Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 957: ¿No se dan cuenta que este hombre no está bien?

El deterioro de la relación entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva reavivó las tensiones diplomáticas entre Argentina y Brasil y abrió un debate sobre el impacto político y económico del vínculo bilateral.

El presidente Javier Milei Foto: Bloomberg

Como es de acostumbrarse, Milei, cada vez que la oposición desaparece del mapa y no le genera problemas, se encarga de pegarse tiros en el pie y desatar problemas en su gobierno que no tenía. Primero desatando un monumental desastre diplomático con el principal socio comercial del país y, al día siguiente, aunque incomparable en términos de daño al país, igualmente sintomático de su desquicio, insultando a un cabañero premiado de la Sociedad Rural, que había sido ministro de Duhalde.

¿No se dan cuenta que el presidente no está bien? ¿No se da cuenta el canciller Quirno, que luce como una persona seria, cuando lo acompaña a San Pablo? ¿No se da cuenta el resto de los ministros, que tienen una historia pública? ¿Estamos naturalizando tener un presidente que, como se titula el célebre film de Almodóvar, se encuentra al borde de un ataque de nervios? ¿En qué momento aceptamos como común algo que nunca tuvo lugar en la historia política de este país?

Vamos a ver un compilado con los insultos del Presidente durante el fin de semana.

Da vergüenza. Por ahora, fingir demencia es la manera que tienen muchos que lo consideran un mal menor, a la que apelan para no sentir vergüenza.

Focalizándonos ahora en el grave problema diplomático con Brasil. Milei y Lula son los opuestos perfectos que representan dos modelos distintos para los países de la región y dos formas de hacer política antagónicas.

Milei es un advenedizo de la política que hace apenas unos cinco años era un diputado de un minibloque de dos en el Congreso; hace siete, un panelista de televisión; y hace diez, un total desconocido. Lula empezó a hacer política en los setenta, bajo la dictadura militar en Brasil, cuando comenzó su actividad como dirigente sindical metalúrgico. Saltó a la notoriedad del país carioca tras dirigir las grandes huelgas en San Pablo de 1978 y 1980. De esta experiencia emergió el "Partido de los Trabajadores".

Milei se presentó a dos elecciones: en una salió diputado y en la otra, presidente. Su discurso fue totalmente radicalizado, al punto de proponer la "quema del Banco Central". Lula perdió tres elecciones presidenciales consecutivas —1989, 1994 y 1998— antes de llegar al poder. La de 1989 fue particularmente cerrada: perdió en segunda vuelta contra Fernando Collor de Mello. Recién en 2002, moderando su imagen pública y con una carta abierta "al pueblo brasileño" en la que garantizaba respeto a los contratos y la estabilidad económica, ganó la presidencia y asumió el 1 de enero de 2003.

Milei puede hacer campaña por Flávio Bolsonaro o por Kast en Chile, pero no impulsa la creación de un bloque regional comercial para competir y negociar en mejores condiciones con las potencias centrales. Lula fue un gran impulsor del Mercosur como una pata estratégica del desarrollo de Brasil y la región, además de promover el acuerdo entre este y la Unión Europea. Es decir, en los hechos Milei propone una región dirigida por Estados Unidos con gobiernos que le sean políticamente serviles, y Lula, una alianza estratégica regional, no para pelearse ideológicamente contra Estados Unidos, sino para obtener mayores ventajas competitivas y grados de autonomía.

Milei puede perder las elecciones y transformarse en un olvidable accidente de la historia. Lula, tras sacar decenas de millones de personas de la pobreza y, junto a Fernando Henrique Cardoso, estabilizar Brasil y llevarlo a ser la octava economía del mundo, tiene asegurado el puesto del político latinoamericano más importante del siglo XXI y uno de los artífices del nuevo orden mundial, tras ser fundador de los BRICS junto a Rusia, China e India, el mayor bloque económico mundial.

A lo largo de su carrera, Lula mostró un gran pragmatismo. De su izquierdismo inicial, a la ortodoxia económica, lo que sea necesario para que Brasil prospere. Se puede decir que Lula quiere ser presidente de su país más que tener razón. Tiene más interés en los resultados que en las ideas. Milei no quiere ser presidente. Ese es el motivo real del escándalo diplomático que hay entre Argentina y Brasil. Lo que Milei quiere ser, en realidad, es una suerte de dirigente y profeta de la extrema derecha mundial. Alguien que viva de viajar por el mundo dando charlas y recibiendo premios de las organizaciones de este espacio y de los gobiernos que los reaccionarios de los diferentes países conquisten.

Un presidente hace lo posible porque las empresas de su país incrementen el flujo comercial con los socios comerciales, es un facilitador de las exportaciones, porque justamente esto hace que haya más ingreso de divisas y se generen puestos de trabajo, elevando el nivel de vida de la población. Alguien que insulta al presidente del primer socio comercial es un obstaculizador de estas relaciones, todo lo contrario a un presidente. Milei fue a hacer campaña por Flávio Bolsonaro porque, al igual que con Trump, se jugó un pleno en esa elección. Luego, si Lula es reelecto y Trump pierde en medio término, probablemente haya incertidumbre económica que se explicará por "el riesgo kuka", y si efectivamente el año que viene pierde el poder, hablará de una conspiración o golpe de Estado encubierto. Un político hace que las cosas sean posibles, acordando, negociando. Un líder extremista busca que el mundo sea como él cree que debe ser, y si no es así, prefiere quedarse criticando al margen de la historia. Por eso, durante gran parte de su vida Milei fue un marginal político, justamente porque estaba al margen, insultando y criticando a todos. Cuando la sociedad fue al margen a buscar una salida, esto cambió la situación de Milei, pero esto no lo hizo menos extremista.

Lo que ocurrió en San Pablo no es un exabrupto verbal más de Javier Milei: es una ruptura del protocolo diplomático con consecuencias concretas, y reducirlo a "otra frase fuerte del Presidente" es no entender la magnitud de lo que está en juego. Milei llamó "zurdo", "ladrón" y "presidiario" a Lula da Silva —jefe de Estado de un país soberano y socio principal de la Argentina en el Mercosur— durante un acto de campaña de Flávio Bolsonaro en Brasil. Además, trató de "basura calva" al juez Alexandre Moraes, miembro de la Corte Suprema brasileña que falló a favor de la libertad de Lula tras declararlo inocente en la causa que lo tuvo 580 días preso. La respuesta no tardó: la Cancillería brasileña, a través del canciller Mauro Vieira, llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli.

La diplomacia no es cortesía protocolar: es el mecanismo que permite que dos países con intereses profundamente entrelazados sigan cooperando aunque sus gobiernos piensen distinto o se detesten. Sirve para eso, específicamente, cuando hay mucho en juego económico y estratégico que no depende de si a un presidente le cae bien el otro. Ese es el punto que se pierde cuando se reduce todo esto a un cruce de insultos: lo que está en riesgo no es la relación personal entre Milei y Lula, sino los canales que sostienen una interdependencia real y medible.

Brasil es, por lejos, el principal socio comercial de la Argentina. En 2025, el intercambio bilateral alcanzó los 31.195 millones de dólares, el nivel más alto en trece años, con Brasil consolidado como el destino que concentra la mayor porción del comercio exterior argentino. De ahí sale buena parte de las exportaciones industriales del país: cerca del 38% de las manufacturas de origen industrial argentinas tuvo a Brasil como destino en 2025, y el complejo automotriz —uno de los más sensibles al tipo de cambio y al empleo industrial— depende de ese mercado como su principal comprador. A eso se suman el trigo y la agroindustria pampeana, que también encuentran en Brasil su salida más importante. Esto no es un dato abstracto: son fábricas, cadenas de proveedores y puestos de trabajo que dependen de que ese vínculo funcione sin sobresaltos políticos.

Brasil analiza nuevas medidas tras los insultos de Milei a Lula y el llamado a consultas de su embajador

Ahí entra el verdadero rol de la diplomacia: administrar esa dependencia mutua para que no quede rehén del humor de los presidentes de turno. Cuando un canciller llama a consultas a su embajador —como hizo Brasil con Julio Bitelli— no está haciendo un gesto simbólico vacío: es la herramienta formal más severa que existe antes de una ruptura de relaciones, y funciona como una advertencia de que el canal de confianza se rompió. A partir de ahí, lo que antes se resolvía con una llamada entre cancillerías empieza a resolverse, o directamente a trabarse, en un clima de sospecha. Eso tiene consecuencias concretas y no hipotéticas: negociaciones pendientes del Mercosur, como el propio acuerdo con la Unión Europea, dependen de una mesa de trabajo fluida entre Buenos Aires y Brasilia; decisiones de inversión de empresas que operan en ambos países —incluidas multinacionales europeas que ven a la región como un bloque, no como dos mercados separados— se vuelven más cautelosas ante la inestabilidad política; y cualquier freno administrativo brasileño a productos argentinos, aunque sea informal, golpea directo a sectores que ya conviven con años de déficit bilateral estructural.

Hay además un dato que agrava el cuadro: Milei nunca buscó una reunión oficial con Lula desde que asumió, y priorizó en cambio el vínculo con Jair Bolsonaro. Es decir, no se trata de un exabrupto aislado en una relación por lo demás cuidada, sino de la profundización de un vacío diplomático que ya venía de antes. Cuando ese vacío se llena con insultos en un acto de campaña de la oposición brasileña, el mensaje que recibe Brasilia no es solo "el presidente argentino se enojó", sino "el gobierno argentino no tiene interés en gestionar esta relación de manera estable". Y esa lectura es la que efectivamente puede traducirse en menor previsibilidad comercial, en trabas diplomáticas para acuerdos regionales y en un deterioro que no se revierte con una sola reunión, sino con años de trabajo institucional que ahora hay que reconstruir.

La relación entre Argentina y Brasil no arranca con una amistad, sino con una rivalidad de siglos que después se convirtió, por decisión política deliberada, en la asociación estratégica más importante de Sudamérica. Esa historia de origen conflictivo es la que le da profundidad al vínculo actual, y también la que explica por qué su deterioro pesa tanto.

El conflicto es anterior incluso a los dos estados nacionales: España y Portugal disputaron durante toda la Colonia el control de la Cuenca del Plata, y esa tensión se heredó apenas nacidas las repúblicas. La Corte portuguesa, instalada en Río de Janeiro desde 1808, y la infanta Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII, intentaron hacerse con la regencia del Río de la Plata en nombre de la corona española exiliada. A pesar de haber sido los primeros en reconocer a las Provincias Unidas, eso no evitó la guerra. Entre 1825 y 1828, ambos países combatieron por el control de la Banda Oriental en la Guerra de la Cisplatina, resuelta con la creación de un estado tapón, Uruguay, mediada por Gran Bretaña. La derrota que Urquiza le propinó a Juan Manuel de Rosas en Caseros, en 1852, contó con el apoyo de milicias brasileñas que se sumaron a las propias de Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe. Décadas después, Argentina, Brasil y Uruguay combatieron juntos contra el Paraguay de Solano López en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), el primer gran antecedente de cooperación militar conjunta.

Durante casi todo el siglo XX, sin embargo, primó la desconfianza estratégica antes que la integración: las hipótesis de conflicto bélico entre ambos ejércitos se mantuvieron vigentes hasta la recuperación democrática de ambos países. En la década del ochenta, los gobiernos de Raúl Alfonsín y José Sarney tomaron la decisión, inédita hasta entonces, de desactivar la hipótesis de conflicto nuclear mutuo y avanzar hacia la integración económica, un proceso que en 1991 desembocó en la firma del Tratado de Asunción y la creación del Mercosur junto con Uruguay y Paraguay. Ese fue el primer gran hito estructural: transformó a Brasil, de rival histórico, en el socio comercial más importante de la Argentina, posición que conserva hasta hoy.

En la cancillería brasileña, Itamaraty, se denomina a este punto de inflexión pre-Itaipú y post-Itaipú, porque en 1980 la dictadura argentina, que buscaba una guerra, lo intentó con Chile —se lo impidió el Papa Juan Pablo II— y luego fue por Malvinas, y estuvo a punto de ir a la guerra con Brasil porque la represa de Itaipú iría a dejar el río Paraná seco.

El segundo gran hito tiene nombre y apellido: Luiz Inácio Lula da Silva. Su llegada a la presidencia de Brasil el 1 de enero de 2003, primero con Duhalde y casi en simultáneo con la de Néstor Kirchner en Argentina, produjo lo que buena parte del análisis regional definió como una alianza de "hermanos gemelos": ambos gobiernos coordinaron posiciones frente al FMI, impulsaron una integración regional mucho más ambiciosa que el Mercosur comercial de los noventa, y en 2008 fundaron la UNASUR, con Kirchner como su primer secretario general. A la muerte de este último en 2010, fue el propio Lula quien tomó la posta como la figura de mayor peso para sostener ese proceso de integración sudamericana, incluyendo iniciativas como el Banco del Sur. Durante los gobiernos de Lula y luego Dilma Rousseff, y en paralelo los de Cristina Fernández de Kirchner, la agenda bilateral se profundizó en áreas sensibles como la cooperación nuclear (con una comisión binacional creada en 2008) y el respaldo diplomático mutuo, incluido el apoyo brasileño al reclamo argentino por Malvinas.

Ese ciclo de asociación estratégica se cortó con la llegada de Jair Bolsonaro en 2019, que coincidió con el gobierno de Alberto Fernández: la relación personal entre ambos presidentes fue de desencuentro casi permanente, con cruces públicos que llegaron a involucrar a sus propios hijos, aunque el comercio bilateral, pese a la fricción política, no se resintió tanto como el vínculo diplomático. El regreso de Lula al poder en 2023 debía haber reabierto el ciclo de cercanía de la década de 2000, pero se encontró con un escenario inédito: un presidente argentino, Javier Milei, que desde su asunción nunca buscó una reunión oficial con él, privilegió el vínculo con el bolsonarismo y escaló los ataques personales hasta el nivel que atraviesa hoy la relación bilateral, el más bajo desde el retorno de la democracia en ambos países.

Lo que queda claro al mirar los dos siglos completos es que la relación argentino-brasileña nunca fue naturalmente armoniosa: cada etapa de acercamiento profundo fue una construcción política deliberada, empujada por liderazgos concretos, y no una consecuencia automática de la geografía o la economía. Eso explica por qué, en momentos de conducción hostil, la relación puede deteriorarse tan rápido pese a la enorme interdependencia comercial que la sostiene.

Milei dijo que Lula intervino en la campaña electoral de 2023 porque hubo asesores brasileños trabajando para el candidato del peronismo, Sergio Massa. ¿Qué tendría que decir Lula si uno de los involucrados en el intento de golpe de Estado, por el que está preso Bolsonaro, es Fernando Cerimedo, un experto en comunicación digital argentino que luego formó parte del equipo de campaña de Milei y es uno de los dueños de La Derecha Diario, una web de propaganda del Gobierno?

Vamos a compartir un fragmento de una entrevista que Ernesto Tenembaum le hizo a Fernando Cerimedo, en la que el estratega digital se defiende de las acusaciones.

Inclusive en este fragmento, Cerimedo admite que presentó supuestas pruebas cuestionando el resultado, pruebas que la Justicia dijo que no eran reales y, más peligroso aún, le pidió a los bolsonaristas que protesten enfrente de los cuarteles. ¿Por qué alguien iba a protestar frente a los cuarteles luego de una elección? Por esto. Pasemos la siguiente imagen.

La línea de la manifestación orquestada era pedirle a los militares que intervengan para evitar la asunción de Lula. Veamos otra imagen.

Vamos a ver una más por si quedan dudas.

Si esto no es fomentar un golpe de Estado, ¿de qué otra manera se lo puede llamar? De hecho, la Justicia brasileña no lo dictaminó como responsable del acto de desinformación, sino que dejó afuera de las acusaciones finales a Cerimedo porque se concentró en el núcleo golpista. Es decir, la fiscalía enfocó la acusación de "intento de abolición violenta del Estado" estrictamente en los actores políticos, militares y exfuncionarios locales con capacidad real de mando y ejecución dentro de las instituciones brasileñas. Aunque la Policía Federal de Brasil había imputado a Cerimedo por difundir desinformación electoral mediante transmisiones en vivo y "milicias digitales", la fiscalía entendió que esa propaganda o cuestionamiento público de las urnas no constituía una participación activa en la organización criminal destinada a ejecutar el alzamiento físico o militar, algo que es bastante criticable.

¿Cómo debería sentirse Lula si de hablar de injerencia en campañas electorales se trata, si luego de esta participación Cerimedo dirige uno de los pocos medios que recibe publicidad pública de YPF y su mujer, Natalia Basil, fue funcionaria en el área de discapacidad hasta que explotara el caso ANDIS?

El canciller de Brasil cruzó a a Milei por sus dichos sobre Lula y escala el conflicto bilateral

Lula, a pesar de todo esto, nunca elevó el tono contra Milei y siempre hizo lo posible para que la relación diplomática no se perjudique. Lula es una alternativa para la región y para el progresismo mundial. Una forma de hacer política orientada a mejorar la vida de sus pueblos, siendo pragmáticos y poniendo los acuerdos antes que el conflicto. Si efectivamente vence en octubre, podrá demostrar que se puede frenar a la extrema derecha y ofrecer un camino distinto para el progresismo, que no sea el de la mera denuncia frente al auge de la extrema derecha.

Esperemos que los ataques de Milei no terminen de lesionar la relación con Brasil y que Lula sea de inspiración a la oposición argentina. Es decir, esperemos que todo entre Argentina y Brasil salga bien a pesar de Milei.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

MV