Clases de economía básica, números impronunciables y la obsesión del Gobierno con el Banco Central
De las moras de los jóvenes al artículo dominical de Javier Milei en Clarín: cuando el diagnóstico parte de una premisa razonable pero termina buscando culpables donde no los hay.
Ayer el presidente Javier Milei firmó una nota de opinión en el diario Clarín. Un texto con un título... digamos, extravagante, de esos que resultan francamente difíciles de traducir a la realidad o al menos a una cifra inteligible. El presidente habla de que la Argentina acumuló, desde la creación del Banco Central, un porcentaje de inflación con 20 dígitos.
Más allá del impacto visual del guarismo, la nota arranca con una serie de obviedades envueltas en ese ropaje académico que al presidente le gusta tanto desplegar. Nos explica, por ejemplo, que el hombre inventó el dinero para facilitar el intercambio... bueno, chocolate por la noticia. Nos aclara que no es lo mismo una economía con dinero que una basada en el trueque, y que la moneda sirve como unidad de cuenta, medio de pago y reserva de valor. Hasta ahí, un repaso de la bolilla uno de cualquier manual universitario.
Donde la discusión se pone más interesante —y a la vez más objetable— es en la relación causal que el presidente establece de manera indefectible: para Milei, la existencia misma del Banco Central es el pecado original de la inflación argentina.
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Mire, el presidente recuerda que antes de la creación de la entidad en la década del 30, la Argentina tenía una inflación promedio del 1,03% anual. Lo que no termina de explicar el texto presidencial es un detalle metodológico no menor: ¿por qué el resto del planeta Tierra tiene bancos centrales y no padece inflación? Hay un pequeño malentendido de lógica en el argumento oficial. El problema no es la institución, es el abuso. Todos los países centrales tienen su autoridad monetaria y no sufren espirales inflacionarias. Es más, si queremos ir a ejemplos insólitos: en Escocia e Irlanda del Norte existen bancos privados que emiten sus propios billetes —tres en Escocia y cuatro en Irlanda del Norte, ni siquiera uno solo— y tampoco tienen inflación. La existencia del banco no explica el problema; la emisión descontrolada para financiar el gasto público desmedido, sí.
Ahora bien, no todo en la propuesta presidencial es desacertado. El Gobierno plantea reformar la Carta Orgánica del Banco Central en base a cinco ejes, lo cual parece una medida muy razonable. La historia reciente nos demuestra que la entidad sufrió manipulaciones aberrantes —la última de ellas, un verdadero delirio durante el kirchnerismo bajo la gestión de Mercedes Marcó del Pont—.
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Dentro de lo planteado por Milei, hay puntos atendibles. Prohibición taxativa del financiamiento al Estado: Se busca impedir que el Central vuelva a ser la caja chica del Tesoro, las provincias o los municipios. Exigencias mayores para la remoción de directores: Una medida acertada para blindar la independencia técnica de la institución. Enfoque en preservar el valor de la moneda: Volver a la misión primordial de cualquier banca central en el mundo.
Eso sí, no puedo dejar de señalar una curiosidad del texto que causa cierta gracia. El presidente sugiere en su artículo que la emisión irresponsable debería equipararse a la falsificación de dinero, tipificada en el Código Penal. Convengamos que el Código Penal está pensado para sancionar al tipo que imprime billetes falsos en el garaje de su casa o a una banda organizada, no para encuadrar la política monetaria de un organismo oficial. Pero en el universo teórico de Milei, emitir es, en esencia, un acto expropiatorio.
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