CAPITALISMO NEOFEUDALISTA

¿Cómo puede el capitalismo afrontar una ola de calor?

La vida cotidiana empeora y uno se empobrece. La factura de electricidad aumenta, se gasta una gran cantidad de dinero simplemente para proteger la propia vida del calor. Sin embargo, desde el punto de vista del crecimiento de la riqueza privada, la producción de mercancías recibe un enorme impulso. Surgen nuevos millonarios.

Ola de calor en Francia Foto: AFP

En junio de 2026, la mayor parte de Europa sufrió una aterradora ola de calor prolongada que batió numerosos récords. Como no soy un especialista en analizar todos los aspectos de una ola de calor, me limitaré a lo que considero sus consecuencias fatídicas y potencialmente catastróficas cuando es la lógica del mercado capitalista la que regula nuestra manera de reaccionar ante ella. En su forma más básica, la lógica capitalista se caracteriza por la primacía del valor de cambio sobre el valor de uso: el objetivo de la circulación capitalista no es crear más valor de uso, sino aumentar el valor de cambio. ¿Por qué esta primacía resulta tan catastrófica en condiciones de crisis ambientales como las olas de calor?

La irracionalidad apenas disimulada del predominio del valor de cambio fue formulada de la mejor manera hace dos siglos por James Maitland, octavo conde de Lauderdale, conocido en Francia como "el ciudadano Maitland" (durante la Revolución Francesa residió en París, fue amigo personal de Jean-Paul Marat y contribuyó a fundar en 1792 la British Society of the Friends of the People). Es conocido por ser el autor de la llamada "paradoja de Lauderdale", según la cual existe una correlación inversa entre la riqueza pública y la riqueza privada: el aumento de esta última suele producirse a costa de la primera.

"La riqueza pública —escribió— puede definirse con precisión como todo aquello que el ser humano desea por serle útil o agradable". Tales bienes poseen valor de uso y constituyen, por tanto, riqueza. Pero las riquezas privadas, a diferencia de la riqueza pública, requieren algo más —es decir, una limitación adicional—, pues comprenden "todo aquello que el ser humano desea por serle útil o agradable y que existe en cierto grado de escasez". En otras palabras, la escasez es un requisito indispensable para que algo posea valor de cambio y aumente la riqueza privada. Esto no sucede con la riqueza pública, que engloba todo valor de uso e incluye tanto lo escaso como lo abundante.

La OMS afirmó que Europa registra más de 1.300 muertes por la ola de calor

Esta paradoja llevó a Lauderdale a sostener que el aumento de la escasez de bienes antes abundantes pero indispensables para la vida —como el aire, el agua o los alimentos—, si pasaban a tener un valor de cambio, incrementaría las riquezas privadas individuales e incluso la riqueza del país —entendida como "la suma total de las riquezas individuales"—, pero únicamente a expensas de la riqueza común. Por ejemplo, si alguien pudiera monopolizar un agua que antes estaba libremente disponible cobrando por el acceso a los pozos, la riqueza medida de la nación aumentaría, pero al precio de la creciente sed de la población.

Este último ejemplo adquiere hoy una actualidad adicional, cuando la privatización del agua forma parte de la agenda neoliberal: los propietarios de las empresas de suministro de agua se enriquecen mientras la mayoría de quienes necesitan ese recurso se empobrecen.

La lógica subyacente a esta paradoja es evidente: para que algo cuente en el mercado debe poseer un valor, y el valor es un atributo exclusivo de los bienes escasos. Si un bien está disponible de forma libre y abundante, no puede venderse y, por tanto, carece de valor. Sin embargo, la mayor riqueza de una sociedad consiste precisamente en aquellos bienes que están libremente disponibles, como el agua o el aire, aunque no cuenten como valores capaces de enriquecer a nadie. Si el agua es fácilmente accesible, nadie puede hacerse rico gracias a ella; si su suministro queda en manos de empresas privadas, quienes las poseen se enriquecen. Así, en el sentido técnico de riqueza entendida como acumulación de valores, la sociedad aparece como más rica, ya que el agua libremente disponible ni siquiera contabiliza como riqueza.

Las olas de calor se vuelven regulares e insoportables

Sin embargo, conviene no pasar por alto la lógica libidinal que sostiene esta irracionalidad: el papel de la envidia y de la ventaja comparativa. Si un recurso como el agua o el aire está disponible para todos como un regalo gratuito de la naturaleza, no cuenta como riqueza; solo empieza a hacerlo cuando me diferencia de los demás —cuando soy yo quien lo posee o controla— y me otorga una posición de superioridad respecto a ellos. En otras palabras, la riqueza solo cuenta como riqueza si existen personas que no son ricas.

Nos encontramos aquí con una paradoja propiamente hegeliana formulada ya por Epicuro: "La pobreza, si se mide por el fin natural, es una gran riqueza; pero la riqueza, si no tiene límites, es una gran pobreza". Si el agua está libremente disponible, todos somos igualmente pobres precisamente a causa de nuestra inmensa riqueza; si solo unos pocos poseen y controlan el agua, su riqueza desmesurada implica la pobreza de los demás.

Más en general, el gran aporte del nuevo ecosocialismo marxista consiste en desmontar el mito de que la explotación de los trabajadores asalariados (basada en el intercambio libre) constituye la forma "verdadera" y "pura" del capitalismo, para analizar cómo esa explotación "pura" del trabajo asalariado opera siempre, y por razones estructurales necesarias, en tensión dialéctica con formas de expropiación directa y brutal.

Existen tres formas principales de esa expropiación: el saqueo de los recursos naturales y la destrucción del medio ambiente; la expropiación y dominación de otras razas (desde la esclavitud directa hasta formas más refinadas de racismo); y el trabajo de las mujeres (la reproducción y las tareas domésticas). Estas formas no forman parte de la relación de valor: un esclavo o una mujer que realiza trabajo doméstico no recibe un salario y, por tanto, no es explotado de la misma manera que un trabajador asalariado. (A ello habría que añadir la expropiación digital, es decir, la forma en que las máquinas digitales nos "roban" nuestros datos y, mediante ellos, nos controlan).

Occidente es la historia de la furia

La conclusión es que el capitalismo nunca es estructuralmente puro: la explotación del trabajo asalariado siempre necesita sostenerse en estos otros modos de expropiación. Jason Moore tiene razón cuando afirma que "el valor no funciona a menos que la mayor parte del trabajo no sea valorada". Sin embargo, no deberíamos extraer de esta observación la conclusión universal de que debe atribuirse valor a todos los procesos, humanos, animales o naturales; es decir, que el valor se crea allí donde se consume energía, de modo que no sólo serían explotados los trabajadores, sino también los animales (caballos, vacas...) e incluso estaríamos "explotando" los recursos naturales cuando quemamos carbón o utilizamos petróleo.

En la situación global actual deberíamos situar en primer plano a lo que algunos analistas llaman eco-proletarios: los pobres del Tercer Mundo que sufren simultáneamente la expropiación ecológica y la pobreza económica, aunque no sean explotados en el sentido clásico del capitalismo. Su entorno es destruido mediante el saqueo de sus recursos naturales para abastecer mercados extranjeros y su modo de vida tradicional va siendo sustituido gradualmente por la existencia precaria de quienes se convierten en refugiados dentro de su propia tierra.

El mantra liberal-capitalista según el cual los países ricos gestionan mejor todos los problemas y, por tanto, la solución consiste simplemente en que los pobres se vuelvan más ricos, constituye un ejemplo perfecto de lo que Hegel llamaba pensamiento abstracto. En el mundo global actual, los países desarrollados y los menos desarrollados están profundamente interconectados: los ricos son ricos también gracias a su relación con los pobres (explotando sus recursos, utilizando su mano de obra barata, etc.), de modo que los ricos son ricos precisamente porque los pobres son pobres.

En Estados Unidos, el 0,5 % más rico prácticamente no paga impuestos

¿No se aplica perfectamente la paradoja de Lauderdale a la manera en que tendemos a reaccionar ante una ola de calor?

Ya la expresión que solemos utilizar para describir lo que debemos hacer —"adaptarnos a vivir con temperaturas más altas"— resulta demasiado limitada y engañosa. Las olas de calor no son un proceso objetivo al que simplemente debamos adaptarnos; son, al menos en parte, el resultado de la manera en que nuestro uso de los recursos naturales ha afectado la estabilidad del medio ambiente.

Quienes realmente se están adaptando a las nuevas condiciones son los multimillonarios que sueñan con mudarse a Marte o que, de forma no menos surrealista, construyen gigantescos refugios subterráneos donde podrán sobrevivir durante años sin contacto alguno con el mundo exterior que ellos mismos contribuyeron a destruir.

Pero lo que aquí me interesa es el posible efecto de esa "adaptación" sobre nuestro bienestar.

Un satélite captó desde el espacio la ola de calor que golpea a Europa

Procedamos como Lauderdale e imaginemos primero cómo era la vida hasta ahora. Sí, existían olas de calor, pero si uno vivía lo suficientemente lejos del ecuador podía sobrevivir con relativa comodidad, utilizando el aire acondicionado sólo de vez en cuando o incluso prescindiendo de él. Bastaba con permanecer a la sombra o refrescarse la cara con agua fría.

Después, las olas de calor se vuelven regulares e insoportables, y entonces uno debe hacer muchas cosas: comprar un aire acondicionado más potente para cada habitación, mejorar el aislamiento de las ventanas, adquirir cremas contra la sudoración, reducir al mínimo el tiempo libre al aire libre...

La vida cotidiana empeora y uno se empobrece. La factura de electricidad aumenta, se gasta una gran cantidad de dinero simplemente para proteger la propia vida del calor. Sin embargo, desde el punto de vista del crecimiento de la riqueza privada, la producción de mercancías recibe un enorme impulso. Surgen nuevos millonarios porque bienes que antes no eran necesarios —o al menos no lo eran en semejante medida— pasan ahora a ser indispensables para una supervivencia normal.

Basta pensar en la publicidad que inunda nuestros medios sobre nuevos modelos de aire acondicionado: pequeños, sin tubo de salida al exterior, capaces de enfriar una habitación en un minuto y sin hacer demasiado ruido.

Las grandes corporaciones pueden contar con el respaldo financiero de sus respectivos Estados

Así, aunque la vida cotidiana de la mayoría de nosotros se vuelva peor y mucho más costosa, desde la perspectiva de la economía de mercado la nueva demanda impulsa la producción, genera nuevos beneficios y las estadísticas registran crecimiento económico e incluso un nuevo auge económico.

Sin embargo, nuestro ejemplo sigue remitiendo a la vieja economía capitalista regulada por la oferta y la demanda. La irracionalidad que presenciamos hoy se sitúa en un nivel especulativo superior.

Por ejemplo, cuando un multimillonario compra una casa, no la paga directamente desde su cuenta bancaria. Más bien solicita un crédito, ya que prácticamente toda su fortuna está invertida en activos financieros, fundaciones o distribuida entre familiares. Una estructura tan compleja constituye una de las razones por las que, en Estados Unidos, el 0,5 % más rico prácticamente no paga impuestos. Además, su riqueza nominal depende mucho más de las fluctuaciones del mercado que de inversiones productivas.

Israel como un abismo: cuando obedecer la ley y el orden es una verdadera subversión

Elon Musk se convirtió en junio de 2026 en el primer billonario (trillionaire) del mundo, impulsado principalmente por la histórica salida a bolsa de SpaceX. Esa oferta pública, sumada a las enormes participaciones que ya poseía en Tesla, elevó su patrimonio neto hasta aproximadamente 1,1 billones de dólares. Sin embargo, debido a una fluctuación del mercado perdió 340.000 millones de dólares apenas una semana después, y esa pérdida no provocó ninguna perturbación significativa.

Hoy las grandes corporaciones digitales están profundamente endeudadas para financiar sus gigantescas inversiones en infraestructura de inteligencia artificial. La perspectiva de beneficios futuros es muy incierta y crece el temor de que la burbuja termine estallando.

Pero creo que ese temor es, en gran medida, irrelevante, porque las megainversiones en inteligencia artificial no tienen como objetivo principal obtener beneficios futuros. Su verdadero propósito consiste en asegurar el poder —económico, político, militar— de quienes resulten vencedores en esta carrera: un poder que les permitirá ejercer un control neofeudal sobre la vida social.

Y, dado que el dominio de la inteligencia artificial se considera crucial para nuestra seguridad, las grandes corporaciones pueden contar con el respaldo financiero de sus respectivos Estados si llegan a atravesar dificultades económicas.

Este vínculo entre las corporaciones digitales y los aparatos estatales —que con frecuencia violan los principios más elementales del mercado— demuestra con claridad hasta qué punto nos hemos alejado del capitalismo clásico.

 

Filósofo, psicoanalista, neosofista y crítico cultural esloveno. Director internacional del Instituto Birkbeck de Humanidades de la Universidad de Londres.

ML