Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 953: El “argentino feo” ante la mirada del mundo

La polémica internacional que rodeó a la Argentina durante el Mundial expuso una disputa más profunda sobre la identidad del país, donde confluyen prejuicios históricos, tensiones políticas, debates culturales y la influencia de las redes sociales en la construcción de percepciones globales.

Día 953: El “argentino feo” ante la mirada del mundo Foto: Net Tv

La polémica que atravesó al Mundial 2026 excedió rápidamente los límites del fútbol y se transformó en una disputa sobre la identidad argentina. Sin embargo, detrás de este fenómeno no existe una única explicación: confluyen una imagen internacional del argentino construida durante décadas, marcada por el estereotipo de la arrogancia y la superioridad, con el contexto político actual de una Argentina gobernada por Javier Milei, cuyo estilo confrontativo y su alineamiento con Benjamín Netanyahu en el conflicto de Medio Oriente modificaron la forma en que algunos sectores del mundo interpretan al país.

La llamada "campaña antiargentina" debe analizarse entonces como la intersección entre viejos prejuicios y nuevas batallas culturales de la era digital. La personalidad política de Milei, sus discursos virulentos y la retórica agresiva de algunos de sus principales comunicadores funcionan como un amplificador internacional de determinadas percepciones sobre Argentina. Pero reducir a una sociedad entera a la figura de su Presidente también constituye una simplificación: del mismo modo que Estados Unidos no puede definirse únicamente por Donald Trump, Argentina tampoco puede ser explicada solamente por Milei. El desafío consiste en comprender por qué ciertas críticas encontraron tanta receptividad global, qué parte corresponde a prejuicios externos largamente instalados y qué parte refleja contradicciones reales de la propia sociedad argentina que todavía debe revisar.

El Mundial terminó revelando cómo un acontecimiento deportivo puede convertirse en el escenario donde reaparecen viejos prejuicios culturales, e identidades nacionales en conflicto.

Más allá de si existió o no una coordinación deliberada detrás de esos mensajes, el episodio ilustra un rasgo característico de la guerra comunicacional en la era digital. Hoy ya no es necesario un aparato de propaganda centralizado para instalar una narrativa global: basta con que figuras de gran alcance, algoritmos de recomendación, cuentas anónimas y comunidades virtuales amplifiquen una misma idea para que esta adquiera apariencia de consenso. En pocas horas, una sucesión de opiniones, videos virales y publicaciones minoritarias replicadas miles de veces puede moldear la percepción internacional sobre un país entero, diluyendo los matices y reemplazando la complejidad por estereotipos fáciles de consumir y compartir.

Pero también es cierto que gran parte de estos mensajes se apoyan en prejuicios preexistentes. La imagen del "argentino soberbio" o del "argentino agrandado" no nació con este Mundial ni con las redes sociales. Desde hace décadas forma parte de un estereotipo instalado en buena parte de América Latina y, en menor medida, de Europa. Durante el Mundial, esas percepciones encontraron un terreno fértil para amplificarse. Seguramente también por la gran unidad, orgullo e intensidad, con la que la inmensa mayoría de los argentinos sentimos, en todo el mundo, el evento.

Ya en 1995, los psicólogos sociales Orlando D'Adamo y Virginia García Beaudoux publicaron "El argentino feo", un trabajo que analiza cómo se construyen los estereotipos nacionales y de qué manera influyen en la identidad colectiva y en el comportamiento político. A partir de investigaciones y encuestas, los autores estudian tanto la imagen que los extranjeros tienen de los argentinos como la percepción que los propios argentinos construyen sobre sí mismos.

Una de las principales conclusiones del libro es que, en el imaginario internacional, el rasgo más asociado a los argentinos es la arrogancia o la soberbia. Los autores muestran que ese estereotipo no siempre coincide con la realidad, pero condiciona la forma en que el país es percibido en el exterior. Más allá de ser una curiosidad sociológica, sostienen que estas representaciones tienen consecuencias concretas porque influyen en las relaciones entre sociedades y en la manera en que se interpretan los comportamientos políticos y culturales de una nación.

Quizás el aporte más vigente de El argentino feo sea que los estereotipos no funcionan como simples opiniones, sino como atajos cognitivos: simplificaciones que permiten clasificar rápidamente a grupos enteros de personas y que luego condicionan la interpretación de cualquier comportamiento. Los autores sostienen que esas imágenes poseen una enorme persistencia histórica y tienden a reforzarse a sí mismas: cuando un argentino actúa con modestia, como Scaloni, el hecho pasa inadvertido; cuando uno confirma el prejuicio de la soberbia, ese episodio se convierte en prueba de que el estereotipo era cierto. De allí que modificar la imagen internacional de un país sea un proceso mucho más complejo que desmentir un hecho puntual, porque implica disputar representaciones sociales construidas durante décadas.

Es probable que una parte de la incomodidad que genera la actitud argentina en Europa tenga que ver con una tradición cultural difícil de encajar en sociedades con una historia más marcada por las jerarquías sociales: esa idea profundamente argentina de que “nadie es más que nadie”. Es una forma de igualitarismo plebeyo que atraviesa desde el fútbol hasta la política y la vida cotidiana: la convicción de que un país periférico puede pararse frente a una potencia histórica sin pedir permiso, discutirle de igual a igual y hasta derrotarla en su propio terreno, como en el partido contra Inglaterra, donde los jugadores levantaron la bandera de Malvinas.

En esa tensión también aparece la vieja dicotomía de “Civilización o Barbarie”, el famoso libro de Sarmiento, pero con una inversión irónica: la Argentina muchas veces decidió identificarse con aquello que la tradición ilustrada había despreciado como “bárbaro”. El gaucho, el inmigrante, el mestizo, el rebelde frente a las élites, dejaron de ser vistos como obstáculos para convertirse en símbolos de una identidad propia. Algo de eso aparece en el artículo de The New Yorker que planteaba que “el método le ganó a la locura”: la sorpresa extranjera frente a un país que, lejos de ajustarse al modelo esperado de racionalidad occidental, encontró su propia fórmula de organización y éxito. La paradoja argentina es que, en ocasiones, parece reivindicar precisamente aquello que durante siglos fue considerado inferior: la pasión frente a la razón, la improvisación frente al protocolo, la periferia frente al centro.

Pero detrás del fenómeno que estamos atravesando actualmente confluyen varias capas superpuestas.

Partamos de responder con datos a quienes se hicieron eco de que Argentina es "el país más racista del mundo".

La afirmación tuvo gran repercusión a partir de un posteo del actor Samuel L. Jackson. Estas afirmaciones se basan, por ejemplo, en el hecho empírico de que en la Selección Argentina no haya jugadores de origen africano.

La historia argentina desmiente la idea de que el país haya construido un régimen racial comparable al de otras potencias occidentales. La Asamblea del Año XIII sancionó la libertad de vientres en 1813, estableciendo que los hijos de mujeres esclavizadas nacieran libres, y la Constitución de 1853 abolió definitivamente la esclavitud. Incluso antes, el 9 de abril de 1812, el Primer Triunvirato había prohibido el ingreso de buques dedicados al tráfico de esclavos, una medida que cortó la llegada de personas esclavizadas desde África, en su mayoría transportadas en embarcaciones portuguesas y brasileñas. En Estados Unidos, en cambio, la esclavitud fue abolida recién en 1865, tras una guerra civil que dejó cientos de miles de muertos, y en Brasil en 1888.

Sin embargo, la diferencia más importante no radica solamente en las fechas, sino en lo que ocurrió después. Mientras Estados Unidos institucionalizó durante casi un siglo un sistema de segregación racial mediante las leyes Jim Crow —que impedían compartir escuelas, universidades, transportes, restaurantes o incluso matrimonios entre blancos y negros y recién fueron eliminadas en la década del 60—, la Argentina nunca desarrolló un régimen de separación legal de esas características.

El peso de esa historia todavía está presente en la cultura política estadounidense. Movimientos como Black Lives Matter colocaron nuevamente en el centro del debate la persistencia de desigualdades raciales, la violencia policial y las consecuencias de una segregación que, aunque dejó de ser legal, continúa teniendo efectos sociales y económicos. El asesinato de George Floyd a manos de un agente policial en Minneapolis en 2020 desencadenó una de las mayores movilizaciones contra el racismo en la historia reciente de Estados Unidos y mostró hasta qué punto la cuestión racial sigue siendo una herida abierta en esa sociedad. Esa experiencia histórica explica también por qué muchas figuras estadounidenses interpretan fenómenos internacionales desde una matriz propia: un país donde la raza fue durante siglos una categoría jurídica explícita, con escuelas, barrios y derechos separados según el color de piel. La Argentina, con todos sus problemas de discriminación, atravesó un recorrido diferente, marcado más por la mezcla social y el conflicto de clases que por un sistema formal de segregación racial.

Eso no significa que no existieran prejuicios o discriminación, pero sí que la integración social y el mestizaje fueron mucho más frecuentes. Buena parte de la población argentina posee ancestros indígenas, europeos y también africanos, aunque durante décadas la narrativa oficial invisibilizó ese componente afrodescendiente. Investigaciones genealógicas incluso identificaron ascendencia africana en Diego Maradona, uno de los mayores símbolos de la identidad nacional, y muchos futbolistas actuales presentan rasgos que difícilmente encajen en la imagen de una selección exclusivamente "blanca" que suele difundirse desde el exterior.

Mirado en perspectiva histórica, la comparación resulta aún más elocuente. Samuel L. Jackson nació en 1948 en Tennessee, cuando gran parte del sur de Estados Unidos todavía mantenía la segregación racial legal. Si hubiera querido cursar estudios universitarios en muchos estados sureños durante su juventud, habría encontrado serias barreras institucionales para hacerlo en universidades reservadas para blancos. En la Argentina de esa misma época no existían leyes que prohibieran a un estudiante afrodescendiente acceder a la universidad pública por el color de su piel. Esta diferencia no convierte a la Argentina en una sociedad libre de racismo, pero sí demuestra que su historia racial siguió un recorrido muy distinto al estadounidense y vuelve insostenible cualquier intento de ubicarla entre los países más racistas del mundo.

Por otra parte, Argentina presenta una realidad migratoria diferente a la de buena parte de los países occidentales. Según el Censo 2022, alrededor del 4,2% de la población nació en el exterior, una proporción moderada en comparación con Europa Occidental, Canadá o Australia. Además, cerca del 80% de esos inmigrantes proviene de países limítrofes o del resto de América Latina, principalmente Paraguay, Bolivia, Perú, Venezuela, Chile, Brasil y Uruguay. Solo Paraguay y Bolivia concentran casi la mitad de la población inmigrante del país. En cambio, la inmigración procedente de África subsahariana, Asia o Medio Oriente continúa siendo reducida en términos absolutos, muy por debajo de la registrada en las principales economías desarrolladas, que son el destino privilegiado para la inmigración.

Esta configuración ayuda a explicar por qué la Argentina tiene una diversidad étnica derivada de la inmigración reciente menor que la de países como Reino Unido, Francia, Alemania o Suecia, donde durante las últimas décadas se consolidaron importantes comunidades provenientes de Asia, África y Medio Oriente. En el caso argentino, la inmigración regional comparte, en muchos casos, rasgos culturales, lingüísticos e incluso físicos con amplios sectores de la población local, especialmente en las provincias del norte y del litoral.

Sin embargo, esa diferencia también debe analizarse en el contexto de una Europa que en las últimas décadas enfrentó un fenómeno migratorio de una magnitud completamente distinta. Países como Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Bélgica o Suecia recibieron millones de inmigrantes provenientes de África, Medio Oriente y Asia, muchas veces vinculados a procesos coloniales previos, guerras o crisis económicas. Esa transformación demográfica generó debates intensos sobre integración, identidad nacional y convivencia cultural, pero también alimentó el crecimiento de movimientos políticos xenófobos y nacionalistas que presentan a la inmigración como una amenaza. En los últimos años, episodios de violencia, atentados terroristas y la crisis de refugiados profundizaron tensiones sociales, mientras sectores de extrema derecha construyeron discursos que asocian migración con inseguridad o pérdida de identidad. La comparación resulta relevante porque muchas sociedades europeas conviven hoy con una diversidad étnica reciente mucho más visible que la argentina, lo que también influye en la forma en que interpretan cuestiones como el racismo, la discriminación y la pertenencia nacional.

Como señalaba el papa Francisco al definir a la Argentina como un país ubicado en "el fin del mundo", la distancia geográfica respecto de los grandes flujos migratorios globales también contribuyó históricamente a que el país estuviera menos expuesto a esas corrientes migratorias que transformaron la composición demográfica de otras sociedades occidentales.

Eso no significa, sin embargo, que la Argentina no tenga problemas de discriminación. Los tiene, y desde hace décadas. Existen prejuicios hacia bolivianos, paraguayos, peruanos, pueblos originarios, migrantes y sectores populares. Expresiones cotidianas, cánticos de cancha o bromas naturalizadas muchas veces reproducen formas de desprecio que la sociedad todavía no termina de revisar. Negarlo sería tan absurdo como afirmar que somos una excepción mundial al racismo.

Polémicas declaraciones de Samuel L. Jackson contra Argentina: “Es uno de los países más racistas”

Pero cualquier análisis sobre la diversidad argentina quedaría incompleto si ignorara la historia de las poblaciones indígenas y afrodescendientes. Una de las críticas que aparecieron durante la polémica internacional apuntó justamente a que la Argentina no solo recibió poca inmigración africana o asiática en las últimas décadas, sino que también construyó históricamente un relato nacional que tendió a invisibilizar a sus comunidades originarias y afroargentinas. Durante el siglo XIX, las guerras de independencia, los conflictos internos y campañas militares como la llamada Conquista del Desierto provocaron una fuerte reducción y desplazamiento de pueblos indígenas, además de procesos de asimilación forzada. En el caso afroargentino, la población de origen africano, que tuvo una presencia significativa durante la etapa colonial y llegó a representar un porcentaje importante de la población de Buenos Aires en los primeros censos, disminuyó progresivamente por múltiples factores: las guerras, las epidemias, el mestizaje y, sobre todo, un proceso cultural de invisibilización por el cual la identidad argentina fue asociada durante décadas casi exclusivamente con la inmigración europea. Vale hacer un alto, y marcar que la población argentina, a fin del siglo XIX, era solamente de cuatro millones de habitantes, y que luego de la Primera y la Segunda Guerra Mundial se multiplicó por cinco.

Es decir, hay una Argentina totalmente nueva, construida en el siglo XX por la inmigración de las dos guerras mundiales, lo que hace que la proporción que tenían antes los pobladores en la Argentina original del siglo XIX fuera muy distinta, simplemente por el aluvión de inmigrantes que vino después.

Negar estos procesos sería repetir otro mito: el de una Argentina completamente homogénea y sin conflictos raciales. La diferencia es que esa historia no se expresó mediante un sistema legal de segregación racial como en Estados Unidos, sino a través de mecanismos sociales, culturales y políticos más silenciosos, que también forman parte de la deuda histórica que el país todavía debe revisar.

El Congreso de la Nación Argentina empleó a varios trabajadores afrodescendientes, conocidos popularmente como "ordenanzas" o "porteros", desde finales del siglo XIX. Eran parte de una tradición de empleados de origen africano que cumplían tareas de ceremonial, y su historia fue documentada académicamente, por ejemplo, por la antropóloga Laura Colabella. Entre los personajes históricos más conocidos de esta época se destaca "Benito", un ordenanza negro que trabajaba en el Congreso y que inspiró el célebre sainete cómico de 1899, Justicia Criolla. Ya en el siglo XX, existieron figuras reales de esta comunidad que trabajaron en el edificio, como Alejandro Murature, quien fue reconocido formalmente años atrás por su trayectoria como portero de la institución.

Otra de las acusaciones que reapareció durante esta controversia fue la idea de que la Argentina habría sido históricamente un refugio privilegiado para criminales nazis después de la Segunda Guerra Mundial. Es cierto que el país recibió a algunos jerarcas nazis que escaparon de Europa tras la caída del régimen de Adolf Hitler, entre ellos figuras como Adolf Eichmann y Josef Mengele, que ingresaron utilizando redes de apoyo y documentación falsa. Ese episodio forma parte de una página oscura de la historia argentina y no puede ser negado. Sin embargo, convertir ese hecho en una característica definitoria de toda la sociedad argentina constituye una simplificación histórica. La Argentina no fue el único país que recibió colaboradores nazis o personas vinculadas al régimen derrotado: también existieron redes de protección, complicidades y silencios en distintos países europeos y americanos durante la posguerra. La existencia de esos episodios no permite describir a una nación entera como cómplice del nazismo, del mismo modo que la presencia de simpatizantes nazis en Estados Unidos o Europa no define automáticamente a esas sociedades en su conjunto.

Pero volviendo al contexto actual, también aparece una diferencia conceptual que el debate internacional suele borrar. No toda discriminación es racismo. En la Argentina, buena parte de las prácticas discriminatorias históricas estuvieron atravesadas por el clasismo más que por la segregación racial en el sentido norteamericano. El "cabecita negra", el "negro", el "villero" o el "grasa" no describen únicamente un color de piel: condensan prejuicios sociales, económicos y culturales. Eso no los vuelve menos condenables, pero sí obliga a entender que la experiencia argentina no replica mecánicamente las categorías construidas en Estados Unidos.

Esa diferencia histórica y cultural también explica por qué muchas expresiones cotidianas argentinas generan incomprensión fuera del país. El caso más conocido es el uso de la palabra "negro", que en el habla popular puede funcionar como un apelativo afectuoso entre familiares, amigos o parejas, sin referencia alguna al color de piel. Esa particularidad lingüística no elimina el hecho de que, en otros contextos, el mismo término esté asociado a siglos de esclavitud, segregación y violencia racial.

Al mismo tiempo, esa naturalización también puede llevar a minimizar expresiones que sí reproducen prejuicios. Un ejemplo fue la frase pronunciada por el entonces presidente Alberto Fernández en 2021, cuando afirmó que "los brasileños salieron de la selva, los mexicanos de los indios y los argentinos llegamos de los barcos". Veamos aquel momento.

Aunque luego pidió disculpas y explicó que citaba erróneamente una frase atribuida a Octavio Paz, el episodio reflejó cómo ciertos imaginarios sobre una supuesta excepcionalidad europea de la Argentina todavía sobreviven en el discurso público. La polémica tuvo amplia repercusión internacional precisamente porque reforzó estereotipos ya existentes sobre la identidad argentina y su relación con el resto de América Latina.

No todo lo que desde el exterior se interpreta como racismo responde necesariamente a una lógica racial, pero tampoco puede ignorarse que algunas expresiones argentinas resultan ofensivas o discriminatorias vistas desde otros marcos culturales. Comprender esa diferencia no implica justificar esos discursos, sino reconocer que el diálogo entre sociedades exige entender que las palabras, igual que los prejuicios, cambian de significado según la historia de cada país.

Paradójicamente, mientras desde algunos sectores del mundo se acusa a la Argentina de haber "borrado" su diversidad, son muchos los inmigrantes que viven en el país quienes describen una experiencia exactamente inversa. Durante el Mundial, ciudadanos provenientes de Haití, Ecuador, Angola, Rusia, Venezuela, Francia o Estados Unidos relataron cómo fueron incorporados espontáneamente a los rituales colectivos. Una nota reciente de La Nación recupera esas experiencias: compartieron mates, cábalas, abrazos y festejos como un argentino más. Esos testimonios no demuestran que el país esté libre de prejuicios, pero sí cuestionan la imagen de una sociedad cerrada o impermeable al extranjero.

Veamos uno de los videos que se viralizó estos días.

Pero también hubo casos de racismo durante el Mundial. El caso más reciente ocurrió en Brasil, después del partido de semifinales entre Argentina e Inglaterra. Un argentino de 38 años fue denunciado luego de ser filmado en un bar de Morro de São Paulo realizando gestos que imitaban a un mono frente a un hombre afrodescendiente, presuntamente brasileño.

El video se viralizó y la Justicia brasileña inició una investigación por posible acto de racismo; el hombre regresó a Buenos Aires antes de lo previsto y quedó señalado como prófugo según las autoridades brasileñas.

Otro elemento que me llegó personalmente hace algunos días fue la imagen de la pizzería “Los Monos”. El embajador brasileño transmitió su inquietud ante lo que parecía una expresión de desprecio hacia los brasileños. Sin embargo, el caso también mostró la complejidad de estas polémicas cuando se las observa más allá de la viralización inicial: según la información recopilada por nuestro periodista, Juan Cruz Soqueira, una de las dueñas del local era precisamente brasileña.

Otra dimensión del fenómeno tiene un evidente componente político e ideológico. Una parte de las voces que impulsaron las críticas más virulentas contra la Argentina provino de figuras identificadas con sectores progresistas, de lo que Milei llama “woke”.

Por ejemplo, la crítica de la congresal demócrata Jasmine Crockett.

La cantante Rosalía compartió en TikTok un video de Mia Khalifa burlándose de la derrota argentina. Muchos argentinos anunciaron en redes que pedirían la devolución para sus shows, que se realizarán en un mes. Pero su publicación también puede leerse en clave geopolítica. El video que compartió la cantante muestra a Mia Khalifa festejando el triunfo de España con una canción de Rosalía, acompañada por el texto "Así suena la vida ahora que las perlas fueron derrotadas". En España se usa la expresión "ser un perla" de forma irónica para referirse a alguien conflictivo, tramposo o de quien no se puede confiar.

Mia Khalifa, nacida en el Líbano, en Beirut, es conocida por su pasado en el cine para adultos, pero tras su retiro de la industria ha dedicado parte de su actividad en redes a difundir la defensa de la causa palestina.

Quien relacionó la campaña con la postura de Milei hacia Netanyahu fue Javier Bardem. Uno de los intérpretes españoles con mayor reconocimiento internacional y el primer actor español nominado al Premio Óscar como mejor actor. El actor español señaló que el fuerte apoyo del mandatario argentino a Benjamín Netanyahu motivó a gran parte del público a alentar al equipo contrario.

Esto no significa que todas esas expresiones hayan respondido a una coordinación política ni que la crítica al gobierno argentino sea ilegítima. Pero sí permite observar cómo, en un contexto internacional profundamente atravesado por la guerra en Gaza, la posición de Milei como uno de los principales aliados de Netanyahu terminó proyectándose sobre la imagen del país. El seleccionado argentino pasó a ser leído, por algunos actores internacionales, no solo como un equipo de fútbol sino también como un símbolo nacional asociado al posicionamiento geopolítico de su Presidente.

El estilo confrontativo de Javier Milei, sus descalificaciones permanentes hacia adversarios políticos y el tono agresivo que suelen adoptar varios de sus principales comunicadores contribuyen a moldear una percepción internacional de la Argentina. Sería simplista atribuir la ola de críticas exclusivamente al Presidente, pero también sería ingenuo suponer que la retórica de un gobierno que hace de la confrontación una marca identitaria no tiene ningún impacto sobre la manera en que el resto del mundo observa al país.

Veamos, por ejemplo, este meme que difundían cuentas libertarias cuando Argentina le ganó a Cabo Verde. Vemos que lo compartió Agustín Romo.

Veamos al comunicador libertario el Gordo Dan hablar acerca de las acusaciones de racismo.

Además de estas declaraciones, es conocido que referentes vinculados al oficialismo libertario propusieron revisar derechos de los extranjeros residentes en Argentina, como el acceso a la salud o la educación pública. La paradoja es que una defensa de la identidad nacional basada en señalar a otros grupos puede terminar reproduciendo exactamente la lógica de exclusión que se cuestiona desde afuera. La Argentina tiene una larga tradición de recepción de inmigrantes y su propia Constitución consagró históricamente una vocación de integración.

El Mundial, y el pos-Mundial, con la reflexión alrededor de todas estas repercusiones, termina mostrando tanto las simplificaciones con las que el mundo mira a la Argentina como las contradicciones con las que los propios argentinos siguen construyendo su identidad.

Las declaraciones del Presidente y sus seguidores, su estilo confrontativo, los insultos convertidos en método de comunicación y su alineamiento con figuras profundamente polarizantes terminaron proyectándose sobre la Argentina entera.

El problema aparece cuando esa simplificación se vuelve absoluta. Ningún país puede reducirse a su presidente, del mismo modo que Estados Unidos no se agota en Donald Trump o España en Pedro Sánchez. Argentina eligió democráticamente a Milei, pero también es el país de millones de personas que piensan exactamente lo contrario. Identificar a toda una sociedad con un gobierno circunstancial supone desconocer la pluralidad que define a cualquier democracia.

Las propias investigaciones sobre la conversación digital sugieren, además, que el fenómeno no fue completamente espontáneo. Miles de publicaciones comenzaron a repetir narrativas idénticas —Argentina como un país racista, como refugio de nazis, como "el Israel de América Latina", como una selección favorecida por la FIFA— hasta construir una percepción de consenso. No es necesario imaginar una conspiración global para advertir cómo funcionan hoy las batallas comunicacionales: basta con que determinados mensajes sean amplificados por algoritmos, cuentas coordinadas o figuras con enorme visibilidad para que una percepción marginal termine pareciendo una verdad universal.

La identidad nacional nunca es una fotografía; es una discusión permanente. Argentina no es el país idílico que algunos defienden por reflejo, pero tampoco la caricatura racista y violenta que se viralizó después de la final. Es una sociedad atravesada por tensiones, contradicciones y disputas, como cualquier otra. Tiene una historia singular respecto del racismo, marcada por el mestizaje, por la inmigración y también por procesos de invisibilización de poblaciones afrodescendientes e indígenas. Tiene prácticas discriminatorias que debe revisar, pero también una larga tradición de integración social que explica por qué millones de inmigrantes eligieron este país para construir su vida.

Tal vez el mayor error sea responder a un prejuicio con otro. Ni el nacionalismo herido que convierte toda crítica en una conspiración, ni el progresismo que transforma a un país entero en culpable de los excesos de algunos ayudan a comprender lo ocurrido. El Mundial dejó una enseñanza incómoda: en el siglo XXI, los partidos duran mucho más que noventa minutos. Se juegan también en las redes sociales, en la política, en la cultura y en la disputa por un relato identitario.

La Selección argentina y una campaña internacional que mezcla prejuicios, racismo y falsedades

En definitiva, el conjunto de críticas que aparecieron durante el Mundial revela más una disputa por el significado de la identidad argentina que una descripción objetiva y unívoca del país. En ese magma confluyen acusaciones que, en muchos casos, resultan incluso contradictorias entre sí: la Argentina es presentada simultáneamente como un país excesivamente alineado con Israel y Benjamín Netanyahu, pero también como un supuesto refugio histórico del nazismo; como una sociedad demasiado occidentalizada y, al mismo tiempo, como una nación atrasada y violenta; como un país orgulloso de su origen europeo pero también como una sociedad incapaz de reconocer su diversidad indígena y afrodescendiente. Estas tensiones muestran que muchas veces no se está discutiendo a la Argentina real, sino una construcción simbólica donde distintos actores proyectan sus propios debates políticos, culturales e ideológicos.

Parte del fenómeno también puede explicarse por una característica central de la era digital: las redes sociales modificaron nuestra percepción sobre el peso real de determinados grupos o ideas. La lógica algorítmica tiende a amplificar los mensajes más extremos, emocionales o conflictivos, generando la sensación de que representan a mayorías sociales cuando en realidad pueden corresponder a minorías muy activas. Ocurre algo similar con movimientos como el terraplanismo: su presencia permanente en internet puede dar la impresión de que existe una enorme cantidad de personas que rechazan la evidencia científica, cuando en términos estadísticos siguen siendo un grupo reducido. Algo semejante puede ocurrir con las expresiones más radicales del nacionalismo argentino o con sus críticos más severos en el exterior: unas pocas voces con gran capacidad de viralización pueden convertirse en la imagen de un país entero. El desafío, entonces, tanto para nosotros como para quienes nos miran desde el exterior, es distinguir entre lo que las redes sociales hacen visible y lo que realmente representa a una sociedad.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

 

MV/LT