105 años del Partido Comunista de China: claves para entender su impacto en el nuevo orden global
El 1° de julio China conmemora el origen de la fuerza política más numerosa del mundo, al frente de la segunda potencia del mundo. Este aniversario expone la maduración de un actor central del nuevo orden mundial. Cuál es el rol de Argentina.
El 1° de julio el Partido Comunista de China (PCCh) cumplió 105 años, la fuerza política más numerosa del mundo, con más de 101 millones de afiliados, al frente de la segunda potencia del planeta (por ahora) desde hace más de siete décadas y sin interrupción. Este aniversario expone la maduración de un actor central del nuevo orden mundial, con una estrategia de poder integral, sobre las dimensiones militar, tecnológica, económica y diplomática, que reconfigura el tablero global.
Para pensar nuestro vínculo con el más que centenario partido, me interesa plantear tres interrogantes. ¿Cómo es la inserción de este gigante en el mundo? ¿Qué lugar ocupan América Latina y el Caribe, y particularmente Argentina, en ese tablero? ¿Qué podemos hacer para mejorar nuestros intereses?
Lo primero es entender que China tiene un sistema donde el partido concentra la conducción del Estado. La centralidad de la planificación, los mecanismos de consulta interna, y la toma de decisiones de esas dimensiones pasan por las estructuras del PCCh. De ahí radica su relevancia central a la hora de analizar los movimientos del gigante asiático.
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El componente militar y la planificación estratégica
China fijó una fecha para que su Ejército Popular de Liberación alcance sus objetivos de centenario, pautados para el 1° de agosto de 2027 con un horizonte de fuerza "de clase mundial" trazado para 2050. Sumado a esto, ordenó una purga disciplinaria que ya alcanzó a cinco de los siete miembros de su Comisión Militar Central.
Se trata de la traducción militar de una estrategia de poder de largo aliento, subordinación del instrumento militar a la conducción política, modernización sostenida y disciplina interna como condición de eficacia. Leído en clave geopolítica, es también un mensaje directo hacia la región del Indo-Pacífico y hacia Washington: China no concibe su ascenso como potencia sin un correlato militar a la altura de su peso.
No obstante, China siempre señala que en su historia nunca inició activamente un conflicto, y subraya que no busca transformarse en un hegemón amenazante para otros países, sino que equilibra bajo el concepto de una "coexistencia armoniosa" con el pretexto histórico de ser una nación de paz. Es una posición que Beijing sostiene desde los ‘Cinco Principios de Coexistencia Pacífica de 1954’, aunque no está exenta de lecturas críticas fuera de China, sobre todo por los episodios como la guerra chino-india de 1962 o los conflictos fronterizos con Vietnam en 1979.
China ejecutó más del 99% de las metas de su XIV Plan Quinquenal que finalizó en 2026 con casi 5.000 proyectos, y ya puso en marcha el XV Plan, que rige hasta 2030 con eje en desarrollo de alta calidad, autosuficiencia tecnológica y seguridad nacional. Setenta años de planificación ininterrumpida constituyen, en términos geopolíticos, una ventaja estructural poco frecuente en el sistema internacional, la capacidad de sostener una estrategia de Estado más allá de los ciclos políticos internos, algo que le permite a Beijing negociar con horizontes de una a dos décadas mientras buena parte de sus interlocutores negocian con plazos de uno o dos años.
Tecnología como variable de seguridad nacional
Semiconductores, inteligencia artificial, robótica, biotecnología, energía verde, ciberseguridad, comunicaciones 6G son algunas de las áreas abordadas por China como una cuestión de seguridad nacional y no de mercado. De esta forma, arma ese entramado entre universidad, ciencia y empresa con financiamiento estatal sostenido. Es la dimensión menos visible, pero probablemente la más decisiva, de la disputa de poder de las próximas décadas, dado que quien controle las tecnologías críticas definirá buena parte de la autonomía militar, productiva y de datos de cualquier país, sea aliado o no.
Pero también hay una dimensión visible, UBTech Robotics, la primera fabricante de robots humanoides que cotiza en bolsa en el mundo. Recientemente lanzó un robot humanoide de consumo pensado para la compañía personal, con piel de silicona de aspecto realista e inteligencia artificial emocional, en momentos en que las tecnológicas chinas empiezan a correr a los robots de la línea de producción fabril hacia el hogar de las familias. El modelo se ofrece en distintas variantes, con precios que oscilan entre unos 17.650 y 145.700 dólares, es decir, valores comparables con un auto de gama media o de lujo. Es una evidencia de que la ventaja tecnológica que China construye como política de Estado ya empieza a traducirse en productos de dimensiones antes reservadas a la ciencia ficción que compiten, y ganan terreno, en el mercado de consumo global.
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Un modelo de inserción internacional propio
China ya es uno de los tres principales socios comerciales de 157 países, motoriza la Franja y la Ruta con más de 150 adhesiones, y lidera junto al resto de los BRICS+ un bloque que concentra el 51% de la población mundial y cerca del 40% del PBI global en paridad de poder adquisitivo.
A eso suma un instrumental diplomático propio, cuatro iniciativas globales impulsadas por Xi Jinping, el Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de China y Presidente de la República Popular, implementadas entre 2021 y 2025 (a saber: Desarrollo, Seguridad, Civilización y Gobernanza Globales), que ya dieron a luz la Organización Internacional de Mediación, fundada en 2025 con más de 30 países miembros, y un historial de participación en 29 operaciones de paz de la ONU con más de 50.000 efectivos aportados a lo largo del tiempo.
Todo ese entramado responde a un concepto que Beijing viene instalando como matriz de su política exterior, la "comunidad de destino compartido", la idea de que el desarrollo y la seguridad de cada país están entrelazados con los del resto y que la cooperación, no la confrontación, debe ser el principio ordenador de las relaciones entre Estados.
No es la construcción de un orden por fuera del sistema internacional vigente, ni una apuesta a reglas propias que reemplacen a las existentes, es más bien la consolidación de un polo de poder adicional dentro de ese mismo sistema, con aspiración al surgimiento de otros, que reivindica el multilateralismo, la centralidad de la ONU y la cooperación como método, sin buscar la ruptura con Estados Unidos. Prueba de esa vocación de equilibrio, y no de confrontación, es que en mayo de este año Beijing recibió, con apenas semanas de diferencia, la visita de Estado de Donald Trump y la vigésimo quinta visita de Vladimir Putin a China, en el marco del 30º aniversario de la asociación estratégica chino-rusa.
Es de vital importancia comprender el asunto de Taiwán, prioridad central de la política exterior china. La isla, adonde se exilió el gobierno del Kuomintang tras la fundación de la República Popular en 1949, es reclamada por Beijing como una provincia pendiente de reunificación con la China continental, mientras que el gobierno taiwanés busca preservar su estatus autónomo de facto. La comunidad internacional, en su amplia mayoría, reconoce la política de una sola China, sólo 12 países mantienen hoy relaciones diplomáticas formales con Taipéi.
América Latina y el Atlántico Sur en ese tablero
El Foro China-CELAC celebró en 2025 su IV Reunión Ministerial, Pekín publicó su Tercer Documento de política hacia América Latina y el Caribe, y el ejemplo del puerto de Chancay en Perú anticipa hacia dónde puede crecer la inversión china en infraestructura para profundizar el intercambio comercial. A la fecha, 25 de los 33 países de la región mantienen relaciones diplomáticas formales con la República Popular China, mientras que el comercio bilateral entre el gigante asiático y este espacio superó en 2025 los USD 560.000 millones anuales.
Y todo esto ocurre en el área que Estados Unidos acaba de elevar a máxima prioridad estratégica. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025 y su instrumentación en el plano militar, la Estrategia de Defensa Nacional de enero de este año, la convierten en el centro del "Corolario Trump", mientras retraen su compromiso de otras partes del mundo. Es decir, un Estados Unidos que se repliega globalmente pero se refuerza en nuestra región, justo cuando China consolida su presencia comercial, financiera y diplomática.
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Esa disputa ya tiene forma en nuestro propio mar. En mayo de este año, la Armada Argentina y el Comando Sur de Estados Unidos firmaron una Carta de Intención, en el marco del "Protecting Global Commons Program", un acuerdo de cooperación militar para patrullar la Zona Económica Exclusiva argentina con medios de vigilancia estadounidenses.
El propio comunicado oficial, anunciado por la Embajada de Estados Unidos, vincula la iniciativa a la actividad de flotas pesqueras extranjeras "procedentes de China" en el límite de la milla 200. Es, en los hechos, cooperación militar norteamericana en el Atlántico Sur con un destinatario claro. El problema, entre otros, es el concepto que lo enmarca, "bienes comunes globales", porque es una categoría que, aplicada a la plataforma continental y a la Zona Económica Exclusiva, relativiza precisamente lo que la Argentina debería estar reafirmando su jurisdicción soberana sobre esos espacios. Esta cooperación no puede construirse sobre un lenguaje que erosiona la propia soberanía que se dice proteger.
Esa superposición de intereses en la región, y particularmente en el Atlántico Sur, es para nuestro país una disputa en curso.
Qué debería hacer la Argentina
De todo lo anterior se desprenden, a mi juicio, tres ejes de acción, teniendo siempre en cuenta que para cooperar mejor con un exponente del nuevo orden mundial, pensando en nuestros intereses, resulta vital no perder de vista las asimetrías y las distancias físicas y culturales que también forman parte de esta relación.
Primero, una estrategia de inserción internacional diversificada, que profundice la relación con China y sin resignar margen de autonomía con ningún país, negociando activamente las asimetrías comerciales y tecnológicas. En este diseño, el principio de integridad territorial en la causa Malvinas debe ser un eje central de la estrategia.
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Segundo, capacidad de defensa propia y regional. Recuperar la Ley del Fondo Nacional de la Defensa, con financiamiento plurianual garantizado, que le devuelva a las Fuerzas Armadas capacidad de planificación real para su reequipamiento más allá de cada gestión. Y en el plano regional, la puesta en marcha de un plan común de vigilancia y control del Atlántico Sur con Brasil y Uruguay, porque frente a disputas extrarregionales que ya se despliegan sobre nuestro propio territorio, el mensaje tiene que ser claro, acá estamos nosotros primero.
Tercero, ciencia y tecnología como política de Estado. Metas de autosuficiencia en áreas críticas, atadas a las universidades públicas y con horizonte de al menos una década, potenciadas con sinergias de investigación y coproducción a escala regional, aprovechando los ámbitos que ya contempla el Foro China-CELAC para competir en mejores condiciones frente al avance tecnológico chino.
Los 105 años del Partido Comunista de China son la evidencia de que la planificación de largo plazo, la inversión en la investigación científica y su vínculo con las universidades y la tecnología, el instrumento militar sólido, la autonomía tecnológica y una inserción internacional acorde son, hoy, la base material de cualquier proyecto nacional que aspire a decidir su propio destino.
*Director del Instituto de Asuntos Internacionales y Estudios Políticos Manuel Ugarte, Universidad Nacional de Lanús. Exsecretario de asuntos internacionales para la Defensa
CD/MSS
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