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Détox de redes sociales, ¿moda o necesidad?

El détox digital no es un capricho de privilegiados; también es un pedido de auxilio.

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En 2007, Steve Jobs salió al escenario y presentó al mundo el primer iPhone como quien muestra una navaja suiza futurista: iPod, teléfono y navegador de internet en un solo dispositivo. Diecisiete años después entendimos que también era una cámara, un casino, un confesionario, una oficina, un espejo y, sobre todo, una máquina diseñada para distraernos.

La promesa era simple: ¿para qué elegir si podés tenerlo todo? Desde entonces adoptamos esta lógica con entusiasmo casi religioso. Y si además sirve para pagar impuestos, conseguir pareja, contar los pasos y matar el tiempo en la parada del colectivo, mucho mejor. El teléfono dejó de ser un teléfono y pasó a convertirse en prótesis. 

A la ansiedad por no perdernos nada se la llamó FOMO: fear of missing out, es decir, miedo a quedar afuera. ¿Afuera de qué? De la conversación social, de la noticia, del chisme, de la tendencia que dura doce horas y muere antes del próximo desayuno. Durante años nos convencimos de que estar conectados no era una opción sino una necesidad fisiológica. Como dormir. Como comer.

Ahora algo empieza a crujir. Influencers que anuncian su “retiro espiritual” de Instagram –y lo anuncian, claro, en Instagram–. Usuarios que vuelven al celular “tonto”, el dumbphone: tonto porque, a diferencia del “inteligente”, no tiene redes, no acumula aplicaciones ni pretende saberlo todo, apenas llama y manda mensajes. Aplicaciones que cuentan minutos de pantalla como si fueran calorías digitales. Y una nueva sigla que compite con la anterior: JOMO, joy of missing out, la alegría de quedarse afuera.

Este giro responde a un síntoma de época: durante años nos vendieron la multitarea como un upgrade, la cual compramos sin pedir ticket; ahora empezamos a sospechar que no era progreso sino retroceso. El filósofo Byung-Chul Han baja el multitasking del pedestal y lo devuelve al barro: lo compara con el estado de alerta del animal que come mirando alrededor para que no se lo coman. No es sofisticación; es supervivencia.

Por eso el “détox digital” no debería leerse como capricho de privilegiados. Hay algo de resistencia, sí, pero también un pedido de auxilio. Se buscan cámaras sin notificaciones, lectores que no abran redes, teléfonos que solo llamen. No se eligen por lo que hacen sino por lo que no hacen. En una época que idolatra la acumulación de funciones, la especificidad se vuelve un lujo: un objeto que haga una sola cosa –y nada más– promete algo exótico en estos tiempos: menos.

El problema no es el dispositivo sino el límite que no ponemos a tiempo. El silencio nos incomoda y estar quietos nos provoca abstinencia del vértigo diario. Para el psicoanálisis se trata de una escena conocida: cuando no podemos ponernos un límite buscamos que venga de afuera. Como ocurre con la comida o el alcohol, la voluntad no siempre alcanza, por eso probamos con dejar el teléfono en otra habitación o decidimos apagar por un rato el wifi. Pero la operación es la misma: pedimos al objeto que diga ese “basta” que nosotros no logramos pronunciar.

¿Cambio de época o moda pasajera? Tal vez ninguna de las dos cosas. Tal vez ambas. El mercado tiene un talento notable: convierte cualquier crítica en producto. El minimalismo puede terminar como otro consumo aspiracional. El “ayuno de dopamina” puede volverse workshop con certificado. Podemos tener FOMO de experimentar JOMO. La industria no duerme: si odiás las redes, te vende la salida premium.

Pero la pregunta persiste: cuando apagamos el teléfono, ¿qué estamos intentando recuperar? Quizás algo menos épico de lo que imaginamos. No se trata de volver a la Edad de Piedra ni de demonizar la innovación. Se trata de hacer una cosa por vez. Leer sin que un mensaje interrumpa. Conversar sin mirar de reojo una pantalla. Recuperar la continuidad de la atención, que hoy es un bien más escaso que el litio.

En El Eternauta un personaje decía que lo viejo funciona. Era una advertencia. No todo lo nuevo mejora lo anterior, ni todo lo viejo merece ser descartado. A veces conviene guardar la linterna por si se corta la luz. Y conviene guardar la memoria por si el algoritmo falla.

El détox digital puede ser moda, resistencia o necesidad. Moda, porque cualquier malestar termina convertido en tendencia. Resistencia, porque implica correrse –aunque sea un poco– de una economía que se alimenta de nuestra atención. Y necesidad, porque la salud mental no es infinita y la hiperestimulación tampoco sale gratis.

Durante años nos obsesionamos con “estar” en todas partes. Ahora asoma otra inquietud: cómo volver a estar en algún lugar. Nos vendieron que tenerlo todo en el bolsillo era libertad. Tal vez la pregunta no sea cómo administrar mejor el exceso, sino si el exceso era libertad en primer lugar.

*Psicoanalista.