A veces ser entrevistador periodístico tiene similitudes con ser psicoanalista. Hay que poder escuchar entre líneas al entrevistado, detenerse en lo que está diciendo sin querer, en las implicancias que tiene lo que dice. En la última entrevista de Javier Milei con Luis Majul, el Presidente dijo: "Ahora mis conferencias valen 500 mil dólares".
Milei está utilizando el cargo de Presidente para subirse el precio y hacerse rico explotando la fama que consigue siendo excéntrico y temerario en sus políticas. En ese sentido, Argentina no es un experimento libertario de la extrema derecha, es una suerte de reality show que funciona de trampolín para la carrera de Milei. Es significativo, además, que dijo: "En 2031 no me ven más el pelo”. Es decir, no le interesa seguir aportando a la construcción partidaria de La Libertad Avanza. El partido sería en ese caso, solo otro medio para su fin: ser rico y famoso.
Esto que dijo el Presidente no es menor: tiene que ver con su futuro y su presente. Milei contó sus planes y para quienes venimos estudiando su biografía desde hace años y leyendo los libros de Juan Luis González y de otros colegas, también sabemos que tiene que ver con su pasado. El Presidente quiere ser rico y famoso desde que es pequeño. Lo intentó con el fútbol, luego con la música y ahora con la política. Toda una vida dedicada al reconocimiento de los demás.
Sin embargo, recién llegando a sus cincuenta años pudo empezar a sobresalir. Alguien con sus características extravagantes sólo podía abrirse paso en la política de este país, durante una combinación de crisis de representación y angustia social sin precedentes en la historia democrática argentina. Este planteo nos devuelve a otro tipo de políticos.
Hay dirigentes que están en política por el amor a una idea, a un ideal, por una fuerte convicción. Hay otros que los que los motiva es la sensibilidad social, el dolor por el sufrimiento ajeno. Efectivamente hay quienes son movidos por la corrupción y la búsqueda de dinero, pero no habíamos tenido a nadie que lo que buscara efectivamente sea utilizar el cargo como un medio para vivir una vida de riqueza gracias al reconocimiento logrado. Alguien que utilice la presidencia de vidriera para su producto: él mismo.
Tal vez, esta sea la razón de su saña contra la Editorial Perfil. No siempre Milei odió a esta empresa como lo hace ahora, de hecho, su trato hacia mí y los demás periodistas que lo trataron fue cordial durante varios años. Quizás el primer parteaguas fue la investigación de la Revista Noticias que denunció los plagios que Milei hizo a otros economistas.

Las denuncias de plagio obviamente le bajan el precio como expositor y le quitan prestigio de cara a su futuro. Quizás ese sea el verdadero talón de Aquiles de Milei, su reputación como divulgador de ideas y rockstar de la extrema derecha. Además, probablemente esta sea la razón de que Milei sea el Presidente que más haya viajado al exterior desde el retorno a la democracia comparado con el mismo periodo de tiempo.
En los primeros 27 meses de gestión, el presidente Milei realizó 32 viajes al exterior, lo que lo convierte en el mandatario argentino con mayor intensidad de agenda internacional en ese período. Detrás se ubican Mauricio Macri, con 23 viajes, y Carlos Menem, con 21. Luego aparecen Cristina Fernández de Kirchner, con 18, y Fernando de la Rúa, con 15. Más atrás se encuentran Alberto Fernández, con 11 viajes, y Raúl Alfonsín, con 10. Finalmente, Eduardo Duhalde registró 9 viajes y Néstor Kirchner 8.
Esta ventaja de Milei por amplio margen sobre todo el riesgo tiene una razón. Milei quiere ser famoso internacionalmente, está promocionando su marca personal. De hecho, gran cantidad de viajes son políticamente inexplicables. Fue a recibir premios de think tanks y a eventos de la extrema derecha mundial.
En su último viaje, en Nueva York Milei participó de una conferencia en una universidad en la que se dedicó a hacer declaraciones que no tienen sentido desde un punto de vista político, si no mediático. Dijo que es “el presidente más sionista del mundo” y aseguró: “Vamos a ganar la guerra”. Sin embargo, no tuvo en cuenta que las tropas argentinas no están participando del combate. Un presidente del bait, de la viralización para participar de la conversación pública y acumular condiciones para subirse el cachet.
Además, participó en la 12° gala anual J100, organizada por el diario judío The Algemeiner. El evento busca recaudar fondos y homenajear a personalidades que, según la organización, influyen positivamente en la vida judía y en el apoyo a Israel. Milei será uno de los invitados destacados de la velada. Las entradas para asistir a la gala tienen distintos valores: parten desde 3.600 dólares y llegan hasta 500.000, opción que incluye mesas VIP y recepción exclusiva para varios invitados.
En el portal del diario mencionado, se encontraba la venta de la charla con Milei de expositor. Es decir, Milei activamente trabaja en la difusión de su marca personal y haciendo relaciones para su futuro como conferencista famoso y millonario.
Milei inaugura la Argentina Week en Nueva York
Estas proyecciones lo colocarían en la categoría más alta del mercado global de oradores, un nicho extremadamente selecto donde los honorarios son pagados principalmente por grandes bancos de inversión de Wall Street como Goldman Sachs o JP Morgan, fondos de cobertura, y corporaciones tecnológicas que buscan visiones disruptivas sobre la economía.
Al contrastar estas cifras con la realidad del mercado internacional, se observa que solo un puñado de líderes mundiales alcanzan tales montos. Donald Trump lidera el ranking con tarifas que superan el millón de dólares, seguido por figuras como Barack Obama y Tony Blair, quienes oscilan entre los 400 mil y 600 mil dólares. Bill y Hillary Clinton han mantenido promedios de 250 mil dólares por intervención durante años.
En el ámbito regional, los valores suelen ser sustancialmente menores. Expresidentes como Mauricio Macri o los mexicanos Ernesto Zedillo y Felipe Calderón suelen percibir montos que van desde los 40 mil hasta los 100 mil dólares por conferencia.
Por lo tanto, el objetivo de Milei de cobrar un cuarto de millón de dólares por charla implica el desafío de sostener su estatus de celebridad ideológica global una vez que no cuente con el poder institucional de la presidencia. Este mercado de conferencias de élite no premia solamente la trayectoria política, sino la capacidad de influir en las expectativas de los inversores o de representar una corriente de pensamiento que resulte atractiva para los grandes capitales.
El costo acumulado de la agenda viajera del actual gobierno, estimado en más de cuatro millones de dólares financiados por el Tesoro Nacional a marzo de 2026, se justifica desde la narrativa oficial como una inversión necesaria para reinsertar a la Argentina en los flujos financieros globales.
Sin embargo, la frecuencia de casi un viaje y medio por mes genera un debate constante sobre el equilibrio entre la presencia internacional y la atención de la agenda doméstica, especialmente en un contexto de reformas estructurales profundas. ¿No será que el Presidente está más ocupado en difundir su marca personal que en “reinsertar a Argentina en el mundo”?
En marzo del 2020, al principio de la pandemia hace solo seis años, Milei vivía encerrado en su departamento frente al Abasto con sus cuatro perros. Las condiciones de vida eran deplorables, nuestro columnista Juan Cruz Soqueira habló con sus exvecinos quienes aseguraban que el olor que desprendía su departamento era nauseabundo y el ruido por la pelea constante de los animales enloquecedor. Este cuadro que habla de una persona con hábitos antisociales se explica por una vida de pocos lazos personales y muchos alejamientos.
El Presidente mismo ha contado en reiteradas veces la relación con sus padres, la violencia y el maltrato. Probablemente, esa mancha de origen generó una determinada forma de relacionarse en la que sus vínculos son efímeros y traumáticos. En general sus parejas no duran demasiado y sus vínculos de amistad pasan de la lealtad extrema a la enemistad total. Quizás ese sea el motor de la inalcanzable búsqueda de reconocimiento.
Es curiosa la vinculación de esta tesis con el escándalo de $LIBRA. En este caso, Milei también utilizó su imagen para generar dinero. Aún la justicia investiga si ese dinero se lo quedó él y cuál fue el acuerdo con Hayden Davis. Recientemente se conoció un contrato secreto entre ellos. El concepto de memecoin en la que un activo digital cripto se valoriza por la fama de una figura, nos hace pensar en una suerte de memecracia, en la que nuestro presidente utiliza su paso por la función pública para incrementar su valor de meme, para sus futuras ganancias.
En el capítulo titulado "El zar y la zarina" de su monumental "Historia de la Revolución Rusa", León Trotsky propone un análisis materialista que, curiosamente, no desprecia la importancia de la psicología individual, sino que la subordina a las fuerzas históricas en movimiento. Para el autor, el destino de Nicolás II y Alejandra Fiódorovna no es el resultado de un azar biográfico ni de una voluntad soberana capaz de torcer el rumbo de las naciones, sino la culminación de un proceso donde la debilidad personal se convierte en un catalizador de la catástrofe social.
Trotsky argumenta que la psicología del zar, caracterizada por una voluntad estrecha, una falta absoluta de iniciativa y un fatalismo místico heredado de su rígida educación autocrática, no fue una anomalía, sino una pieza perfecta para un sistema que necesitaba un administrador de la decadencia. El zar era, en esencia, un hombre sin voluntad propia que se dejaba arrastrar por la inercia de la burocracia y las intrigas de la corte. La zarina, por su parte, representaba un fanatismo religioso y una firmeza histérica que, lejos de fortalecer la monarquía, la aisló por completo de la realidad política rusa, acelerando el descrédito de la institución. Trotsky sostiene que, si Nicolás II hubiera poseído una personalidad más decidida, no habría cambiado el resultado final, pero el proceso de colapso habría sido distinto.
Sin embargo, su mediocridad personal actuó como el agente perfecto para precipitar la caída de la dinastía Románov. La tesis central aquí es que la historia utiliza las características personales de los gobernantes como herramientas para cumplir sus fines objetivos; la psicología del monarca no es la causa de la revolución, sino el instrumento a través del cual la crisis latente de la sociedad rusa encuentra su expresión más clara y destructiva. El zarismo, al requerir de un líder con una fuerza política que el sistema ya no podía generar, terminó condenado a ser representado por un hombre que solo podía ofrecer el vacío de su propia incapacidad, demostrando que, en momentos de crisis social profunda, los rasgos de carácter individuales se vuelven factores de aceleración histórica.
El estudio de la psicología de Adolf Hitler ha sido un campo de análisis constante en la historiografía y la psiquiatría, intentando descifrar cómo su estructura de personalidad influyó en el devenir de Alemania. Erich Fromm, en su obra "Anatomía de la destructividad humana", publicada en 1973, caracteriza a Hitler como un caso clínico de carácter necrófilo y un agresor maligno, argumentando que su narcisismo infantil, su incapacidad para relacionarse con otros y su profundo deseo de destrucción fueron motores fundamentales que lo llevaron a transformar el resentimiento personal en una política de Estado destructiva.
Desde esta perspectiva psicoanalítica, Fromm sostiene que Hitler proyectó sus traumas infantiles y su hostilidad hacia una figura paterna autoritaria y castradora sobre el tejido social alemán, convirtiendo el odio en un elemento central de la ideología nazi. En una línea similar, el psicoanalista Walter C. Langer, en su informe secreto para la Oficina de Servicios Estratégicos de los Estados Unidos durante la guerra, lo describió como un individuo neurótico con rasgos psicóticos y un complejo de mesías, prediciendo que su compulsión al sacrificio culminaría en un abismo compartido con toda Alemania. Estos enfoques ponen de relieve cómo la estructura psíquica del dictador no fue un fenómeno aislado, sino un factor que fue movilizado consciente y perversamente para inflamar las pasiones nacionalistas.
Por otro lado, autores como el historiador William L. Shirer, en su clásico "La ascensión y caída del Tercer Reich", otorgan una importancia capital a la personalidad de Hitler, viéndolo como una figura demoníaca cuya voluntad granítica y una imaginación desbordante fueron el motor sin el cual el nazismo no habría tenido la misma forma ni el mismo impacto histórico. Shirer subraya que Hitler no solo utilizó la psicología de las masas a través de una oratoria persuasiva y manipuladora, sino que su propia inestabilidad emocional y su visión del mundo, plasmada en Mein Kampf, fueron los cimientos de la barbarie.
Otros analistas, como el psiquiatra Henry A. Murray, quien elaboró un informe detallado sobre Hitler en 1943, postularon que este exhibía tendencias esquizofrénicas, paranoicas e hipersensibilidad, rasgos que él mismo logró canalizar para imponer sus visiones delirantes como una realidad nacional aceptada. En conjunto, estas interpretaciones coinciden en que la psicología de Hitler funcionó como un catalizador que, en el contexto de una Alemania devastada por la Primera Guerra Mundial y la crisis de la República de Weimar, logró convertir su propio mundo interno de frustraciones y odio en una realidad externa de violencia sistemática.
Mientras algunos historiadores más estructuralistas prefieren enfatizar las condiciones socioeconómicas, la evidencia de estos autores demuestra que la personalidad del dictador no fue un mero accidente, sino un eje sobre el cual pivoteó la historia europea del siglo XX. La capacidad de Hitler para sintonizar su psicopatología personal con las angustias colectivas de una nación humillada permitió que su voluntad individual se convirtiera en un destino nacional, transformando sus traumas y delirios en una fuerza política que alteró el orden mundial de manera definitiva.
Salvando las astronómicas distancias, evidentemente el mundo interno herido de Milei y su anhelo absoluto por el reconocimiento conectó con una sociedad que sufre constantes decepciones de su clase política que, en algún sentido, se siente maltratada por los políticos. Y probablemente, esta personalidad tan especial, por ponerle un término, sea el catalizador de una profunda frustración de buena parte de los argentinos. Profunda frustración con los que la oposición deberá conectar, ya no desde el trauma, sino desde las soluciones y la política, para poder ofrecer una salida. Esta es la perfecta tormenta en la que estamos viviendo y que le permiten a Milei el poder de realizar sus sueños de fama y riqueza.
Tal vez, las instituciones de la república deban aprender de estos hechos y así como no se le permite llevarse los regalos recibidos a un Presidente, recuerdo el caso de la Ferrari de Menem, tampoco se le deba permitir explotar la reputación obtenida en su cargo. La idea de imponer restricciones a los expresidentes para evitar que su figura opaque al sucesor o que utilicen su red de influencias para beneficios personales es una práctica común en diversos sistemas políticos, aunque la naturaleza y el rigor de estas limitaciones varían enormemente según la cultura política de cada país.
En el caso de México, el sistema fue un ejemplo paradigmático de esto durante gran parte del siglo XX bajo la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional. Una vez concluido el sexenio, se esperaba que el expresidente se retirara de la vida pública y evitara cualquier tipo de crítica o intervención directa en la administración de su sucesor. Este ostracismo era una regla no escrita, pero extremadamente poderosa, reforzada por el control que el presidente saliente ejercía sobre la selección de su sucesor mediante el mecanismo del dedazo.
Si un expresidente intentaba mantenerse activo en la política, corría el riesgo de ser exiliado simbólicamente, o incluso físicamente, como ocurrió con Plutarco Elías Calles cuando fue enviado al extranjero por Lázaro Cárdenas para terminar con su influencia en el poder. La tradición dictaba que el nuevo presidente debía tener espacio político absoluto para consolidar su propio grupo de poder.
En China, la estructura es distinta debido a su sistema de partido único. La norma de los diez años de mandato, establecida tras la era de Mao Zedong, no solo buscaba evitar el personalismo, sino garantizar una sucesión ordenada dentro del Partido Comunista. Históricamente, al cumplirse los diez años, los líderes no solo se retiraban del cargo, sino que solían apartarse de las decisiones cotidianas para evitar la bicefalia, aunque es cierto que figuras como Jiang Zemin o Hu Jintao conservaron influencia detrás de escena por un tiempo. Sin embargo, este equilibrio se rompió recientemente con las reformas impulsadas por Xi Jinping, quien eliminó los límites de mandato, consolidando un poder centralizado que minimiza la posibilidad de un retiro forzado o un ostracismo.
En otras democracias occidentales, las restricciones son más de carácter ético y legal, centradas en la prevención de conflictos de intereses. Por ejemplo, en varios países existen periodos de carencia conocidos como puertas giratorias. En Estados Unidos o en varios países europeos, existen leyes que impiden que exmandatarios o altos funcionarios ocupen cargos en empresas privadas reguladas por el Estado durante un tiempo determinado, generalmente entre uno y tres años tras dejar el cargo. Esto busca evitar que el exmandatario utilice la información privilegiada o los contactos obtenidos durante su gestión para lucrar o favorecer a grupos empresariales específicos.
A diferencia del ostracismo político mexicano o el retiro forzado que se estilaba en la vieja guardia china, las democracias modernas suelen optar por leyes de transparencia. No prohíben que el expresidente dé conferencias o escriba sus memorias, pero sí regulan el acceso a lobbies y el manejo de los recursos públicos asociados a su seguridad y personal. La prohibición no es de participación, sino de aprovechamiento indebido de la posición ocupada previamente.
Es interesante que, para muchos dirigentes, ser presidentes de sus países es la culminación de su vida profesional. Esto genera que toda su atención esté ocupada en dejar el mejor legado posible. Es su tarea cumbre. En el caso de Milei, es solo una estancia intermedia antes del inicio de su prosperidad.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
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