Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 947: Todo lo que ganamos

La victoria frente a Inglaterra reabre el debate sobre la identidad argentina, la memoria histórica y el lugar de las Malvinas en el presente.

DÍA 947: TODO LO QUE GANAMOS Foto: NET TV

¿Qué ganamos ayer? ¿Un partido de fútbol? ¿El pase a una final del Mundial? ¿La posibilidad de ver jugar a nuestros ídolos nuevamente? Mucho más, muchísimo más. Ganamos identidad, reforzamos la autoestima nacional, ganamos ese tesoro inmaterial que hace que un país salga adelante pese a toda adversidad. Ayer decíamos que el fútbol funciona como metáfora de la vida porque cuando, por ejemplo, Lionel Messi o cualquier jugador de nuestra selección agarra la pelota, lo más probable es que no entre. Pero ellos no especulan, juegan como si cada oportunidad fuese la del gol, hacen posible lo improbable y nunca se rinden. 

Porque además está el cómo ganamos. Lo dimos vuelta. Estábamos perdiendo y nos estábamos quedando afuera del Mundial y en ese momento, el seleccionado argentino se hizo gigante. En el momento en que peor se veía todo es cuando mejor jugamos y primero lo empatamos y, a diferencia de Inglaterra, que especuló y después del primer gol se quedó defendiendo, nosotros seguimos buscando hacer realidad lo improbable, casi imposible y lo logramos. 

Cada tanto un pueblo, una sociedad tiene que poder recordar que puede hacer grandes cosas, salir adelante “darla vuelta” cuando todo se pone difícil. Y no solo eso, también está a quién le ganamos. Al seleccionado de una nación cuyo enfrentamiento nos define como sociedad y como pueblo. Según varios historiadores que vamos a retomar más adelante, nuestra identidad nacional empieza a definirse en la resistencia contra las invasiones inglesas del siglo XIX. Nosotros antes de independizarnos de España, derrotamos las invasiones inglesas en Buenos Aires, con los propios vecinos conformando milicias urbanas y enfrentando a uno de los ejércitos más poderosos del mundo. Esa fue la primera vez que lo dimos vuelta, cuando todo parecía perdido, estábamos dominados por los españoles, cuyo virrey, al ver al inglés invasor, se escapó. Y nos hicimos cargo de derrotar a Inglaterra y de inventarnos como pueblo. Además, nos define por nuestra herida, Argentina no puede flamear su bandera en todo el territorio nacional, porque tiene ocupadas las Islas Malvinas y hay argentinos que dieron la vida por defenderlas. Eso hace que la victoria de ayer, a 40 años de la de Diego Maradona en 1986, sea tan especial y tan identitaria. Cuando invadieron dos veces, los rechazamos, cuando tomaron las Malvinas las defendimos como pudimos a pesar de la inoperancia de la dictadura militar y luego nos terminamos vengando pacíficamente y con el peso de todo nuestro talento dos veces, con los dos mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos. Háblenme de épica.  

Y como si todo eso no fuese muchísimo, jugadores del seleccionado nacional utilizaron la vidriera del Mundial, aprovecharon que millones de personas estaban mirando el partido en el mundo para volver a reclamar las Malvinas, aquello que el gobierno, tristemente obsecuente, se había comprometido con Inglaterra que no sucediera. Primero vamos a escuchar las palabras de la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, y luego veremos el gesto inmenso de los jugadores. 

No, ministra, decir que las Malvinas son argentinas es ante todo una verdad geográfica, luego es un reclamo histórico por el que cientos de argentinos dieron la vida y debería ser una obligación de todo representante del poder político en nuestro país una defensa irrestricta del permanente reclamo por una porción de nuestro territorio nacional que está ocupada por una nación invasora. La actitud cipaya de este gobierno en el tema Malvinas es incomprensible. 

El clima que generó el partido volvió a avivar la interna del Gobierno y dejó muy expuesto a Milei y Monteoliva. La vicepresidente Victoria Villarruel los expuso con claridad, partiendo de que este tema la involucra directamente, dado que su padre fue veterano de Malvinas. Veamos su tuit. 

Ahora pasemos a la acción de los jugadores. 

Ahora vean esto, es realmente muy emotivo. Veteranos de Malvinas celebrando el triunfo de la Selección y dando algunas palabras. 

¿Queremos que lo que nos defina como argentinos sea un gobierno del pesimismo realista que se arrodilla frente al invasor y los hechos consumados o queremos que nos defina como argentinos un pueblo, una selección que da vuelta la adversidad, con épica y compromiso? Esto que hace el Presidente en este video y la ministra de Seguridad en esa entrevista, es el anverso de esta columna: “Todo lo que perdimos” desde que Milei es presidente. Que por supuesto hay pérdidas materiales, pero lo más fuerte es que nos estábamos convenciendo de que somos un país y un pueblo que no se merece nada. No se merece pelear por su territorio, no se merece un nivel de vida mejor, salud pública, educación pública. Recuerdo a Lilia Lemoine diciendo a los médicos del Garrahan, que no deberían haber estudiado medicina porque saben que se gana poco y el resto de la sociedad no tiene por qué financiarle los sueños. Un pueblo que no se merece tener sueños. El triunfo de ayer va en sentido opuesto. Nos merecemos todo por coraje, por entrega y por talento. Porque los jugadores salieron de esta tierra, con esta cultura, con estos problemas y esta desigualdad. Hay un contraste muy importante con el fútbol inglés en ese sentido.

El fútbol inglés nació al revés de como terminó siendo. Se gestó en las public schools, los colegios privados de élite —Eton, Harrow, Rugby, Winchester— donde los alumnos venían mayormente de familias adineradas y eran enviados allí no solo para educarse sino para socializar con sus pares. La Football Association, fundada en 1863, fue obra de esos egresados: Westminster aportó diez internacionales entre 1873 y 1894, y los Old Etonians sumaron 39 gorras con la selección entre 1873 y 1903. Con el siglo XX el deporte se obrerizó y hoy es, según la tradición inglesa, un deporte de clase obrera, aunque las escuelas privadas prefieren el cricket o el rugby, aunque persiste un sesgo: un 15% de la selección inglesa en la última Euro había asistido a colegios privados, contra un 7% de la población general. 

En Argentina el recorrido es inverso: el ascenso es desde abajo, y la estructura que lo sostiene son más de 12 mil clubes de barrio distribuidos en todo el país, con veedores que recorren cada fin de semana los partidos de fútbol infantil, detectando talento desde los seis o siete años. Un relevamiento sobre el plantel campeón del mundo mostró que al menos 8 de los 11 titulares provenían de hogares humildes, en una época en que buena parte de sus familias de origen dependía de la asistencia estatal. 

Hay una historia particular que condensa bien ese patrón: la de Carlos Tevez. Nacido en Fuerte Apache, uno de los complejos habitacionales más castigados del conurbano bonaerense, creció en un barrio donde la pobreza y la violencia eran moneda corriente, jugando en las canchas de tierra hasta que Boca lo fichó para sus inferiores. De ahí saltó a Corinthians, West Ham, Manchester United, Manchester City y Juventus, ganando Champions League y ligas en tres países distintos, para volver siempre —en discurso, en símbolo— como "el jugador del pueblo". Es el arco completo: el potrero como cantera y el ascenso vía fútbol como una de las pocas movilidades sociales reales disponibles en la Argentina de las últimas décadas. 

Ese mismo patrón se repite con variaciones: Messi surgió en el Club Grandoli de Rosario; Cuti Romero se formó en San Lorenzo de Córdoba, en el barrio Las Flores, tras no quedar en Talleres y terminar explotando en Belgrano; Otamendi pasó por un club de barrio de El Talar antes de llegar a Vélez; De Paul aprendió en Belgrano de Sarandí; Paredes en una sociedad de fomento de San Justo. La investigación académica sobre el tema —el trabajo de Czesli y Murzi sobre representaciones del futbolista argentino— describe cómo el viejo mito del "pibe" virtuoso y despreocupado fue reemplazado por un modelo centrado en la humildad, el trabajo y el sacrificio como valores que moldean al jugador profesional disciplinado.

La diferencia de fondo, entonces, no es solo anecdótica: en Inglaterra el fútbol fue durante décadas una herramienta de cohesión de una elite educativa que luego cedió el deporte a las clases populares; en Argentina fue, y sigue siendo, el canal de movilidad social más democrático y menos mediado por el capital cultural o económico de origen —lo que explica, también, por qué la Selección funciona como relato de unidad nacional en un país fracturado por la desigualdad

Pibes que eran llevados por padres trabajadores a los clubes de barrio, que les compraban los botines con mucho esfuerzo y a veces necesitaban ayudas del Estado o de los propios clubes. Productos de la educación pública, de la cultura igualitaria argentina, alimentados con sueldos de obreros industriales porque hubo una política de desarrollo industrial, atendidos en salitas y hospitales públicos o en obras sociales sindicales. Salidos de las mismas entrañas de la patria de la que salió el resto. 

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Decíamos al principio que la épica de “darla vuelta”, de hacerse fuerte en la adversidad fortalece nuestra autoestima nacional y al hacerlo contra Inglaterra toca una fibra sensible de nuestra historia como pueblo argentino desde su constitución. 

Las invasiones inglesas de 1806 y 1807 no solo fueron un episodio militar: para buena parte de la historiografía argentina, ahí se forjó el primer atisbo de identidad nacional, antes incluso de la Revolución de Mayo de 1810.

El 25 de junio de 1806, hace poco más de 220 años, una expedición británica al mando del general William Beresford, con apenas 1.600 hombres, desembarcó en Quilmes y tomó Buenos Aires casi sin resistencia: el virrey Rafael de Sobremonte había huido a Córdoba con el tesoro de la ciudad, dejando en evidencia la debilidad del poder español. La ciudad, con unos 45.000 habitantes, quedó bajo ocupación británica por 46 días. Pero el 12 de agosto de 1806, una fuerza criolla liderada por Santiago de Liniers —con apoyo decisivo de milicias organizadas espontáneamente por los propios vecinos— reconquistó la ciudad. Beresford capituló frente al Cabildo. Este 12 de agosto, a 220 años de esa enorme gesta, debería celebrarse oficialmente. 

Ese episodio, conocido como la Reconquista, cambió el eje del poder local: como señala el historiador Guillermo Raúl Moreno, fue el punto en que comenzó a gestarse en estas tierras una identidad colectiva, con toda la población —hombres, mujeres, esclavos, libres— convertida en fortaleza viva de la ciudad. Ante el temor de una segunda invasión, Buenos Aires se militarizó: nacieron los cuerpos de Patricios (criollos porteños, luego comandados por Cornelio Saavedra), Arribeños (voluntarios del interior) y los Húsares de Pueyrredón, entre otros, con jefes elegidos democráticamente por sus propios integrantes. 

La segunda invasión llegó en julio de 1807, al mando del general John Whitelocke, con una fuerza mucho mayor (más de 10.000 hombres). Pese a ocupar parte de la ciudad, los británicos fueron derrotados en combates urbanos casa por casa y capitularon el 5 de julio de 1807, retirándose definitivamente del Río de la Plata.

El historiador José Luis Romero interpretó ese proceso como el momento en que se insinuó una noción de nacionalidad asentada en el nacimiento en la tierra y la adhesión a sus formas de vida: eso era el criollismo, eso era la patria. En la misma línea, el historiador Juan Rattenbach sostiene sin rodeos que "la identidad nacional nace con el rechazo a las invasiones inglesas", en tanto el pueblo de Buenos Aires y luego el resto del país comenzaron a organizarse en milicias propias, desautorizando de hecho a las autoridades españolas.

Esa experiencia de autogobierno militar y esa confianza recién adquirida son, para buena parte de esta historiografía, el antecedente directo de 1810: los mismos criollos que se armaron para expulsar a los ingleses fueron protagonistas de la Revolución de Mayo cuatro años después. 

Volviendo al fútbol y a los chistes que hace la historia. Primero echamos a los ingleses y después a los españoles, esperemos que la historia se repita. 

Yendo de nuevo al tema de Malvinas hay algo que para mí es difícil pasar por alto y es que este tema atraviesa totalmente mi vida profesional y personal. Dos fueron las veces que la dictadura militar vino por mí. En 1979, año en el que fui detenido en el Olimpo durante ocho días por no acatar la política de censura de la dictadura. Es decir, no fui detenido por publicar contenido revolucionario o prosoviético, fui detenido por cumplir con la libertad de expresión y de prensa que nacen de nuestra Constitución Nacional. Luego, en 1983, cuando terminó la Guerra de Malvinas, fui puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional tras ser acusado de “espía inglés”, así como lo escuchan. 

En 1982, durante la Guerra de Malvinas, yo dirigía La Semana, la revista que después se convertiría en Noticias. En ese contexto, decidí contratar al periodista estadounidense Jack Anderson, ganador del Premio Pulitzer en 1972 por sus investigaciones sobre el rol de la administración Nixon en la guerra entre India y Pakistán. Él escribió un artículo de 15.000 palabras que publiqué en la portada de La Semana, en el que sostenía que Argentina iba a perder la guerra, que Galtieri sería depuesto, que la aviación argentina sería efectiva pero que el desempeño de la Marina y el Ejército sería deplorable, y que Margaret Thatcher sería reelegida.

La reacción militar fue inmediata y violenta. Cuando publicamos eso, muy enojados, me citaron del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, me dieron una perorata y me anunciaron que me iban a fusilar. Quien me citó fue el general Ramón Camps —tristemente célebre represor, entonces jefe de la policía de la provincia de Buenos Aires— quien me dijo textualmente: "Jovencito, usted es un idiota útil de los norteamericanos, no existe la flota inglesa de cuarenta barcos, esto lo hacen para bajar la moral de los soldados argentinos [...] Nosotros vamos a ganar la guerra. Esto es propaganda de los norteamericanos y los ingleses y a usted lo vamos a fusilar por traición a la patria. No ahora, porque vamos a usar todas las balas para matar primero a los ingleses".

Terminada la guerra —que efectivamente Argentina perdió, tal como anticipaba el artículo—, la dictadura no me fusiló pero sí avanzó con una acusación formal. El 24 de marzo de 1983, casi un año después de la guerra, se emitió el Decreto 685, que ordenaba que yo quedara a disposición del Poder Ejecutivo Nacional por haberse determinado que mi conducta estaba ligada a una campaña que tendía a la desestabilización del proceso de institucionalización democrática en curso, iniciado por las Fuerzas Armadas. En los hechos, me acusaban de traición a la patria, señalándome como una suerte de espía inglés, con vínculos con el Foreign Office, la cancillería británica.

Lo absurdo del caso, algo que siempre remarco, es que ni siquiera tenía vínculo material posible con Inglaterra: era tan ridículo el argumento del decreto presidencial que firmó en ese momento —que yo había sido un espía inglés— que ni siquiera tenía visa para poder entrar a Inglaterra, pero ese era el nivel de superficialidad, de improvisación con el que el gobierno de entonces actuaba.

Esta es una selección de tapas de 1982 y de los primeros tres meses de 1983 donde la revista decidió asumir el luto con tapas negras y la que colmó el vaso fue la tapa sobre Astiz que por entonces no era una persona conocida. 

 

 

 Terminé siendo, según recuerdo, el último argentino puesto a disposición del Poder Ejecutivo durante la dictadura, con ese cargo tan deshonroso. Para evitar la detención, me asilé en la embajada de Venezuela: estuve allí durante 10 días, uno de los muy pocos países de Sudamérica que no había tenido golpes militares, y el último año de la dictadura lo pasé trabajando para Argentina Editorial Perfil desde Estados Unidos. El abogado de mi hábeas corpus fue, nada menos, Raúl Alfonsín, quien asumiría la presidencia apenas terminada la dictadura: volví cuando él ya era presidente y una Argentina totalmente distinta. Esa, quizás, fue la vez que lo dimos vuelta más impresionante de la época contemporánea. La sociedad argentina bajo el terror de una dictadura que me acusaba de espía inglés, pero que era totalmente funcional al Plan Cóndor y a los intereses de Estados Unidos, terminó siendo derrotada y juzgada sin necesidad de usar las armas. 

Decir la verdad no es ser antipatria, es la obligación del periodismo. Ser antipatria es utilizar una causa justa para perpetuarse en el poder, ser completamente irresponsables en la conducción de las Fuerzas Armadas y luego, encima, robarse lo que los argentinos donamos a los combatientes. 

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Ayer decíamos que el fútbol es tan popular en todo el mundo porque se parece a la vida. Lo más probable es que las jugadas no sean gol y que los sueños no se cumplan, que las adversidades, sobre todo en un país como Argentina sean tan pesadas que hagan que nuestras vidas no sean como las soñamos. Sin embargo, como país colectivamente y luego cada cual en su vida personal necesitamos creer que se puede, necesitamos ese tesoro inmaterial que nos dé fuerzas para seguir adelante, para seguir apostando por alcanzar nuestros ideales y soñar con el país que nos merecemos para poder concretarlo. Hoy como tantas veces tenemos un gobierno que nos divide, que nos dice que no tenemos que ser realistas y aceptar que hay que vivir cada vez peor. Pero podemos darla vuelta, unirnos como sociedad y avanzar hacia otro momento de la historia. No tenemos por qué aceptar vivir en crisis, ni que se destruya nuestra industria o que haya cientos de miles de argentinos que se tengan que ir del país. Para eso, hay que involucrarse en lo que sucede en este país, tanto como lo hicimos con la selección. No es que una cosa vaya en desmedro de otra. Es al revés, la misma pasión y entrega con la que seguimos a la Scaloneta hay que ponerla en participar, informarse, opinar, ser parte de lo que se decide en este país. La palabra con la que me desperté hoy fue “resurrection” así en inglés por tantas canciones que llevan ese nombre, resurrección porque la Argentina lleva medio siglo de caídas, hasta comienzos de los años 70 teníamos el producto bruto per cápita de Canadá y Australia y 4% de pobreza. Resurrección es lo que buscamos los argentinos, incluso los que votaron a Milei también buscando lo mismo aunque mi opinión sobre él sea muy crítica comprendo y comparto lo que buscaron sus votantes. Resurrección no es solo las Malvinas, ellas son un símbolo, un significante de las muchas pérdidas que venimos sufriendo y lo que sentimos tan especialmente cuando gana la selección después de estar perdiendo es una metáfora de esa resurrección que aspiramos para nuestro país.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

MV/ff