Memoria para la democracia

Reynaldo Sietecase: “Creo que mi padre hubiera votado a Milei, pero ya estaría horrorizado”

El periodista y escritor presentó "Cabrón", una novela donde reconstruye la figura de su padre y revisa los vínculos familiares, las discusiones políticas y las marcas que dejó la dictadura en una generación.

Reynaldo Sietecase Foto: Cedoc

En Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), Reynaldo Sietecase habló sobre su nuevo libro Cabrón, una obra íntima en la que explora la memoria y la relación con su padre. A partir de esa historia personal, reflexionó sobre las tensiones políticas de distintas épocas y sobre cómo ciertas discusiones familiares, especialmente alrededor de la democracia y la dictadura, siguen resonando en el presente argentino. "Si mi padre hubiera escuchado el discurso del domingo pasado de Milei, yo me imagino que hubiera estado espantado. Alguien que estoy seguro que lo hubiera votado, si hubiera podido", expresó el periodista. 

Reynaldo Sietecase es periodista, escritor, poeta y analista político. Conduce el programa La inmensa minoría en Radio Con Vos y participa en el ciclo Pase lo que pase. Además, está al frente del ciclo de entrevistas Enemigos del Rey en el canal de streaming Ahora Play. Es autor de novelas, narrativa y poemas. Recientemente publicó su nuevo libro Cabrón. Esta novela es una reconstrucción afectiva de la figura paterna; explora las heridas y la memoria utilizando la ficción para inventar una memoria donde antes solo había dolor. 

“Asume los riesgos que impone la memoria y recupera una figura compleja en la que muchos podrán confrontar a sus propios fantasmas. Lo hace con la ternura de quien revisa el pasado sin rencor y con sensibilidad de quien sabe que toda la vida es, al final, el cuento que nos sobrevive. Cabrón es la historia de un hombre, de una familia, de una época. Es un artefacto bellísimo sobre ese duelo siempre insistente que es despedir a un padre. Sin duda el libro más íntimo y entrañable del autor”. Tu padre falleció en el 2004; o sea, pasaron dos décadas para que te atrevieras a escribir sobre él y me gustaría que nos contaras por qué.

Este libro se me impuso. Yo vengo escribiendo novelas policiales, que es lo que más me gusta: la novela criminal, como lector y también como autor. De hecho, he tenido la satisfacción en estas últimas horas de estar nominado con La Rey al premio quizás más importante de novela criminal en el mundo, que es el de Hammett. Estoy ahí con Claudia Piñeiro y tres escritores españoles. Y lo cuento para que entiendan que se me puso la idea de escribir sobre mi padre casi por azar, como una necesidad.

Estaba haciendo la maestría de escritura creativa de la UNTREF, estudiando esta etapa de mi vida: literatura, leyendo, escribiendo. Y empecé a escribir sobre algunos objetos que tenía de mi padre y se terminó imponiendo esta idea de recuperar su imagen con todo lo que implica escribir sobre el padre. Hay casi, te diría, un género literario de libros sobre el padre. Hay cantidad. La sorpresa ahora es que a mucha gente, por lo que voy recibiendo ya, opiniones de lectores, algunos calificados, porque son periodistas o escritores, el libro le provoca eso, cierta empatía, en especial a una generación que hemos tenido padres bastante duros, bastante rigurosos y con los que disputábamos bastante.

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Hecha la presentación respecto de que está hecho sin rencor, como se dice en la contratapa del libro. Al escribir sobre tu papá, Cabrón, en una época de padres duros, ¿en algún momento, en la asociación libre, te apareció el papá de Milei?

No, pero eran padres difíciles. Hace poco una psicóloga amiga de Rosario, que no leyó el libro pero escuchó algunos comentarios y se enteró de esta idea que yo decía, que me acerco sin rencor, me dice: “Es un acto de amor lo que hiciste. Dos años trabajando sobre la memoria de tu padre; es un acto de amor, de recuperación por el amor”.

Me gustó mucho la idea, porque la verdad es mi padre era un buen tipo, una buena persona. Lo que pasa es que también cargaban con historias durísimas. A él su padre lo había abandonado. La pasaron muy mal, hambre literalmente, con sus hermanos. Y bueno, a partir de eso te diría que es casi un milagro laico, porque yo no me puedo quejar de la falta de amor de mi padre. Siempre ha sido cariñoso, nos ha ayudado, nos ha contenido. Pero también tenía todo lo otro, y las diferencias grandes a nivel político.

El otro día me preguntó alguien algo sobre eso, sobre las disputas políticas, que en mi caso eran feroces con él, sobre todo por el tema dictadura militar. Él votaba al radicalismo habitualmente, pero era más bien conservador. Me preguntaron si hubiera votado a Milei, yo creo que sí. Lo que pasa es que, conociéndolo, su cultura, su apego a las formas, a las instituciones, ya estaría horrorizado de lo que está pasando con Milei. Si mi padre hubiera escuchado el discurso del domingo pasado de Milei, yo me imagino que hubiera estado espantado. Alguien que estoy seguro que lo hubiera votado, si hubiera podido.

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Fijate vos: en las discusiones en aquella época finalmente coincidirías hoy con él.

Claro. Sí.Creo que por evolución de los dos, quizás, haber entendido la importancia de los valores de la democracia, de la república, del disenso. Esos valores que uno ha defendido toda la vida y que ahora están en jaque. Creo que en ese aspecto quiero creer que cualquier persona sensata, apegada, que entiende que aun con todos los problemas la democracia es el mejor de los sistemas… bueno, te acerca.

Te puede acercar con un conservador, te puede acercar con un socialista, te puede acercar con cualquiera: peronista, radical, de derecha, si entiende que hay algo que es superior: La ley, la Constitución, que es lo que está en jaque, ¿no? Parece que no, o mucha gente no se diera cuenta, no estuviera entendiendo la disputa que se da en el ámbito mundial y aquí también, obviamente. O sea, no es un caso aislado, Milei. Cuando uno ve para afuera, lo ve a Trump, nada más, sabe que esto es algo más complejo.

En esas discusiones con tu papá en la época de la dictadura, ¿fue evolucionando a lo largo de los años de la dictadura? ¿Fue cambiando tu viejo la posición sobre la dictadura en la medida en que se iba enterando más de lo que pasaba?

Sí, claro. El gran shock para él fue entender que había un aparato represivo. Me costó muchas discusiones. Yo creo que accedí, pero el hecho de estar muy vinculado al arte, la literatura, dirigir revistas literarias, o sea empecé a recibir una información que él no manejaba. Y ya por el año 81 yo sabía lo que estaba pasando claramente. Y bueno, a él le costó más esta mirada sobre que venía un gobierno a terminar…

A ver, hubo una gran parte de la sociedad civil que acompañó casi con alivio el golpe. Pensando que se terminaba la violencia, que venían estos tipos, que eran unos caballeros, que venían a instaurar algún tipo de orden y que enseguida venía otra vez un proceso democrático. Bueno, era una banda de asesinos que secuestraba, mataba y todo lo que sabemos. Y creo que cuando lo entendió, obviamente, sufrió el proceso inverso: el espanto, el horror, y creo que también el dolor de haber creído que eso era otra cosa.

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Vos decís que lo tuviste en claro en el 81. En mi caso yo lo tuve claro en el 79. Pero lo que es cierto es que hubo un período inicial en el que mucha de esa gente que apoyaba no sabía, no estaba informada de lo que pasaba. Lo que nos genera un ejemplo exacerbado, pero útil. Muchas veces los ejemplos exacerbados, en su exageración, sirven para ser más didácticos de la importancia que tiene que la opinión pública esté informada y de la gravedad que significa cuando se produce una especie de cámara de eco y la mayoría de los medios con mayor influencia coordina una especie de tendencia. Que quizás también explique la emergencia de Milei: que la mayoría de los medios de comunicación llegaron a la conclusión de que la democracia o que los políticos no servían.

Sí, estoy totalmente de acuerdo. No sé en cuánto incidió eso en mi vuelco al periodismo, porque yo vengo de la literatura al periodismo. Pero lentamente me fui involucrando más. Ya las revistas que me interesaba hacer tenían que tener contenido de periodismo, noticias, opinión. Es más, recuerdo: si yo tengo que buscar mi primera editorial, habla con mucha moderación del tema de la desaparición de personas. Dictadura todavía. Y mi grupo literario empezaba a pintar paredes como las juventudes políticas. Pintábamos poemas de poetas desaparecidos en las paredes, pero no pintábamos cualquier cosa.

Y me parece que esa toma de conciencia también me hizo entender la importancia que tiene la información y por qué los autoritarios en general lo primero que intentan es tratar de acallar o amedrentar. Este es un gobierno, por ejemplo, que tiene el ejercicio muy afinado de asustar y amedrentar a opositores, a periodistas, a sindicalistas, ahora también a empresarios. Como si en el disenso estuviera la semilla de su propia debilidad.

En esos dos años, ¿hablaste con tu hijo? ¿Qué te produjo más allá del acto de la escritura?

La única aparición fuerte que tuve, que primero casi es el germen del libro: empecé a escribir sobre su guitarra. Porque mi papá cantaba, le gustaba cantar. Era no profesional, pero cantaba bastante bien. Cantaba folklore, tango. Me pasó que empecé a escribir sobre su guitarra. La tenía, la podía describir al detalle, pero no me acordaba de su voz. Me pasó algo muy conmocionante. Ahora está todo filmado; es distinta la relación que tenemos con la imagen y con el sonido. Pero me agarró una angustia... Salí de la maestría, me tomé el subte hasta Chacarita, donde yo vivo, con una preocupación de que no me acordaba la voz de mi papá.

Digo: “¿Cómo no me puedo acordar la voz de mi papá?” Bueno, busqué y encontré una cinta donde él está comprando una cámara justamente y está con el vendedor interactuando. Y ese ejercicio de recuperar su voz creo que fue una de las cosas más fuertes que me pasó. Porque me dio la sensación de que tenía que traer un montón de cosas y empecé un proceso casi de arqueología. Una arqueología con objetos. Me di cuenta de que tenía muchos objetos de él que yo me traje cuando murió, pero claro, no había interactuado con esos objetos.

El reloj, el anillo, los anteojos. Descubrí que los anteojos tienen una muesca. De hecho el libro empieza así: si cuando el ataque le dio el ataque, si se le cayeron los lentes, ¿qué le habrá pasado?. Y después tuve un sueño donde él me decía que no escriba, que me deje de joder, que no escriba un libro sobre él. Obviamente era tarde la advertencia. Era otra de las tantas advertencias que no cumplí. Hay un texto que dice: “Soy la gente contra la cual me advirtieron mis padres”.

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¿Sentiste eso que Freud decía, de que el padre muerto está más vivo que nunca dentro de uno, mucho más que cuando estaba vivo en presencia?

Es posible, no sé. Yo me llegué a conciliar con mi padre. A hacer un proceso que creo que deberían hacer todos, o deberíamos hacer todos: cuando uno madura y se da cuenta de que no hace falta, que es imposible cambiar al padre. Que el padre no te va a cambiar, si lograste imponer tu deseo, porque a veces uno hace parte del deseo del padre... Yo estudié Ciencias Económicas porque mi padre estaba obsesionado con el tema de la plata. Él había pasado tanta hambre que quería que yo tuviera una empresa, que trabajara en un banco. Esa era su fantasía. Y casi lo logra.

Yo creo que, por suerte, está relacionado con la muerte de mi madre, muy temprana, que me mandó para adentro. Me hizo meterme en mi casa, a leer mucho, a lamentarme, a escribir. Y esa pena creo que me alejó de su deseo. Si bien terminé la carrera, hice dos carreras: hice periodismo en el medio de Ciencias Económicas y después terminé Ciencias Económicas. Para que veas cómo los padres a veces imponen muchas cosas. Pero por suerte me pude dedicar después a la escritura, al periodismo. Y él alcanzó a ver mi primera novela. Y yo estaba trabajando bastante bien acá en Buenos Aires. Creo que de pronto entendió recién ahí que lo que yo quería hacer también me podía permitir vivir dignamente y además ser feliz. Porque cuando uno logra acomodar el deseo a su actividad es fantástico.

La carrera de Ciencias Económicas la hice en el final de la dictadura, también un poco impulsado porque acá en Rosario cerraron las humanidades. La dictadura cerró directamente las carreras. Cerró humanidades. No es que había un control: cerró. Y en las públicas, las que quedaban eran más o menos cercanas a mí, y además con la presión de mi viejo: eran Económicas y Abogacía. Estuve ahí dudando y después hice Económicas. Al primer año ya sabía que no iba a ejercer eso nunca porque no me gustaba. Pero bueno, mis amigos se sorprendían porque pasaban los años y yo cada tanto decía: “Esperen que mañana tengo que ir a rendir matemática financiera”. Y nadie entendía nada. Yo estaba en la literatura, en periodismo, y les decía: “Chicos, perdonen, pero me tengo que estudiar Economía IV”. Iba y la rendía bien.

 

RM/LT