materias primas para que España fuera "la industriosa"— igual defendió que las artesanías y manufacturas ya existentes en el territorio merecían protección activa del Estado: que se las "auxilie en todo" y se les facilite "cuantos adelantamientos puedan tener" para sacarlas de un estado incipiente. Ya en 1810, al frente del Correo de Comercio, combinó tres ideas que hoy parecen incompatibles entre sí: impulsar la agricultura, abrir el comercio internacional eliminando las restricciones que imponía el monopolio español, y proteger las industrias nacientes mientras se consolidaban. No defendía entregarle la política económica a los intereses comerciales más poderosos del momento —de hecho chocó duramente con los comerciantes monopolistas del Consulado—, pero tampoco proponía un cierre comercial. Su eje era el desarrollo productivo del territorio, no una doctrina importada aplicada sin matices.

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Belgrano fue uno de los impulsores de que el Congreso de Tucumán tratara la independencia "absoluta" en 1816, y su prestigio militar pesó en esa decisión. Pero su idea de cómo organizar la soberanía una vez lograda la independencia sorprende a cualquiera que lo imagine como un republicano clásico: en sesión secreta del 6 de julio de 1816, propuso instaurar una monarquía constitucional moderada encabezada por un descendiente de la dinastía incaica. Su razonamiento era doble: en la Europa de la Restauración post-Waterloo, ninguna potencia reconocería a una república nacida de una revolución; y un trono con legitimidad americana podía además sumar a las poblaciones originarias del Alto Perú a la causa patriota. San Martín y Güemes apoyaron la idea. Vale recordar que por entonces las minas de oro y plata de lo que hoy es Bolivia eran equivalentes a lo que sería Vaca muerta hoy.

Lo que revela este episodio no es que Belgrano fuera "monárquico" en un sentido caprichoso, sino que para él la soberanía nacional dependía ante todo de la unidad política y del reconocimiento internacional, no de una forma de gobierno particular. Prefería un poder central fuerte capaz de garantizar la existencia misma del país por sobre el riesgo de fragmentación y anarquía entre provincias. Esa prioridad —unidad antes que pureza institucional— lo aleja tanto del libertarismo que reivindica autonomías individuales y mínima intervención estatal, como de cualquier relectura que lo presente como precursor de un proyecto exclusivamente popular o plebiscitario.

En el Correo de Comercio de julio de 1810, Belgrano dedicó dos números enteros a reclamar que se educara a "ambos sexos" por igual, denunciando que a las mujeres se las tenía condenadas "al imperio de las bagatelas y de la ignorancia". Como secretario del Consulado ya había impulsado escuelas gratuitas y escuelas de oficios para niñas pobres, y consideró siempre que sin maestras formadas no podía mejorar la instrucción general del país.

Ahora bien: los historiadores que estudiaron específicamente este aspecto de su pensamiento advierten contra la tentación de leerlo en clave feminista o de derechos individuales modernos, porque eso sería forzar el contexto. Belgrano defendía la educación femenina sobre todo porque veía en las mujeres a las futuras "buenas madres" y "buenas maestras", formadoras de las costumbres de la nación desde el hogar y la escuela —un argumento centrado en la función social y moral, no en la autonomía personal o política de la mujer como sujeto independiente. Es, sin duda, una postura adelantada para su época y materialmente concreta (escuelas reales, no solo declaraciones), pero hablar de "independencia de la mujer" en el sentido que ese término tiene hoy sería atribuirle una idea que sus textos no contienen.

Belgrano no dejó un tratado sobre la corrupción, pero su autobiografía es durísima con los comerciantes españoles que integraban la junta del Consulado: los describe como gente que solo sabía de su "comercio monopolista" y cuyo único saber era "comprar por cuatro para vender por ocho", bloqueando cualquier reforma que no les garantizara seguir enriqueciéndose a costa del sistema colonial.

Su respuesta a ese tipo de conducta fue, sobre todo, el ejemplo personal. Cedió su sueldo como vocal de la Primera Junta para financiar la expedición militar al Paraguay. Donó gran parte de su biblioteca personal para fundar la Biblioteca Pública. Y, el gesto más recordado: cuando la Asamblea del año XIII lo premió con 40.000 pesos fuertes —el equivalente a varias decenas de kilos de oro— por las victorias de Tucumán y Salta, no se quedó con un peso: dispuso que todo el dinero financiara la creación de cuatro escuelas públicas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Murió en 1820, enfermo y empobrecido, mientras el propio Estado le adeudaba sueldos atrasados y gastos que él había adelantado de su bolsillo para sostener a sus tropas, deuda que nunca le fue saldada en vida. Su postura frente a "quienes le robaban al Estado" no quedó en discursos: quedó en la decisión de no ser nunca uno de ellos, incluso cuando el propio Estado le falló a él.

Ni el antimperialismo que algunos le atribuyen retroactivamente equivale a su esquema económico —demasiado pragmático y eclético para encajar en una doctrina cerrada—, ni su defensa de la propiedad y el comercio lo convierte en un liberal clásico en el sentido actual —era capaz de proponer una monarquía incaica y priorizar la unidad por sobre la autonomía provincial—. Tampoco fue un feminista en el sentido contemporáneo, aunque sí un impulsor concreto y poco común para su tiempo de la educación femenina. Y aunque no escribió un programa anticorrupción, vivió y murió como el contraejemplo voluntario de los monopolistas que tanto criticó.

Volviendo al presente, quien también se sumará a la polémica durante el acto del Día de la Bandera en Rosario es la vicepresidente, Victoria Villarruel. Si bien, desde la organización de la lista de figuras nacionales a cargo de Karina Milei no se invitó a Villarruel, la titular del Senado avisó de su asistencia mediante una declaración a los medios. 

"El sábado estaré en Rosario, mi segunda casa y cuna de mi familia paterna. Siempre es un orgullo visitar la ciudad donde el General Belgrano izó nuestra Bandera por primera vez a orillas del río Paraná", planteó. 

Desde el entorno de Villarruel dijeron que fue invitada por el gobernador Maximiliano Pullaro, lo que es a todas luces un desafío a Milei. Es interesante esta conexión, porque antes de ser expulsado del círculo íntimo de Milei, Juan Grabois decía que Villarruel preparaba una opción de recambio ante un eventual fracaso de Milei con Mauricio Macri. El expresidente se reunió recientemente con Maximiliano Pullaro y ambos dirigentes lo hicieron con Paolo Rocca, empresario de Techint enfrentado con el Gobierno, quien está haciendo una gira de reuniones para fortalecer una eventual candidatura presidencial de Patricia Bullrich. 

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De alguna manera, el acto por el Día de la Bandera será el escenario de una lucha simbólica y de representación de los cuatro proyectos políticos que se disputan actualmente el poder en Argentina. Por un lado, estará el gobierno de Milei respaldando a Adorni, esta suerte de mileismo sin Milei que impulsa Macri, Pullaro y que se hace presente en el gobernador de Santa Fe y en la presencia inquietante de Villarruel y, por otro lado, compartiendo la calle el peronismo y la izquierda repudiando la presencia de Adorni. Pobre Belgrano, su legado sigue siendo un terreno de disputas políticas que en general poco honor le hacen a su historia, pero como todo prócer es algo inevitable.  

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

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